Si El Mundo Se Cae by FJT at Inkitt
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Si el mundo se cae

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Summary

Un equipo de aventureros bastante poco compatibles, tan incompatibles como equipos armados de forma aleatoria por profesor de secundaria, el mismo que te ponía con los vagos del salón o quizá tu eras el vago...

Genre
Fantasy
Author
FJT
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1 — La estatua no se toca abundio !

(Esta historia no es un proyecto serio por lo que no será actualizada con una programación a no ser que reciba demasiado apoyo, luego de tener en cuenta este factor ahora si, comenzamos)

Capítulo 1 — "La estatua que no debía tocarse"

Existen caminos capaces de recordar cada paso dado sobre ellos. Si tal cosa fuese cierta, aquel sendero habría pasado siglos preguntándose qué pecado cometió para que el destino decidiera enviarle precisamente a este grupo.

Los árboles inclinaban sus ramas como venerables jueces contemplando el paso de tres "heroicas figuras".

Dos parecían dignas de protagonizar una epopeya.

La tercera... bueno... la tercera discutía con una manzana porque tenía más semillas de las esperadas...

El bosque guardaba un silencio casi sagrado.

como si quisiera que este grupo de gaznápiros marche pronto hacia su siguiente destino y de ser posible que no regresen pronto.

El bosque no tenia tanta suerte dos pares de botas osaban desafiarlo pero esos pasos no eran el único sonido, faltaba el mas molesto de todos... una boca incapaz de cerrarse mientras masticaba. (Desgraciado...)

—¿No os parece especialmente sospechoso esto? —preguntó Roland sin apartar la vista del camino.

A su lado caminaba Elara, hojeando un libro tan grueso que parecía capaz de matar a alguien si caía desde suficiente altura.

Detrás de ambos...

Un desconocido mordía otra vez la manzana.

—No.

Contesto mientras con la boca llena.

Roland suspiró.

—Ni siquiera os he dicho qué era lo sospechoso.

—Precisamente.

—...

—Si todavía no me lo dijiste, ¿Cómo voy a sospechar de eso?

Roland cerró los ojos y respiro hondo.

—Por todos los santos... jamás vi criatura tan obtusa.

El desconocido sonrió.

—Gracias.

—¡No era un elogio, bellaco de mollera hueca!

—¿Ah?.

¿Entonces sí era un insulto?.

—Por supuesto que era un insulto!.

—Bueno qué sé yo, nunca se sabe.

Continuaron caminando unos metros.

Entonces apareció.

Una enorme estatua de piedra.

Representaba a un caballero con la espada apuntando al cielo.

En la base había un cartel de madera.

NO TOCAR LA ESTATUA

Nuestro inteligente protagonista dejó de caminar.

Miró el cartel.

Después la estatua.

Después otra vez el cartel.

—Tengo una duda.

Roland ya conocía ese tono.

No era bueno.

—Sea cual sea, la respuesta es no.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque os conozco desde hace tres días.

—Pero...

¿Cómo sabemos que realmente no hay que tocarla?

—Porque el cartel así lo indica.

—Eso solo demuestra que alguien escribió un cartel.

No demuestra que tenga razón.

Roland giró lentamente.

—Escuchadme bien, hijo de la calamidad.

Hay momentos en la vida en los que un hombre prudente acepta que ciertas advertencias existen por un motivo.

—¿Y si el motivo es una broma?

—No lo es.

—¿Cómo lo sabes?

—¡Porque ninguna persona sensata colocaría un cartel semejante por diversión!

El protagonista se quedó pensativo.

—Buen argumento.

Roland respiró aliviado.

—Gracias al cielo...

—Pero sigue sin demostrar nada.

Y antes de que alguien pudiera detenerlo...

PAM.

Le dio una palmada a la estatua.

Silencio.

...

...

...

—¿Viste? —dijo orgulloso—. No pasó nada.

Roland levantó una ceja.

—¿Habéis terminado de tentar a la providencia?

—Creo que sí.

Entonces...

La estatua crujió.

Una grieta recorrió todo el cuerpo de piedra.

Los pájaros escaparon del bosque.

El suelo empezó a temblar.

Roland cerró los ojos.

—Lo sabía.

—¡No lo sabías!

—Sí lo sabía.

—Si lo hubieras sabido me habrías detenido más fuerte.

—Consideré que la experiencia sería una maestra más eficaz que mis palabras.

La cabeza de la estatua cayó al suelo.

Un rugido atravesó el bosque.

Del interior emergió una criatura gigantesca cubierta de roca y musgo con un gran único ojo.

El protagonista la observó maravillado.

—¡Qué interesante!

Roland lo señaló con el dedo.

