Chapter 1
El sonido del mar disimulaba el murmullo de los alientos agitados que lentamente iban disminuyendo. Era una noche sin luna y el viento soplaba suave, acariciándoles los cuerpos desnudos. Entre los médanos las ramas de los arbustos se movían despacio, como para no molestarlos. No se habían recuperado del todo. El frío de la brisa marina no los acobardó, tenían los cuerpos calientes. Jorge giró la cabeza para mirarla, el cabello rubio y desordenado cubría parte de la cara de Elizabeth y le resaltaba la nariz pequeña y puntiaguda, los pechos se movían acompasados por la respiración que de a poco iba volviendo a su ritmo normal, los labios rosados se entreabrían dejando escapar cada exhalación como un susurro. Cada vez que la miraba la veía más linda, hasta fantaseó con despertar al lado de ella la mañana siguiente, aunque sabía que su cuñada no podía quedarse con él toda la noche. Suspiró mirando al cielo y deseó por un instante haberla conocido primero que su hermano, que su hermano que ahora, en el instante en que él se revolcaba con Elizabeth, estaba en el departamento enfrente a la playa, ese que alquilaron para ese fin de semana. Jorge pensó que Ariel estaría durmiendo sin saber que su mujer había salido con él. Si se levantaba y se asomaba por la ventana, hasta podría llegar a verlos. Y eso le pareció una utopía. Haberla conocido antes que Ariel..., su hermano mayor. Imposible. Ariel siempre había sido primero en todo. Y él se sentía menos que su hermano. Ya desde chicos, Ariel lo menospreciaba, lo hacía sentir inferior. Y con el correr de los años, su autoestima se vio afectada. Pero eso ya no iba a ocurrir más, ahora él iba a dejar de ser el menor de los dos, y en todo sentido.
La vio abrir los ojos de cara a las estrellas, girar la cabeza para mirarlo y abrazarlo. Sintió que de nuevo la estremecía el roce de su piel. Le acarició el pelo, pensando que su cuñada siempre había sido muy cuidadosa, nunca le había dado indicios de que le gustaba. Le resultaba difícil entender cómo habían llegado a estar en la playa esa noche. Las caricias de ella lo sacaron de sus pensamientos, y el cuerpo se le despertó otra vez. Quiso poseerla pero ella lo detuvo con una suavidad que hasta le pareció tierna, y comprendió que Elizabeth lo había apartado tan solo por un instante. Pensó que se hamacaba contrariada entre el placer y el rechazo, y que lo que tenían esa noche le gustaba con la misma intensidad que le daba miedo. Pensó que Elizabeth jugaba con él, y él jugaba con Elizabeth. Lamentó ponerla en el medio de él y su hermano. Y enseguida se obligó a dejar de pensar en eso, se dio vuelta y la besó. Y volvieron a hacer el amor.
Un rato después, la tensión había cedido y estaban blandos, flojos, sensibles, de nuevo acostados sobre la arena. A Jorge le pareció que ella sollozaba, tenía los ojos enrojecidos. Se puso de pie. La vio desnuda y escultural. Era la esposa de su hermano y él acababa de disfrutarla. Satisfecho, tensó los labios. Ella se había recogido las rodillas contra el pecho y miraba hacia el mar. Por un instante, tuvo la certeza de que Elizabeth se quería proteger de él mismo, de que se sentía invadida y hasta ultrajada. Pero ella se levantó y lo abrazó, y Jorge dejó ese pensamiento de lado inmediatamente: ella parecía no querer desperdiciar ni un solo instante, sabía que lo que estaba ocurriendo no volvería a suceder. Elizabeth no volvería a darle una noche como esa, y no entendía por qué se la estaba dando ahora. La besó salvaje. Ella se entregaba y él se desesperaba. La sostuvo entre sus brazos y le hizo el amor otra vez. Elizabeth gimió seco y corto, pareció más bien un lamento. Ahora era Jorge el que no quería parar. La escuchó lamentarse de nuevo, y ella lo empujó para separarlo. Elizabeth tenía de nuevo los ojos enrojecidos, se agachó para agarrar una remera que estaba en el suelo y se cubrió con ella el pecho. Se alejó unos pasos. Jorge entendió que no quería que la viera llorar. Se acercó a su cuñada y quiso abrazarla, pero ella volvió a separarlo y se dejó caer sobre la arena, todavía llorando, mientras miraba en dirección a la avenida costanera.
—¿Por qué me trajiste acá? —dijo entre sollozos.
