Capítulo 1
Fuí el más feliz cuando Irene quedó embarazada. Una inmensa euforia llenó mi ser. Y de nuestro amor, nació un pequeño niño de cabello rubio. De parte de su familia, sus abuelos tienen el cabello rubio, pero el de mi hijo era de un dorado intenso que iluminó mi vida en aquel momento y lo siguió haciendo con el paso del tiempo.
En aquel momento era como si un camión nos hubiese pasado por encima, pero recordar actualmente las noches de desvelo, todas las veces que llegué tarde al hospital y con ojeras bajo mis ojos, era nostálgico. Estaba en mis veinte, estudiando medicina y siendo un papá primerizo. Fue todo un caos. Un ser intelectual y con excelente promedio cambiando por primera vez un pañal fue un desastre que requirió después una ducha de una hora. Pero valía y valió totalmente la pena, aprender más de la vida sin dejar mis estudios a un lado fue difícil. Casi parecido a salvar a alguien de un desgarre de aorta abdominal, imposible. Lo creí imposible.
Y eso me costó muchas peleas con mi esposa, porque solo quería dedicarme a estudiar mientras ella hacía todo el trabajo y abandonaba sus estudios temporalmente. Durante un tiempo, la medicina fue más importante para mí que cualquier otra cosa. Las discusiones con Irene eran algo tan estresante, pero lo que nos sacaba a ambos de esa burbuja era Jimin.
Ese llanto nos golpeaba a ambos y nos obligaba a resistir. Su cuerpo tan pequeño entre mis manos, fue una experiencia tan mágica. Que me sonriera cuando hacía muecas solo hizo que sentimientos de ser el mejor papá crecieran en mí. Me hizo reflexionar, intentar ser un mejor padre. Esforzarme.
Infinitas excusas dije en el hospital, pero supe equilibrar todo, ser responsable con mi hijo, así como en mi trabajo. Y el tiempo pasó, porque no se puede detener.
— ¡Jimin, bájate de ahí! — le grité Irene para que bajara de la mesa.
— ¡No!
— ¡Jungkook, ven a ver a tu hijo! — limpio mis manos, que están mojadas por lavar los trastes, y salgo al comedor — Jimin, precioso, bájate de ahí por favor.
De inmediato me hizo caso. Era solo un pequeño inquieto. Cómo todos los fuimos en algún momento de nuestra infancia.
— Ve a lavar tus manos, príncipe. Siguen sucias.
— Pero no llego al lavamanos.
— Yo te ayudo — me dirijo al baño con mi pequeño, lo cargó a la altura perfecta para que pueda lavar sus manos correctamente y luego se las seco con una toalla.
Vemos televisión un rato, mientras reposamos los alimentos. Irene se ha ido a dormir y solo quedamos nosotros dos, hasta que llegó su hora y lo llevo hasta su habitación. Le coloco su pijama, lava sus dientes y lo abrigo con la manta.
— Besito — me pide y beso su frente con cariño.
— Descansa, pequeño.
— Quédate a dormir conmigo, por favor — me hace ojos tan tiernos, a los que no puedo negarme y deslizo la sábana para acostarme a su lado.
Comer helado con él, dormir a su lado, besar su frente, llamarlo por apodos bonitos, todo era tan encantador. Me hacía sentir como la persona más afortunada del mundo, como el hombre más afortunado del mundo por tener un hijo tan increíble e inteligente.
Y todo fue demasiado tranquilo hasta que llegó a la adolescencia.
— ¡He dicho que me dejes en paz! — le gritó a Irene.
— Jimin, no te voy a permitir que le grites así a tu madre. Sube a tu habitación y estás castigado — subió a regañadientes a su cuarto.
Esto era agotador. Pero solo tenía quince años, era un niño. Respiro hondo y luego subo a su cuarto donde lo encuentro llorando. Me siento en el borde de la cama y acaricio su cabello.
— Dime qué sucede. Seguimos siendo amigos, ¿Lo recuerdas? — tomo su cara entre mis manos y limpio sus lágrimas.
