1_Una de tus presas
Marzo del 2023
Ya era la quinta camisa que se probaba y ninguna parecía ser la indicada. Se mirada en el gran espejo de su cuarto en todos los ángulo posibles, pero siempre les encontraba un defecto.
La rosa le apretaba mucho el pecho, la celeste parecía quedarle grande de hombros, y ni que hablar de la blanca.
Cansado, y ya algo irritado, se quitó la prenda que llevaba puesta y se tiró sobre la cama a mirar el techo. ¿Por qué le era tan difícil elegir una camisa y salir de ahí de una vez?
Resoplo tratando de quitar todo ese estrés que le habían generado un par de camisas de colores. Estaba agotado y hasta había sudado un poco en el proceso. Llamó a su cordura interna, un poco de raciocinio en este drama que el solo había armado. Después de todo solo era una fiesta diurna para celebrar el inicio de temporada, no era necesario ir tan elegante. Pero estábamos hablando de Red Bull Racing, una de las escuderías más importantes de la Fórmula 1. Y él era el segundo piloto de dicha escudería, no podía ir vestido así nomás.
Se llevó las manos a la cara, queriendo llorar de impotencia, pensando en llamar y decir que estaba enfermo y que no podría asistir. Pero Max le había hecho prometer que asistiría
-Ni se te ocurra dejarme solo en esto Checo- le había dicho el día anterior después de una de las prácticas pre-temporada cuando Sergio empezó a dudar de si iba a ir o no al evento.
Sabía que tendría que haber decidido la ropa antes, o haber contratado a alguien para que la eligiera por él. Ya que estos temas lo estresaban mucho, y casi nunca le gustaba lo que llevaba puesto. Aunque todo el mundo le dijera que se veía bien.
Miró su reloj de pulsera. En 5 minutos debía estar saliendo de su departamento si quería llegar a tiempo.
Se paró de la cama de un salto y volvió a su vestidor. Tenía que ser algo relajado, pero no informal; que estuviera bien vestido pero sin pasar a ser un traje de noche; que se sintiera cómodo pero al mismo tiempo no pareciera alguien del personal. Los requisitos eran muchos y el tiempo muy poco, ya había perdido hora y media en esto y no podía permitirse perder más. Fue a lo seguro y tomó de un estante una de sus chombas de marca color negro, que combinaba perfectamente con los pantalones blancos que llevaba y con los tenis del mismo color. Agarró sus gafas de la mesita de la sala, se colocó un saco de abrigado y se dirigió al evento, sin volver a voltearse a ver al espejo.
La fiesta era en el enorme salón principal de una de esas viejas casas Inglesas. Para llegar se ingresaba por unos inmensos jardines, con arbustos y árboles nativos, fuentes de agua, florales y hasta animales exóticos sueltos por ahi. Sergio no puedo evitar pensar que miembro de la aristocracia en 1800 había vivido en ese lugar.
La casa más que casa parecía un castillo. Con sus paredes hechos de ladrillos de piedra y una entrada tan magistral que intimidaba un poco.
Estacionó su auto frente a la puerta principal, un valet lo recibió y le indico la entrada, tomando las llaves de su coche para estacionarlo.
Al pasar por la puerta principal lo primero que vio fue una gran escalera de mármol. Con un primer tramo inicial ancho que luego se dividía en dos más estrecho dirigiendo a distintas zonas del segundo piso.
El día que tuviera su propia casa pondría una escalera asi, algo más pequeña, pero definitivamente esa sería su inspiración.
Doblo a la izquierda, como el valet le había indicado, y entro en el salón principal.
Era una sala inmensa, que habían tenido que reducir un poco por el número limitado de invitados. Del techo colgaban unos elegantes candelabros de cristal que daban el toque ostentoso al lugar. A lo largo de todo el salón estaban esparcidas irregularmente mesas redondas con enorme floreros centrales, donde los invitados podían sentarle a platicar. Y en medio de la sala, sobre un gran podía de madera, se encontraba exhibido el RB19, pues no se podía pasar por alto que el evento era de Fórmula uno.
