Prólogo
Su vida en ese momento dependía de correr. Y no de la acción de correr, sino de ser rápido pero discreto. Desde que tiene uso de razón, a Taehyung se le prohibieron muchas cosas, entre ellas tener una opinión propia.
Para su desgracia, había nacido como un doncel y era el único hijo de Kim Changwook y Minyoung, dueños del conglomerado tecnológico más importante de Corea del Sur. Además, eran las dos personas más conservadoras y de tradiciones arcaicas que podrían existir. Su padre decidió designar como heredero a un primo suyo, hijo de uno de sus hermanos, a quien prácticamente crio a su imagen y semejanza. Y a él, su único hijo biológico, lo mandó a casarse.
Sus padres odiaron su decisión de estudiar fisioterapia, no tanto por la carrera elegida, sino por haber solicitado una beca completa en una universidad. Según ellos, él solo debía esforzarse por ser un buen doncel, dar hijos sanos y mantener a su esposo feliz; nada más. Su deseo de superarse era, en su opinión, decepcionante. Taehyung se graduó con honores, siendo el mejor de su generación, pero sus padres ni siquiera aparecieron el día de su ceremonia de graduación; solo lo acompañaron su mejor amigo y su pareja.
Park Jimin era su luz en la oscuridad, a decir verdad. Odiaba tenerlo al otro lado del mundo y no a unas calles de distancia como antes. Pero eso cambiaría ese día, si es que la mala suerte no lo perseguía, como siempre. Había engañado a sus padres —o eso quería creer—, les rogó que le permitieran visitar a Jimin en Los Ángeles, y como ellos apreciaban mucho a los Park, aceptaron... con la condición de que un grupo de guardaespaldas —espías de sus padres— lo acompañara. Pero todo era una estrategia para mantenerlo vigilado. Así que, con la ayuda de Jimin, pudo escapar de ellos para hacer lo que realmente quería en California: asistir a una entrevista de trabajo.
Eran alrededor de las nueve de la mañana. Él se había vestido lo mejor posible sin parecer exagerado, había peinado su rebelde cabellera bicolor —su madre lo odió con toda su alma cuando vio su pelo teñido— y se había puesto su mejor perfume. Se sentía nervioso pero seguro. Aún mantenía contacto con el hospital en el que había realizado sus prácticas y sabía que les había enviado a los Angeles Lakers una carta de recomendación. No era su única oportunidad, pero esperaba conseguir ese empleo. Podría estar cerca de Jimin, y al otro lado del mundo, lejos de sus carceleros —sus padres—, por fin sería libre. No era normal que, a sus 25 años, tuviera que actuar de esa manera. Lo odiaba, pero esa era su realidad cotidiana.
Caminó por las instalaciones del UCLA Health Training Center, asombrándose a su paso y enamorándose cada vez más de California. Sí, él necesitaba trabajar allí. No era un capricho adolescente, era una necesidad visceral de supervivencia.
El eco de sus propios pasos sobre el pulcro suelo del complejo deportivo le recordaba el tic-tac de un reloj de arena que se estaba quedando sin tiempo. Admiró de reojo las vitrinas, el brillo sutil de las canchas que se alcanzaban a ver a la distancia y el murmullo amortiguado de una maquinaria institucional que funcionaba a la perfección. Todo en ese lugar desprendía una libertad que a él siempre se le había negado entre paredes de caoba y silencios obligatorios.
Apretó la carpeta de cuero contra su pecho, sintiendo el sudor frío humedecer la palma de su mano. Dentro de esos folios descansaba su intelecto, su esfuerzo y las noches en vela que sus progenitores habían tachado de inútiles. Un doncel no necesitaba saber de anatomía, decían; un doncel solo debía ser una transición dócil entre el linaje de dos hombres poderosos. La sola mención del apellido Kim en su mente le provocó un sabor amargo, una mezcla de rabia y una profunda melancolía que amenazaba con restarle el aire.
La recepcionista le indicó el camino hacia el ala administrativa con una sonrisa amable, ajena por completo a la tormenta que arreciaba bajo la superficie del joven pelirrojo. Taehyung enderezó la espalda, obligándose a canalizar esa testarudez que tantas veces le había costado castigos en Seúl. Si iba a caer, lo haría peleando, demostrando que era el mejor en lo que hacía.
Al doblar el pasillo que conducía a la oficina principal del departamento médico, el ambiente cambió. El silencio institucional se vio interrumpido por el sonido de unas voces que salían de la sala de juntas principal. La puerta de cristal templado se abrió de golpe, revelando la silueta de un hombre alto que caminaba con una parsimonia exasperante, como si el mundo le perteneciera y él solo estuviera de paso para cobrar el alquiler.
Taehyung detuvo su andar instintivamente.
Era Jeon Jungkook.
El capitán de los Angeles Lakers vestía ropa de entrenamiento que dejaba a la vista los intrincados tatuajes que trepaban por su brazo derecho hasta perderse en el cuello, donde varios piercings destellaban bajo las luces dicroicas en sus orejas. Su cabello, un perfecto y caótico rojo caoba, caía desordenado sobre su frente. Exhalaba una frustración palpable tras la reunión con los directivos, pero en cuanto sus ojos oscuros escanearon el pasillo y se toparon con la figura esbelta del bicolor, toda su postura cambió.
La arrogancia del atleta dio paso a una curiosidad genuina y descarada. Jungkook ralentizó sus pasos, clavando la mirada en la diminuta cintura de Taehyung y luego en la intensidad de su cabello, intrigado por la rigidez del desconocido. Para un hombre acostumbrado a que le sostuvieran la mirada con adoración o interés, la frialdad implacable que emanaba de los ojos de Taehyung fue como un freno de mano.
—Vaya —murmuró Jungkook, deteniéndose a escasos pasos de él, con una sonrisa ladeada que pretendía ser encantadora—. Una cara nueva por aquí. ¿Vienes a salvarme del aburrimiento, precioso? ¿Cuál es tu nombre?
Taehyung sintió el impacto de la cercanía. El perfume de Jungkook, una mezcla de maderas caras y un toque cítrico, inundó sus sentidos, alterando el ritmo de su corazón por una milésima de segundo. Sin embargo, el orgullo de Taehyung era una armadura bien forjada. No tenía tiempo para celebridades egocéntricas ni para coqueteos baratos de vestuario; su futuro entero se decidía en la habitación contigua.
Con una lentitud calculada, Taehyung lo barrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose apenas un instante en el piercing de su ceja antes de clavar sus ojos en los del capitán. No hubo timidez, no hubo el sonrojo sumiso que sus padres tanto le exigían. Solo un desdén soberano.
Sin articular una sola palabra, Taehyung le dio la espalda, avanzó con paso firme hacia la oficina del jefe médico y cerró la puerta tras de sí, dejando a Jeon Jungkook solo en el pasillo, con la palabra en la boca y una chispa de absoluta fascinación encendiéndose en su mirada.









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