—Porque en los médanos podemos estar solos y tranquilos.
—Estamos enfrente del departamento, si Ariel se asoma por el balcón podría vernos.
—Liz, mi hermano está dormido. Si me dijiste que ni se dio cuenta de que te levantaste. No nos va a ver con la noche que es, tan oscura y al otro lado de la calle.
—No, Jorge, vos no pensaste en eso. Vos querías que nos viera. Querías que supiera que te estás cogiendo a su esposa. Eso es lo que realmente querías.
—¿De qué hablás?
—De lo que escuchás —Elizabeth levantaba la voz—. Siempre odiaste a tu hermano. Se te nota en la mirada, en la forma en la que le hablás. —Hizo una pausa, inspiró entrecortado y volvió a hablar, un poco más bajo—. Pareciera que me desnudas con los ojos cada vez que estamos los tres juntos, y que te esforzás para que Ariel se dé cuenta. Ahora entiendo que querías tener sexo conmigo porque soy tu venganza, tu trofeo, soy tu victoria sobre tu hermano. Te cogés a su mujer delante de la cara de él, para mostrarle que lo humillás, para basurearlo como él hizo con vos siempre. Eso es lo que querías esta noche, por eso me trajiste acá.
—Te traje acá porque quería hacer el amor con vos en la playa, bajo las estrellas.
—No sos el típico romántico, Jorge. Te importan un carajo las estrellas y la playa. Sos un hijo de puta mentiroso. Y yo una boluda.
—Liz…
—¡No me toques!
Jorge se acercó a Elizabeth y la abrazó por la espalda y, a pesar de que la había rodeado con los brazos y con fuerza, notó que ella quería apartarlo. Siguió apretándola contra su cuerpo, inmovilizándola, hasta que Elizabeth cedió la resistencia, se dio vuelta, apoyó la cara contra el pecho de él y siguió llorando.
—No puedo seguir con esto, Jorge, no puedo.
—Liz, los dos sabemos lo qué estamos haciendo, y lo deseamos. Disfrutemos el momento. Te prometo que no voy a insistirte para que esto vuelva a pasar.
—No, no me entendés. No puedo seguir con esto ahora. —Elizabeth movía las manos como para enfatizar lo que decía—. Me gusta estar con vos. Me da miedo, me da culpa, me provoca deseo, me excita. No quiero dejar de hacerlo, pero tampoco puedo seguir. Siento que voy a volverme loca. No quiero estar así. No la estoy pasando bien. Quiero volver al departamento, meterme en la cama, dormirme y olvidarme de todo lo que pasó esta noche.
Jorge notó que al hablar la piel de Elizabeth se erizaba. La abrazó por la cintura y de un arrebato la besó, acallándola. Sintió que su cuñada quería zafarse otra vez, pero cedió enseguida y lo abrazó por el cuello y también lo besó. Jorge deseaba a Elizabeth, pero más deseaba ese momento, ese lugar, esa noche. Los labios de ella lo emborrachaban, y supo que lo que le pasaba por el cuerpo no tenía nada que ver con la venganza ni la victoria. Era otra cosa. Era sexo. Sexo prohibido. Sexo cómplice. Sexo secreto. Secretos bien guardados, secretos que entrelazan a dos personas. Vínculos que las mantienen unidas sin que nadie sepa lo que les pasa, secretos terribles e inconfesables que solo se pueden compartir con quien se viven. Vieron que en la ventana del departamento de enfrente, a contraluz, había aparecido una figura, ¿los veía? ¿Los observaba? Ellos la vieron, sí; pero siguieron. Respiraban agitados, ansiosos. Se devoraban con urgencia. Jorge sentía que el cuerpo de su cuñada lo pinchaba como si tuviera agujas, lo encendía, lo incineraba. Una droga extremadamente adictiva que no quería ni podía dejar. Se besaban los labios, se besaban todo. Jorge perdía cada vez más el control sumergido en el valle de los pechos de Elizabeth, y ella le hundía las uñas en la espalda, con una fuerza tal que acaso lo hacía sangrar. Jorge le hacía el amor como si fuera la primera vez esa noche, o la primera vez en la vida. Elizabeth lo besaba con desesperación. Y estallaron en un torbellino de locura. Con los cuerpos flojos, con los pulsos acelerados y con el corazón golpeándoles el pecho como una tropilla de tambores, se dejaron caer en la arena. Y miraron a la ventana del departamento. Atrás de la figura, apreció otra y la abrazó.