Capitulo 1: La carta de Kela
Hace cien años, Kiyuu fue salvado.
Pero la victoria tuvo un precio.
Ocho guardianes se enfrentaron a la catástrofe que amenazaba el mundo… y al final quedaron cristalizados.
Ocho héroes detenidos en el tiempo.
Solo uno sobrevivió.
Kela Mushgrove, de la aldea de los hongos.
Decían que era brillante como la esperanza, ligera como una pluma y curiosa como un humano que ve el mundo por primera vez.
Vivió cien años sola.
Esperando.
O al menos… eso es lo que todos creen.
La carta de Kela:
“El viento sopla
Frente al gran Árbol Central, Aikari y Surini descansan dentro de una esfera transparente. Son las sobrinas de Kaido. Las dejé ahí para que el tiempo no las alcance… para que cuando él vuelva, las encuentre tal como las dejó. Pero el tiempo no perdona del todo. Crecer sin vivir también es una forma de perder algo.
He pensado demasiado en aquel día. El día en que lo perdí todo… y al mismo tiempo salvé el mundo. Para algunos soy una salvadora. Para otros… una asesina egoísta. Hace cien años, mis amigos quedaron atrás. Si hubiera sido más rápida… si hubiera decidido mejor… quizá seguirían aquí.
Hoy iré a Atlalis, el reino de los guerreros. Pero antes, esta carta debe ser enviada a la familia Sansuri, en honor a su hijo mayor, Zhunnie.
Kela dobló la hoja con cuidado. No había dramatismo en sus movimientos, solo cansancio, solo memoria.
Salió de casa y entregó la carta al cartero.
—Debe llegar a la familia Sansuri —dijo con voz firme—. Es una explicación… y una disculpa.
El cartero asintió y partió hacia la frontera de Alho, cruzando hacia Sarin, el reino de los dragones.
Kiyuu no era un solo mundo. Era una red de territorios vivos. Alho, el reino de los hongos, donde la vida crece en ciclos extraños. Sarin, el reino de los dragones, frontera de guerra y ceniza. Atlalis, el reino de los guerreros, donde el poder define la ley. Entre ellos existían bosques que cambian de forma, rutas que desaparecen y criaturas que ya no deberían existir.
Kela volvió a casa.
Su madre, Velvet, la observó en silencio.
—Estás cargando demasiado otra vez… no fue tu culpa, Kela. No puedes vivir atrapada en ese día.
Se acercó a ella y dejó un objeto en sus manos. Un sombrero hecho de hongo.
—En nuestra aldea, cuando un hongo nace, pierde su forma original y se convierte en humano. Pero la raíz nunca desaparece. Cuando cumplen dieciocho años, reciben esto. Es lo que queda de su origen.
Kela lo miró sin entender del todo.
—¿Qué significa?
Velvet sonrió suavemente.
—Que ya no eres una niña.
Le colocó el sombrero con cuidado.
—Ahora puedes decidir tu camino… pero escucha bien. Solo hay una condición.
Kela levantó la mirada.
—Sé feliz.
El silencio que siguió pesó más que cualquier espada.
Kela salió de su hogar.
El viento golpeó su rostro como si la reconociera.
El mundo fuera del reino de los hongos era distinto. Más amplio. Más frío. Más real.
Caminó sin mirar atrás.
Atlalis la esperaba.
Y con él… todo lo que todavía no entendía de sí misma.
Continuará…








