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A través de tus letras

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Summary

Aria escribe cartas al cielo. David las lee en la tierra. Y el destino se encarga de que sus caóticas vidas colisionen

Genre
Romance
Author
Lorena G
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Destino


David

El motor de mi Audi emite un chasquido sordo antes de apagarse por completo en mitad de la Avenida Lexigton. Fantástico. Justo el lunes en que el socio principal del bufete espera mi informe financiero a primera hora. Observo el humo ligero que sale del capó mientras la lluvia neoyorquina empieza a golpear el parabrisas. Sin pensarlo dos veces, agarro mi maletín, bajo del auto y extiendo la mano.

La suerte me sonríe a medias cuando un taxi amarillo se detiene frente a mí. Me subo al asiento trasero liberando un suspiro exasperado justo cuando mi teléfono empieza a vibrar en el bolsillo de mi abrigo. Es mi padre.

—David, dime que ya estás en Wall Street —su voz resuena fría y demandante a través del manos libres.

—Hubo un problema con el auto, papá. Estoy en un taxi, llego en diez minutos —respondo, tratando de mantener la voz firme. Mientras él me suelta un monólogo sobre la puntualidad y la importancia de la impresión que debo causar en los clientes esta semana, desvío la mirada hacia el suelo del auto.

Entre la alfombrilla de goma y el asiento, hay algo que no encaja con la suciedad habitual de la ciudad. Es un cuaderno gastado, de tapas gruesas y bordes ligeramente desgastados. Con un movimiento mecánico, lo recojo.

—...y recuerda que Eleanor y sus padres cenarán con nosotros el viernes. Sería un buen detalle que la llamaras antes —añade mi padre.

El nombre de Eleanor me genera una punzada de incomodidad en el estómago. Terminamos hace tres meses. Extraño la comodidad de tener a alguien, la rutina de una relación que mi familia aprobaba, pero al mismo tiempo sé que lo nuestro era tan vacío como el papeleo que firmo a diario. Una exnovia perfecta para el boceto de vida perfecta que se supone que debo tener.

—Sí, la llamaré —miento, deseando colgar—. Te veo en la oficina.

Corto la llamada. El silencio del taxi se siente pesado. Miro el cuaderno en mis manos; tiene pegada una pequeña etiqueta blanca donde resalta un nombre escrito con una caligrafía apresurada, caótica y rebelde: Aria Blake.

Limpio un poco el polvo de la portada y carraspeo.

—Disculpe —le digo al taxista, mirando su reflejo en el espejo retrovisor—. Alguien olvidó esto aquí atrás.

El conductor ni siquiera se inmuta. Mantiene los ojos fijos en el tráfico de Manhattan, masticando un chicle con desgana.

—No es mi problema, amigo. Si lo quiere, lléveselo. Si no, irá a la basura al final del turno —responde con un marcado acento plano.

Suelto un bufido. No sé por qué, pero la idea de que termine en un contenedor me molesta. Abro la primera página por pura inercia. No hay datos de contacto, ni un número de teléfono, solo una dedicatoria escrita con tinta negra que ocupa todo el centro de la hoja:



«Maya:

Odio los teléfonos, el metro ruidoso y los minutos de silencio. Esta bitácora es la única forma que encontré de seguir hablándote, aunque ya no estés aquí para interrumpirme. No te atrevas a perderte mis páginas».


Me quedo mirando las palabras un segundo. ¿Maya? ¿Una amiga? ¿Una hermana? La intensidad del mensaje me resulta ajena, casi invasiva. Yo no tengo tiempo para dramas poéticos ni misterios ajenos. Cierro el cuaderno de golpe, un poco aburrido por mi propia curiosidad, y lo deslizo dentro de mi maletín justo cuando el taxi se detiene frente al imponente edificio de cristales grises de Harrison & Associates.

Pago el viaje, bajo del auto y me hundo por completo en la rutina. Subo en el ascensor hasta el piso 34, entro a mi oficina de caoba y enciendo el computador. Saco el cuaderno de Aria Blake de mi maletín y lo coloco en la esquina más alejada de mi escritorio, medio oculto bajo una pila de contratos de bienes raíces.

El día me consume por completo. Entre llamadas de clientes exigentes, revisiones de leyes fiscales y un almuerzo insípido frente a la pantalla, las horas pasan volando. Cada vez que mis ojos se desvían hacia la esquina del escritorio y tropiezan con el borde gastado del cuaderno, me obligo a ignorarlo. "Es solo el diario de una desconocida", me repito. No tengo tiempo para esto.

Cuando finalmente termino el último informe, el reloj marca las ocho de la noche. El edificio está prácticamente vacío. Apago las luces de la oficina, guardo mis cosas en el maletín y, en el último segundo, observo el cuaderno solitario sobre la mesa. Agarrarlo y meterlo en el bolso es un acto puramente impulsivo.

