El Colágeno by legatorojo at Inkitt
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El Colágeno

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Summary

A los veinte años, Salvador creyó que había ganado. La mujer que obsesionaba a todos finalmente lo eligió a él. No al ingeniero estable. No al CEO millonario. A él. El joven atractivo. El "colágeno". Durante un tiempo, eso fue suficiente. Pero el mundo adulto no funciona como la juventud. Ahí, el deseo envejece rápido. La belleza deja de impresionar. Y ningún hombre conserva valor solo porque alguien lo eligió una vez. Mientras Andrea intenta convertir su relación en una vida estable -fotos, planes, éxito, bodas, futuro- Salvador entra lentamente a un mundo donde los hombres son medidos de otra forma: por lo que construyen, por lo que soportan, y por lo que pueden convertirse. Entonces aparece Yazmin otra vez. La única persona que conoció a Salvador antes de que aprendiera a performar masculinidad para sobrevivir. Y mientras él cambia, Andrea comienza a experimentar el horror silencioso de ver cómo alguien se aleja... sin irse todavía. Porque algunas relaciones no terminan cuando desaparece el amor. Terminan cuando dos personas descubren que estaban enamoradas de versiones temporales del otro. El Colágeno es una tragedia psicológica sobre deseo, validación, maduración desigual y el vacío que aparece cuando una relación deja de ser refugio... y comienza a convertirse en espejo.

Genre
Drama
Author
legatorojo
Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
13+

El Sabor de la Victoria

El celular sonó. Un tono único, personalizado. Él supo de inmediato que era ella. Hubo un tiempo en que el crepitar de ese sonido provocaba emociones profundas; habría contestado sin pensarlo. Alguna vez, ella tenía el control y sus palabras eran órdenes.

Pero ahora, una sensación distinta nacía al escuchar las primeras notas.Su mirada se volvió fría.

Salvador no interrumpió su bebida. Apenas dirigió la atención necesaria para silenciar la llamada. Fingió que no tenía importancia, como si nunca la hubiera tenido, y volvió a la conversación.

A su alrededor, una fiesta se desarrollaba. Sofisticada. Gente elegante vistiendo sus mejores prendas.

Él mantenía, con su sola presencia, la atención de tres mujeres. Dejó el celular en el bolsillo de su pantalón y sonrió levemente.

—Disculpen… Asunto de negocios —dijo él.

Entonces volvió a sonar el celular. Arqueó la ceja, hizo un ademán apenas perceptible.

—¡Perdón! —dijo con elegancia.

Se apartó con naturalidad, como si aquello fuera irrelevante.

Las tres mujeres lo siguieron con la mirada. Una fingió beber para disimularlo; otra sonrió apenas, como si ya lo hubiera imaginado de regreso. La tercera no disimuló nada: sus ojos se clavaron en él mientras se mordía el labio.

Atravesó el ruido hasta el jardín, donde la música llegaba amortiguada y el aire era más frío.

Sacó el celular. Ahí estaba otra vez: su nombre.

Su rostro reflejaba el peso de una decisión que llevaba demasiado tiempo sin tomar.

Su pulgar se movió.Llegó hasta la pantalla de contactos.Deslizó hasta encontrarla a ella.

Y entonces lo vio.

Esa opción definitiva.Un final sin explicación.Seco, pero efectivo.

Bloquear contacto.

—Es hora… —murmuró.

Por un instante dudó.

Entonces su mente viajó. No a la fiesta que se desarrollaba atrás, mucho menos al trío de mujeres con las que hablaba.

Sino a algo más profundo.Con más significado.

Pensó en esa noche.

La noche en que todo cambió.

Hospital Juárez, hace tres años.

Salvador llegó corriendo. Tenía una cita con aquella chica con la que deseaba pasar el resto de su vida. Había soñado con ella, fantaseado escenarios en donde, al fin, se imponía ante su actual novio: un hombre maduro, que tenía todo lo que a él le faltaba.

Un trabajo estable, coche, seguridad financiera, madurez.

Desde hacía un año, él la había conquistado.

Los fines de semana dejaron de ser para Salvador, para convertirse en una galería de malos recuerdos. Los paseos, las fotos de Instagram, las cenas… todo, ahora reservado para ese novio.

Salvador, un chico al inicio de sus veinte, alto, de cuerpo trabajado por horas de gimnasio, con un rostro que aún reflejaba la inocencia de su edad, pero con una belleza que envidiaban sus congéneres.

Atravesó la calle con desesperación. Su vestimenta era juvenil, alejada de la formalidad, pero sin caer en el mal gusto. Sus tenis, de marca conocida, le ayudaron a dar grandes saltos.

Esquivó un par de coches.

