Las Esclava Y El Sultán by Ile's world at Inkitt
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Las Esclava y El Sultán

Summary

En la corte del Sultán Sasuke Uchiha, el aire huele a sándalo y a secretos. Él cree tener el control de su destino, hasta que la mirada de una esclava condenada a muerte lo cambia todo. Una historia de pasión, sedas rotas y traición. Imagen editada por mí con herramientas digitales. Portada realizada por mí. AU | Amor | Destino | SasuSaku Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto. Obra de ficción inspirada en personajes del universo Naruto. La historia, escenas y diálogos originales pertenecen a la autora. Prohibida su reproducción sin autorización. Publicada solo con fines creativos y no comerciales.

Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

Sasuke se enteró lejos de la capital, en los límites de los bosques del norte; el mensajero llegó al galope, su caballo echando espuma por la boca, quebrando el silencio de la madrugada. No hubo palabras de consuelo, el emisario se arrodilló sobre el barro frío y extendió un pergamino sellado con cera roja, rota por el calor de la urgencia.

—El sol se ha puesto en la Villa, mi señor —susurró el hombre, sin atreverse a mirarlo.

Sasuke no lloró. Sus dedos rozaron la empuñadura de su espada, sintiendo el frío del metal; en ese momento, el joven príncipe murió y nació el Sultán. Montó su caballo y cabalgó durante tres días sin descanso, sintiendo que el viento le azotaba la cara como un recordatorio de que, a partir de ahora, el mundo no le daría tregua.

Su entrada en la corte fue un despliegue de poder silencioso; Sasuke no llegó anunciando su dolor, sino reclamando su espacio. Vestía una túnica de terciopelo azul tan oscuro que parecía negro, bordada con hilos de plata que dibujaban el emblema del abanico Uchiha en su espalda. Sus pasos sobre el mármol del salón principal no hacían ruido, pero el roce de su capa de seda pesada contra las columnas enviaba escalofríos a los consejeros.

Se sentó en el diván de ébano, su espalda recta como una lanza, sus ojos, negros y profundos, recorrieron la estancia. No pidió lealtad; la tomó con la mirada.

—Mi padre ha dejado un imperio de fronteras —dijo Sasuke, su voz resonando en las bóvedas—. Yo voy a construir un imperio de leyendas, no busquen en mí la benevolencia del difunto.

A un costado, detrás de una celosía de madera tallada que permitía ver sin ser vistas, las mujeres del harén observaban; el aire allí olía a esencia de rosas, a sudor nervioso y a la peligrosa fragancia de la ambición.

Karin, era la primera consorte, apretaba su abanico de plumas hasta casi romperlo. Sus ojos, rojos como los rubíes que colgaban de su cuello, devoraban la figura de Sasuke. Para ella, él era su propiedad, el motor de su estatus. Su amor era una cadena de hierro envuelta en seda; una posesión que no estaba dispuesta a compartir.

Hinata, siempre en la penumbra, mantenía las manos entrelazadas sobre su regazo. Su belleza era como la de la luna pálida, serena y engañosamente frágil. Ella no gritaba por atención, pero su silencio era un arma. Sabía que en la corte, quien escucha más de lo que habla termina siendo el dueño de los secretos más valiosos.

Ino, envuelta en telas de un color lavanda vibrante, sonreía con una elegancia que escondía colmillos. Ella era el perfume que embriaga antes de asfixiar; mientras las otras se preocupaban por el corazón de Sasuke, Ino ya estaba calculando qué alianzas políticas podía tejer con la nueva configuración del poder.

—Mírenlo —susurró Karin, su voz cargada de un subtexto que quemaba—. Cree que ha heredado un reino. No sabe que ha heredado una guerra que se libra entre estas paredes.

Ino ajustó uno de sus anillos de esmeralda, mirando a través de la celosía con una ceja alzada.

—La guerra es un juego divertido, Karin. Siempre y cuando sepas qué pieza sacrificar primero.

Sasuke, desde su trono, sintió el peso de esas miradas. Sabía que cada una de esas mujeres era un aliado necesario o un veneno en su copa. Pero su mente, extrañamente, seguía anclada en un sueño que había tenido durante su viaje, de una flor de cerezo que caía sobre un campo de sangre, negándose a marchitarse.

—Que traigan el café —ordenó Sasuke a los sirvientes—. Y que sea amargo, el azúcar es para quienes no tienen el valor de enfrentar la realidad.

En ese momento, la invitación no era para beber; era la señal de que las purgas en la corte estaban a punto de comenzar.

Más tardes Sasuke se detuvo frente al gran ventanal que miraba hacia los jardines del palacio; el roce de su túnica de seda oscura contra el suelo sonaba como un susurro, una advertencia. En su dedo anular, el anillo de zafiro el sello de la dinastía emitía un destello frío bajo la luz de la luna. Dicen los astrólogos de la corte que cuando el zafiro palidece, la traición camina por los pasillos; esta noche, la piedra parecía un trozo de hielo negro.

—El luto no le sienta bien a la Villa, Sultán —dijo una voz desde las sombras.

Naruto Uzumaki, el Gran Visir, emergió de la penumbra. Sus ropas eran sobrias, pero sus ojos azules observaban con la agudeza de un halcón que mide la distancia antes de lanzarse sobre la presa.

—El luto es para los débiles, Naruto —respondió Sasuke sin mirarlo, su voz era un hilo de acero—. Yo solo estoy esperando que el sol se digne a salir para que todos vean quién manda aquí de verdad.

