EJECUTIVO IMPERTURBABLE

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Summary

Andrew Mason es la definición de la perfección fría: impecable, calculador y letalmente eficiente. Cuando entra como nuevo consultor al poderoso consorcio Prime International, todos ven en él al ejecutivo destinado a llevar la empresa a la cima. Nadie sospecha que su verdadera misión no tiene nada que ver con los números ni los mercados. Andrew está allí por una sola razón: venganza. Su objetivo es Stefan Johnson, el hombre que destruyó a su familia y cuya impunidad parece inquebrantable.Pero sus planes se topan con un obstáculo inesperado: Amara Johnson, la brillante abogada del consorcio e hija de su enemigo. Obligados a compartir el despacho bajo la atenta mirada de un padre que sospecha de todo, Andrew y Amara inician una partida de ajedrez donde las mentiras, la ambición y una tensión eléctrica amenazan con romper las máscaras de ambos.¿Podrá Andrew ejecutar su plan sin que el corazón le juegue una mala pasada, o se convertirá en la pieza que él mismo juró destruir?

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

EL ECO DE LA VENGANZA

El despacho de Andrew Mason se sentía más como una fortaleza de cristal que como una oficina.

La penumbra lo envolvía, pero él no buscaba luz en el gran ventanal.

El hombre que había forjado su carácter durante años en el aislamiento, observaba el exterior con una mirada gélida.

No miraba el paisaje, sino su reflejo en el vidrio, endurecido por años de una disciplina fría que rozaba lo inhumano. No disfrutaba la vista; calculaba cada movimiento.

La decisión era irrevocable: el tiempo de espera había terminado.

Tras años de silencio, preparación profesional y reconstrucción personal, Andrew había fijado su objetivo. Iría tras el responsable de la muerte de su hermano, sin importar cuántas máscaras tuviera que romper en el camino.

Aquella noche, el ejecutivo dejaría de observar y comenzaría a ejecutar.

El suave chirrido de la puerta al abrirse no hizo que Andrew se girara. No necesitaba ver quién era; conocía perfectamente el sonido de esos pasos, tanto como los suyos propios.

—Sigues ahí —la voz de Julian resonó en el despacho, desprovista de cualquier tono de reverencia—. Mirando por esa ventana como si las respuestas fueran a aparecer en el cristal.

Andrew finalmente se tensó, sus hombros se movieron apenas un milímetro, pero no se dio vuelta. Julian, sereno ante el silencio de su amigo, caminó hacia el pequeño bar del despacho y se sirvió un trago sin preguntar.

Él era el único que sabía que, detrás de esa fachada de roca, Andrew estaba a punto de romper su propio juramento de no mirar atrás.

—El tiempo se está agotando, Andrew —sentenció Julian, apoyándose contra el escritorio y obligándolo por fin a encontrarse con su mirada.

Lo observó con la preocupación de quien conoce las cicatrices que no se ven; sabía que, detrás de aquel traje impecable y esa mirada indiferente, los recuerdos de la pérdida de su hermano no eran solo una sombra, sino el motor de una venganza que apenas se estaba gestando.

Andrew no buscaba justicia en los tribunales, buscaba algo mucho más definitivo y radical que le devolviera el equilibrio que le habían arrebatado.

—La información que pediste está lista —dijo Julian, rompiendo el silencio.

Andrew se giró lentamente; no hubo alegría ni alivio, solo una fría determinación que confirmaba que el juego estaba por comenzar. Asintió con un ligero movimiento de cabeza.

—Mañana a primera hora me entrevistaré con Stefan Johnson en el consorcio y conocerá, por fin, a Andrew De Santis. No tiene ni idea de lo que le espera.

Empuñando las manos y con el ceño fruncido, se sentó en su silla. Julian le dejó el trago a un lado.

—Bebe, lo necesitas. Te dejaré solo —dijo sin esperar respuesta, dando media vuelta y cerrando la puerta a sus espaldas.

Andrew bebió el contenido del vaso de un solo sorbo. Abrió la computadora portátil y, al ver la información solicitada, una punzada en la memoria lo obligó a mirar aquella pantalla sin parpadear.

OCHO AÑOS ATRÁS

Las oficinas de Prime International se encontraban en su jornada habitual, pero Brian Mason no tenía ni idea del hallazgo que haría, el mismo que le costaría la vida.