Los mozos vestían elegantes trajes color negro, después de todo el personal parecía estar mejor vestido que él. Paseaban entre la gente ofreciendo bebidas y bocadillos, acompañado siempre sus refinados modales con una amable sonrisa.
Todo estaba ambientado con la relajante música de un par de violinistas que tocaban a un lado, en una especie de pérgola de madera color blanco, de donde colgaban glicinas de un hermoso violeta.
La gente iba y venía con sus copas de cristal llenas de champagne. Socializando y riendo con ese particular tono inglés con clase. Carcajadas fingidas y gestos de amabilidad falsos sobraban en esa clase de eventos.
Suspiró tratando de relajar su cuerpo que por alguna razón se había tensado al llegar y ver todo el panorama. Decidió que lo mejor, para empezar, era dirigirse a la barra y pedir algo de tomar. Tal vez un par de copas ayudarían a calmar esa rara, pero tan recurrente, sensación de ser un pez extraño en una pecera llena de tiburones.
Atravesó a toda prisa las mesas que lo separaban de la zona de bebidas, directo hacía el barman. Las personas con las que iba cruzando lo saludaban amablemente y algunas hasta lo paraban para darle uno o dos besos. Sergio respondía con igual simpatía y su tan característica sonrisa. Haciendo ver una confianza y una seguridad que en realidad no sentía.
Porque la verdad era que en momentos así, en lugares así, se daba cuanto lo mucho que extrañaba a su gente. Estaba seguro que si estos eventos fueran organizados por alguien latino, no importa el país, él se sentiría mil veces más cómodo.
Faltaba color, faltaba música, comida rica, y sobre todo, faltaba gente linda. Esa gente que brilla por su cultura, por su sencillez, por su amabilidad natural y no fingida como todos los que lo rodeaban.
Era un pez de otra pecera, jugando a ser un tiburón. Pero siempre extrañando su hogar.
Llegó a la barra y le pidió al barman una copa de lo que fuera, pero que tuviera alcohol. Cuando este le pasó una copa con el mismo champagne insulso que tenían todos, la miró decepcionado y tomó el contenido de un solo trago. Seguramente una lata de Red Bull le haría más efecto que ese vino espumante, que encima parecía reducido en alcohol.
-Rellénamelo por favor- pidió volviéndole la copa al chico tras la barra.
El muchacho volvió a servirle la copa hasta más de la mitad, y está vez decidió tomarse con un poco más de calma la ingesta de la bebida.
Tomó el vaso y se dirigió a una esquina algo solitaria, para poder observar a la gente sin que ellos lo vieran a él. Ya llegaría el momento en que todos los ojos estuviera sobre su persona, pero primero quería analizarlos desde afuera.
En una de las mesas estaba Christian Horner, el director de equipo de Red Bull Racing, y su mujer; hablando con un par de hombres que precian tener muchos ceros en sus cuentas de banco. Se les notaba en la forma de vestir y hasta de expresarse. Seguramente serían inversionistas de los que ponen más billetes.
Luego, en un círculo social que se veía bastante cerrado, se encontraban un grupo de señoras que parecían competir por cual tenía las perlas más grandes o el bolso más caro. Probablemente se trataran de las esposas de los anteriormente mencionados.
Observando el monoplaza que se encontraba como decoración principal del salón, y que Sergio pensó que no combinada con absolutamente nada del resto, se encontraban sus compañeros pilotos de Alpha Tauri, Daniel Ricciardo, Yuki Tsunoda y otro chico rubio que no recordaba su nombre, pero que por alguna razón no le caía bien.
En una de las mesas contiguas estaban sus ingenieros y algunos mecánicos principales. Eran gente un poco más relajada que la mayoría en ese lugar, tal vez a esa mesa se dirigiría a socializar más tarde.
Siguió buscando con la mirada, encontrando caras conocidas y otras no tanto. Recordando nombres y estatus dentro del gran imperio Red Bull.
