Capítulo Único

Aishma y Dodilka tenían un largo trecho aún que recorrer cuando llegaron a la playa Arantak. Cuando la proa encalló en la arena dorada, el sol tras ellos teñía la superficie de un dorado misterioso. Sus pieles cobrizas adquirían un tono igual de sublime, evocando trazas de sueños y vahos de fantasías. Aishma bajó del bote, tambaleándose, por el gusto simple de sentir tierra firme otra vez bajo sus pies. El oleaje tranquilo le rozó las delgaduchas piernas mientras él caminaba hacia la arena seca más allá. Oscuras gotas de sangre fueron trazando un camino por donde el chico pasaba, hasta donde se detuvo más allá sobre una duna. Dodilka se quedó en el bote un rato más, dejando perder la mirada en el agua un poco más antes de volver su atención a los cubos a su espalda.
El ardor de sus músculos hablaba de un jornada de buen trabajo remando, al igual que su piel quemada y el sudor que lo bañaba entero. Pero aún tenía suficiente energía como para incorporarse y buscar sacar el botín. Habían navegado desde antes de la puesta del sol del día anterior, más de lo que recordaba, ida y vuelta, suficiente para producir una insolación en más de algún chico de su edad. Pero no en Dodilka, él no se dejaba amedrentar tan facil por un sol inclemente y el mar de traiciones que surcaban.
Aishma por el contrario, cayó dormido desde que su cuerpo descansó en la arena y Dodilka ya estaba pensando que sería dificil despertarlo para llevar a tierra lo conseguido. No podrían quedarse mucho tiempo en el bote, la gente de su pueblo necesitaba ese valioso tesoro, si no se daban prisa, quien sabe qué pasaría.
El joven, cuya piel parecía de cuero tosco y mal teñido por las quemaduras del sol, tomó el yugo. Con movimientos lentos se arrodillo y enganchó las argollas a cada cubo que le correspondían. El contenido de ambos se agitó con suavidad, lo que hizo que Dodilka contuviese el aliento, pero al ver que nada del interior se derramó, reanudó el camino. Se hubo en pie y salió del bote con su carga pendiendo de ambos lados del yugo.
No dio más de tres pasos cuando se dio cuenta de que debía descansar. Los colocó en la arena y respiró hondo un par de veces antes de seguir el ejemplo de Aishma. Su compañero era mayor que él, por poco, en apariencia no se podría saber quien era mayor que quien. Pero la diferencia era marcada, mucho más de lo que cualquiera se podría imaginar. Mayor en conocimiento, mayor en destreza, mayor en valentía. Por Aishma estaban ahí, por él es que habían llegado tan lejos, por el sueño del Último Prometeo, por eso Dodilka lo dejaba descansar, porque se lo merecía. No había otro más merecedor del descanso.
La travesía no había sido fácil, a pesar de solo haberles llevado algo así como dos mil noches y una mañana. Dodilka espió por el rabillo del ojo el muñón sanguinolento del brazo de su compañero, ahora minado con granos de arena. El rastro de rojo bajaba hasta el agua y se perdía ahí, pero era tan llamativo que robaba el aliento.
Dodilka buscó despegar la mirada del rastro de sangre para volverlo esta vez al contenido de los cubos una vez más. El botín, el último don. Había valido la pena, a pesar de todo. Incluso cuando bajó la vista hacia su mano con ahora solo tres dedos. Suspiró, si, había valido la pena.
Cuando Dodilka era muy pequeño, en un pasado que ya no conseguía ni siquiera vislumbrar, le habían hablado de Prometeo. El ladrón del fuego, que trajo el don del calor a los hombres y fue castigado en gran medida. La ilustración del libro de mitos que le habían mostrado tenía una figura oscura, empequeñecida, ante el altar de los dioses. Rodeado de las sombras que proyectaba el gran fuego sagrado en su antorcha.
Con la mano buena, extrajo de su bolsillo un caparazón de nautilos, que usó como cuchara para sacar un poco del botín de los cubos. El agua fresca y delicada parecía ser menos que el mismo aire, de tan liviana y transparente, pero Dodilka solo tuvo que observarla un instante para ver su valor. Ahora Dodilka era Prometeo, no como el primero, pero sin duda una especie de Prometeo. El último Prometeo.
Ahí, en esa inocente caracola, se encerraba el don más grande de la humanidad. Un don que nadie esperaba perder y que le fue arrebatado a la humanidad hacía demasiado para recordarlo. El último don...
Antes de cualquier otra cosa, Dodilka llevó esa pequeña cucharada de agua a los labios agrietados de Aishma. Se quedó unos instantes viendo desaparecer esa única gota en la oscura cavidad de su boca por segundos que le parecieron eternos.
Enseguida cesó el subir y bajar de su pecho y el sonido de su respiración se apagó.
—Hasta aquí, viejo amigo —la voz apagada y acartonada que salió de la garganta de Dodilka, reveló una edad muy por encima de la que aparentaba, muchos siglos más si fuera posible—. Es correcto que tú seas el primero en ser liberado...
Dodilka volvió a incorporarse, colocándose bajo el yugo y alzando con él ambos cubos. Tomó un respiro antes de emprender el viaje hacia la aldea. Aishma podía descansar esta vez si quería, era, de los dos, el que más se merecía el descanso permanente.
Dodilka avanzó por entre la maleza, sintiendo el botín removerse en los cubos, y el sudor bajando por sus sienes a medida que seguía adentrándose más y más en la selva. Le temblaban los brazos, y jadeaba con los dientes apretados, pero seguía adelante a medida que iba vislumbrando las primeras casas entre los árboles.
El sol del atardecer se había ocultado casi por completo para este punto, y Dodilka solo veía si esforzaba la vista entre tantas sombras. Pero entonces, el contenido de sus cubos empezó a brillar suavemente, como con el color del rayo y la brasa ardiente, pero sin quemar.
Al llegar a la aldea, muchos lo esperaban, sus siluetas transmitían expectación, todos lo observaron con atención. Dodilka, el más joven de la aldea, regresaba solo esta vez con el botín tan esperado. Los más ancianos se aproximaron trémulos, menos que cadáveres andantes, observaron atónitos el contenido cristalino. Su brillo opalino recordaba el mismo material etéreo que se deslizaba por las pestañas y los oídos al soñar con la muerte.
—Dodilka... —murmuraron las voces antiquísimas del mundo.
—Prometeo. —respondió este, y todos ahogaron un grito de sorpresa.
—¿Cuánto... cuánto... tiempo... ? —masculló uno de los más consumidos, con el sonido de las eras juntas en un solo soplo— ¿cuánto...?
Y acercó las manos descarnadas a la superficie, con sus ojillos hundidos en las cuencas, brillando apenas con la luz de una esperanza nunca antes soñada.
—Más de mil eones —Dodilka suspiró de nuevo y su voz avejentada como su alma—, pero por fin... por fin... logramos regresarle al ser humano el último don... lo que nunca debió robársele... la muerte...

Tenía el deseo de desentumir mis pocas habilidades de escritora, y esto es básicamente lo que salió después de un rato. Pretendo pulirlo más adelante, imagino que por lo informal de la escritura deben de haber errores, pero es que esto es más que nada un ejercicio de creatividad.
Gracias por leer.