Salgo al frío de la noche neoyorquina con un dolor de cabeza en potencia y el cuerpo agotado. Odio la monotonía de este trabajo que elegí por obligación familiar, y mientras camino hacia el metro, siento que soy una máquina programada para cumplir expectativas.



###


4 días después.


El reloj digital de la cocina marca las once de la noche cuando cierro la puerta de mi apartamento. El silencio me recibe con la misma frialdad de siempre. Me quito la corbata con un movimiento lento, sintiendo el peso de un dolor de cabeza que lleva horas cobrando fuerza.

Hoy ha sido un día ridículamente largo. La cena con mis padres y Eleanor fue exactamente el desastre protocolario que imaginé. Mi madre pasó la noche sugiriendo de forma sutil que Eleanor y yo deberíamos "reconsiderar" las cosas. Eleanor sonreía, impecable, perfecta en su vestido de diseñador, y yo solo podía mirarla y recordar por qué lo dejamos: no había nada malo entre nosotros, pero tampoco había nada real. Extraño la calidez de tener a alguien a mi lado en este apartamento vacío, pero no la extraño a ella. Extraño una idea de felicidad que ni siquiera sé si existe.

Suelto un suspiro y vacío el contenido de mi maletín sobre la barra de la cocina. El cuaderno gastado de Aria Blake se desliza y golpea el mármol.

Me quedo mirándolo. Ha pasado días en la esquina de la cocina. Me sirvo un poco de whisky, arrastro un taburete y, por pura inercia, abro el cuaderno. La caligrafía es grande, apresurada y con tachones.


«29 de Noviembre.

Maya:

Hace dos días te fuiste y no sé cómo explicar lo que siento. Es como estar atrapada dentro de mi propio cuerpo, como si me hubiera convertido en una espectadora de mi propia vida. Todo el mundo camina a mi alrededor, el tráfico sigue igual de ruidoso en la avenida, pero yo siento que grito y nadie puede oírme. Es una soledad extraña, pesada, de esas que te aplastan el pecho aunque estés en una habitación llena de gente».


Me quedo sin aliento. La mano me tiembla ligeramente y dejo el vaso de whisky sobre la barra. Esas palabras golpean una parte de mí que llevo años intentando ocultar bajo trajes caros y jornadas de catorce horas. Atrapado dentro de mi propio cuerpo. Una espectadora de mi propia vida. Es exactamente como me he sentido toda la noche en la cena. Rodeado de mi familia, de mi exnovia, hablando de contratos y estatus, mientras por dentro sentía que me ahogaba en la monotonía y nadie se daba cuenta.

Bajo la mirada, con el corazón acelerado, buscando el final de la página. El texto cambia de párrafo y la tinta negra pasa a ser un bolígrafo rosa brillante.


«En fin, me puse a llorar tanto en el sofá que mi gato se asustó, me saltó a la cara y me arañó la nariz. Ahora parezco un extra de una película de zombis de bajo presupuesto. Si estuvieras aquí me dirías que el karma me castigó por comer el último trozo de pizza helada que dejaste en la nevera. Tenías razón, sabía a cartón, pero la culpa es tuya por morirte y dejar comida libre en esta casa».


Suelto una carcajada ahogada. Una risa limpia y ruidosa que rebota en las paredes vacías de mi cocina. Hacía meses, tal vez años, que no me reía así.

Me paso los dedos por el pelo, mirando la página con una mezcla de incredulidad y fascinación. Esta chica acaba de hacerme sentir el dolor más profundo y, un segundo después, me arranca una sonrisa hablando de pizza helada y un arañazo de gato. Es un absoluto torbellino.

Paso la yema del dedo sobre el nombre de Aria escrito al final de la hoja. Mi mente cuadriculada me dice que debería cerrar el cuaderno y dormir, que mañana tengo un juicio a primera hora. Pero por primera vez en mi vida, decido ignorar las reglas. Acerco el vaso de whisky, paso y empiezo a leer.

Sirvo otro trago de whisky. El hielo choca contra el cristal con un tintineo seco que se pierde en la inmensidad vacía de mi sala. Ya pasaron de las dos de la mañana y sé que me voy a arrepentir cuando suene la alarma para ir al bufete, pero soy incapaz de cerrar el cuaderno. Es como una droga. Necesito seguir leyendo la caligrafía de Aria, necesito seguir habitando su mente porque, de alguna forma retorcida, es el único lugar en todo Nueva York donde no me siento un completo hipócrita.

Paso la página. Mis ojos, ya cansados por el alcohol y las horas frente a la pantalla, se fijan en una nueva fecha escrita con un trazo grueso, casi violento.


