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Consagrado al pecado

Summary

En las montañas de Paises Bajos, se ha corrido un rumor entre los pueblos, un demonio acecha la zona Es un demonio que cambia de forma, hombre o mujer cambia dependiendo de la persona que desee tentar. Las personas que tienen la desdicha de toparse con él, perecen en el acto o quedan locas Es por eso que la santa sede decide intervenir, han mandado varios sacerdotes pero la mayoría cede a la tentación del demonio, muriendo en el acto. Asi que mandan a su sacerdote mas devoto, Max Verstappen, un huérfano criado por monjas que no conoce la maldad del mundo. Todo corazón alberga algo de maldad en el, ni siquiera el corazón mas puro esta a salvo.

Genre
Erotica
Author
maxthv98
Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

El murmullo en los pasillos de la Santa Sede era más denso que el incienso de la misa matutina. Los reportes que llegaban de las zonas montañosas del norte eran, por decir lo menos, aterradores. No se trataba de un simple brote de locura colectiva o de bandidos asaltando caminos; era algo que devoraba el alma antes de tocar el cuerpo.

—Hombres de poca fe —suspiró el Cardenal, cerrando la carpeta con un golpe seco.

Sobre su escritorio descansaba el último informe: el Padre Sebastián, un hombre que había servido treinta años con una voluntad de hierro, había sido encontrado en medio del bosque, desnudo, con una sonrisa de éxtasis congelada en el rostro.

El tercer enviado en menos de un mes.

La criatura no discriminaba, los lugareños hablaban de una sombra que se filtraba entre los pinos, un ser que podía ser la mujer más hermosa que tus ojos hubieran deseado o el hombre más imponente que tu piel hubiera soñado.

Un íncubo, un demonio que jugaba con el hambre de la carne para marchitar el espíritu.

—Traigan a Max —ordenó el Cardenal— Solo alguien que no conozca el mundo puede enfrentarse a lo que este ofrece.

Max Verstappen no sabía lo que era el deseo porque, francamente, nunca había tenido tiempo para él. Abandonado en los escalones de un monasterio cuando era apenas un bebé, fue criado entre el rigor de las monjas y el silencio de las bibliotecas. Para Max, la vida era una línea recta de disciplina... rezar, estudiar, limpiar, repetir.

Era joven, sí, y poseía una intensidad en la mirada que a veces intimidaba a los otros sacerdotes. No era una intensidad de malicia, sino de una devoción casi absoluta.

Si el Cardenal decía que el cielo era verde, Max no discutía.

Cuando lo llamaron a la oficina principal, Max entró con el paso firme de quien no tiene nada que ocultar.

—Hijo mío —comenzó el líder, observando la postura impecable del joven— Hay una mancha en las montañas del norte. Varios hermanos han caído, por la debilidad del corazón. Se han dejado seducir por un demonio que cambia de forma como el viento cambia de dirección.

Max asintió, con la expresión imperturbable.

—La carne es débil si el espíritu no tiene cimientos, Eminencia.

—Precisamente. Tú has crecido en el convento, lejos de las tentaciones del siglo, eres lo más puro que tenemos. Irás al pueblo de las faldas del monte, te instalarás en la pequeña iglesia local y no saldrás de ahí hasta que esa criatura sea expulsada o destruida.

El viaje fue largo y frío. A medida que Max subía hacia las tierras altas, el paisaje se volvía más agresivo. Los pinos parecían garras que intentaban rasgar el cielo gris y la niebla se volvía tan espesa que ocultaba los senderos.

Al llegar al pueblo, la atmósfera era pesada. La gente no lo recibió con campanas ni alegría; lo miraban con una mezcla de lástima y miedo desde las ventanas de sus casas de madera. Ya habían visto pasar a otros hombres con alzacuellos, y sabían cómo terminaban, gritando nombres de amantes imaginarios en medio de la noche o convertidos en cáscaras vacías.

La iglesia era un edificio pequeño, de piedra oscura y madera crujiente. Max dejó su escaso equipaje en una habitación que apenas tenía una cama de paja y un crucifijo de hierro en la pared. No necesitaba más.

Esa primera noche, mientras preparaba el altar para la oración, un escalofrío le recorrió la nuca. No era el frío de la montaña, era una sensación de ser observado, pero no por Dios.

Max estaba arrodillado frente al altar, con las manos entrelazadas y los ojos cerrados, recitando salmos en latín. El silencio fue interrumpido por un sonido suave, como el de una tela arrastrándose por el suelo de madera.

—¿Es que nunca se cansan de enviar corderos al matadero? —Una voz, que no era ni masculina ni femenina, sino una mezcla perfecta de ambas, resonó en el aire.

Max no abrió los ojos. Siguió rezando, aunque su voz subió un tono.

