Capítulo 1
Cuando una sociedad te etiqueta como una persona pura y casta, es algo que debe ser un honor.
Pero cuando no te identificas con aquella etiqueta, aquel estigma que te obligan a ser fiel. ¿Cómo debes actuar?
Para ella, llamarse María era un suplicio constante. Algo que de manera clara no quería.
¿Por qué ha de ser pura y casta?
¿Qué es eso de mantener pensamientos puros y bondadosos?
María Catalina ha oído aquello desde siempre. Se atrevía incluso a decir que desde que nació a oído tal «aberración» -como ella lo llamaba- es algo que simplemente rechazaba con todo su ser.
Veía como otras niñas jugaban con otros niños, socializaban y a medida que crecían iban surgiendo relaciones amorosas.
María Catalina ya con veinte años, nunca ha vivido aquello. Solo por llamarse María, debía vivir en pureza y castidad eternas.
Su padre y su madre estaban convencidos que María Catalina tendría la necesidad de servir en una iglesia como monja. Pero querían que aquella idea viniera de ella. No la obligarían, pero tenían la esperanza que de algún día ella se los pediría al cumplir la mayoría de edad.
Pero aquella petición nunca salió de los labios de María Catalina.
Ella quería ser una mujer normal. Y eso era lo que molestaba a sus padres.
La tradición es clara: Toda aquella llamada María debía guardar castidad. Y encomendarse a dios en un voto sagrado de pureza eterna.
Un estigma extraño, pero muy arraigado en el pueblo de Valle Oscuro.
Valle Oscuro es una ciudad rural donde el poderoso mandaba.
Lo único bueno, Para María Catalina, al vivir allí, era que era la hija menor de una familia poderosa.
Su padre: Antonio Pereyra. El poderoso alcalde del pueblo, de aspecto frío y calculador, pero cuando entra en confianza puede llegar a ser el hombre más simpático del mundo.
Su madre -en cambio-: Martina Román. Una mujer se aspecto dulce pero actitud severa. Siendo el tipo de mujer que no acepta un «No» por respuesta. Queriendo que todo salga acorde a sus planes. Todo por querer hacer que su familia escale posiciones. Y Mantener el honor intacto de cada uno.
El plan de Antonio y Martina era simple: Nombrar a su hija menor como María para seguir la centenaria tradición del pueblo, y así que la familia obtenga respeto, admiración y posición.
¿Qué podrían hacer entonces para hacer que María Catalina acepte su lugar en la sociedad?
-Por dios, María -exclamaba su madre agobiada- ¿Por qué no eres capaz de entender?
-Tengo veinte años madre, tengo derecho a elegir qué hacer con mi vida. Y ya te he dicho que solo me llames Catalina. Sabes que detesto ese nombre -respondió María Catalina con sinceridad en su voz.
-¿Qué estás diciendo, María Catalina? Tu primer nombre es María, y es así como te debes llamar -exclamó de manera iracunda Martina. Era claro que la rebeldía de su hija la sacaba de quicio.
María Catalina no quiso discutir más con su madre, la conocía perfectamente, sabía que su madre era una mujer cuyo plan no podría ser modificado. Solo Atinó a darle la espalda y marcharse de la sala de estar donde se encontraban reunidos.
Sus hermanos mayores. Miguel de treinta y cinco años y Samuel de veintiocho años entendían la molestia de su única hermana.
Sabían que ella solo iba a ser utilizada como un peón más en el juego de poder de sus padres.
Claramente ganarían posición y estatus si ella decidiese aceptar aquella tradición.
-Querida madre. ¿Por qué insiste en eso de que María Catalina se vaya a un convento? -preguntó Miguel mientras bebía de su vaso de brandi.
-¿Cómo que porque, Miguel. Que no te das cuenta que así podremos darle honor a nuestra familia?
-¿Aún más honor? -habló Samuel, casi riendo ante la idea por lo que se ganó una mirada de enfado por parte de Martina- Madre, es pecado ponerle un nombre tan sagrado a tu hija solo por poder.
-Miguel, Samuel -Les llamó la atención el patriarca de la familia- no le den más vuelta al asunto. Y que no se hable más del tema ¿Entendido?
Antonio, por su parte, tenía las cosas claras. Sabía que sus hijos solo querían defender a su hermana. Y no le molestaba en ese aspecto.
Desde siempre les ha inculcado el que debían proteger a María Catalina, después de todo, ella era su hermana, y era frágil, necesitaba de quien la defienda.
Sobre todo que la defiendan de su esposa. Martina siempre ha sido soberbia. Y no le sorprendía esa estrategia social que hizo al llamar a su única hija como María.
