Capítulo 1: Renacidos en Chatarra
El infierno no era un mar de fuego ardiente. Era estática.
Una estática fría, punzante, que se clavaba en las terminaciones nerviosas como agujas oxidadas. David Martínez abrió los ojos, o al menos, intentó hacerlo. Su óptica derecha tardó tres agónicos segundos en reiniciar. La pantalla de su interfaz visual (HUD) se inundó de un rojo sangriento: advertencias de fallos críticos, pérdida de fluidos sintéticos, rechazo de implantes y docenas de códigos de error que su cerebro, aún aletargado, no podía procesar.
El primer sentido orgánico que recuperó fue el olfato. El aire apestaba a ozono quemado, yodo barato y sangre coagulada. No estaba en el asfalto de Corpo Plaza. No sentía el peso aplastante del ciberesqueleto de Arasaka destrozándole la cordura.La ciberpsicosis, esa tormenta de voces y delirios de grandeza que lo había arrastrado al abismo, se había desvanecido, dejando tras de sí un vacío absoluto y un dolor tan profundo que le cortó la respiración.
Intentó moverse. Un crujido metálico, áspero y desafinado, resonó en la penumbra. Su brazo derecho —o lo que quedaba de él— no respondió.Al forzar la vista en la penumbra de aquella habitación húmeda, iluminada solo por el parpadeo de tubos fluorescentes defectuosos, vio su propia mano. Era de un metal grisáceo, sin pulir, con cables expuestos en la muñeca.
Chatarra.
Chatarra de segunda mano.
Lo habían vaciado. Le habían arrancado la gloria militar por la que había sacrificado su humanidad, dejándolo como un cascarón remendado.
Debería estar muerto. Adam Smasher le había volado los sesos. Lo recordaba. Recordaba el cañón apuntándole, la sonrisa sádica del monstruo de metal, la paz de saber que su viaje terminaba ahí, siempre y cuando ella estuviera a salvo.
—Lucy... —El nombre rasparon en su garganta reseca, saliendo como un graznido roto.
El pánico se apoderó de él. ¿Dónde estaba ella? ¿Había logrado escapar? El monitor cardíaco al que estaba conectado comenzó a pitar frenéticamente.
—Tranquilo, choom. Si fuerzas esa bomba de sangre de cuarta categoría que te puse, vas a reventar antes de que empiece a cobrarme.
La voz era rasposa, cargada de indiferencia. Una figura alta, envuelta en una bata de laboratorio manchada de grasa y fluidos, emergió de las sombras.
Un Ripperdoc.
Pero no uno de lujo en las zonas altas, sino una rata de alcantarilla que operaba en las entrañas de la ciudad.
David intentó incorporarse, ignorando el fuego que le devoraba la columna vertebral. Fue entonces cuando escuchó un sonido mecánico a su izquierda. Un jadeo pesado, artificial.
Giró la cabeza, y lo que vio hizo que se le helara la poca sangre orgánica que le quedaba.
En una camilla contigua, rodeada de herramientas manchadas y cables colgantes, estaba Rebecca.
O al menos, la mitad de ella.
El lado derecho de su cuerpo era un amasijo de placas de blindaje dispares y pistones expuestos. Smasher la había aplastado como a un insecto, y quienquiera que fuera este carnicero, la había reconstruido usando piezas de diferentes modelos. Su ojo izquierdo seguía siendo el mismo, grande y fiero, pero el derecho había sido reemplazado por un implante óptico industrial de luz roja y apagada.
Ella estaba sedada, respirando con la ayuda de un pulmón sintético que silbaba a cada inhalación.
Verla así, reducida a un rompecabezas de piezas de desguace por haberlo seguido hasta el fin del mundo, fue el golpe de realidad más duro que David había recibido.
Ella lo había dado todo.
Y ahí estaban, desechados como basura en un sótano sin nombre.
—Tu amiguita dio mucho trabajo —dijo el Ripperdoc, limpiándose las manos con un trapo sucio mientras se acercaba a la camilla de David—. Tuvo suerte de que su cerebro quedara intacto. Sus cuerpos son un desastre, puros fallos del mercado negro, pero están vivos. Y en Night City, estar vivo cuesta muy caro.
