Ramen con extras
Lucía era de esas porteñas que caminaban como si la vereda fuera suya: jean ajustado que le marcaba el culo redondo, top corto que dejaba ver un pedacito de piel bronceada y el pelo negro suelto cayéndole por la espalda.
Esa noche de invierno porteño, con el frío mordiéndole las tetas, entró al Gangnam Express casi a las once menos cuarto. El supermercado coreano del barrio ya tenía las luces bajas y el olor a kimchi y fideos instantáneos flotando en el aire.
Como siempre, sus ojos buscaron directo al fondo.
Min.
El más bajito de todos los empleados, pálido como papel arroz, con esa cara de muñeco de porcelana que parecía que nunca había visto el sol.
Pero la mirada… esa mirada de depredador silencioso la tenía loca desde hacía meses. Cada vez que iba, él la seguía con los ojos desde la góndola de snacks hasta la caja. No decía mucho, solo un “hola” bajito con acento cortante y una sonrisa que prometía cosas sucias.
Esa noche no había casi nadie. Lucía agarró un ramen Shin Black, el más picante, y se acercó a la caja contoneando las caderas a propósito.
—Buenas, Min —dijo con esa voz ronca que usaba cuando quería joder—. ¿Me cobrás esto antes de que cierres y me dejes con hambre?
Él levantó la vista. Esos ojos negros se clavaron en ella como si ya la estuviera desnudando. La persiana metálica empezó a bajar con un ruido metálico lento. El último cliente salió apurado.
—Última clienta —murmuró Min, pasando el ramen por el lector—. Hoy… cerramos tarde.
Lucía sonrió de lado.
—¿Y vos te quedás adentro solito? Qué peligro.
La persiana terminó de bajar con un golpe seco. Quedaron los dos solos bajo las luces fluorescentes. El supermercado entero era de ellos.
Min salió de atrás del mostrador. Era más bajito aunque ella tambien, debia levantar apenas la vista para mirarlo a los ojos, pero se movía con una seguridad que la puso mojada al instante. Sin decir nada, la agarró de la cintura y la empujó contra la góndola de fideos. Sus manos eran frías, pero firmes.
—Todo este tiempo mirándome… —susurró él contra su cuello, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Pensás que no me doy cuenta, ¿no? Sos una puta provocadora, argentina.
Lucía soltó una risita nerviosa y caliente.
—Y vos un coreano pervertido que me coge con la mirada cada vez que vengo. Dale, Min… mostrame lo que escondés.
No hizo falta más. Min le subió el top de un tirón, dejando sus tetas al aire. Le chupó una con hambre, mordiendo el pezón hasta que ella gimió fuerte. Sus manos bajaron rápido: desabrochó el jean y metió dos dedos directo en ella, que ya estaba empapada.
—Tan mojada… —gruñó contra su piel—. Hace meses que quiero romperte.
Lucía le bajó los pantalones negros de uniforme sin vergüenza. La pija de Min saltó dura, más gruesa de lo que esperaba para un tipo tan petiso. Venosa, pálida, con la cabeza hinchada y brillante. La agarró con fuerza y empezó a pajearlo mientras él le metía los dedos más profundo, curvándolos para tocarle el punto G.
—Cogeme ya, enano hijo de puta —le jadeó al oído, bien argentina y sucia.
Min la dio vuelta contra la góndola, le bajó el jean hasta las rodillas y le escupió en la concha desde atrás. Entró de una sola embestida brutal. Era chica, apretada, y él la abrió igual. Empezó a cogerla fuerte, las bolas chocándole contra el clítoris, mientras le tiraba del pelo.
—Mirá cómo te tomo… toda esta mercadería es mía hoy —gruñía entre dientes, dándole nalgadas que resonaban en el local vacío.
Lucía gemía como loca, empujando el culo contra él.
—Más fuerte, Min… rompéme la concha. Quiero que me dejes caminando raro mañana.
Él aceleró, agarrándole las tetas desde atrás y pellizcándole los pezones. La sacó de repente, la puso de rodillas sobre el piso frío y le metió la pija en la boca hasta la garganta. Lucía la chupó con ganas, babeando, mirándolo con ojos lagrimosos mientras él le follaba la cara.
—Buena puta… tragátela toda.
La levantó de nuevo, la sentó en el mostrador de la caja y le abrió las piernas bien ancho. Esta vez la penetró mirándola a los ojos, lento y profundo al principio, después salvaje.
El sonido de su sexo mojado llenaba el supermercado.
Lucía le arañaba la espalda, le mordía el cuello, le susurraba guarradas en argentino mientras se corría por primera vez, apretándolo adentro.
Min no aguantó más. La sacó y le pintó toda la cara y el peho con leche espesa y caliente, gruñendo como animal.
Quedaron jadeando. Lucía se pasó un dedo por la mejilla, recogió semen y lo chupó mirándolo.
—Ramen con extra de proteína coreana… mi favorito —dijo riendo.
Min sonrió por primera vez de verdad, esa sonrisa peligrosa.
—Vuelve mañana. Te tengo preparado otro sabor
Lucía se acomodó la ropa, todavía con la cara manchada, y le guiñó un ojo, el le dio toallitas humedas para que se limpiara, antes de que él levantara apenas la persiana.
—Contá con eso, Min. Pero la próxima traigo el kimchi… y vos traés los condones. O no. Como quieras.
Salió a la noche fría del barrio con su entrepierna palpitando y una sonrisa de oreja a oreja.








