Prólogo: El Precio de las Apariencias
Camila Sorte aprendió demasiado pronto que el éxito siempre tenía un precio.
Algunas personas pagaban con tiempo.
Otras con sueños.
Pero ella pagó con su vida entera.
A sus cuarenta y seis años era el rostro perfecto de poder.
Dueña y directora general de Sorte Arquitectos, el corporativo que su padre había levantado décadas atrás y que terminó cayendo sobre sus hombros como una condena disfrazada de herencia. Lo que alguna vez fue una empresa importante terminó convirtiéndose, bajo el mando de Camila, en el despacho arquitectónico más influyente.
Edificios.
Hoteles.
Corporativos.
Ciudades enteras llevaban el apellido Sorte grabado en concreto y acero.
Y aun así, nada dentro de ella se sentía sólido.
Porque crecer en la familia Sorte significaba que las reglas iban antes que las emociones.
Enamórate de la persona correcta.
Compórtate de la manera correcta.
Rodéate de personas correctas.
Todo en su mundo giraba alrededor de las apariencias.
Amar a alguien que no perteneciera a su círculo era vergonzoso.
Amar a alguien sin poder era un error.
Pero amar a otra mujer...
Eso era lo peor que podía pasarle a alguien como ella. ¿Qué se suponía que debías amar para mantener contentos a los demás? Ella no lo sabía. Vivían de las apariencias, de las sonrisas falsas, cuando por dentro nada estaba bien.
Así que Camila aprendió a esconderse.
Sonrisas perfectas.
Trajes perfectos.
Miradas frías.
Silencio.
La clase de mujer que imponía respeto apenas entraba en una habitación.
Los inversionistas querían negociar con ella.
Los socios buscaban su aprobación.
Las revistas la llamaban La reina del concreto.
Nadie hablaba de la soledad.
Del penthouse silencioso.
De las noches interminables.
Tuvo amantes. Mujeres hermosas. Discretas. Sofisticadas.
Pero todas las relaciones venían con una etiqueta de precio colgada al cuello, dinero, influencias, tomar un poco de su éxito, llegar con facilidad hasta donde estaba ella. No le molestaba demasiado, era más sencillo cuando nadie involucraba sentimientos reales.
El amor auténtico era un lujo peligroso.
Hasta que ella apareció. Y entonces todo empezó a derrumbarse.
Aquella mañana, el sol brillaba sobre los ventanales de Sorte Arquitectos, la ciudad parecía pequeña, insignificante, bajo sus pies.
Camila revisaba expedientes sin demasiado interés. Cuatro nuevos arquitectos serían entrevistados para integrarse al corporativo. Nada fuera de la rutina.
El primero habló demasiado.
El segundo parecía desesperado.
El tercero intentó impresionarla mencionando contactos inútiles. Camila apenas levantó la vista.
Hasta que la puerta del intercomunicador sonó.
—La última candidata está aquí, arquitecta Sorte —anunció la voz de su secretaria, Rebeca.
Algo en el ambiente pareció cambiar de golpe. Camila levantó lentamente la mirada del escritorio, sintiendo un extraño vuelco en el pecho antes de dar la orden de dejarla pasar.
Y ella apareció en mi puerta.








