Capítulo 1
Mi espalda adolorida sentía la tierra húmeda, el corazón me latía tan fuerte que amenazaba con romperme el pecho. Por unos segundos creí que estaba soñando, pero sentí el aire espeso y caliente; tanto, que respirar era una batalla de fuerza de voluntad.
Abrí los ojos lentamente para ver un techo interminable de hojas verdes balanceándose sobre mí. La luz del sol apenas lograba atravesar, cayendo en pequeños destellos dorados sobre el barro y las raíces gigantes que parecían serpientes dormidas.
El sonido era insoportable. Insectos zumbando cerca de mis oídos. Pájaros lanzando gritos entre los árboles. Algo moviéndose entre la maleza. Gotas cayendo desde ramas altas.
—¿Dónde demonios caíste ahora, Elara? —pensé para mí misma.
Una realización me sacudió. Me incorporé de golpe desesperada. Mi cuerpo estaba intacto, aunque cubierto de tierra. Mis zapatos de excursión tenían barro pegado y el cabello se me adhería a la piel por el sudor.
Miré a mi alrededor buscando a mis hijas y a mi esposo para asegurarme de que estuvieran bien, cuando vi los cuerpecitos de mis hijas tirados cerca de mí, completamente inconscientes.
Me acerqué apresurada para asegurarme de que respiraban y traté de despertarlas.
—¡Lena, Mila!... ¿Están bien? ¡Por favor! ¡Lena, Mila, despierten!
—Uh... mami... ¿qué pasó? ¿Dónde estamos? —preguntó Mila mientras abría perezosamente sus ojitos y observaba a su alrededor.
—Ya no estamos en la cueva, eso es seguro —dijo Lena, intentando incorporarse, pero fallando.
—Tampoco sé exactamente qué pasó, pero estamos en un lugar desconocido, sin guía y sin su padre. No lo encuentro, pero no debe estar lejos —dije intentando mantener la calma.
Revisé cuidadosamente el cuerpo de cada una en busca de heridas, picaduras o señales de contusiones. No había nada. Estábamos ilesas.
—Mami... me cuesta respirar... el aire se siente pesado y el calor es sofocante —dijo Mila con respiración incómoda.
—Nuestras mochilas... ahí tenemos botellas de agua... podemos refrescarnos un poco... —comentó Lena.
—No veo nuestras mochilas por ningún lado —respondí mientras observaba alrededor.
Luego de revisar nuevamente a mis hijas y a mí misma, busqué por los alrededores alguna señal de nuestras cosas, pero no había nada. Mis hijas y yo llevábamos la misma ropa de la excursión, pero no teníamos nada más encima.
No estaban nuestras mochilas, relojes, mi anillo de bodas, nuestros aretes ni los collares artesanales que apenas ayer habíamos comprado en el mercado.
Se sentía como si nos hubieran saqueado por completo, dejándonos únicamente la ropa.
Esto no estaba bien. Hace momento estábamos disfrutando nuestras vacaciones dentro de una famosa cueva, observando las formaciones de estalactitas y estalagmitas. Entonces todo se volvió negro. El suelo comenzó a moverse mientras destellos extraños iluminaban el piso en formas cuadriláteras.
Muerta de miedo tomé de las manos a mis hijas y corrí hacia donde recordaba que estaba la salida. Le grité a mi esposo en la entrada de la cueva, que saliera.
Cuando dejamos de sentir el suelo bajo nuestros pies. Y caímos.
Caímos en la oscuridad para despertar en este sitio.
—¿Cómo fue que desapareció la cueva? —preguntó Lena.
—No lo sé, pero este lugar no parece seguro —respondí—. Está lleno de vegetación y podemos encontrarnos con algún animal salvaje en cualquier momento. Debemos movernos, pero con cuidado. Podríamos toparnos con serpientes venenosas. Mantengámonos unidas mientras avanzamos.
—Pero, mami... ¿hacia dónde vamos? —preguntó Mila.
No tenía ninguna respuesta. Estaba más perdida que un piojo en una peluca. Sólo sabía era que debía encontrar un refugio antes de que oscureciera.
