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Metegol. Mundial 2026

Summary

Spreen toma decisiones estúpidas todo el tiempo; las últimas dos, lo dejaron sin electricidad en casa y apostando con Roier. Porque el ego te vuelve necio, y las apuestas ser ambicioso. arte en portada por: gabslvssproier. Gracias, flei por dejarme usarlo! ❤️

Genre
Lgbtq
Author
racco
Status
2mo ago
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Tiempo añadido.

24 de junio de 2026.

El Mundial de Fútbol de éste año fue el más especial de todos. México participaba como sede oficial, lo que causó mucha fiesta por todos lados y que los ánimos se dispararan por los cielos.

Los mexicanos de la isla estaban muy emocionados. Eran los primeros en mencionar mil de veces que la propia Selección Mexicana jugaría en el país.

Entre Aldo, Mariana, Missa, Quackity, Rivers y Roier decidieron jugar un piedra, papel o tijeras, para decidir quién iría primero en ser el anfitrión para ver los partidos.

Según el orden, Roier fue el tercero en perder. Por lo que, desde un principio, sabía que su partido por atender sería el México vs Chequia. Estaba ansioso, y aunque el fútbol no es su cosa favorita en el mundo, no podía evitar contagiarse de toda la alegría de sus amigos.

Y como bien se sabía, Roier no es fifas —ni siquiera veía más partidos además de aquellos de la Selección Mexicana— pero por otra parte…

Spreen si lo es.

El chico de gafas no perdió el tiempo en apostar por todos lados, en rebajar los equipos de los otros y presumir sus cientos de camisetas de Argentina. Sus fiestas y reuniones eran de las mejores; cada día había un partido nuevo que ver, que disfrutar. Hasta que en la noche de festejo por los tres goles de Messi, la emoción los llevó a treparse entre árboles y postes de luz y…dejaron a todo el vecindario sin electricidad. Sus propias casas se quedaron totalmente a oscuras.

Alrededor de las 3 de la madrugada, 4 borrachos futboleros, caminaron hasta la cabaña al cruzar el puente de piedra; la de Roier.

El castaño no estuvo presente en la fiesta; estaba durmiendo plácidamente hasta que un montón de tipos sudorosos, ebrios y somnolientos tocaron su puerta y le pidieron dormir en su sala. Se amontonaron entre almohadas, sillones y dos ventiladores pequeños que apenas daban vueltas.

Desde entonces, Spreen se ha quedado en casa de Roier; pareciera que no le preocupa demasiado volver a su propia casa.

Las reglas eran simples: nada de fiestas a menos que se prepararan con anticipación, todo lo que se rompe se tiene que pagar y nada de subirse a techos, árboles o postes de electricidad. Aunque Roier creyó que Spreen le replicaría, realmente lo tomó bien.

Al contrario de lo que pensó, Spreen jamás trajo a sus amigos a casa, cada día él prefería salir para ver los partidos en otro sitio.

Hasta que el México vs Chequia llegó. Todos sus amigos llegaron con comida, bebidas y los ánimos más altos que había visto esos días.

Roier les pintó las mejillas con tricolores patrios; verde, blanco y rojo. Decoró con banderas, guirnaldas y algunas tiras de luces que encontró en el ático.

Todos estaban listos para disfrutar. Había suficientes sodas, cervezas en lata y bebidas en vasos bien fríos. Roier se encargó de sacar todas las bolsas de frituras y pedir a domicilio los tacos para no interrumpir su velada.

Nada parecía faltar. El sonido de la televisión estaba muy alto para escuchar cada comentario durante el partido.

Hasta que la puerta se abrió de golpe, sobresaltando a todos los presentes.

—Ahh…¡Acá estaban! —Carre entró con una corneta y la única playera verde de su armario— Los buscamos en casa de Aldo, pero nadie abría.

—Si, boludo. Queríamos ver el partido con ustedes —Robleis sí vestía la camiseta de la selección, y un sombrero mexicano— ¡Órale, wey!