— Es que mis compañeros de clase se burlan de mi por ser un doncel. Dicen que soy una niña — me dijo en sollozos.
— Escúchame. Tú eres un niño, que va a ser un hombre como yo. Ser doncel no es malo, es como un don.
— ¿Por qué ocurre eso?
— Por una mutación genética inofensiva, donde la genética femenina influye más en el desarrollo del feto.
— Entonces, ¿Yo tengo más genética de mamá? — asiento con una leve sonrisa. Mi pequeño es muy inteligente— Cuando sea grande, quiero estudiar medicina como tú. Y ser un gran doctor.
— Si es lo que deseas, vas a ser el mejor — beso su frente — Mejor vamos a comer helado para subir esos ánimos.
Eso no fue lo peor. Lo peor llegó después. Cuando creció aún más, cuando estaba en su último año en el instituto, aunque delante de mí seguía siendo bajo y delgado, contaba con unas curvas perfectamente delineadas. Sí, un cuerpo de infarto.
Ya no pensaba en besarlo como lo hacía antes. Mi mente fue una total traicionera. Sucedió por primera vez cuando solo tenía dieciocho años. Era de noche, toqué la puerta de su habitación para que bajara a cenar y me abrió en solo ropa interior. Con unas bragas de encaje. Quedé tan impactado, tanto porque estuviese usando una prenda provocativa que le quedaba tan bien como con su cuerpo dibujado y trazado a detalle por un ángel o por Dios mismo. Su rostro que emanaba inocencia, pero sus ojos que revelaron seducción.
Su piel blanca era solo la hoja donde podría dibujarse cualquier fantasía. Pezones rosados, cintura pequeña, pectorales y abdomen levemente marcados, piernas voluminosas y gruesas que...Me hipnotizaron.
— ¿Qué sucede, Papi? — preguntó con un tono de voz que clasifiqué como seductor. Esto no podría estar pasando, sin duda me lo estaba imaginando. Pero su sonrisa me hizo dudar.
— ¿Qué estabas haciendo?
— Pues, vistiendome.
— ¿Desde cuándo usas eso?
— ¿Mis bragas? — se miró la prenda — Desde hace un tiempo, son super cómodas. Y muy lindas.
— Solo ten cuidado, te lo advierto. Aún no estás en edad de involucrarte sexualmente con alguien.
— ¡Pero tengo dieciocho años! Y no quiero escuchar tu charla otra vez — mi mirada bajó una vez más por sus piernas. Siento una corriente que viaja y se detiene en mi polla.
—Ya he dicho, todavía eres un bebé. Ponte ropa y baja — giro mi rostro y voy hacia mi habitación, sintiéndome la peor persona del mundo solo por pensar así de mi hijo.
— ¡Ya no soy un bebé! — escucho su grito.
De mi bebé.
Aprieto mi cabello con frustración, como si con solo eso pudiera borrar la idea que cruzó por mi mente: Esas lindas piernas alrededor de mi cadera, en un acto obsceno que ni siquiera pienso en hacerlo con Irene.
Esa fue la primera noche que lo deseé en mis sueños bajo mi cuerpo, sudado y sonrojado, pidiendo por más y recibiendo toda mi dureza en su interior que en mi imaginación ha de ser húmedo y caliente.
Desde esa noche, no pude volver a verlo igual. Y me alejé de él, buscando alguna manera de no imaginar que arrancaba cada prenda de su cuerpo, de no pensarlo en todas las posiciones existentes en las que pueda provocarle un orgasmo. De cuidarlo. Y de no cometer un error.
Apodyopsis: Es el acto de despojar de sus prendas mentalmente a una persona, una especie de desnudez visual que solo ocurre en la mente. Una fascinación silenciosa, entre la curiosidad y el deseo.






![Under his skin [MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_75e8cecc853b1043a2b104fa7f2ecb72.jpg)


que horrible trama. me largo