—¡Insensato! ¡Sois un azote para el juicio humano! ¡Una afrenta con piernas! ¡Si el sentido común fuese una corona, vos seríais calvo!

—Eso fue bastante creativo.

—¡No era mi intención ser creativo!

El gigante ciclope dio un paso.

La tierra volvió a temblar.

El protagonista, lejos de asustarse, sonrió.

—Bueno...

Ahora sí sabemos por qué estaba el cartel.

Y salió corriendo.

—¡Cobarde! —gritó Roland.

—¡No, estratega!

—¡Volved aquí!

—¡Primero que me alcance!

Y desapareció entre los árboles.

El gigante, naturalmente...

Fue detrás de él.

Roland permaneció inmóvil unos segundos.

Después suspiró con una resignación casi filosófica.

—Tres días.

Tres.

Llevo tres días con este sujeto.

Elara cerró lentamente su libro.

—Objetivamente...

estadísticamente...

es impresionante que siga vivo.

Roland asintió.

—No cantéis victoria todavía...

Tengo el presentimiento de que ese hombre habrá de arrastrarnos a una cantidad inconmensurable de desgracias.

Los dos echaron a correr detrás del colosal ser.

Ninguno de los dos podía imaginar que aquel idiota que discutía con carteles terminaría cambiando el destino del mundo entero.

El gigante dio otro paso.

Las raíces estallaron bajo su peso.

El protagonista ya llevaba una ventaja considerable.

No porque fuera especialmente rápido.

Sino porque corría con la desesperación propia de quien acababa de descubrir que un cartel tenía razón.

—¡No me alcanza! —gritó desde lejos.

Roland desenvainó su espada.

—¡Volved acá, cobarde!

—¡Estoy ejecutando una retirada táctica!

—¡Estáis ejecutando un acto de cobardía con nombre elegante!

El gigante rugió.

El aire vibró.

Roland apoyó la espada contra el suelo.

—Elara.

La joven cerró lentamente su libro.

No parecía nerviosa.

Parecía... molesta.

—Interrumpió mi lectura.

—Me temo que esa será la menor de nuestras preocupaciones.

Elara levantó la vista.

Sus ojos recorrieron al coloso.

Las grietas.

El musgo.

La piedra.

El polvo que caía de sus hombros.

Tardó apenas unos segundos.

—No.

Roland frunció el ceño.

—¿No?

—No está vivo.

—¿Cómo decís?

—No del modo habitual.

Se acercó un paso más.

Ignorando por completo el tamaño de la criatura.

—Observa sus articulaciones.

Roland obedeció.

El gigante flexionó el brazo.

Las rocas rechinaron.

Pero...

No había músculos.

No había tendones.

Solo piedras.

—No debería poder moverse...

—Exacto.

—Entonces...

—Algo lo mueve.

Roland bajó lentamente la espada.

—¿Magia?

—No exactamente.

Elara sonrió apenas.

Era una sonrisa pequeña.

De esas que solo aparecían cuando encontraba algo interesante.

—¿Ves esas raíces?

Roland miró el suelo.

Las raíces del bosque rodeaban las piernas del gigante.

Como si...

Lo sostuvieran.

—No son solo raíces.

—¿Cuál es su función entonces?

—Conductos.

Roland volvió a observarlas.

Ahora podía verlo.

Eran demasiado rectas.

Demasiado simétricas.

Como alguna clase de venas.

El gigante rugió otra vez.

Elara abrió el libro.

Pasó páginas con rapidez.

—Página ciento diecisiete...

No...

Ciento treinta y dos...

Ah...

Aquí.

Leyó apenas unas líneas.

Después cerró el libro de golpe.

—Ya sé qué es.

Roland la miró.

—¿Y bien?

—No tengo la menor idea de cómo derrotarlo.

Silencio.

Roland parpadeó.

—¿Cómo?

—Déjame pensar un momento...

—Creo que necesito un nuevo grupo...

—Grosero, ya se que hacer, bueno mas bien en que nos puede ayudar este conocimiento.

Roland suspira.

—¿En qué nos ayudara esta información Elara?

—Ahora sé qué buscar cuando intentemos matarlo.

Roland abrió la boca.

La cerró.

Volvió a abrirla.

—A veces olvido que sois académica antes que aventurera.

—Es un error bastante común.

Mientras ambos hablaban...

A varios metros de allí...

—¡¡NO, NO, NO!!

El protagonista reapareció corriendo a toda velocidad.

—¡Cambió de opinión!

Roland levantó una ceja.

—¿Qué ocurrió?

—¡Resulta que los monstruos también saben girar!

El gigante venía detrás.

Y mucho más cerca que antes.

Elara observó la escena.

Luego suspiró.