—Qué aburrido —continuó la voz, ahora claramente más cerca, justo detrás de su oreja. Max sintió un aliento cálido que olía a flores silvestres y a algo metálico, como la sangre— Los anteriores eran divertidos. Se resistían diez minutos, luego lloraban, y luego... bueno, ya sabes cómo terminaron. Pero tú... tú hueles a incienso y a soledad.

Max terminó el salmo y, con una calma que sorprendió hasta al propio demonio, se puso de pie y se giró.

Frente a él estaba el ser, en ese momento tenía la forma de un hombre joven castaño, de una belleza casi insultante. Su piel palida parecía brillar bajo la luz de las velas, y sus ojos eran de un color ámbar que parecía arder internamente. No llevaba ropa que cubriera mucho, solo unas sedas que parecían flotar a su alrededor a pesar de que no había corriente de aire.

—Soy el Padre Max —dijo el joven sacerdote, manteniendo la vista fija en los ojos de la criatura, evitando recorrer su cuerpo— Y he venido a limpiar este lugar de tu presencia.

El demonio soltó una carcajada que sonó como música; se acercó un paso, invadiendo el espacio personal de Max. El sacerdote pudo sentir el calor que emanaba de la criatura, una temperatura que desafiaba el invierno de afuera.

—¿Limpiar? —El demonio extendió una mano de dedos largos y elegantes, rozando apenas el hombro de la sotana negra de Max— Mira este lugar, Max. Está podrido de miedo, yo solo les doy lo que quieren antes de morir. Les doy un momento de verdad, ¿qué quieres tú, pequeño santo?

Max dio un paso atrás, no por miedo, sino por instinto.

—No quiero nada que tú puedas ofrecer.

El demonio sonrió, y sus ojos cambiaron un instante, volviéndose más oscuros, más profundos. En un parpadeo, su figura pareció desdibujarse. Sus hombros se volvieron más finos, sus rasgos más suaves, y ante Max apareció una mujer cuya belleza habría hecho que cualquier rey abandonara su trono.

—¿Seguro? —preguntó la versión femenina, con una voz de seda— Puedo ser lo que desees, puedo ser el calor que nunca tuviste en ese monasterio frío. Puedo ser la respuesta a las preguntas que no te atreves a hacerle a tu Dios silencioso.

Max apretó el rosario en su mano hasta que las cuentas le lastimaron las palmas.

—Vete de aquí, esta es la casa del Señor.

—Esta es mi montaña —siseó el demonio, volviendo a su forma masculina, que parecía ser la que más le divertía usar con el sacerdote— Y tú, Max, eres mi invitado de honor. No te mataré hoy, quiero ver cuánto tarda ese fuego sagrado tuyo en convertirse en ceniza.

Con un movimiento fluido, la criatura se desvaneció en las sombras de las vigas del techo, dejando tras de sí solo el aroma a flores y un silencio sepulcral.

Max se quedó solo, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo habitual. No era deseo lo que sentía, era el reconocimiento de que la batalla no sería contra un monstruo de garras y colmillos, sino contra algo mucho más peligroso: la curiosidad.

Se arrodilló de nuevo, pero esta vez, las palabras de las oraciones le costaron un poco más de trabajo.

●●●●●

La primera noche fue una advertencia de que la fe, en ese rincón olvidado del mundo, era un escudo demasiado delgado.

Max se despertó con el primer roce de la luz grisácea entrando por la pequeña ventana de su habitación. No había dormido bien; el aroma a flores silvestres del demonio parecía haberse quedado pegado a las paredes de la iglesia, como un perfume que se niega a morir.

Se puso la sotana, ajustó su cinturón y salió a la calle. Si quería eliminar a esa criatura, no podía hacerlo solo rezando entre cuatro paredes. Necesitaba entender a qué se enfrentaba, entender el rastro de destrucción que dejaba a su paso.

El pueblo era un laberinto de casas de madera y techos inclinados que parecían aplastados por la bruma constante. Max caminó por la calle principal, notando de inmediato algo que no había visto en el seminario: todas las puertas tenían una cruz de madera toscamente tallada o un rosario colgado del pomo. Algunos incluso habían pintado símbolos de protección con cal blanca.

—Padre, no debería andar solo —susurró una mujer que barría la entrada de su casa. Se detuvo en seco al verlo pasar.

Max se acercó con paso tranquilo.

—Buenos días, hija. Soy el Padre Max y he venido para ayudarles con la sombra que acecha estas tierras. Cuéntame, ¿qué es lo que han visto realmente?

La mujer soltó la escoba y se santiguó tres veces seguidas, como si mencionarlo fuera atraerlo.