Hasta que sus ojos se cruzaron al fin con él. Max Verstappen, su compañero de equipo, el primer piloto de la escudería, bicampeón del mundo y el chico que lo volvía loco hacía ya unos años.
Checo sabía desde su adolescencia que era bisexual. En su juventud había experimentado con mujeres y hombres, y tenía muy en claro lo que le pasaba con ambos. Pero cuando su popularidad fue creciendo y cada vez se encontró con más cámaras frente a su cara y más noticias sobre él en todos los periódicos, decidió que lo mejor era ocultar aquella parte de su sexualidad que podía ser seriamente juzgada por los demás. Y sobre todo en un mundo tan machista como el automovilismo.
Solo su familia más cercana sabía de la bisexualidad de Checo. Y quedo claro para todos desde un primer momento que nadie en la fórmula 1 debía enterarse. Lo apoyaban e incentivaban a Sergio a experimentar su sexualidad completa, pero sabían que su carrera era más importante para él. Por lo tanto siempre estaban dispuestos a darle una mano a la hora de encubrir algún encuentro que estuviera fuera de la heteronormalidad que él aparentaba para el mundo.
Su vida y forma de actuar cambiaba rotundamente dependiendo de quien fuera su acompañante esa noche. Cuando salía con chicas dejaba que lo vieran, que le tomaran fotos y hasta que lo siguieran. Se había ganado esa fama de picaflor, de hombre de una sola noche, de esos que te endulzan y luego te abandonan. No era algo que le molestara, muchos de sus compañeros en la parrilla tenían la misma fama, como Sainz o Leclerc, y eso solo los volvía más deseables. Todas querían ser esa chica que los flechara y los llevara al altar.
Pero en cambio, si era un chico el que lo acompañaba, se volvía la persona más cuidadosa y discreta posible. Cambiaba su nombre, su apariencia y a veces fingía un acento. Trataba de averiguar si la otra persona lo reconocía o no. Iba a hoteles poco conocidos y hasta de baja calidad, y jamás permitía fotos o videos. Ni siquiera tomaba alcohol, el control de sí mismo en todo momento era sumamente importante.
Muchas veces pensó en dejar esa parte de su ser de lado. Las mujeres también le gustaban y disfrutaba mucho estar con ellas, y nadie parecía juzgarlo por eso. Estar con chicos solo parecía ser un riesgo innecesario y hasta peligroso para su carrera.
Pero aunque lo había intentado, tarde o temprano terminaba en algún bar gay de alguna ciudad exótica, en donde no lo conocieran. Buscando la compañía de algún chico que pudiera saciar su deseo por solo una noche. Y muchas de esas visitas, en busca de un poco de amor carnal del alguien del mismo sexo, venían como resultado de una situación previa con Max.
Roses que provocaban electricidad, miradas que derretían todo su ser, y hasta simple palabras que daban vuelta su cabeza como un trompo. Y aunque parecía un juego mutuo entre los dos, Sergio sabía que todo era unilateral. Max no tenía ni idea de lo que provocaba en él.
Desde que Checo entró en Red Bull solo le llevo una semana estar completamente flechado por el neerlandés. Era ese espíritu guerrero en la pista, esas ganas de siempre ser el mejor y pelear contra todo, lo que había hecho que Sergio admirara a Max. Pero era la bondad en sus ojos, su sonrisa tan sincera y la forma tan dulce que tenía de tratar a los que querían, lo que había hecho que se enamorara de él.
Checo sabía que Max nunca le correspondería. Y sobre todo le quedo claro después de una gran pelea de habían tenido en Brasil el año anterior. Eso hizo tambalear un poco los sentimientos del mexicano. Aunque para él, Max siempre había tenido una doble personalidad, dentro y fuera de la pista, esa situación, ese egoísmo y desdén por parte de su compañero, habían lastimado gravemente su corazón, y lo habían puesto a pensar en si realmente estaba amando en secreto a la persona equivocada. Se había sentido usado y un idiota por creer que tenía una posibilidad con Max, y en el calor del momento decidió jamás volverle a dirigir la palabra a su compañero si no era estrictamente necesario.
