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Karma

Summary

Karma según la religión budista y en el hinduismo, Karma es la creencia según la cual toda acción tiene una fuerza dinámica que se expresa e influye en las sucesivas existencias del individuo. Esta fuerza se encuentra alrededor de cada persona, lo que pasa es que muy pocos individuos lo conocen o le toman alguna importancia, algunos no le presta atención ya que a veces el Karma tardan años en suceder, otros sufren consecuencias al instante por lo tanto aprenden de su error y reconocen el poder detrás del Karma. Pero también hay personas crueles que no comprenden, que se llenan de tanto odio y negación, que cuando les toca piensa que la culpa esta adherida al que le hicieron mal, algunas personas aprenden crecen y maduran, otros lastimosamente no lo hacen, Petunia Dursley de soltera Evans es por desgracia la última clase, y es por ello que cuando el Karma llega a su vida esta niega cualquier sentimiento de culpa, y piensa en el monstruo que causo esto.

Genre
Drama
Author
Sary_sary
Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

“Mis acciones son mis únicas pertenencias. No puedo escapar de las consecuencias de mis acciones. Mis acciones son el suelo sobre el que me mantengo”

ThÍch Nhãt Hαnh

Petunia Dursley, de soltera Evans, se esforzaba cada mañana por convencer al espejo de que ella era una persona perfectamente normal.

En su mente, la normalidad no era una condición, era un logro. Una medalla que se colgaba al cuello para distinguirse del caos que habitaba en su propia sangre.

Su familia, en apariencia, era el retrato del orden británico: un padre trabajador, una madre dedicada y dos hijas.

Pero esa imagen era una fachada de papel que se desmoronaba cada vez que Lily entraba en la habitación.

Para Petunia, su hermana no era solo “especial”; era un recordatorio viviente de su propia insuficiencia.

Mientras Petunia se desvivía por obtener calificaciones perfectas mediante el estudio extenuante y la disciplina, Lily obtenía el asombro del mundo simplemente por existir.

La “normalidad” de Petunia era su refugio y, a la vez, su condena.

Se obligó a desear una vida de paredes color crema y tazas de té a juego. No porque fuera su sueño original, sino porque era el único territorio donde Lily —con sus chispas en los dedos y sus castillos en el aire— no podía entrar a competir.

Si no podía ser mágica, sería la perfección de lo ordinario.

Su sangre hervía, no por odio puro, sino por el dolor punzante de la exclusión.

Observaba a sus padres mirar a Lily con una mezcla de reverencia y temor reverencial. Una mirada que nunca se posaba en ella, la hija que sí seguía las reglas, la que sí limpiaba sus zapatos, la que no hacía que las cosas explotaran.

En el fondo de su corazón, en un rincón que Petunia mantenía bajo llave, guardaba el eco de una súplica rechazada: el deseo de ser un monstruo también, con tal de ser amada con esa misma intensidad.

Cuando Lily se marchó para casarse con ese arrogante y desastroso Potter, Petunia no sintió pena, sino una liberación violenta, casi física.

Al cerrar la puerta tras ellos, sintió que finalmente recuperaba el aire que su hermana le había robado durante años.

Sin la sombra de la “perfecta Lily” oscureciendo su pasillo, Petunia podía finalmente convencerse de que su vida pequeña, pulcra y predecible era la única que valía la pena vivir.

Se refugió en la absoluta cotidianidad, jurándose a sí misma que el mundo de Lily estaba muerto.

Lo que más amargaba su sangre era la figura de James Potter.

Petunia lo observaba desde el rincón de la sala, ocultando su desprecio tras una taza de té, mientras él seguía a Lily con la mirada.

No era solo que fuera un mago; era que James era hermoso.

Tenía esa apostura natural, un descaro magnético y una elegancia despreocupada que lo hacía parecer salido de una revista.

Ver cómo él reverenciaba cada paso que Lily daba, cómo la envolvía en un amor ridículamente grande y desvergonzado, le causaba a Petunia un nudo de celos que no podía nombrar.

Sus padres eran los peores cómplices.

Observaba con los puños apretados cómo celebraban la relación de Lily con una alegría que rozaba la adoración.

Para ellos, James no era un extraño peligroso, sino el príncipe que su hija especial merecía.

Mientras Petunia se esforzaba por ser la hija que mantenía el orden y la lógica, sus padres se perdían en relatos de castillos y proezas, validando que el brillo de Lily era lo único que iluminaba esa casa.

Para Petunia, el amor de James por Lily era una injusticia cósmica.

No entendía por qué a la hermana que ya lo tenía todo —la magia, la atención, el don de gentes— se le otorgaba también un hombre que la amaba con esa intensidad absoluta.