—Era mi turno de organizar la reunión —dijo Roier. Se levantó de inmediato, sacando más sillas y almohadas—, se supone que Spreen sabía.

Los chicos miraron al de gafas oscuras, quien se encogió de hombros— Lo olvidé —y se quedó de pie detrás de todos, como si buscará algo más que hacer.

En ese momento, Carre derramó la bebida de Quackity, manchando la mesita de centro.

Usaron todas las servilletas para limpiar, y como buen anfitrión que es, Roier se dirigió a la cocina para buscar más.

Estaba a punto de volver a la sala con todos sus amigos, cuando Spreen lo interceptó.

Se miraron. Spreen vestía su camiseta de Argentina que era casi totalmente blanca, a excepción de las franjas azules sobre sus hombros, un short de tiro bajo y sus zapatillas de siempre. Sus gafas oscuras se deslizaron por su nariz, y ya tenía una lata de cerveza abierta en su mano. Se veía cómodo, en su ambiente.

Pero era extraño estar contemplándose mutuamente cuando de fondo tenían las risas y anuncios previos del juego. Ninguno de los dos dijo nada por unos segundos, hasta que Roier perdió la paciencia— ¿Qué tienes, wey? ¿Necesitas algo?

Una sonrisa burlona nació en sus labios mojados— Quiero apostar.

—¿Mmh? —Roier frunció el cejo— Pero…¡Si ni siquiera es México vs Argentina!

—¿Y? México no ganará.

—Ya, pendejo. Vamos —intentó salir pero Spreen no se movió del umbral—, no tarda en llegar el pedido de tacos y sí me quedo sin cenar por tu culpa, te voy a madrear…—

—Roier —lo interrumpió—, si gana Chequia, cada gol es un deseo que me tenés que cumplir.

Podría jurar que todo se calló en ese momento.

—¿Qué?

—Cada gol será un deseo que me tenés que cumplir —repitió más lento, mirando al castaño de arriba abajo.

Roier sintió su mirada. Fue casi física.

No sabe bien qué fue lo que pasó.

Tal vez fue su tono de voz, o la manera en que se inclinó hacia él.

Tal vez fue el olor de su perfume o como su camiseta de fútbol se levantaba sobre el borde de sus pantalones bajos.

O tal vez fue que Roier no puede negarse a un reto, a una apuesta.

El castaño tragó saliva— ¿Y si gana México? ¿Me vas a cumplir lo que yo quiera por cada gol?

Spreen inclinó la cabeza, bebiendo de golpe lo que restaba de su cerveza. Su manzana de Adán se movió, y el sudor brilló contra la luz fría de la cocina, el gesto captó la atención de Roier, haciendo que apretara las servilletas en un puño.

Una gota de líquido se derramó por la comisura de sus labios, bajando por su mejilla, mandíbula y perdiéndose en la línea de su cuello.

Spreen volvió a saborear la cerveza de sus labios— Lo que vos quieras —terminó de decir, haciendo sonar la lata contra la encimera—, pero esto es entre vos y yo. Nadie más.

Roier se mordió el labio antes de sonreír— Pues bien —aceptó pasando a su lado—, prepara el culo, Spreen, porque Dios y Memo Ochoa están de mi lado —. Salió de la cocina, riendo sin poder aguantar la adrenalina que corría por su cuerpo.

Antes de que sus amigos preguntarán la razón de su alegría, Roier rápidamente abrió otra cerveza y se sentó a esperar el partido.

No dijo nada cuando, justo en el mismo sofá y bien pegado a su lado, Spreen tomó sitio con la sonrisa más ansiosa que jamás han visto.

Ninguno de los dos podía decidirse si deseaban ganar o perder para cumplir lo que el otro deseara.

El partido comenzó lento. Entre los gritos de Rivers, Aldo y Carre sobre los jugadores, Roier casi olvida la apuesta. Se reía con cada comentario de Mariana y correspondía los chistes de Robleis. Quackity era el más dramático, levantándose de su lugar y tomándose el cabello como si eso fuera a ayudar a anotar un gol.