Pero durante los últimos meses de receso Max le había convencido de que podían llevarse bien y hasta ser amigos. Se había disculpado con él y había expuesto sus motivos. Y aunque sus disculpas solo solucionaban lo ocurrido dentro de la pista y no lo que ocurrió fuera, Checo valoraba el esfuerzo que Max estaba poniendo en arreglar las cosas.
Sergio lo perdono y decidió pasar la página, intentando volver a tener una nueva relación de amistad con su coequipero. Pero tambien se prometió a si mismo jamás volverse a llevar por sus sentimientos y ver la realidad de la situación ante todo. No podía cambiar lo que sentía, pero podía esconderlo en el rincón más lejano e intentar olvidarlo. Aunque sintiera mil cosas por Max, primero estaba él.
Pero su compañero no se la hacía nada fácil. De pronto el neerlandés se volvió extremadamente cercano, buscándolo todo el tiempo para hacer cosas fuera del trabajo. Le mandaba mensajes o memes, y hasta lo llamaba por teléfono por las noches para hablar un rato, aunque se hubieran visto todo el día en las prácticas.
A Sergio estas actitudes a veces llegaban a confundirlo, y se encontraba de pronto pensando en que Max algún día le declarara su amor. O que, cuando abriera la puerta para dejarlo pasar a una de sus habituales noches de video juegos, el chico lo sorprendería con un gran beso en los labios acompañado de un “Te Amo”.
En esos momentos en que su cabeza empezaba a volar e imaginarse todo una vida junto a Max, llamaba al racionalismo y se recordaba a si mismo que no había ninguna oportunidad con él. Solo bastaba con rememorar lo ocurrido en Sao Pablo, y como él se había sentido con eso, para estar seguro de poner una barrera entre la realidad y lo que Sergio deseaba.
Max jamás le había insinuado nada más que una amistad. Y aunque a veces sus actitudes eran algo confusas, si tenía dudas de lo que le pasaba a Max, solo tenía que mirar a un lado de él. A la pequeña mujer rubia de ojos celeste que caminaba a su lado de la mano.
Camille Stewart era hija de un empresario inglés muy reconocido, Lawrence Stewart, dueño de una gran cadena de hoteles alrededor del mundo. Hija única, millonaria, con la mejor educación que el reino unido y el dinero pueden darte. Y además era extremadamente hermosa y simpática, al menos con los demás.
Ella y Max eran pareja hacia medio año, aunque lo habían confirmado hacía solo 4 meses, y se podría decir que eran la mejor definición de la pareja perfecta. Además de ser ambos hegemónicos, famosos y ricos, emanaban una energía tan atractiva que, cuando estaban juntos, todo el mundo volteaba a verlos. Era su conexión, su amor tan embriagador, de esos que te dan ganas de ponerte a ti en pareja, lo que llamada la atención de todos.
Cuando reían juntos, o contaban alguna anécdota, todos a su alrededor les prestaban suma atención y quedaban encantados con tan increíble relación, que parecía salida de una película romántica.
Sergio no solía hablar con ella, ni de ella, ya que Max casi nunca sacaba el tema de su relación. A Camille no le parecía agradar mucho su presencia cerca de Max, y siempre lo miraba con desagrado cuando lo escuchaba decir alguna palabra en español. Asique él solo se limitaba a saludarla con cordialidad y tomar la distancia pertinente para no incomodarla. Ni sentirse incomodo él.
La pareja caminaba entre las mesas tomados de las manos, sonriendo y saludándolo a todos lo que se aproximaban para tener algo de atención de ellos.
Checo observaba detenidamente la figura de Max, que llevaba unos pantalones negros ajustados y una camisa blanca con los primeros botones desprendidos. Respiro hondo y tomo un sorbo de su copa, para intentar calmar la reacción de su cuerpo ante aquella imagen que le hacía revolver cosas en su interior que no quería.
Cuando Max lo vio a lo lejos, dejó de saludar a las personas que se le atravesaban y, casi arrastrando a Camille, se dirigió directo hacia donde estaba el mexicano.
