Prólogo
El jazz se derramaba como miel oscura por el gran salón de la mansión. Máscaras de porcelana veneciana, plumas exóticas y encajes de seda ocultaban rostros anónimos de la élite financiera global; el glamour era tan denso en el aire que casi se podía saborear como un veneno dulce. Los reflejos dorados de los candelabros de cristal de Bohemia bailaban sobre los suelos de mármol blanco pulido, creando la ilusión hipnótica de que el dinero mismo flotaba en el ambiente.
Pero bajo los techos artesonados, el engranaje de los fantasmas operaba a contrarreloj.
Park Jongseong —Jay, para los pocos que lo conocían— mantenía la espalda rígida contra una de las inmensas columnas jónicas del ala este. Su esmoquin negro, cortado con una precisión sastre impecable, ocultaba la tensión de sus hombros militares y el peso de la Sig Sauer guardada bajo la axila. Sus ojos, entrenados para la supervivencia, escaneaban el flujo de los invitados. Demasiadas variables. Demasiadas máscaras.
A través del micro-auricular casi invisible implantado en su canal auditivo, el siseo de la estática limpia cortó la música.
—El objetivo está cruzando el balcón este. Tienen exactamente dos minutos antes de que el servidor central del Proyecto Nexus ejecute el barrido biométrico de seguridad —la voz de Yang Jungwon llegó plana, analítica, pero arrastrando el peso de tres noches en vela. Operaba a tres manzanas de distancia, encerrado en la penumbra asfixiante de la furgoneta, observando cómo los latidos y los datos de la mansión se convertían en líneas de código sobre su pantalla cuántica.
—Entendido, Jungwon —susurró Jay, tensando la mandíbula.
A unos metros, en mitad de la pista de baile, Kim Sunoo se movía con la soltura felina de quien ha convertido el engaño en bellas artes. Su máscara dorada ocultaba la mirada de un zorro que mide a su presa. Con una sonrisa deslumbrante, tropezó de forma milimétrica con el jefe de seguridad de la zona VIP. El champán Moët & Chandon salpicó la chaqueta del guardia.
—Oh, Dios mío, qué torpe de mi parte... —ronroneó Sunoo, desplegando un carisma magnético mientras sacaba un pañuelo de seda. Sus dedos, rápidos y entrenados en el asfalto, rozaron el costado del hombre durante la disculpa, clonando el pase magnético ejecutivo con el dispositivo que Jake Sim había miniaturizado.
En la esquina opuesta de la barra de caoba, el propio Jake Sim levantaba un encendedor Zippo de cromo. El clic rítmico, seco y pausado del metal contra el metal no era un tic nervioso; era la señal analógica de que las cuentas bancarias de BORDER estaban siendo interceptadas por el hardware de SIMS Tech. Su postura era la de un heredero millonario aburrido, pero sus ojos reflejaban el brillo violeta de los servidores que parpadeaban debajo del mármol.
Todo parecía un mecanismo perfecto. Una carambola del destino que los había llevado desde el barro de Seúl hasta los salones de París.
Un siseo agudo y violento perforó el oído de Jay, seguido por el sonido fracturado de un teclado siendo golpeado con desesperación.
—Jay, aborten. Aborten ahora mismo —el pánico digital de Jungwon quebró la radio, perdiendo toda su compostura analítica.— No es un fallo del cortafuegos. Las firmas de acceso... Los códigos de Jake se filtraron desde dentro hace diez minutos. BORDER sabe que estamos aquí.
Jay sintió el frío del acero de su arma congelándole las costillas. Sus ojos cortaron la multitud, directos hacia el balcón este.
En la terraza neblinosa, una mujer vestida con un diseño de alta costura de un rojo escarlata violento sostenía una copa de cristal. No había prisa en sus movimientos, ni la menor señal de sorpresa. Su máscara de porcelana negra simulaba las patas de una araña que se enredaban en sus facciones perfectas. Con una lentitud casi teatral, la mujer alzó la vista hacia el interior del salón. No miraba al objetivo de la misión; su mirada de piedra se clavó directamente en la columna donde Jay se ocultaba, y luego se desvió hacia Sunoo en la pista de baile.
Levantó los dedos de su mano izquierda, haciendo un gesto pausado en el aire. Un comando.
En ese mismo instante, los violines se detuvieron. Las luces del gran salón no sufrieron un cortocircuito aleatorio; se apagaron de forma sincronizada, sumergiendo la mansión en una penumbra grisácea donde solo los indicadores LED de las cámaras de seguridad urbanas brillaban como ojos de insectos. Las inmensas puertas de roble del salón principal se cerraron con un golpe neumático, sellando las salidas. La ratonera se había cerrado.
—La frecuencia de Jake... se ha caído —la voz de Jungwon en el auricular era un hilo de estática moribunda, ahogada por el eco de los servidores siendo bloqueados remotos.— Alguien entregó las claves de encriptación de la terminal de Mapo. Borraron los archivos de Somi. Borraron el chip de Kandahar. Nos vendieron, Jay Uno de los chicos... uno de nosotros firmó el reporte.
Jay dio un paso fuera de la columna, con la Sig Sauer ya desenfundada en su mano, barriendo la oscuridad del salón con la mirada fija en sus propios compañeros. A su izquierda, la sonrisa de Sunoo se había desvanecido, dejando al descubierto el rostro pálido de un chico que acababa de comprender que el juego del Bufón ya no tenía público. Al otro lado de la barra, Jake Sim miraba su reloj de pulsera congelado, apretando el encendedor Zippo con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
La paranoia que la mujer había sembrado durante semanas en su base intermedia de Oakland acababa de estallar en mitad de la noche parisina. La desconfianza mutua era un muro de hormigón. Ninguno se movía para cubrir al otro. Se miraban con la sospecha grabada a fuego en las pupilas.
Justo al lado de la barra de caoba, un hombre solitario que vestía un abrigo oscuro ajeno a los trajes de etiqueta dejó su vaso de whisky sobre la madera. Llevaba una máscara negra completa. La luz de emergencia reflejó un sutil tatuaje en el dorso de su mano derecha: un as de picas perfectamente delineado en tinta negra. El desconocido cruzó la mirada con Jay a través del espejo de la barra, sosteniéndola con una madurez helada y silenciosa, como un espectador que observa el colapso de un imperio.
Los pasos pesados de las botas de los trajes negros de BORDER Corp. empezaron a resonar detrás de las puertas selladas. El Proyecto Nexus parpadeó en las pantallas secundarias de las paredes, emitiendo una sola palabra en bucle sobre sus nombres en clave: «Localizados».
Jay levantó el cañón del arma, atrapado en el centro del salón, con el pulso cardíaco acelerado mientras la silueta roja de la mujer avanzaba desde el balcón con una calma absoluta, saboreando el jaque mate perfecto que había diseñado utilizando sus propias heridas. El sargento miró a Sunoo, miró a Jake, se le vino a la cabeza Ni-ki quien había estado jugando desde las sombras, buscando el cable roto, la mentira que los había sentenciado a todos antes de empezar a disparar.
Y en mitad del silencio asfixiante que precedía a la carnicería, la voz rota de Jungwon emitió un último susurro moribundo antes de que la terminal de la furgoneta se apagara para siempre:
—El virus no vino de fuera... el traidor está en la habitación…

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