—Estadísticamente...

Era inevitable.

—¿Qué cosa?

—Que volviera hacia nosotros.

Porque, aunque nunca lo admitiría...

Jamás había visto a alguien capaz de perderse...

Mientras huía en línea recta.

La batalla

El coloso lanzó un último rugido.

Roland pego un brinco rápido con magia de viento a su alrededor.

La espada de Roland atravesó el núcleo de piedra mientras un círculo de luz azul aparecía bajo sus pies.

—¡Ahora, Elara!

La joven cerró su grimorio de golpe.

Las runas grabadas sobre sus páginas brillaron apenas un instante.

No hubo una explosión.

Ni un rayo.

Ni un espectáculo de luces neon.

Simplemente...

El aire dejó de sostener al gigante.

Las raíces que recorrían su cuerpo se marchitaron al mismo tiempo.

El enorme guardián cayó de rodillas.

Después...

Se desmoronó como un castillo de arena alcanzado por la marea.

El bosque recuperó el silencio.

Bueno...

Casi.

—¿Ya terminó?

Una cabeza apareció lentamente detrás de un árbol.

Roland respiró hondo.

—Podéis salir.

—¿Está completamente muerto?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Y no tiene un primo o mas familia que venga a buscarlo?

—¡Salid de una vez!

El protagonista salió sacudiéndose el polvo.

—Excelente trabajo, equipo.

Roland lo miró fijamente.

—Vuestra aportación ha sido...

¿Cómo decirlo con educación...?

Escasa.

—¡Mentira!

Distraje al monstruo.

—Huisteis.

—Exacto.

¿Y detrás de quién corría?

Roland abrió la boca.

La cerró.

Suspiró.

—No pienso dignificar esa lógica con una respuesta.

Entre los restos del gigante apareció un pequeño cofre de madera negra reforzado con hierro.

Elara se agachó.

—Interesante...

No presenta corrosión.

Roland lo levantó.

—Pesa bastante.

Intentó abrirlo.

Nada.

—Está sellado.

Elara observó la cerradura.

—Es un mecanismo antiguo.

Necesitaremos un cerrajero.

Roland asintió.

—En la siguiente ciudad conozco uno honrado.

Solo cobra un diez por ciento del contenido.

El protagonista casi se atragantó.

—¿¡UN DIEZ POR CIENTO!?

—Es un precio justo.

—¡Eso es un robo con modales!

Elara levantó un dedo.

—Existe otra opción.

Podríamos viajar hasta Arkenfall.

Hay un gremio especializado.

Su comisión oscila entre el siete coma tres y el ocho coma uno por ciento dependiendo de la complejidad estructural del receptáculo.

El protagonista estaba pálido.

—Vosotros... ¿pagáis por abrir cofres?

Los dos lo miraron confundidos.

—Claro.

—...¿Por qué?

Roland frunció el ceño.

—Porque están cerrados y lo que vale es lo de dentro.

Hubo unos segundos de silencio.

El protagonista dejó el cofre en el suelo.

Le dio una vuelta.

Después otra.

Golpeó suavemente una bisagra.

Escuchó.

Sonrió.

Sacó un clavo oxidado del bolsillo.

—¿Qué hacéis? —preguntó Roland.

—Ahorrándoles mucho dinero.

Introdujo el clavo por un pequeño hueco lateral.

Empujó.

Giró.

Golpeó dos veces con una piedra.

Click.

El cofre se abrió.

Silencio.

Roland parpadeó.

Elara también.

—...¿Cómo? —preguntó ella.

—La madera se deformó por la humedad.

La bisagra izquierda soportaba demasiado peso.

Solo había que liberar el pasador interno.

Era bastante evidente.

Roland observó el mecanismo.

Luego al protagonista.

Luego otra vez el mecanismo.

—Válgame el cielo...

Quizá, después de todo...

podáis llegar a sernos útiles en el equipo.

El protagonista levantó la vista.

—¿Equipo?

—Naturalmente.

Llevamos viajando juntos tres días.

—...

Yo solo los seguía porque los prestamistas dejaron de perseguirme cuando empezaron a perseguiros a vosotros.

Roland permaneció inmóvil.

Elara inclinó la cabeza.

—¿Nos... utilizaste como distracción?

—Bueno...

Si lo decís de una forma tan fea, suena algo mal.

Yo prefiero llamarlo “gestión estratégica de prioridades”.

Roland se llevó una mano al rostro.

—Empiezo a comprender que los dioses me están poniendo a prueba en cuerpo y alma...

El protagonista ya estaba metiendo las manos dentro del cofre.

—¡Eh!

¡Hay monedas!

¿Cuánto creen que podamos vender el cofre vacío?


Continuara...

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