Hasta cierto punto, Quackity comenzó a rezar— Diosito, yo sé que ya te lo pedí en el partido pasado pero hazme el favor de nuevo. ¡Por favor, por favor, por favor!—.

—¡Cállate, wey! —Rivers jalaría la manga de su playera y lo obligaría a sentarse.

Podría ser que sus rezos funcionaron, porque en el minuto 55, Chávez anotó el primer gol.

—Fue suerte —dijo Spreen, sin perder la tranquilidad, aunque su pierna se movió de arriba abajo, rozando contra la piel de Roier.

El castaño lo ignoró, pero le extendió otra cerveza, dejando una mancha húmeda de condensación en su mano.

Seis minutos después, México anotó su segundo gol. Roier se abrazó tan fuerte con Aldo, que terminaron en el suelo. Ambos gritaban. Carre se lanzó encima y, Robleis los grababa.

Spreen dejó su cerveza en la mesita mirando con el entrecejo tenso. Cuando Mariana se burló en su cara, él solo lo empujó, soltando un insulto inofensivo.

Un rato más tarde, la sala se llenó de gritos y burlas hacia Roier. Cómo gesto de despedida de su último partido, Memo Ochoa entró al campo.

Todos sabían que el jugador era su crush usual de cada mundial. Cuando enfocaron al futbolista, Roier se tocó el pecho y fingió que se desmayaba. Su hombro cayó sobre el de Spreen, quien ya tenía los brazos cruzados y los ojos fijos en la pantalla.

Sus comentarios furiosos no fueron sorpresa— Él es de los peores porteros, ¿Sabías? Aunque está considerado por la FIFA como una leyenda al nivel de Messi, él realmente no—

Roier presionó su cabeza contre el cuello de Spreen, logrando que se callara un segundo— Me gustaba Memo porque salía en el comercial del osito Bimbo, Spreen. No porque jugara bien.

Spreen lo miró de reojo, sin expresión.

Roier sonrió triunfal y flojo; sentía que podía hacer lo que quisiera porque estaba ebrio. Olía a alcohol en cada ardiente exhalación. Todo era más fácil— Sus rizos me vuelven loco.

—Eres un boludo —Spreen lo empujó, para que se quitará de encima, pero solo logró ganarse quejas y un leve forcejeo.

—Ayy, no te enojes. Eres un mal perdedor. ¡No tiene nada que ver lo guapo que es Memo con la apuesta! —Roier se tiró más a su lugar, con su mano aterrizando sobre el muslo de Spreen. Apretó el músculo, riendo— Verás que te gustarán mis deseos.

El calor se compartía entre ambos, y aunque había una expectación bailando entre sus muslos pegados, entre sus dedos temblorosos y la manera en que sus ojos recorrían al otro, ambos decidieron esperar al final del partido.

Los 90 minutos terminaron, y se agregaron seis minutos extras en los cuales, el tercer gol llegó.

Spreen dejó caer su cabeza entre sus manos y Roier saltó para celebrar con sus amigos.

Ambos ganaron, solo que de una forma distinta.


La celebración duró lo suficiente para que, a la media noche, Roier pensará que Spreen ya estaba en su propia cama dormido.

Hace más de una hora dejó de beber, y tras otra media hora, desapareció escaleras arriba.

Todos sus amigos ya se habían ido, cuando Roier se tambaleó hasta el baño. Se lavó la cara con agua helada, intentando traer algo de coherencia a su borracha conciencia.

Pero, ahora con en el silencio de su casa, sus pensamientos son más ruidosos que nunca.

Tres deseos.

Spreen puede hacer 3 cosas que yo quiera, las que sean.

Puedo pedirle que me cocine por una semana, que se encargue de la ropa sucia o que me consiga una stack de diamantes…

O…podría pedirle que se detenga de salir solo en toalla cuando termina de bañarse.