Pero era su esposa y debía respetar sus decisiones.
En cuanto a María Catalina, estando en su habitación se encontraba meditando sobre cómo podría evitar el ser un peón en manos de su madre, claramente la iba a utilizar para sus fines sociales y políticos.
Todo claramente era una jugada tejida cuidadosamente en este telar llamado sociedad.
Martina tenía claro el objetivo el hecho que su hija debía acatar a su «destino».
Pero María Catalina, también tenía claro su objetivo. No se iba a comportar como la sociedad se lo inculcaba. O más bien, como se lo inculcaba su madre. Solo quería ser libre, no estar atada a una tonta tradición que cientos de años, solo porque su madre la quiere utilizar como un peón más en su juego de elite.
María Catalina es una joven de extraordinaria belleza. Yeso le agradaba, pero era su nombre el que no le permitía disfrutar de los privilegios que aquella característica le puede otorgar.
Ha visto constantemente como su madre luce esplendidas joyas, cada una más invaluable que otra.
A veces zafiros, otras veces era rubíes. Pero todas de gran valor.
A diferencia de ella, María Catalina no tenía permitido lucir ninguna joya. No importaba cuanto lo desease, siempre se le negaba esa petición.
«Debo empezar a ponerme firme». Se decía a sí misma, sino nunca lograría nada en su vida y sería siempre una marioneta en manos de su poderosa madre.
Repentinamente alguien toco la puerta de la habitación.
María Catalina volteo su mirada dorada hacía la puerta y mencionó con voz tranquila pero firme:
-Adelante.
Entonces su hermano mayor, Miguel entró a la habitación este se veía preocupado.
-Dime que no vienes de parte de nuestra madre.
-María Catalina… -Empezó a hablar el joven de mirada esmeralda.
Pero ella le interrumpió diciendo:
-Catalina. Solo llámame Catalina.
-Está bien, Catalina... Vine a ver como estabas, te veías muy enojada cuando hablabas con nuestra madre.
-Aún estoy molesta, la verdad.
-¿Gustas hablar de ello, hermanita?
-Odio esa maldita tradición, odio tener que llamarme maría… Odio tener que ser un peón.
-¿Un peón?
-¿Por qué crees que ella me ha llamado María? Claramente quiere que me meta a ese mendigo convento y así ella escalaría más alto en la sociedad.
-Entiendo que no te agrade el tener que hacer lo que nuestra madre te pide, pero es tu obligación…
-No lo es. Yo no pedí llamarme así.
-María Catalina, entiendo tu frustración, pero, si no acatas a lo que dicta la tradición será algo devastador, no solo para la familia, sino algo terrible para ti.
-Miguel no intentes convencerme de hacer esto por favor. No quiero.
-No lo digo porque quiera que le des en el gusto a nuestra madre. Lo digo para evitar que la sociedad te trate de una manera indigna.
-¿Qué quieres decir con eso?-interrogó la joven de larga cabellera azabache.
Miguel camino hacia su hermana, intentando mantener la voz calma pero con un ápice de preocupación. Ante tal pregunta, no se atrevió a responder; sin embargo, la muchacha sabía muy bien la respuesta que su estimado hermano quiso evitar darle.
Sabía perfectamente que la respuesta era simple: Rechazo social.
Algo que cualquier Familia adinerada evitaría a toda costa. Pues de las bases sociales se forma el estatus.
Ella era la hija del alcalde y debía acatar a las normas sociales. Pero María Catalina se negaba rotundamente, No es porque quiera hacerse la rebelde, solo quería ser normal, como las demás mujeres de Valle Oscuro.
Quería tener amigas, socializar, encontrar un novio con quien casarse a futuro, o simplemente algo tan simple como pensar por sí misma.
Y miguel comprendía todo aquello. Pero le preocupaba que la etiquetasen como «problemática».
Su hermana es una persona la cual no se le podía doblegar fácilmente la determinación. Es decir: Una mujer muy difícil de persuadir.
Cuya característica, que para el era una virtud, pero al mismo tiempo una maldición de su hermana. Algo que ella heredó de su madre, sin duda alguna.
-Como se nota que eres hija de Martina Román -habló repentinamente Miguel con una suave sonrisa.
-¿Lo dices porque no lograste convencerme? -preguntó a muchacha riendo suavemente, mientras miraba a su hermano con amabilidad.
-Heredaste sin duda el carácter, que por cierto, algo terco, de nuestra madre.