En ese entonces, Petunia estaba sola, rodeada de su propia normalidad estéril. Se sentía como un boceto sin terminar frente a la pintura vibrante que era su hermana.

Poco después apareció Vernon Dursley y, para Petunia, él fue un milagro de lo ordinario.

En un mundo que le había dado la espalda por no ser “especial”, Vernon era una presencia rotunda, sólida y benditamente predecible.

Con él, las conversaciones no trataban sobre castillos ocultos o leyes físicas rotas, sino sobre el precio de los taladros y la puntualidad de los trenes.

A su lado, ella era simplemente Petunia, y esa simplicidad se sentía, por primera vez, como un privilegio.

Vernon se desvivía por ser el retrato del galanteo convencional.

En sus citas, se mostraba exageradamente meloso, envolviéndola en una atención constante que Petunia bebía con una gratitud silenciosa.

Le abría las puertas con un ímpetu ruidoso, le regalaba cajas de bombones con lazos simétricos y la llamaba “su tesoro” con una voz ronca que buscaba proyectar una autoridad protectora.

Petunia lo observaba con orgullo mientras él inflaba el pecho al caminar por la calle, hablando de sus futuros ascensos en Grunnings con una pomposidad que a ella le parecía la ambición natural de un hombre de éxito.

Le encantaba que él siempre buscara la mesa más central en los restaurantes, exigiendo atención con una voz potente que, para ella, no era más que la seguridad de alguien que sabe lo que merece.

Incluso cuando el cuello de Vernon se tornaba de un rojo violáceo porque el camarero se equivocaba con la cuenta, o cuando golpeaba el volante del coche con un puño cerrado ante un semáforo en rojo, Petunia no veía una señal de alarma.

Para ella, esos ojos pequeños que se tornaban duros como cuentas de cristal eran la prueba de un carácter firme. La virilidad necesaria para mantener el orden en un mundo caótico.

Si él apretaba su mano con una fuerza que llegaba a dejarle marcas en la piel, ella lo interpretabas como el miedo de un hombre enamorado a perderla.

Eran los gestos de alguien que, al igual que ella, detestaba cualquier asomo de irregularidad.

Cuando él le propuso matrimonio en un pequeño y modesto restaurante, entre el olor a carne asada y la seguridad de lo convencional, el momento fue perfecto en su rigidez.

Vernon se inclinó sobre la mesa, buscando su mano con una posesividad que la hizo sentir, por fin, el centro del universo de alguien.

—Petunia —dijo él, con una solemnidad casi religiosa mientras le mostraba el anillo—, construiremos una vida tan limpia y tan recta que nadie podrá encontrarle una sola mancha. Seremos el ejemplo de lo que debe ser una familia de verdad.

Al aceptar, Petunia sintió que finalmente tomaba las riendas de su destino.

No escuchó el tono de mando en su voz ni notó que el “nosotros” de Vernon sonaba siempre a “mío”.

Ella solo veía al hombre que la sacaría para siempre de la sombra de Lily.

Se aferró a su brazo, ignorando que la presión de sus dedos era un poco demasiado firme, y sonrió al futuro, convencida de que su armadura de normalidad era inexpugnable.

Sin embargo, la amargura regresó cuando sus padres, en lugar de celebrar su estabilidad, mostraron su desaprobación.

Aquel rechazo encendió en Petunia una rabia sorda e indignada.

¿Cómo podían cuestionar a Vernon, un hombre con un empleo respetable y un coche propio, cuando habían recibido con los brazos abiertos a un vago excéntrico como Potter?

Entendió entonces que para sus padres nunca nada de lo que ella hiciera sería suficiente si no venía acompañado de chispas o imposibles.

Pero esta vez no cedió.

Vernon la encontraba hermosa, la deseaba y la ponía en un pedestal donde ella ya no era “la hermana de la bruja”, ni la chica de facciones duras que se escondía en los rincones.

Por primera vez en su vida, Petunia no era la segunda opción.

Se mantuvo firme, luchando contra el juicio de sus padres hasta que, de mala gana, aceptaron la unión.

Para cuando llegó el día de la boda, sus padres ya habían fallecido, llevándose con ellos el peso de sus comparaciones.

Petunia no envió invitación a su hermana; no quería “monstruos” manchando su vestido blanco ni miradas de superioridad arruinando su banquete perfecto.

Se casó con su dulce Vernon en una ceremonia tan normal que rayaba en lo sublime.

Y en ese momento, mientras intercambiaban votos, Petunia enterró el recuerdo de Lily bajo capas de resentimiento y olvido.

Había ganado.

Tenía su casa, tenía su apellido y, pronto, tendría a su hijo, Dudley. La prueba final de que su mundo normal era, en realidad, el único mundo que importaba.

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