Adelantó a una viejita que caminaba tan lento como un caracol. Finalmente, al dar vuelta en una esquina, ahí estaba: la entrada al hospital.

La buscó con la mirada.No podía desaprovechar su oportunidad.

Durante meses, ella fue un muro. No contestaba llamadas, apenas respondía mensajes. Era un témpano. Pero finalmente, en una fiesta, en una reunión de viejos conocidos, coincidieron. Hubo una apertura. Y un beso. Aunque fue en un juego, fue el inicio de un renacer.

Poco después volvieron a salir.Regresaron los besos, las citas. Sin embargo, oficialmente, ella seguía siendo la novia del hombre maduro.

Pero Salvador no quería ser el otro.Quería ser el único.

En un último acto, declaró sus intenciones con un ultimátum:

Él o yo.

El día de la decisión era hoy.

La mirada de Salvador se tensó. No estaba ella.

Recorrió la explanada con pasos acelerados. No aparecía. Su mirada se perdía entre cada mujer con bata, cualquiera que pareciera doctora.

De pronto, un tintinear, acompañado de una leve vibración.

Un mensaje.

Sacó el celular y lo miró con detenimiento:

“¿Ya estás con ella?”

Salvador sonrió. Se apresuró a contestar:

“La estoy buscando, acabo de llegar y no está.”

La respuesta llegó de inmediato:

“Te dije que no llegaras tarde, ¡tonto!”

Salvador frunció el ceño. Guardó el celular de inmediato y continuó su búsqueda.

Por un momento se llenó de desesperación. Su mente se inundó de pensamientos fatalistas:

“¿Y si ya se fue?” “Peor… ¿y si no me escogió a mí?”

Recorrió el hospital al menos tres veces, sin éxito.

Finalmente se sentó en la entrada, en las enormes escaleras. Agachó la cabeza, apoyó la frente en sus rodillas. Observó a las personas que transitaban. Todos indiferentes.

Suspiró hondo.

—No vendrá… —murmuró.

Estaba por levantarse cuando un dedo le picó el hombro. Volteó de inmediato.

Ahí estaba ella.

Hermosa.Con el cabello recogido. Vestía el uniforme médico, con una bata blanca encima donde estaba bordado su nombre: Andrea.

—¿Por qué tan solo? —preguntó ella.

Salvador se levantó de inmediato. No pudo evitar sonreír. Se colocó frente a ella.

—Pensé que no vendrías… Que había llegado tarde.

—Acabo de salir. El paciente se quedó más de la cuenta —dijo ella, sin darle importancia.

Salvador la miró un momento. Ella sostuvo la mirada.

Hubo un silencio corto.

—Entonces… ¿Qué decidiste? —dijo él con timidez, con la voz delgada.

—Estoy aquí. Eso debe ser suficiente —respondió ella, sin alterar su postura.

Salvador quedó en shock.Se congeló.

Andrea lo observó un instante. Luego sujetó su playera con fuerza, la apretó y tiró. Salvador bajó la cabeza por la inercia.Quedaron frente a frente.

Entonces Andrea lo besó. Directo en los labios. Un beso corto, pero lleno de intención.

—¿Así te queda claro? —dijo ella.

Entonces la sonrisa de Salvador se dibujó, grande, completa, sin reservas. La felicidad era evidente. Se acercó y la abrazó. Ella correspondió el gesto, pero sin apretar su cuerpo.

—En la noche hablamos, tengo otro paciente —dijo ella.

Salvador se apartó, quedando apenas a unos centímetros.

—Claro, amor. Paso por ti.

—No es necesario. Tengo otro asunto que atender… Yo te busco en tu casa —respondió ella, mirando su celular.

—¿Cómo lo tomó él? —preguntó Salvador.

El rostro de Andrea cambió. La incomodidad se hizo evidente.

—Después hablamos.

Entonces se retiró con paso apresurado.

Salvador la observó irse, incapaz de dejar de sonreír. En cuanto ella desapareció dentro del hospital, sacó el celular y escribió rápidamente:

“Ella dijo que sí… dijo que síiiiii.”

Sonrió, dio un brinco y salió corriendo.

—¡Compraré una botella de champagne! Haré una cena elegante… Esto debe celebrarse en grande —dijo en voz alta, sin importarle quién lo escuchara.

Cruzó la calle con agilidad. Sonreía a todo el que se cruzaba. La felicidad era desbordante.Todo parecía perfecto.

Entonces sintió otra vibración.

Se detuvo en seco.Sacó el celular y leyó.

“Felicidades, lo conseguiste… pero esto apenas empieza.”

El rostro de Salvador se vació de alegría. La sonrisa desapareció. Su expresión se endureció.

Y entonces comenzó a escribir…

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Good Writing

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Strong Dialog

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