– ¡Checo! –dijo soltando la mano de su novia para abrazar a Sergio con ambos brazos. –De verdad pensé que no vendrías.
Sergio se quedó petrificado. Era algo que le pasaba siempre que Max rompía súbitamente su espacio personal y se encontraba de repente con un contacto directo. En esos momentos solo dejaba de respirar, esperando que así el tiempo se detuviera y solo lo dejaran un segundo más disfrutar la sensación cálida del pecho de Max contra el suyo, de la fuerza de los dedos clavándose sutilmente en su espalda, de su aliento recorriendo su cuello cuando le hablaba mientras lo abrazaba. Pero solo duraba un par de segundos lo que Checo quería que durara una eternidad.
–No encontré ninguna excusa que funcionara –respondió cuando Max se alejó de él. –Camille –saludó, agachando un poco la cabeza, a la acompañante de Max.
–Sergio –respondió está de igual manera.
– ¿Que estas tomando? –preguntó Max ignorando totalmente la tensión que se sentía entre sus dos acompañante.
–Champagne – respondió Sergio levantando un poco su copa y mirándola con disgusto. –Yo quería algo más fuerte, un tequila o algo así, pero solo me dieron esto.
Camille reboleo los ojos en ese típico gesto de desagrado que siempre hacía cuando Sergio hablaba. No entendía que le había hecho a la muchacha para que le callera tan mal. Eran contadas con los dedos de una mano las veces que ellos dos hablaban, pero siempre, fuera lo que dijera Checo, ella hacía ese gesto. A veces deseaba realmente enfrentarla y decirle “¿Qué es lo que tanto te molesta de mí?” pero la verdad era que tampoco le importaba mucho lo ella pudiera decir. Mientras él y Max estuvieran bien, la relación entre él y Camille no valía nada para Sergio. Solo que era muy extraño para el mexicano caerle tan mal a alguien y su ego a veces no se lo permitía.
–Iré a conseguirte algo mejor –respondió Max encaminándose para la barra.
–Yo… iré a hablar con las señoras amor, después me buscas– reaccionó Camille antes que el neerlandés se fuera, y la dejara a solas con Sergio.
A los pocos minutos Max volvió con dos vasos con un líquido ámbar en ellos.
–No conseguí tequila, pero encontré un poco de whisky –dijo el chico pasándole uno de los vasos y colocándose hombro con hombro junto a él.
–Algo es algo –Checo le recibió el vaso con una leve sonrisa. –Gracias Verstappen.
–Odio que me digas así –comentó Max a media voz para luego llevar el vaso a sus labios.
Sergio freno su vaso a mitad de camino hacia su boca y se detuvo un momento a pensar si había escuchado bien. Extrañado por ese reproche de su compañero volteó a mirarlo fijamente buscando una explicación.
-Si yo te digo Checo, no Pérez ¿Porque me llamas por mi apellido? –refunfuño Max. –Empezaste a hacer eso luego de Brasil y nunca más paraste.
-No sabía que te molestaba –Sergio volteó su cuerpo por completo para verlo mejor. – ¿Cómo te gustaría que te dijera?
–No lo sé, Max por ejemplo –el neerlandés le hablaba pero sin mirarlo, solo seguía con la vista clavada al frente observando a los invitados. – Dios de las pistas, bicampeón del mundo,... mi amor –dijo volteando su rostro y mirándolo fijamente a los ojos.
Sergio sintió como su corazón empezó a latir de una forma completamente errática y como la sangre se retiraba de su rostro para dejarlo totalmente pálido. Max le mantenía la mirada fija por más tiempo del que Sergio podía soportar, pero finalmente sonrió, y luego soltó una carcajada.
Checo volvió a respirar, claramente era una broma, pero ¿porque esperar tanto tiempo para reír? ¿Acaso quería matarlo de un infarto?
– ¿Por qué esa cara Checo? – preguntó Max entre risas.
–Me agarraste desprevenido –respondió Sergio tratando de calmarse y bebiendo un poco del licor.