Que me deje de mirar de esa forma tan profunda.

Que cierre bien la puerta de su habitación para que ya no vea pequeños trozos de lo que es su…

Pum, pum. Spreen golpeaba la puerta del baño— ¿Te falta mucho, boludo? Quiero entrar.

Roier volvió a limpiar su rostro, se mojó el cabello y salió.

—Ya, ya. Listo.

—Por fin, por un momento creí que te estabas ahogando ahí dentro.

—Estoy borracho, pero no taaan borracho.

Spreen lo miró. Luego, Roier sintió el punzante dolor en su frente. Lo habían golpeado— ¿¡Qué te pasa, pendejo!?

—Estás tan borracho qué no evitaste mi golpe.

—¡Me sorprendiste! Es todo. ¿Quién pensaría que su compañero de casa lo atacaría?

—No te ataqué, solo probé un punto; decís mentiras.

Roier bufó— No estoy borracho —insistió.

—¿Entonces estás listo para gastar tus deseos?

Spreen lo dijo casualmente, apoyado en el pasillo y mirando a Roier con exasperación fingida. Actuaba como si fuera un gran trabajo tener esa conversación.

Pero había algo que a Roier no le agrada. Su manera de ver sobre su nariz, sobre su hombro. Como si todos estuvieran por debajo de él.

—Ese ego tuyo está demasiado arriba.

—Normal, yo siempre voy arriba —alzó las cejas, sugiriendo—, ¿Querés que te muestre?

—Yo te voy a mostrar, Spreen —dió un paso en su dirección, sintiendo su estómago apretado con tensión. Roier no sabía si era emoción o nervios.

Solo sabía que no paraba de pensar en la manera en que sus cuerpos rozaban durante todo el partido. Se provocaron hasta ese momento.

Spreen y Roier llevan jugando durante días. Tocando casualmente, hablando con doble sentido, mirando, esperando.

—Hablas como si la idea de ir arriba es lo que más te gusta —Roier se mordía, y succionaba lentamente su labio inferior, como si pensara en cuál sería su siguiente paso, cuál sería su primer deseo—, y creo que seré generoso y lo cumpliré.

—¿Mmh? —Spreen estaba perdido, ahora era él quien estaba más lento. Atrapado.

Dando un último paso, Roier presionó su pecho contra el del contrario. Tomo largas respiraciones, mirando cada reacción, cada parpadeo de Spreen.

Finalmente, se hizo a un lado— El baño es todo tuyo, iré a mi habitación.

Por un instante, Spreen creyó que eso sería todo. Otra provocación más que lo haría dormir irritado y ansioso, pero Roier le tocó el antebrazo, atrayendo su atención una última vez— Te estaré esperando.

Y siguió su camino.


¿Hasta qué punto podría una persona mantener la compostura y decir que estaba en un error?

¿Qué tan fuerte es el ego de un necio? Una persona insistente, alguien que jamás admitiría que estaba equivocado.

—Estás perdiendo el ritmo, Spreen —Roier dijo mientras sus manos apretaban las caderas del contrario. Sus dedos agarraban la carne como si quisiera dejar marcas por cualquier sitio— yo no creo que mi primer deseo esté siendo cumplido.

—¡Cállate! —dijo sin respiración. Se sentía tan lleno, y sin aire. Cuando pensó que le cumpliría a Roier, jamás se imaginó que él sería quien…— Yo puedo….vos sos un…

—Soy un cabrón y tú —Roier apoyó la planta de los pies contra la base de la cama, tomando impulso con algo más sólido que el colchón. Empujó profundo, logrando que Spreen se llevara uno de sus puños a la boca, mordiendo fuertemente los nudillos.— No sabes lo que es estar arriba.

—¡R-Roier! —gimió con su piel entre los dientes.Mientras probaba el leve sabor metalizado de la sangre, casi se deja caer totalmente sobre el otro, pero su débil brazo libre lo mantuvo arqueado sobre el miembro que golpeaba en su punto dulce. Cada estocada, cada roce, cada sentón que Roier le pidió.

