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El Deseo De Tenerte

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Summary

El Deseo De Tenerte Amélie Beaumont conoce el peso de la soledad. Como estudiante de medicina en el King's College y huérfana, su vida es una carrera de resistencia entre los pasillos de la clínica en Harley Street y su pequeño departamento en Bermondsey. Mike Jones, su novio desde hace tres años, es su único apoyo; un chico castaño y atractivo que estudia con ella, pero que oculta tras sus celos una red de engaños y una frustración creciente porque Amélie ha decidido esperar al matrimonio. Sin embargo, hay deseos que no se pueden controlar con la lógica ni con promesas. Alaric Nightwood es la personificación del peligro que acecha en la niebla de Londres. Un imponente estudiante de arquitectura de ojos negros y 1.95m de puro músculo que no acepta un "no" por respuesta. Mike comete el error fatal de confiarle la seguridad de su novia al único hombre capaz de destruirlos a ambos. Antes de que Mike los presentara, Alaric ya había marcado a Amélie como su objetivo. Ahora, bajo la fachada de ser el "mejor amigo" protector, Alaric iniciará un asedio oscuro, decidido a demostrarle a Amélie que su supuesta pureza no es más que una invitación para que él la reclame. ADVERTENCIA: (+21) LEER BAJO TU PROPIO RIESGO. Esta novela no es un romance; es una ejecución de la moral. Contiene Romance Oscuro extremo: obsesión nivel acecho, manipulación psicológica, traición, violencia, y escenas sexuales explícitas de alta intensidad. Si buscas un caballero de armadura brillante, cierra este libro. Aquí solo encontrarás al dragón, y no tiene intención de dejarte escapar.

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Amélie

El aroma a antiséptico y café quemado parecía haberse filtrado en mis poros, convirtiéndose en mi propia piel. Eran las once y cuarenta y cinco de la noche cuando crucé las puertas automáticas de la Clínica Marylebone. Mis pies, embutidos en unos zapatos planos que ya no ofrecían ningún consuelo, protestaron con cada paso que daba sobre el suelo de granito. Me ajusté la correa del bolso sobre el hombro, sintiendo el peso de mis libros de anatomía y el estetoscopio como si cargara piedras.

Londres no me recibió con su habitual elegancia británica, sino con una bofetada de realidad húmeda y gélida. La lluvia caía con una fuerza implacable, transformando la calle en un espejo de asfalto negro donde las luces de neón se retorcían como serpientes luminosas. El viento azotó mi cabello azabache, pegando algunos mechones húmedos a mis mejillas, que ya ardían por el frío.

—Solo unos metros más, Amélie —me susurré a mí misma, apretando los dientes.

El estacionamiento de la clínica era una estructura de concreto medio iluminada que, a esta hora, se sentía como una tumba abierta. Mis tacones —los que Mike insistía que me pusiera porque “una mujer debe verse estilizada”— resonaban contra el pavimento mojado, creando un eco rítmico que me ponía los pelos de punta.

Caminé hacia mi Mini Cooper blanco, estacionado casi al final, bajo una lámpara que parpadeaba con un zumbido eléctrico moribundo. El miedo era una presencia física, una presión en el pecho que me hacía caminar más rápido. Saqué las llaves de mi bolso, con los dedos entumecidos, cuando lo sentí.

Un paso. Un chapoteo en un charco justo detrás de mí.

Antes de que pudiera girarme, un tirón violento me lanzó hacia atrás. Mi espalda golpeó la columna de hormigón con un impacto que me sacó el aire.

—¡Suéltalo, maldita sea! —rugió una voz ronca y joven.

Era un chico, no tendría más de veinte años, con una capucha que le cubría la frente y ojos inyectados en sangre por la desesperación o algo peor. Tiró de mi bolso con tal fuerza que la correa quemó mi cuello. Yo no quería ser una heroína, pero el instinto de supervivencia me hizo aferrarme a él; allí estaba mi vida entera, mis apuntes, mi identificación de la facultad, el poco dinero que me quedaba del mes.

—¡Por favor, déjame! —grité, pero el sonido fue sofocado por el trueno que rugió sobre nuestras cabezas.

Él me golpeó el hombro, empujándome de nuevo contra la pared, y el dolor irradió por todo mi brazo. Estaba a punto de soltar, a punto de rendirme al llanto, cuando una sombra colosal emergió de la oscuridad absoluta, entre dos camionetas estacionadas.

No fue un movimiento humano; fue el ataque de un depredador.

Un hombre enorme, cuya presencia física parecía alterar la presión atmosférica del lugar, apareció de la nada. Vi un brazo musculoso, envuelto en la tela blanca de una camisa desabrochada hasta la mitad del pecho, estirarse con una velocidad aterradora. Su mano se cerró alrededor del cuello del asaltante como si fuera una rama seca.

Lo siguiente fue una ráfaga de violencia coreografiada por el destino. El extraño golpeó al chico en el estómago con una fuerza que lo levantó del suelo por un segundo. Luego, con un movimiento seco de su muñeca, lo lanzó contra el pavimento. El asaltante ni siquiera intentó pelear; soltó mi bolso, se puso de pie tambaleante y huyó hacia la calle, perdiéndose en la cortina de agua.