El doctor sacó un pequeño control remoto de su bolsillo y lo hizo girar entre sus dedos. La luz roja del implante en el pecho de David parpadeó en sincronía con el aparato.
—Así que, leyenda de Santo Domingo... dime cómo carajos van a pagarme los tres millones de edis que me deben por sacarlos de la morgue de Arasaka.
Tres millones de edis.
La cifra resonó en el cráneo de David como un eco hueco. Por puro instinto, por memoria muscular de una vida que ya no existía, su cerebro intentó enviar la orden de activar el Sandevistan. Quería que el tiempo se detuviera, quería levantarse en un borrón de velocidad y someter a aquel carnicero.
Lo único que consiguió fue un latigazo de dolor puro en la base de la nuca y un chisporroteo patético en su hombro derecho. Cayó de espaldas contra la camilla, jadeando, con un sabor a cobre inundando su boca.
El Ripperdoc soltó una carcajada seca, sin humor.
—Ahórrate el esfuerzo, chico. Ese cromo barato que llevas en la columna apenas soporta tus funciones motoras básicas. Si intentas usar reflejos de combate, te freirás el sistema nervioso antes de dar un paso. Ahora... el dinero.
Antes de que David pudiera pensar en una excusa, un gemido metálico cortó la tensión. En la camilla contigua, Rebecca comenzaba a agitarse. Su ojo orgánico parpadeó rápidamente, desorientado, mientras el implante industrial rojo zumbaba al enfocar la escasa luz del lugar. Intentó llevarse las manos al rostro, pero su brazo derecho, un ensamblaje grueso y tosco de pistones expuestos, se movió con un retraso frustrante, golpeando el borde de la mesa.
—¡Mierda...! —rugió ella, con la voz distorsionada por los sintetizadores vocales de su garganta—. ¿Qué carajos...? Siento como si un puto tanque Behemoth me hubiera pasado por encima.
—Y casi lo hizo, preciosa —comentó el doctor, cruzándose de brazos.
Rebecca giró la cabeza bruscamente, amenazando con desconectar los cables que colgaban de su cuello. Sus ojos se clavaron en el Ripperdoc y luego, guiada por el sonido de una respiración agitada, encontró a David.
El tiempo pareció detenerse en ese lúgubre sótano.
La fiereza que siempre caracterizaba a la pequeña mercenaria se desmoronó por una fracción de segundo. El terror absoluto de sus últimos recuerdos —David al borde de la locura, Smasher cayendo sobre ella— fue reemplazado por un alivio tan profundo que le cortó la respiración artificial.
Él estaba ahí.
Estaba destrozado, remendado con chatarra y luciendo más pálido que un cadáver, pero estaba respirando.
—David... —murmuró, y por un instante, su tono no fue el de una edgerunner curtida, sino el de una chica que había recuperado su único motivo para seguir luchando. Sin embargo, se recompuso casi de inmediato, tragándose la vulnerabilidad. Forzó una sonrisa torcida—. Cielos, sigues siendo feo, eh... ¿Qué es este basurero?
—Nuestra prisión, si no le pago a este sujeto —respondió David, obligándose a sentarse. Cada músculo orgánico que le quedaba temblaba por el esfuerzo—. Escucha, doc... no tenemos tres millones aquí. Evidentemente. Pero tenemos un contacto. Nuestro chofer.
El Ripperdoc enarcó una ceja, claramente escéptico.
—¿El tipo del bigote ridículo? Lo rastreé por los foros de mercenarios. Está desaparecido. Para Arasaka y para el resto de Night City, ustedes no son más que manchas de sangre en el asfalto.
—Él sigue vivo —mintió David con una convicción que no sentía—. Y es el guardián de los fondos de nuestra banda. Cuentas corporativas cifradas. Cromo de grado militar escondido. Tiene suficiente para comprarte esta clínica entera diez veces. Déjanos ir. Lo buscaremos, y tendrás tu dinero con intereses.
El doctor se rascó la barba rala, analizando a los dos mercenarios rotos frente a él. La codicia brilló en sus ojos.
—Es un buen cuento, chico. Pero en esta ciudad, la confianza es para los idiotas muertos.
El hombre presionó un botón en el control remoto que sostenía. Un dolor agudo, eléctrico y paralizante atravesó las médulas espinales de David y Rebecca al mismo tiempo. Rebecca soltó un grito sordo, encogiéndose en la camilla, mientras David apretaba los dientes hasta casi fracturárselos. El dolor cesó tan rápido como llegó, dejando una pulsación cálida en la base de sus cuellos.