Intenté calmar mis nervios y escuchar alguna señal alentadora: voces humanas, agua corriendo... cualquier cosa.
Solo escuchaba insectos y pájaros.
—Escuchen. Vamos a caminar buscando un arroyo. Si encuentran hojas grandes con agua cristalina, también nos servirán. También debemos hallar un refugio. Iremos marcando el camino para no caminar en círculos.
Mis hijas se aferraron a mí como quien se aferra a un salvavidas.
Caminamos despacio, agudizando nuestros sentidos para escuchar alguna señal de ayuda, agua o peligro. Después de lo que parecieron horas caminando, y con nuestras fuerzas al límite, capté un leve sonido parecido al agua corriendo.
Me detuve en seco. Dirigí mi atención hacia el sonido. Era parecido al de una pequeña fuente. Con cuidado avancé en esa dirección junto a ellas. Poco a poco, la vegetación comenzó a disminuir, dando paso a una zona pedregosa y seca. El sonido del agua se hacía más claro.
Por un momento dudé de mí misma, pensé que alucinaba por el cansancio y la sed, pero mis hijas también lo escuchaban.
Nos acercamos más y descubrimos que detrás de una gran roca había una pequeña cueva. Mi corazón empezó a latir con fuerza con expectativa y miedo.
Me acerqué lentamente, protegiendo a mis hijas detrás de mí, rogando que aquella cueva no fuera la guarida de algún animal peligroso.
Estaba vacía. Al fondo había una pequeña fuente rocosa alimentada por un fino chorro de agua. Nos acercamos con cautela. El fondo de aquella pequeña fuente brillaba con una luz azul fluorescente.
Nuestros nervios quedaron hechos trizas. Mis hijas comenzaron a llorar desconsoladamente.
—Mami... Tengo miedo de esa luz... pero tengo tanta sed que moriré si no bebo un poco —sollozó Mila.
—Es el fin. O bebemos esa agua y morimos, o no bebemos y morimos lentamente de sed —dijo Lena con ese tono pesimista propio de ella.
—Es posible que bebamos y no muramos —dije intentando sonar optimista en la peor situación imaginable—. Beberé primero. Si no me pasa nada, ustedes también podrán hacerlo.
—¡NO! —gritaron ambas al mismo tiempo—. ¿Y si bebes y mueres? ¿O desapareces? ¿Qué será de nosotras?
Las lágrimas corrían por el rostro de Lena sin control.
—Bebamos juntas —dijo Mila entre sollozos—. Así, pase lo que pase... estaremos juntas.
Mis lágrimas también escaparon. Mi deber era protegerlas, y sentía que estaba fallando. ¿Dónde demonios estaba mi esposo? ¿Por qué no estaba aquí cuando más lo necesitábamos? ¿Había logrado escapar antes de caer en este lugar?
Miré el rostro sudoroso y pálido de mis hijas. La deshidratación era evidente. Miré hacia el exterior. El cielo comenzaba a oscurecer. No tendríamos tiempo para buscar otra fuente de agua.
—Muy bien —dije reuniendo valor de donde no lo tenía—. Primero haré una fogata. Pasaremos la noche aquí. No se me ocurre otro lugar más seguro. Mañana buscaremos agua menos sospechosa y, si tenemos suerte, encontraremos frutas o alguna señal de vida humana. También haremos humo; si su padre está cerca, podría verlo.
—¿Tienes encendedor, mamá? —preguntó Lena con voz apagada.
—No... pero si encuentro madera seca, intentaré hacer fuego por fricción.
Recordé mi adolescencia, cuando logré encender fuego de la manera más primitiva para una exposición escolar sobre las primeras civilizaciones.
Salí de la cueva con miedo, deslizándome entre la roca y la estrecha entrada. Rogaba en silencio que nada nos atacara.
Recogí varias piedras medianas y las llevé al interior de la cueva. Luego salí nuevamente en busca de ramas secas. La mayoría de la madera estaba húmeda, pero logré encontrar algunas ramas protegidas bajo troncos huecos y raíces enormes.
Reuní hojas secas, hierba quebradiza y fibras arrancadas de un árbol seco y hueco. Finalmente tenía todo lo necesario la yesca.