–Pero de verdad, solo llámame Max. Verstappen es mi padre, y yo no soy mi padre.
El mexicano comprendió perfectamente lo que su compañero le decía, y solo decidió respetar su deseo y no decir más nada.
La fiesta transcurrió como de costumbre. Presentaron a los pilotos de ambas escuderías. Los directivos, inversores y demás gente importante dijeron algunas palabras sobre el futuro de la escudería y lo que esperaban este año. Luego le pasaron el micrófono a Max y Checo para que también hablaran de lo orgullosos que estaban de ser parte de este equipo y lo mucho que se esforzarían este año.
Luego todos brindaron y siguieron disfrutando de la comida y el ambiente que brindaba aquel lugar.
-¿Que harás esta noche? –le preguntó Max a Checo mientras tomaba unos bocaditos de una bandeja.
-Emm... nada, seguramente tome un baño y me acueste a dormir –respondió el mexicano distraído viendo que Yuki Tsunoda parecía extremadamente pequeño al lado de Daniel Ricciardo.
-Vamos a un bar a beber un poco. Solo tú y yo.
Sergio volvió su atención a su compañero al escuchar el “solo tú y yo” ¿porque Max hacía eso? ¿Porque parecía que lo ponía contra las cuerdas todo el tiempo? Estaba a cada momento provocando situación que hacían que a Checo se le acelerara el corazón y comenzara a sudar nervioso. Claramente Max no sabía todo lo que Sergio sentía por él, pero tampoco eran comentarios comunes de amigos, eran comentarios que llevaban a la duda constante del mexicano, y que lo mantenían siempre en un hilo de esperanza. Esperanza que tenía que salir a apagar como un bombero antes de que la llama incendiara todo a su alrededor.
-¿Y Camille?
-Ella no vendrá –contestó Max tomando un pequeño sándwich de jamón de la mesa y llevándoselo rápidamente a la boca.
-Ya lo sé, pero sería la tercer noche que sales conmigo ¿No se enfadara?
El miércoles por la noche Max se había aparecido en el departamento de Sergio sin avisar. Con un par de cervezas en la mano y proponiéndole un campeonato de FIFA.
El jueves, después del entrenamiento, Max había insistido en salir a beber afuera, pero Sergio lo convenció de que no era conveniente, al otro día debían estar en el garaje temprano, y ya se habían develado la noche anterior. Aunque el mexicano insistió en irse a casa, el neerlandés, por alguna razón, no quería volver a su hogar a descansar. Terminó arrastrando a Checo a ver un partido de basquetbol, claramente en casa del latino.
No había cosa en el mundo que le interesara menos a Checo que el básquet, pero si Max le pedía que fueran a ver un concurso de pastelería alemana, seguramente él asistiría gustoso.
Rápidamente se dio cuenta que lo del juego de basquetbol era solo una excusa para no volver a su casa, porque luego de comer algo, y cuando solo iban 15 minutos de juego, Max se quedó dormido en el sillón de la sala de Sergio.
Lo contemplo por un momento antes de despertarlo para que volviera a su casa. Era increíble para él verlo asi, tan tranquilo, abrazando un almohadón de felpa azul, con los ojos cerrados y una expresión de calma que pocas veces se veía en el rostro del bicampeón.
No sabía en qué momento este chico lo había flechada así, sentía la sospecha de que había sido antes de su llegada a Red Bull, cuando todavía él era un piloto de Force India y Max ya comenzaba a destacar como el gran futuro de Red Bull y la fórmula 1. Tal vez si se ponía a analizar, Max lo había flechado desde el momento en que había pisado el paddock.
-No creo que le importe –respondió Max restándole importancia a lo que su novia pudiera opinar.
-¿Quieres que le digamos Yuki y Daniel? –preguntó Sergio buscando una respuesta muy concreta de Max.
-No, solo nosotros esta noche –volteó a ver a Sergio con sus increíbles ojos azules y mirándolo fijamente agrego –Si te parece bien.