Ambos hermanos empezaron a reír con gracia ante aquella idea. El mayor se acercó a su hermana y le besó la frente diciendo:
-Pero insisto en que no hagas enojar a nuestra madre.
-No insistas, no lograras que acepte esto.
-Bien, pero no esperes que madre no venga a regañarte después.
-Miguel —llamó de repente María Catalina al mayor quien se disponía a retirarse de la habitación.
-Dime, María Catalina…
Mientras tanto en el salón de la mansión, Martina estaba enfadada ante la actitud terca de su hija. No le agradaba la idea de que ella se revelase de tal forma.
-Querida, cálmate, estás muy tensa -habló Antonio observando a su esposa con preocupación.
Martina le observo enfadada, se sabía perfectamente que cuando ella estaba así, se debía ser cautelosos, ella era una mujer poderosa en Valle Oscuro. Con potestad incluso de enviarte lejos si ella requería adecuado.
Y su paciencia con María Catalina estaba llegando ya a su límite.
-Ella jamás se ha mostrado rebelde ante lo que se le ha pedido ¿Qué cambió ahora? No comprendo -habló la mujer repentinamente.
Samuel, contemplaba a su madre quien estaba molesta.
Por lo que le respondió casi de manera inmediata:
-Que ahora tiene conciencia de su libertad.
-¿De qué libertad me hablas? Nadie es libre en este mundo -habló Martina con firmeza.
-Samuel tiene razón, ella solo defiende su derecho de liderar su vida.
La mujer se enfadó aún más ante la respuesta de su marido, quien le daba la razón a su hijo.
Su paciencia se estaba agotando.
En ello vieron a Miguel llegar junto a los demás, este venía muy pensativo como si estuviera considerando algo, algo importante.
-Hijo, dime por favor que la hiciste entrar en razón, María Catalina solo te escucha a ti.
-Lo siento madre, pero esta vez no lo logré, se ve muy decidida a decidir por sí misma su futuro -respondió Miguel suspirando con calma- De hecho me ha pedido un favor.
-Y supongo que se lo negaste -habló Martina con firmeza.
-No pude hacerlo.
-¿Qué te pidió ahora? —Hablo la madre ya perdiendo la calma.
-Que le presente a las hermanas de sus amigos.
Tanto Martina como Antonio, se sorprendieron ante tal favor pedido por su hija.
-Eso es ridículo -Habló la mujer con enfado.
-Al contrario, querida, quizás debamos darle una oportunidad a María Catalina.
-Antonio ¿Has perdido la cabeza? Se trata de tu hija.
-Y por eso mismo. Ella tiene derecho a decidir a qué hacer con su vida.
-No funcionará, nadie en esta sociedad aceptara tal rebeldía por parte de María Catalina. Sobre todo, sabiendo que es la hija del alcalde.
Antonio, solo suspiró, intentando mantener la calma sobre aquel asunto. Le molestaba que su esposa fuese tan controladora. Sobre todo con María Catalina, quien era su única hija, y por tanto su adoración.
En cuanto a María Catalina, encontrándose junto a la ventana, esta sonreía con calma, sabía perfectamente, que esta muestra de «rebeldía», como lo llamaba su madre, era la única manera de poder librarse de aquel destino.
Guardar castidad, tanto en carne como en mente, era algo impensable para ella. Siempre ha querido ser como otra persona.
Catalina de los Ríos Lisperguer ¿Les suena? Pues a María Catalina sí, y le agrada que al menos su segundo nombre coincida con el de esta mujer recién nombrada.
Esta mujer recién nombrada es conocida más por su seudónimo «La Quintrala».
Y para María Catalina, esta mujer que vivió por los años mil seiscientos: Era todo un referente.
Así como cuenta su historia: La Quintrala vivió como quiso, con el respaldo de sus influencias, infundiendo el miedo.
Para María Catalina, era todo un referente de poder femenino.
Y le era tan contradictorio, llamarse María, y que su segundo nombre sea Catalina. Pues La Quintrala fue de todo menos santa.
Y obviamente, María Catalina no iba a por la opción de ser una santa.
Quería tener su carácter, uno que hiciera temblar a cada quien se atreve a nombrarla. Quizás con actos, no tan viles como la de La Quintrala. Pero si demostrando que ella también puede tener poder.
Mientras tanto, los demás miembros de la familia, estos discutían el caso de María Catalina.
-Quizás fue un error llamarla María -habló Antonio de manera repentina.
-No, no lo es. María Catalina debe entender que la vida debe tener sus límites.