Naruto esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos; en la corte, una sonrisa suele ser el preludio de un “pero”.

—El pueblo está inquieto, dicen que ha tenido sueños, mi señor; que ha visto flores naciendo entre las grietas del mármol.

Sasuke apretó el puño, era claro: la belleza creciendo en la destrucción. Para el Visir, era una advertencia de inestabilidad; para Sasuke, era una premonición de que su imperio sería algo que el mundo jamás olvidaría, superando incluso las leyendas de los antiguos conquistadores.

—Dejá de dar tantas vueltas, hombre —soltó Sasuke, usando ese tono que solo permitía con su amigo de la infancia, humanizando por un instante la figura del monarca—. Si tenés miedo de que me vuelva loco antes de la coronación, dilo de una vez.

—No es miedo, es prudencia —replicó Naruto, inclinando la cabeza—. Mañana cabalgaremos por la ciudad, el pueblo necesita ver que el Rayo no ha dejado de brillar.

Sasuke volvió a mirar el anillo. y sintió una descarga eléctrica, casi imperceptible, recorrerle el brazo. Era el destino, sabía que la era de la paz se había terminado. En su mente, la imagen de una flor de pétalos extraños, rosados como el amanecer de una tierra lejana, volvió a nublar su vista.

—Mañana —sentenció Sasuke con una brevedad tajante—. Quiero que todo el mundo esté ahí para que sepan que el nuevo Sultán no viene a pedir permiso, sino a tomar lo que es suyo.

Naruto asintió, pero antes de retirarse, dejó caer una última frase, pesada como el terciopelo:

—Tenga cuidado con lo que deseas, Sasuke. A veces, las rosas más bellas tienen las espinas más profundas.

Tras la despedida de Naruto, el eco de los truenos quedó atrapado entre los altos techos de la sala principal. Sasuke suspiró, sintiendo que la corona, aunque invisible aún, pesaba más que el hierro. El sándalo se mezcló de pronto con una fragancia de jazmín y canela, las consortes habían abandonado las sombras de la celosía.

El Sultán se reclinó en el diván de seda carmesí. Estaba agotado, pero en la Villa Uchiha, el descanso es solo otra forma de vigilancia.

Karin fue la primera en acercarse, se arrodilló a sus pies, sus manos expertas comenzaron a desatar las tiras de cuero de sus sandalias. El contacto de sus dedos, calientes y posesivos, buscaba reclamar un territorio que sentía perdido.

—El consejo ha sido largo, mi señor —murmuró Karin, levantando la vista. Sus ojos rojos brillaban con una mezcla de devoción y reproche—. Se le ve tenso, no deje que los problemas de los hombres de afuera manchen su paz aquí adentro.

Sasuke cerró los ojos, sintiendo el alivio del mármol frío contra sus plantas.

—La paz es un lujo que mi padre se llevó a la tumba, Karin —respondió él, con un tono tajante que cortó el aire como una navaja—. No me pidas que ignore el mundo.

Hinata se aproximó por el lado izquierdo. Con movimientos tan gráciles que parecían coreografiados por el viento, sostuvo una bandeja de plata con una copa de cristal tallado. El líquido en su interior era espeso, una mezcla de granada y especias que prometía vigor.

—Beba, Sultán —dijo Hinata. Su voz era un susurro de terciopelo, apenas un roce en el oído—. Dicen los sufíes que el alma necesita dulzura cuando el destino se vuelve amargo.

Al ofrecer la copa, Hinata se aseguró de que sus dedos rozaran los de Sasuke por un segundo más de lo necesario; un recordatorio silencioso de que ella estaba allí, siempre presente, como la luna que espera a que el sol se ponga.

Finalmente, Ino apareció desde atrás, sosteniendo un pequeño frasco de cerámica. Vertió unas gotas de aceite de cedro en sus palmas y comenzó a masajear los hombros de Sasuke.

—Qué cosa, ¿no? —soltó Ino con esa soltura casi atrevida, humanizando la atmósfera con su tono coloquial—. Apenas un día de Sultán y ya cargás con el mundo en los hombros; relajate un poco, Sasuke, que si te pones rígido como una estatua, las víboras van a creer que eres de piedra y te van a querer romper.

Sasuke dejó escapar un gruñido que podría haber sido una risa ahogada.

—Vibran demasiado, todas ustedes —dijo Sasuke, aunque permitió que el masaje de Ino disolviera los nudos de su cuello—. ¿Creen que atenderme me va a distraer de lo que viene?

—No queremos distraerlo, mi señor —dijo Karin, apretando ligeramente su tobillo—. Queremos que esté listo. Porque mañana, cuando cabalgue frente al pueblo, no verán a un hombre; verán a un dios.

Sasuke tomó un sorbo de la copa de Hinata. El sabor era intenso, casi violento. Miró a las tres mujeres que lo rodeaban la pasión de Karin, la serenidad de Hinata y la astucia de Ino. Eran sus pilares, pero también sus jaulas.

—Mañana —repitió Sasuke, su voz volviéndose fría y distante de nuevo— verán lo que yo decida mostrarles.

Se puso de pie, apartando suavemente las manos de las tres. El roce de su túnica de seda sobre el suelo marcó el fin de la audiencia privada. Mientras se alejaba hacia sus aposentos, el anillo de zafiro en su mano volvió a destellar. Las consortes se quedaron en la sala, intercambiando miradas cargadas, la guerra por su favor acababa de declarar su primera tregua armada.

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