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La música sonaba demasiado fuerte y el calor dentro del antro era insoportable. Cuando Max le dijo de beber algo, pensó que irían a un lugar tranquilo, música de fondo, una barra con poco luz y buenos tragos. Pero donde estaban era más una discoteca que un bar, y aunque habían reservado una zona VIP, Sergio no se sentía nada cómodo.
El champagne y el whisky de la fiesta le había dado más sueño que energía, y los tragos exóticos que servían en aquel lugar no ayudaban. Los párpados se le cerraban y le pitaban los oídos, definitivamente ya estaba en una edad donde prefería las salidas tranquilas.
En cambió su compañero parecía más enérgico que nunca. Había bebido demasiado y ya casi no se podía mantener en pie, sin embargo no dejaba de coquetear con todas las chicas que en zonas VIPs contiguas.
Checo lo miraba sentado desde su mesa, hablando con una chica morocha de unos enormes ojos celestes, a pocos metros de él.
Sabía que no se llevaría a ninguna a la cama, no le haría eso a Camille. Lo que a Max le gustaba era esa adrenalina que generaba el coquetear con alguien, decirles quien era y ver su reacción. Hablarles al oído en un susurro y notar como se les erizaba la piel. Mantener el deseo siempre a raya pero haciéndoles creer que podían llegar a más con él.
A veces Checo se sentía una de las presas de Max.
Los susurros al oído y las risitas muy pronto pasaron a ser caricia en el rostro y apretones sensuales en los brazos del piloto. Y cuando esas caricias comenzaron a bajar por el pecho de Max y querer pasar por debajo de su camisa, Checo sintió que ese era su límite.
Rápidamente se paró de su silla y se dirigió hacia donde estaba su compañero de equipo.
-Vers... Max –se corrigió. El neerlandés giró la mirada algo perdida y cuando se encontró con el rostro de Checo sonrió –Me voy a mi casa, nos vemos mañana.
-Me voy contigo –respondió Max tomando a Sergio del brazo para que lo esperara.
-Pareces muy entretenido, no quiero arruinar tu diversión –dijo Sergio tratando de disimular el tono a reproche que le había salido naturalmente.
-Ya estoy demasiado ebrio. Será mejor irme antes de que me pase de límites con esta hermosa señorita –volteó para ver de nuevo a la chica que estaba parada junto a él.
La muchacha le hacia una especie de puchero y le decía que se quedara con ella. Sergio, cansado y bastante irritado, no pudo disimular la cara de asco que se le había puesto por presenciar esa situación.
Max deposito un dulce beso en la mejilla de la chica y luego miró a Checo como dándole permiso de que se fueran.
Sergio ya sabía que esa noche, al igual que casi todas, iba a tener que ser el conductor designado, por lo que había propuesto usar su auto. Ayudo a su compañero a subir en el asiento de acompañante se sentó al volante de su BMW.
-Si quieres vomitar me avisas, ni se te ocurra hacerlo aquí dentro –amenazo antes de poner el auto en marcha.
-Tranquilo, estoy bien -se limitó a decir el neerlandés cruzando sus brazos para luego cerrar los ojos y tirar la cabeza hacia atrás.
-No te duermas y busca las llaves de tu casa –ordenó Sergio mientras hacía reversa para salir del estacionamiento.
- ¿De mi casa? –Max se levantó súbitamente dirigiendo la mirada a checo. –A mi casa no, llévame a la tuya.
Checo suspiró. No entendía cuál era el problema que tenía Max con vivir en su propia casa. Todo el tiempo estaba intento huir de ahí. Sin embargo él y Camille parecían amarse con locura. O eso era lo que mostraban.
-Está bien –respondió sin ánimos de discutir. Ganarle algo a Max Verstappen sobrio era difícil. Ganarle algo a Max Verstappen borracho, era imposible –Pero avísale a Camille que dormirás en mi casa.
-Ya lo hago –respondió Max volviendo a recostarse.
Cuando llegaron al departamento de Checo, Max se sentó en una de los sillones de un cuerpo y se puso a jugar con su celular mientras Sergio convertía uno de los sillones más grande en cama. Coloco un par de sabanas limpias, una colcha de pluma y un par de almohadas.