Miguel y Samuel, solo escuchaban atentamente a su madre, les preocupaban que ella fuese capaz de hacer alguna cosa en contra de María Catalina, para lograr su cometido.
Martina no se iba a quedar con los brazos cruzados.
-Bueno, seguiremos discutiendo esto a la hora de la cena -habló Antonio sonriendo levemente-. Debo ir al Ayuntamiento, tengo trabajo que hacer.
-Está bien -habló Martina mientras suspiraba para mantener la calma.
-He quedado con unos colegas -mencionó Miguel repentinamente mientras se ponía de pie.
-Yo igual -agregó Samuel yendo junto a su hermano mayor.
-¿A qué se deben esas juntas? ¿No se quedarán a almorzar? -Cuestionó Martina con extrañeza.
-Son temas de trabajo, madre -respondió Miguel mientras se acercaba su madre y posaba su mano en el hombro de la mayor-. Volveremos más tarde.
—No estás considerando la idea de María Catalina. ¿O sí? -cuestionó Martina con firmeza.
Miguel simplemente le sonrió levemente y se alejó de su madre, para proceder a salir de la habitación, sin más.
La mayor por otro lado, se sentía estresada y frustrada. Sabía que quizás estaba pidiendo algo muy soberbio, estaba arriesgando el futuro de su hija, solo por estatus.
Pero Martina solo velaba por el bien de la familia y los intereses de la misma.
Se dirigió a la salida del salón, dirigiéndose a la habitación de María Catalina, la iba a hacer razonar, de una u otra manera.
En cuanto a María Catalina, se encontraba observando desde la ventana, analizando el pueblo de Valle Oscuro. Los hombres trabajando, las mujeres haciendo los quehaceres del hogar, y los niños, corriendo libremente por las calles, jugando y otros simplemente charlando a un costado de la acera.
La imagen cotidiana y rutinaria, la joven de cabellera azabache quería vivirla, ser parte de un grupo de amigas. Pasar los la plaza, ser libre de reír y pensar.
Detestaba su primer nombre. No iba con ella. Prefería su segundo nombre, Catalina, además suena más elegante, sofisticado, no sonaba tan, casto y puro como María.
No se identificaba, por lo que se decidió a omitir su primer nombre.
Repentinamente alguien entró a su habitación sin tocar, Ella sabía de quien se trataba. Por ella no volteo a mirarle. Era Martina, Esta se acercó a su hija y le dijo:
-María Catalina ¿Qué es lo que pretendes? Dime.
-Solo quiero libertad, madre.
-Libertad… -repitió la mayor, como si estuviese saboreando con amargura dicha palabra-. ¿No entiendes que es tu deber ir al convento? La tradición lo indica. Te llamas María.
-No, de ahora en adelante, no me llamaré María.
-¿Qué dices por dios, muchacha?
-Catalina será mi nombre principal.
-¡María Catalina, sabes que negarse a llevar el santo nombre de la madre del hijo de dios es blasfemia!
-Utilizarlo para ganar estatus social es más blasfemo. Madre.
Marina se sorprendió, aquello fue como un golpe directo en el estómago.
-¿Cómo te atreves a decir eso? -habló Martina con un tono casi amenazante.
-Solo digo la verdad. Yo no miento. Mi nombre tiene una intención, y esa es hacerles ganar estatus social.
-Escúchame bien, es tu deber como hija del alcalde seguir la tradición.
-No lo haré.
-¡Lo harás! -sentenció Martina con voz firme y decidida.
María Catalina le miro enfadada, pero sabía que su madre era difícil de doblegar cuando se trataba de una decisión tan importante como el estatus social de la familia.
-Así que deja de ser egoísta, María Catalina.
Y teniendo la última palabra, Martina se retiró de la habitación.
-Ahora resulta que soy egoísta… -habló María Catalina para sí misma, con completa frustración.
Observó su soledad en ese minuto, Volteo a mirar una medalla de oro con la imagen de Santa María. Se acercó a aquella medalla. La cual traía un listón rojo.
Y un broche de oro. Y pensar que eso era la única joya que podía lucir.
La joven de larga cabellera azabache, se sentía frustrada, agarro aquella medalla y la guardo en lo más recóndito de un cajón de su mesita de noche.
Estaba enojada. Con su madre y consigo misma. Sobre todo, con esa tradición de que cada mujer llamada María debía ser internada en un convento.
Tradición que para María Catalina era ridícula.
Sin embargo, iba a actuar. Protestar no la llevaría a nada, solo a enfadar más a su madre.
Así que decidió guardar silencio, observar y tal vez, usar todo lo que vea a su favor.