Haber descubierto pruebas contundentes que incriminaban al mismísimo Stefan Johnson en una red de actos ilícitos y fraudulentos, e intentar enfrentarlo cara a cara para defender los intereses de su familia, fue el detonante definitivo para que Stefan tomara la determinación de sacarlo del camino, sin ensuciarse las manos y sin dejar rastro alguno.

ACTUALIDAD

La mañana siguiente fue un despliegue de precisión militar.

Andrew Mason había desaparecido en la penumbra de su despacho; de aquel ascensor del consorcio Prime International salió Andrew De Santis, un hombre diseñado para el éxito: traje a la medida, postura impecable y una calma gélida.

La entrevista con Stefan Johnson fue una partida de ajedrez jugada a la velocidad de la luz. Stefan era un hombre que olía la debilidad a kilómetros, pero Andrew no tenía ninguna que mostrar.

Habló de números, de mercados y de expansión, proyectando exactamente la imagen del ejecutivo ambicioso y pragmático que Johnson necesitaba para sus oscuros fines.

Stefan, encantado con la frialdad de su nuevo fichaje, apenas percibió la verdadera intención en los ojos oscuros de su interlocutor.

—Bienvenido a bordo, De Santis —dijo Stefan, cerrando la carpeta sobre el escritorio con un golpe seco—. Creo que encajarás perfectamente aquí.

Andrew se puso de pie, con el rostro impasible como una máscara de mármol.

—No le decepcionaré, señor Johnson.

Tras un apretón de manos, Andrew salió de la oficina caminando por el pasillo central, sintiendo cómo, con cada paso, se acercaba más a su verdadero objetivo. Ya estaba dentro.

Pensativo, calculando su próxima jugada, no vio el movimiento rápido que venía de la oficina contigua.

Un cruce de caminos terminó en un choque seco; varios folios y carpetas volaron por los aires, esparciéndose por todos lados.

Andrew se detuvo observando los papeles a sus pies, pero su rostro no mostró un ápice de cortesía.

Simplemente le dedicó una fría mirada y un leve asentimiento a aquella mujer que se encontraba en el suelo, algo desorientada, para luego continuar su camino como si el incidente no hubiera sido más que una ráfaga de viento.

Ella, todavía agachada recogiendo aquel desastre, lo vio alejarse con una mezcla de indignación y sorpresa. ¿Quién demonios era ese tipo?

Apenas unos minutos después, al entrar en el despacho de su padre, Amara sentía la tensión que aún le recorría el cuerpo.

—Hija mía, llegas justo a tiempo—dijo Stefan sin notar su mal humor—. Tenemos un nuevo consultor, Andrew De Santis. Es brillante, pero necesito que seas mis ojos en su oficina. Quiero que lo observes y me informes hasta el último movimiento que haga, hasta estar totalmente seguros de si es un hombre de fiar o si es solo una pieza prescindible.

Amara sintió un nudo en el estómago; sabía exactamente de quién hablaba y a qué se refería su padre con "verificar".

Conocía los negocios turbios que se movían tras la fachada del consorcio y, aunque no le agradaba tener que actuar como vigilante, no podía negarse. Su padre no pedía, ordenaba.

—¿Tengo que trabajar con él? —refutó Amara, intentando ocultar su fastidio, pues ya se había dado cuenta de que De Santis era el mismo tipo pedante y tosco que la había hecho tropezar en el pasillo.

—No es una petición, Amara, es una orden. Asegúrate de que nada se te escape.

Una hora después, Andrew intentaba concentrarse en su nueva oficina cuando la puerta se abrió sin previo aviso.

Amara entró con determinación, cargada de carpetas y una autoridad que inundó la habitación.

No se veía como una subordinada, sino como alguien que era dueña de cada centímetro cuadrado de aquel edificio.

Andrew levantó la vista de su ordenador, encontrándose con la misma mujer del pasillo. Ella dejó caer los documentos sobre la mesa, ocupando el espacio con actitud desafiante.

—A partir de hoy, compartiremos el espacio de trabajo —dijo ella sin mediar saludo—. Órdenes del jefe: supervisaré cada cosa que hagas en esta oficina. Así que, señor De Santis, será mejor que te acostumbres a mi presencia.

Andrew la observó, manteniendo su máscara de indiferencia absoluta, aunque por dentro ya estaba al tanto de quién era ella.

Que no le hubiera dicho que era la hija de Stefan Johnson le daba la completa seguridad de que la

habían enviado allí solo para observarlo. El juego psicológico acababa de subir de nivel.