—Les acabo de activar un pequeño regalito en la espina dorsal —explicó el doctor con una sonrisa macabra—. Un rastreador de grado militar acoplado a sus sistemas nerviosos centrales. Tienen exactamente setenta y dos horas para traerme mi dinero. Si el tiempo se acaba, si intentan arrancarse el chip, o si su señal entra a una zona de alta seguridad que bloquee mi radar... enviaré un pulso que los convertirá en vegetales babeantes. ¿Entendido?
David cruzó una mirada con Rebecca.Ella asintió levemente, con el ojo rojo brillando de furia contenida. No tenían opción. Eran rehenes de sus propios cuerpos.
—Entendido —siseó David.
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[Perspectiva: Lucy]
[Ubicación: Apartamento de lujo en Westbrook]
[Tiempo para el vuelo: 72 Horas]
El silencio en el apartamento era ensordecedor.
Lucy estaba sentada en el borde de la inmensa cama que, alguna vez, pensó que compartiría con él. Frente a ella, la proyección holográfica del boleto de la corporación Orbital Air giraba lentamente, tiñendo su rostro pálido con una luz azulada.
Destino: Base Lunar Copérnico. Pasaje de Ida.
No había lágrimas. Ya las había derramado todas en las sombras de las callejuelas y en los callejones donde su sangre se había mezclado. Su mirada estaba vacía, ausente, como si el alma se le hubiera escapado del cuerpo en el momento exacto en que la señal de David desapareció de la red.
A su lado, descansaba la pesada chaqueta amarilla de emergencias médicas. Lucy extendió una mano temblorosa y delineó con la yema de los dedos el cuello de la prenda. Aún conservaba un tenue olor a ozono, a cigarrillo barato y a él. Apretó los ojos, intentando ahogar el nudo en su garganta, y se obligó a levantarse. Metió la chaqueta en una pequeña maleta deportiva de lona negra. Era lo único que se llevaría de Night City. Su sueño, la Luna, ahora se sentía como una prisión estéril, pero era el único lugar donde los fantasmas de Arasaka y el recuerdo de su sonrisa no podrían alcanzarla.
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El sonido de una persiana de metal abriéndose de golpe devolvió a David y a Rebecca a la cruda realidad.
El Ripperdoc les había arrojado un par de abrigos harapientos para ocultar el cromo defectuoso y la sangre seca. Se encontraban frente a la salida trasera de la clínica, que daba a un callejón empapado por la perpetua lluvia ácida de Watson.
David apoyó un brazo sobre los hombros de Rebecca para no caerse, y ella, a pesar del dolor de sus propios engranajes desajustados, pasó su brazo robótico por la cintura de él, aferrándolo con una fuerza inquebrantable.
—El reloj corre, ratas de Santo Domingo —dijo el doctor desde la penumbra del pasillo—. Tráiganme mis edis.
La puerta de acero se cerró de golpe a sus espaldas, y el seguro magnético encajó con un chasquido pesado. Estaban solos. El neón parpadeante de un letrero cercano iluminaba los charcos de agua sucia a sus pies. El estruendo de Night City, la ciudad que lo devoraba todo, los recibió con su indiferencia habitual.
David miró a Rebecca. Estaban rotos, cazados y apenas podían mantenerse en pie. Pero estaban vivos.
—Tenemos que encontrar a Falco —dijo David, su voz apenas un susurro rasposo bajo la lluvia.
—Lo encontraremos, choom —respondió ella, apretándolo más fuerte contra su costado, asegurándose de no soltarlo jamás—. Pero primero... tenemos que salir vivos de este callejón.

¡Hola a todos! Espero que les haya gustado este primer capítulo. Sé que el final del anime nos dejó a todos con el corazón roto y ver las animes jibes de la colaboración de wuthering waves x Cyberpunk me revivió la herida, así que decidí escribir esta historia para darle a David, Lucy y Rebecca el cierre.
Estaré subiendo los siguientes capítulos con unos 3 o 4 días de diferencia para mantener un ritmo constante y asegurar la mejor calidad posible en la narrativa.