“Deseo que estés sobre mí. Que me cabalgues como si tu vida dependiera de ello…ah, espera. Es tu ego el que está siendo desafiado”

Lo dijo ronco y bajo. Con el olor a tequila invadiendo el ambiente. Ambos seguían borrachos; de alcohol, de pasión, de ganas de más.

Él, que estaba sobre el mexicano que se negó a quitarse la playera de la selección, estaba desnudo, sudoroso y a punto de explotar.

“La playera es tu recordatorio: perdiste. Yo gané. Apostaste y ahora pagas tu parte”

El rostro de Roier estaba rojo de esfuerzo, de jadeos, de las incontenibles ganas de tomar a Spreen y apoyar su cara contra las almohadas. De tomar las riendas por completo, pero tenía deseos y premios por ser reclamados. No iba a desperdiciar la oportunidad de ver la frustración pintar el rostro de Spreen.

Quería que lo pidiera, que suplicara por más.

Cuando sus estocadas bajaron de intensidad, ajustó su agarre ahora sobre sus muslos y presionó hacia abajo. Le arrancó un profundo grito— ¡E-Espera! —no aguantó más. Spreen se tomó la playera de México en un puño y jaló a Roier para que lo besara. Pintó el verde de blanco, y se dejó caer sobre su hombro.

Su cuerpo se estremeció, tembló en los brazos del otro antes de que las primeras lágrimas cayeran— No puedo más, boludo —masculló con los labios irritados y la voz rota—. Podés hacer lo que quieras, pero dejá que me recueste.

Roier acarició su cabello, aún despierto y sin derramar en su interior. Movió sus caderas en circulos, tanteando la sensibilidad del otro. Spreen cerró los ojos y lo golpeó sin fuerza— Basta. R-Roier, pará.

—Pídelo bonito.

—¿Eh?

—Sé que sabes pedir las cosas bien, mi amor. Aquí y en China son las mismas palabras mágicas.

Spreen negó— No, no. Ya, dejá de jugar.

—¿Crees que te estoy jodiendo? —Roier tomó la parte más larga de su cabello, obligando que Spreen se alejara de su escondite de su cuello—. Es mi segundo deseo, Spreen. Hazlo.

Sin hacer el mínimo esfuerzo por sostener su cabeza, Spreen negó. La mano apretó más fuerte en su cabello y el movimiento se reanudó, las piernas debajo de él lo estaban obligando a brincar levemente en su sitio.

Jadeó, sensible, sin tener un respiro. Quería apoyar la cabeza, quería cerrar los ojos y dejar que el otro se hiciera cargo.

—Hazlo. Genio de la copa mundial, cumple con tu apuesta.

Era una broma muy mala, incluso para Roier, pero Spreen no tenía cabeza seguir llevando la contraria.

Abrió los ojos, las pestañas negras y mojadas derramaban cada pesada gota sobre su pecho acelerado— Roier —dijo subiendo sus manos a su cuello. Se inclinó en su dirección, con los ojos pérdidos de dolor, sensibilidad e intensidad. Spreen podría empujar a Roier lejos y decir que no quería, pero sería mentir a sí mismo. A ambos— Follame contra el colchón, por favor. Dejá que muerda la almohada y…—lo besó, lamió el sabor a tequila reposado, el calor y el añejo gusto a madera— jodidamente pueda descansar, pelotudo de mierda.

Sus insultos solo lograron que los ojos castaños de Roier se profundizaran en un negro emocionado. Mordió su labio inferior antes de tomar fácilmente la parte posterior de las piernas. Lo lanzó contra las almohadas, tal y como pidió— Manos contra el colchón y levanta ese culo, porque aún no acabo.

