Prólogo
No es una coincidencia que las maravillas del mundo sean 7; todas y cada una de ellas tan imponentes y con el poder de recordarte lo pequeño que eres ante un mundo habitado por miles y miles de personas antes que tú, dejando una huella imborrable. Se queman, se desgastan, se modifican y la naturaleza deja su huella sobre ellas, pero están ahí, para ser observadas y admiradas. Que los circulos del infierno sean 9; uno asignado para cada pecador que tomó decisiones egoistas en un mundo terrenal; el orgulloso; el envidioso; aquel que asesinó con la palabra y sus manos; el lujurioso que eligió el placer y sus deseos carnales sobre lo que realmente importaba; todos y cada uno de ellos cumpliendo una tortura eterna que se repetiría día con día.
¿Pero 8? No recordaba ni una sola cifra especial con ese número. 7 días, 12 meses, 60 minutos, 10 pecados, 1 cielo, 12 apóstoles.
Y 8, el número de lecciones de un juego, y 8, la cantidad suficiente para perder por siempre la idea que concebí de mí misma y de ella. De nosotras.