Me quedé allí, temblando, con la espalda pegada al concreto frío. El corazón me golpeaba las costillas de forma errática.

El hombre permaneció de espaldas a mí por un momento. Su camisa blanca estaba empapada, volviéndose translúcida y revelando la estructura poderosa de su espalda y hombros. Llevaba pantalones de vestir oscuros, de un corte impecable, y zapatos de cuero que, incluso bajo la lluvia, se veían ridículamente caros. Su cabello, negro y alborotado, goteaba sobre sus hombros.

Él se agachó y recogió mi bolso del charco. Cuando se giró, el aire se escapó de mis pulmones.

Era enorme. Yo apenas le llegaba al pecho. La luz parpadeante de la lámpara apenas me permitía distinguir sus rasgos, pero sus ojos... eran dos pozos negros, intensos, cargados de una oscuridad que me hizo retroceder un paso. No era la mirada de un salvador, era la de alguien que conocía la violencia demasiado bien. Tenía una serie de piercings, recorriendo toda su oreja izquierda, brillando como estrellas frías bajo la luz mortecina.

—Gracias... —logré articular, con la voz quebrada—. De verdad, muchas gracias, yo...

Él no me dejó terminar. Su mirada recorrió mi cuerpo, desde mis mejillas naturalmente rosadas hasta mis curvas acentuadas por el uniforme de la clínica, pero no había admiración en sus ojos, solo un desdén profundo y gélido.

—Eso te pasa por andar sola tan tarde —dijo con una voz de barítono que vibró en mi pecho. No había amabilidad en su tono; era una reprimenda cortante, casi grosera.

Sin la menor delicadeza, me lanzó el bolso. El cuero húmedo golpeó mi pecho y lo atrapé por instinto.

—Yo... no tenía otra opción, el turno terminó tarde —intenté explicar, sintiéndome estúpida por justificarme ante un desconocido.

Él ni siquiera se molestó en escuchar. Me dio la espalda con una indiferencia absoluta, como si yo fuera una molestia que acababa de despachar. Caminó con zancadas largas hacia la oscuridad, sin mirar atrás, perdiéndose en la penumbra del estacionamiento tan rápido como había aparecido.

Me quedé allí, bajo la lluvia, sintiéndome pequeña y ridícula. Mike siempre decía que yo era demasiado distraída, que atraía los problemas por no ser lo suficientemente cuidadosa, y por un segundo, la voz del extraño se pareció demasiado a la suya.

Busqué mis llaves con manos que no paraban de temblar. El metal tintineó violentamente hasta que logré abrir la puerta del Mini Cooper. Me dejé caer en el asiento del conductor y cerré con seguro de inmediato. El silencio del interior del auto fue roto solo por mi respiración entrecortada y el repiqueteo del agua contra el techo.

Miré por el espejo retrovisor, buscando la silueta del hombre de la camisa blanca, pero no había nadie. Solo sombras y lluvia.

Encendí el motor. El tablero se iluminó, marcando las doce y diez de la madrugada. Sabía que Mike estaría esperando en mi departamento, mirando el reloj, listo para cuestionar por qué había tardado diez minutos más de lo habitual. El nudo en mi garganta se apretó.

Puse primera y salí del estacionamiento, alejándome de la clínica privada en la que trabajaba. Mis manos apretaban el volante con fuerza mientras conducía por las calles desiertas de Londres, dirigiéndome hacia Bermondsey. El trayecto fue un borrón de semáforos en rojo y rascacielos ocultos por la niebla.

A medida que me acercaba a mi destino, el rostro del extraño seguía grabado en mi mente. Sus ojos negros, el brillo de su oreja perforada y esa forma de mirarme como si yo fuera insignificante. No sabía su nombre, ni por qué estaba allí, pero una sensación inquietante se instaló en mi estómago: y no tenía nada que ver con el asaltante que huyó.

Llegué a mi edificio y estacioné con dificultad. Subí las escaleras, todavía temblando de frío y adrenalina. Al llegar a la puerta de mi estudio, me detuve un segundo para intentar recomponerme. No podía dejar que Mike me viera así, o la discusión duraría toda la noche.

Limpié mis lágrimas, me abotoné el abrigo hasta el cuello y giré la llave, deseando, por primera vez en mi vida, que la noche nunca hubiera comenzado.

Giré la llave con cautela, esperando el sonido del televisor o el reproche inmediato de Mike sobre la hora. Sin embargo, el silencio que me recibió fue absoluto. Entré en mi pequeño estudio en Bermondsey y cerré la puerta tras de mí, apoyando la frente contra la madera fría durante un segundo que pareció eterno.

Qué extraño. No había rastro de él.

Por un lado, un suspiro de alivio escapó de mis labios; no tenía fuerzas para inventar una excusa que justificara por qué había llegado diez minutos tarde, ni quería ver su rostro transformarse en esa máscara de decepción controladora que tanto me agotaba. Caminé a tientas hasta la mesa de madera recuperada que servía como comedor y escritorio, y arrojé allí mi bolso húmedo y las llaves.