Me quité la blusa externa que llevaba y la usé como bolsa improvisada para cargar la leña, quedándome únicamente con la blusa de tirantes, algo soportable por el intenso calor.
Regresé apresuradamente a la cueva, pero al entrar, encontré una escena espeluznante. Lena y Mila estaban frente a la fuente, llorando desconsoladas.
—¡Lo siento! ¡De verdad lo siento! ¡Pero no podía más! ¡Tenía que beber agua! ¡Me estoy muriendo de sed! —lloraba Mila.
—¡Te dije que esperaras a mamá! ¿Qué hago si algo malo te pasa? —gritó Lena entre lágrimas.
—¿Qué sucede? —pregunté con el corazón en la garganta.
—Perdóname, mami... bebí agua porque no pude soportar más la sed. Perdóname si muero y las dejo solas...
Mi pecho se apretó. ¿Por qué demonios nos estaba pasando esto?
Antes de que pudiera reaccionar, Lena tomó agua con las manos y bebió apresuradamente.
—¡Ya está! ¡No creas que te vas sola! ¿Me oíste? —gritó.
Solté toda la leña que llevaba y me acerqué a ellas casi en trance. Ya no había vuelta atrás.
Tomé agua entre mis manos y la bebí también. Al verme hacerlo, ellas volvieron a beber desesperadamente. El agua era dulce y fría. Bebimos hasta saciarnos. Después nos lavamos la cara y el cuerpo, empapándonos mientras una risa nerviosa comenzaba a escapar de nosotras. Terminamos riendo a carcajadas.
Finalmente, el miedo nos dejó. Ellas se sentaron sobre el suelo frío mientras yo intenté encender el fuego.
Tomé una rama recta y una pieza de madera plana. Con una piedra afilada hice una pequeña ranura. Coloqué la vara entre mis manos y la giré rápidamente, frotándola una y otra vez.
Las manos y los brazos me dolían. El sudor caía sobre el suelo fresco de la cueva. Fallé varias veces. Pero seguí aferrándome a la idea de que, si conseguía fuego, podría mantener con vida a mis hijas.
Poco a poco apareció humo. Luego el olor a madera quemada y finalmente, una pequeña brasa roja escondida entre el polvo oscuro. Tomé la pequeña brasa con extremo cuidado y la coloqué dentro del nido de yesca seca. Soplé despacio, casi temblando, alimentando el calor.
Finalmente... Una pequeña llama nació entre mis manos. La coloqué en el centro del círculo de piedras y la alimenté lentamente con ramas secas.
Sorprendentemente, mi cuerpo comenzó a sentirse demasiado caliente. Y sabía que no era solo por el esfuerzo. Algo parecido a la fiebre recorría todo mi cuerpo.
—Mami... —escuché la suave voz de Mila—. Mis dientes... se están cayendo...
Escupió algo en la palma de su mano. Mi corazón se aceleró.
—No quería decir nada... pero siento que el cuerpo me quema... —dijo Lena.
Me acerqué rápidamente a ellas. Ambas sudaban profusamente. Entonces Lena hizo una mueca de asco y escupió al suelo. Eran sus dientes con sangre y saliva.
El terror me paralizó. Aquella agua sí nos estaba matando. No había otra explicación. Revisé mi cabello quedándome con un gran mechón en la mano.
—Vengan aquí —les dije extendiendo los brazos.
Mis hijas se acomodaron en mi regazo.
—No tengan miedo. Esta será la manera en que volveremos a casa.
Las lágrimas caían sin control por mi rostro.
—¿Les duele algo?
—No... —respondieron al unísono.
—Muy bien... estamos cansadas. Cerremos los ojos y durmamos. Preparémonos para despertar en casa...
Las acomodé sobre el suelo mientras les cantaba una nana, esperando que el sueño llegara antes que el dolor.
Nunca imaginé morir así. A mis treinta y cinco años. Junto a mis hijas de catorce y diez. Me hubiese gustado ver una última vez a mi esposo. Busqué su rostro en mi memoria para recordarlo en la próxima vida.