«Diciembre 5»

«Otra vez no puedo dormir. Odio las tres de la mañana. Odio el silencio que se instala en este apartamento cuando la ciudad allá afuera parece calmarse un poco. Es a esta hora cuando llegan esos malditos golpes de realidad, o como quiera que esa mierda se llame. El cerebro me engaña, Maya. Durante el día, cuando hablo con la gente de la universidad y hago chistes estúpidos, logro convencerme de que estás de viaje, de que estás en el cuarto de al lado durmiendo... Pero luego llega la madrugada y la verdad me cae encima como un balde de agua helada. Aún no proceso que de verdad te fuiste, que nunca más te veré entrar por la puerta quejándote del frío o robándome los suéteres. Me siento atrapada dentro de una maldita pesadilla de la que no puedo despertar, gritando sin que nadie me escuche».


Suelto una bocanada de aire. Esos malditos golpes de realidad... Sé perfectamente a qué se refiere. A mí me dan a mitad del día, en las reuniones de socios, cuando miro a mi padre sonreír con falsedad y me doy cuenta de que estoy construyendo una vida que detesto, atrapado en una pesadilla elegante de la que no sé cómo salir.

Mis ojos bajan rápidamente hacia la siguiente entrada, fechada apenas dos días después. Al observarla en detalle, noto algo diferente en el papel. La textura de la hoja está arrugada, ligeramente abombada, y en varias partes la tinta negra del bolígrafo se nota borrosa, expandida en pequeños cercos redondos. Se humedeció. Ella estaba llorando tanto mientras escribía que las lágrimas cayeron directo sobre el papel, corriendo sus propias palabras.


«Diciembre 7»

«Caminé por la Quinta Avenida al salir de clases. La ciudad está insoportable, llena de luces por todas partes, ese maldito ambiente navideño que tanto nos gustaba, escaparates decorados y la primera nieve de la temporada flotando en el aire. Solía ser nuestro mes favorito del año, Maya, y ahora siento que lo odio con todo mi ser. Me daba una rabia patológica ver feliz a la gente. Parejas tomadas de la mano, familias riéndose, niños corriendo... Me daban ganas de gritarles en la cara. ¿Cómo pueden seguir con sus vidas perfectas? ¿Cómo pueden estar tan felices si tú te fuiste y el mundo se volvió un lugar peor? Siento que camino por Manhattan como un fantasma, invisible, rodeada de millones de personas que no tienen idea de que me falta la mitad de mi alma».


Justo debajo del texto, en una esquina de la página, hay un dibujo rápido hecho a lápiz. No tiene la precisión de un artista profesional, pero desborda una emoción cruda que me oprime el pecho. Es el boceto de una silueta femenina, una chica con las piernas encogidas contra el pecho, abrazando sus espinillas con fuerza, y el rostro completamente clavado en sus rodillas, ocultándose del resto del mundo. A su alrededor, Aria dibujó pequeños y torpes copos de nieve cayendo sobre ella.

Sé, con una certeza absoluta que me hiela la sangre, que esa chica del dibujo es ella misma. Es Aria, sola en su habitación, escondiendo su dolor detrás de la fachada extrovertida que le muestra a los demás.

Y entonces, sin previo aviso, algo cede dentro de mí.

Una opresión terrible se me instala en la garganta. Dejo el vaso sobre la mesa antes de que se me caiga de las manos porque los ojos se me inundan por completo. Trato de parpadear para frenarlo, de recuperar el control como siempre hago, pero es inútil. Una lágrima pesada resbala por mi mejilla, seguida de otra, y de otra.

Me cubro el rostro con ambas manos, apoyando los codos en las rodillas, y me permito quebrarme. Lloro en silencio en mitad de la noche, con el cuerpo temblando por el esfuerzo de no hacer ruido, aplastado por el peso de mi propia vida de mierda. Lloro por la presión asfixiante de mi apellido, por el trabajo gris que me roba el alma catorce horas al día, por la fría falsedad de mi familia y por la absoluta y destructiva soledad en la que vivo.

Aria odia ver feliz a la gente porque le falta su otra mitad. Yo odio ver feliz a la gente porque nunca he sabido lo que es serlo.

Paso la yema de los dedos, humedecida por mis propias lágrimas, por el borde de la hoja arrugada y la tinta corrida de diciembre, sintiendo que, de alguna forma, estoy sosteniendo la mano de esa desconocida en mitad de su tormenta. Ella no lo sabe, pero en este apartamento frío de Manhattan, un abogado cuadriculado está ahogando sus penas en alcohol mientras se enamora perdidamente de la dolorosa y hermosa verdad de su alma.

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