—Esa cosa... no tiene una cara, Padre. O más bien, tiene todas las que uno desea. Mi vecino, el joven Pieter, juró haber visto a una muchacha de cabellos dorados llorando en el límite del bosque fue a ayudarla y... —la mujer bajó la voz hasta convertirla en un hilo— Cuando lo encontraron tres días después, parecía un anciano de cien años. Estaba seco, Padre, como una uva que se olvida al sol. No tenía ni una gota de sangre, ni un gramo de fuerza.

Max escuchaba con atención, procesando cada palabra. La descripción coincidía con lo que le habían dicho en la Santa Sede, pero el detalle de la apariencia era vital.

—¿Y las mujeres del pueblo? —preguntó Max.

—También han caído algunas —respondió ella, mirando nerviosa hacia las montañas— Pero ellas dicen haber visto a un caballero, un hombre de hombros anchos y ojos que te leen el pensamiento. Cambia de forma, se convierte en lo que más te hace falta. Si tienes frío, es fuego; si tienes sed, es agua.

Max anotó mentalmente: el demonio es un espejo del deseo. No atacaba con garras, atacaba con la carencia del alma.

Decidido a ver la realidad por sí mismo, Max pidió que lo llevaran a la morgue improvisada que el pueblo había instalado en un sótano frío detrás de la herrería. El alguacil, un hombre con la mirada vacía de quien ha visto demasiada muerte, le abrió la puerta pesada de madera.

—Ahí tiene al último, Padre, lo encontramos ayer cerca del arroyo —dijo el hombre, señalando una camilla de piedra.

Max se acercó.

El cuerpo pertenecía a un hombre que no debía pasar de los treinta años. Lo que vio le revolvió el estómago, aunque no dejó que su rostro lo mostrara.

El cadáver estaba literalmente consumido; la piel, de un tono gris amarillento, estaba pegada a los huesos de una forma antinatural. No había heridas de lucha, ni moretones, ni cortes de cuchillo. Solo una expresión en el rostro que Max nunca olvidaría: los ojos estaban abiertos, fijos en el techo, y las comisuras de los labios estaban ligeramente elevadas en una sonrisa de absoluta paz.

Era el rostro de alguien que había muerto en el momento más feliz de su vida, mientras su cuerpo era drenado hasta quedar como una cáscara vacía.

—Los sacerdotes que vinieron antes terminaron igual —gruñó el alguacil desde la puerta— Los encontrábamos en los senderos altos, con sus rosarios rotos y sus Biblias tiradas en el lodo, todos con esa maldita sonrisa. Ese demonio no los mata por odio, los mata por placer. Les saca la vida mientras ellos le piden más.

Max salió de la morgue respirando el aire frío para limpiar sus pulmones del olor a muerte. Caminó hacia los límites del pueblo, donde el camino se convertía en un sendero empinado que subía hacia los picos nublados.

Se detuvo frente a un poste de madera que marcaba el inicio de la zona boscosa. Ahí, colgado de una rama, había un escapulario que pertenecía claramente a uno de los enviados anteriores. Estaba manchado de una sustancia oscura, pero no era sangre; era algo que parecía aceite quemado, el rastro del demonio.

Observó a los hombres del pueblo que pasaban cerca. Casi todos caminaban con la cabeza baja, evitando mirar hacia arriba. El miedo estaba paralizando la economía y la vida del lugar.

Nadie se atrevía a ir a buscar leña, nadie quería subir a pastorear el ganado. El pueblo estaba muriendo de hambre mientras el demonio se daba un festín con sus impulsos.

“Ataca mayormente a hombres”, pensó Max, recordando las palabras de la mujer y lo que vio en el sótano. Como él era el único hombre joven y puro que quedaba en la zona, sabía que el objetivo principal del íncubo no era el alguacil ni los campesinos. El premio mayor era él.

La urgencia comenzó a quemarle en el pecho. No podía sentarse a esperar a que el demonio bajara a la iglesia de nuevo. Si seguía esperando, el próximo cuerpo en esa mesa de piedra sería el suyo o el de algún otro chico inocente que se dejara llevar por una cara bonita en la niebla.

—Los rosarios en las puertas no sirven si el corazón ya le abrió la entrada —murmuró Max para sí mismo, mirando hacia la cima de la montaña.

Regresó a la pequeña iglesia con un plan formándose en su mente. Tenía que atraer a la criatura a un terreno donde su cambio de forma no le sirviera de nada. Pero para eso, Max tendría que hacer algo que nunca había hecho en su vida: enfrentarse a sus propias sombras antes de que el demonio las usara en su contra.

Cerró las puertas de la iglesia y se arrodilló frente al altar, pero esta vez no rezó por paz. Rezó por fuerza, porque sabía que la próxima vez que viera a ese ser, la tentación no sería solo una voz en la oscuridad, sino un asalto total a sus sentidos.

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