Arde
No hay manera de que podamos mirarnos sin llamar la atención. Sería indecoroso y nos traería un montón de problemas. Vos sos una mujer muy discreta de uniforme y yo un hombre civil con códigos. No está bien que nos miremos demasiado. Sin embargo, así, casuales, no causamos daño a nadie ni tampoco corremos tanto riesgo de quedar en evidencia.
Y yo, que estoy acá, demorado por una excusa extraña: no sé qué papel del auto no tenía, algo que nunca nadie pide, no entiendo por qué me trajeron. Y vos, que estás ahí, quieta, como si estuvieras de guardia en la puerta, no tenías que estar ahí porque ya te habías ido a tu casa. Bah, supuestamente a tu casa. Y ahora volviste, llegaste apenas me trajeron.
El agente me lee la declaración, y yo asiento sin escucharlo. A cada rato levanto la cabeza para asegurarme de que seguís pendiente de mí. Nos cruzamos las miradas y las llamas nos hacen arder. La piel arde. El pelo arde. La ropa arde. Todo arde. Arde el cuerpo. Arden los ojos. Arde mi garganta que quiere gritar que me muero de ganas de hacerte el amor de nuevo y ahora mismo, acá donde estamos. Y claro, morirme con vos. Y que mi último recuerdo sea el sabor de tu piel. Porque no podría sobrevivir, lo sé. Y no me importa. Y vos también lo sabés. Y a vos, ¿te importa?
Un ruido, un percutor, y la explosión del disparo y un dolor punzante de algo que me penetra por la espalda baja, encima de la cintura. Arde, sí. Arde tanto que casi me quema. Ahora me doy cuenta de que el policía que nos estaba mirando era tu marido.
Caigo al suelo. Vos asustada me agarrás del brazo y a la rastra me metés en un patrullero, te subís del lado del volante, arrancás y manejás como loca en dirección al hospital, porque me muero y querés salvarme.
Me querés salvar.
Me querés.
Se me nubla la vista, pero igual te miro. Estoy fascinado. Manejas nerviosa, me agarrás la mano y me mirás. Tus ojos me llevan de nuevo al éxtasis, ese que quedó trunco por el balazo en la espalda. Y aunque el cuerpo me duele y apenas me responde, pienso que todavía no es tarde y aún podríamos volver a hacerlo. Y ahora más que nunca, ahora que tu marido no nos ve.
Caigo en un sopor en el que ya casi ni dolor siento. Veo tu cara de desesperación y a la vez de ternura, que pretende contenerme. Sonrío, o creo que sonrío. Cierro los ojos. Tu mano agarra fuerte la mía y tu voz me llama. Respiro despacio. La sirena ahora es un eco tenue de fondo, muy lejano. Ya no puedo verte.