-Listo, ya te puedes acostar –le dijo contemplando la prolijidad con que había acomodado todo para su invitado.
-Gracias Checo –respondió Max desplomándose sobre el sillón y quedándose dormido casi al instante.
Sergio volvió a suspirar. Este crio le sacaría canas verdes. Ni siquiera había corrido las mantas para taparse, ni se había quitado los zapatos.
Tomando uno a uno los pies de Max le quito los zapatos y los puso en el piso, junto a una mesita ratona que estaba cerca. Luego, con sumo cuidado de no tocar donde no debía, le quitó el cinturón. Con esto estaría un poco más cómodo.
Perezosamente y frotándose los ojos del cansancio se dirigió a su habitación y, luego de quitarse la ropa y ponerse una playera grande que usaba como pijama, se acostó a dormir.
Su cama nunca se había sentido tan cómoda y placentera. Sentía como su cuerpo se iba relajando músculo por músculo, entrando de a poco en una hermosa sensación de paz.
Antes de quedarse dormido tomo como nota mental no volver a salir con Max a un antro como ese. Le pitaban los oídos de lo fuerte que estaba la música. Y los tragos, además de ser horribles y caros, no le habían servido ni para entonarse. No entendía si a su compañero le habían dado otra cosa para beber o si su resistencia al alcohol era muy baja. Porque de verdad parecía imposible ponerse así de ebrio con esas bebidas.
De pronto, cuando ya estaba a solo segundos se adentrarse en el mundo de los sueños, sintió como las sabanas detrás de él se levantaban y la cama se hundía.
-¿Qué haces Max? –Preguntó sorprendido al sentir como Max se acomodaba en la cama.
-Esta frio, déjame dormir aquí contigo. Te prometo que no te molesto.
Checo quiso reprenderlo. Decirle que sentía frio porque se había acostado sobre las mantas y no dentro de ellas. Pero cuando quiso decir algo escucho que Max ya estaba respirando tan profundo que iba a ser imposible sacarlo de la cama. De todos modos el colchón era lo suficientemente grande como para que cada uno durmiera en un lado y no se tocaran.
Trato de tranquilizar su mente que ya quería hacer toda una película romántica de la situación. Ni siquiera se giró a ver a Max, solo volvió a intentar dormir, sin sobre pensar la situación e intentando descansar de una vez por todas.
Pero nuevamente, cuando estaba por quedarse dormido, una mano grande y pesada le rodeo la cintura y pudo sentir como el pecho de Max se pegaba a su espalda.
Checo abrió rápidamente los ojos y sostuvo el aliento. Tratando de averiguarme si estaba despierto o soñando. ¿Max Verstappen le estaba haciendo cucharita?
-Max, ¿Qué carajo haces? –Preguntó con la voz más firme que le salió.
-Tengo frio. Tú estás calentita –respondió el neerlandés casi balbuceando.
¿CalentitA? Claramente Max estaba dormido y ebrio. En su mente confundida pensaría que estaba durmiendo junto a Camille.
La decepción de Checo hizo que soltara todo el aire que había acumulado en el momento que esa mano rodeo su cintura. Estaba luchando con el pensamiento de quedarse un momento más ahí, disfrutando del calor del pecho de Max en su espalda, de su respiración golpeado suavemente en su nuca, de su brazo envolviendo su cuerpo.
Pero algo le decía que ese no era su lugar. Que debía disfrutar todo eso con una persona que supiera que era a él al que estaba abrazando, y que deseara hacerlo por amor, no por un poco de calor.
Lentamente levanto el brazo de Max con su mano, y con movimiento sutiles dignos de un espía, salió del agarre de su compañero.
Coloco una almohada donde antes estaba su cuerpo para que no notara del todo su ausencia y tuviera algo que abrazar.
Luego tapo a Max con otra manta para que no tuviera frío y dándole una última mirada, se dirigió a dormir al sillón que había preparado una hora antes.