Me deshice de la ropa mojada allí mismo, dejando un rastro de prendas empapadas sobre el suelo de madera. Mis dedos estaban blancos por el frío. Fui al armario, saqué una toalla mullida y comencé a frotar mi piel, intentando recuperar el calor que la lluvia de Londres me había robado. Todavía tenía el cabello goteando cuando el sonido estridente de mi teléfono rompió la calma.

Miré la pantalla :Mike.

Un suspiro de amargura, casi involuntario, brotó de mi garganta. Lo amaba, o eso me repetía cada mañana, pero su presencia a veces se sentía como una campana de cristal que me dejaba sin oxígeno. Contesté.

—¿Amélie? ¿Dónde estás? Te he estado llamando —su voz sonó tensa, con ese matiz de sospecha que siempre me ponía a la defensiva.

—Acabo de entrar por la puerta, Mike. Hubo un retraso en el metro y la lluvia está imposible —mentí. No quería contarle lo del asalto; sabía que su reacción no sería de consuelo, sino de recriminación por no haber tomado un taxi que no podía pagar.

—Bueno, escucha. No voy a poder ir a verte esta noche —dijo, y noté un cambio en su tono, algo más animado—. Mi mejor amigo acaba de llegar a la ciudad de improviso. Es como un hermano para mí, hace tiempo que no lo veo y tengo que recibirlo. Se va a instalar hoy.

—Oh... entiendo. Está bien —respondí, sorprendida por la punzada de libertad que sentí al saber que tendría la cama para mí sola.

—Nos vemos mañana en la facultad, ¿de acuerdo? No te quedes despierta hasta tarde estudiando, te pones de mal humor cuando no duermes. Te quiero.

—Yo también te quiero, Mike. Pásalo bien con tu amigo.

Colgué y dejé caer el teléfono sobre el edredón. Me desplomé en la cama, todavía envuelta en la toalla, mirando el techo sombrío. Mi mente, traicionera y rebelde, no voló hacia Mike, sino hacia el estacionamiento de la clínica.

Cerré los ojos y, de repente, volví a sentir esa energía eléctrica. El hombre de la camisa blanca. Su imagen regresó con una nitidez que me asustó: los músculos de su espalda tensándose bajo la tela mojada, el brillo de la plata en su oreja, y esa mirada... esa mirada de ojos negros que parecía haber leído todos mis secretos en un segundo. Sentí una reacción violenta en mi cuerpo, un calor repentino en el vientre que no tenía sentido.

—¡Agh! ¡Esto es absurdo! —grité al techo, pataleando sobre el colchón como una niña pequeña—. ¡Es un grosero! ¡Un animal! ¿Quién se cree que es para hablarme de esa manera? “Eso te pasa por andar sola”, ¡imbécil!

Me levanté de la cama de un salto, furiosa conmigo misma por dedicarle un solo pensamiento a un tipo tan desagradable. Me dirigí al baño y abrí la llave de la ducha, dejando que el vapor comenzara a empañar el espejo.

—Eres estudiante de medicina, Amélie Beaumont. Tienes prioridades —me dije en voz alta, mirando mi reflejo borroso—. Mañana tienes el examen de anatomía con el Doctor Harrison, tienes que entregar el informe de fisiología y encontrarte con Leyla.

Leyla, Solo pensar en mi mejor amiga me hizo sonreír un poco. Ella seguramente me diría que el tipo del estacionamiento era un “espécimen digno de estudio” y se burlaría de mi sonrojo. Pero la realidad era más pesada. Mañana tenía una montaña de cosas que hacer antes de volver a la clínica para mi turno nocturno.

Mi trabajo como asistente del Doctor Sterling en la Clínica Marylebone era agotador, pero era lo único que mantenía mis estudios a flote. Sterling era un hombre meticuloso, casi obsesivo, y si mañana no tenía los expedientes listos antes de las ocho de la noche, me tocara escuchar todo su palabrerio.

Me metí bajo el agua caliente, dejando que el chorro golpeara mis hombros tensos.

—Arquitectura... —murmuré, recordando que Mike había mencionado que su amigo estudiaba eso—. Seguro es un tipo aburrido como Mike. Nada que ver con ese... ese gigante maleducado del estacionamiento.

Salí de la ducha, me puse un pijama de algodón viejo y me metí entre las sábanas. Londres seguía rugiendo afuera, con la lluvia golpeando los cristales como si quisiera entrar. Intenté repasar mentalmente el ciclo de Krebs, pero la oscuridad de la habitación solo me devolvía una imagen: unos ojos negros como la noche, intensos y cargados de una promesa peligrosa que me hacía temblar más que el frío.

—Solo fue el susto —susurré para convencerme—. Mañana veré a Mike y todo volverá a la normalidad.

Me quedé dormida con el sonido de mi propio corazón latiendo demasiado rápido, sin saber que la normalidad era un lujo que acababa de perder para siempre.

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