La sensación fría del lubricante escurriendo por su trasero, llegando hasta la parte de espalda baja y entre sus muslos le arrancó un jadeo expectante. Spreen arqueó su espalda, apretando en la nada cuando ni un solo dedo lo exploró.

Pasaron unos segundos, y cuando estaba a punto de preguntar sobre su hombro, el primer roce llegó. Luego, el pasional ritmo de Roier se hizo presente. Estaba follando sus muslos.

—Aprieta bien, amor —le dijo con los dientes apretados y una mano juntando sus rodillas. Entraba, salía y se resbalaba. El sonido era obsceno, era resbaladizo, húmedo y obsesivo.

Spreen quería más. No fue por esto que suplicó. Echó su cuerpo hacia atrás, en un intento de obtener más, pero recibió una fuerte nalgada.

—Quieto.

—Esto no fue lo que pedí —dijo intentando levantarse con sus antebrazos, pero el ritmo de Roier contra su cuerpo lo enviaba de frente al colchón.

Pam, pam, pam.

Era una sensación de calor, impulso y húmedad. Spreen pidió un respiro, y se lo estaban dando, pero también pidió por ser follado. Su miembro estaba atrapado contra las sábanas ya arruinadas, sin oportunidad de masturbarse en un intento de recibir algo de atención.

—¿Quién dijo que te cumpliría lo que querías? Son mis deseos, Spreen. No los tuyos. Este es tu juego y juego con tus reglas —el ritmo no paraba, Roier se burlaba y gemía— ¿Te gustan mis pases al centro? ¿Quieres seguir trepado en el poste de la portería?

—¡Pará, pelotudo! —su rostro ardía con vergüenza. Cada tonta referencia de fútbol lograban que todo su cuerpo se coloreara de rojo— ¿Qué tipo de charla es esa?

—La única que vas a obtener hasta que anote gol.

—¡Roier!

Continuaron durante otros minutos, hasta que el final se alcanzó entre las piernas del argentino.

—México 1, Argentina 0.

—Vete a la mierda.

Roier se quitó la playera y limpió un poco con la tela ya arruinada. Arrancó las sábanas y alcanzó unas limpias que descartaron antes de empezar. Sin preguntar, le ayudó a Spreen a rodar sobre su espalda, encontrando un punto cómodo para tomar largos respiros.

Se recostó a su lado. Sin dudar, su mano bajó a la caliente erección ajena. El castaño subió y bajó la mano, flojo y sin esfuerzo. Spreen buscó su mirada para decir— Creí que ya habíamos terminado.

—Es el tiempo añadido.

—Te odio —dijo mientras se inclinaba para besar el resto de piel disponible. Sus dientes encontraron un tendón que llevaba deseando desde siempre.

Roier lo dejó gruñir contra su piel mientras lo masturbaba suave y lento. Solo quería sentirlo un poco más antes de que tuvieran que pensar qué carajos acaban de hacer.

Spreen y él no son pareja. Sus tonteos jamás han pasado de miradas, comentarios y rostros encendidos. Había algo pero ninguno de los dos se atrevió a cruzar la línea. Era más fácil evitar el tema. Más sencillo no ponerle nombre al nudo de sus estómagos, a sus manos ansiosas por tocar al otro, a sus ojos que se buscan en una habitación repleta de personas. Pero tal vez esta era la excusa perfecta para empezar algo.

—Mi último deseo, Spreen —dijo mientras el argentino le marcaba la clavícula con besos duros y empujaba sus caderas contra su mano— es que no finjamos que esto jamás ocurrió.—¿Mmmh?Roier aumentó el ritmo, apretó la base para retener el orgasmo y susurró— No podrás escapar de mí —y le dió lo que necesitaba, lo que ansiaba mientras pensaba en las miles de veces que se habían perdido de un buen rato por ser cobardes. Si Spreen quería evitar cargar con el peso de tomar la decisión, Roier lo haría. Era el comienzo de su algo.

Era su deseo y Spreen era tan necio que lo cumpliría, ocultando su propios impulsos por pedir por más.

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