Capítulo uno; El caso de Asiry Giurass.
Seis de la mañana, dos días después. La ciudad suena como un teléfono mal configurado: notificaciones que vibran en las parede, una flota de Scooters eléctricos que tose, el telepantalla del edificio al otro lado de la calle vomitando titulares. Kaori Rin apaga la alarma con el dorso de la mano y queda unos segundos mirando el techo de su cuarto: blanco, manchado de humedad, con un mapa minúsculo de grietas que ella sospecha se parecen a constelaciones pequeñas y feas. Nunca pudo decidir si eso la calmaba o la ponía de mal humor. Hoy la pone de mal humor.
Se levanta, hace su cama con la presición de alguien que aprendió a no dejar pistas. Y se golpea el tobillo con la esquina del escritorio. La casa —un PH de dos ambientes que rompe todas las estadísticas de humedad porteña— huele a café instantáneo y a la ropa que fue colgada demasiado rápido. Kaori abre la ventana para que entre aire y la ciudad le devuelve una bocanada de neumáticos calientes y anuncios publicitarios parlantes. En la pantalla de la cocina, la app de la agencia parpadea; notificación urgente, caso número A–2026–117 Asiry Giurass, desaparición.
Tiene licencia. Eso le otorga privilegios y papeles, y también una pila de formularios que alguien tiene la mala idea de llamar burocracia. Se sirve café caliente, sin mirar la taza, y lee la parte de dos líneas que le enviaron a las seis en punto. Juego de palabras elegante; "Presenta desaparición. Requiere intervención. Prioridad alta por perfil público." Traducción: la prensa ya huele a sangre y la familia pide discreción sólo en teoría.
Se pone la chaqueta oficial —la identificadora holográfica en el bolsillo izquierdo, que emite un destello azul cuando la aproxime el lector del pasillo— y antes de salir chequea su tablet. ARFeed muestra cinco menciones por minuto: clips, teorías, filtros con la cara de Asiry, hashtags que intentan sonar sinceros y terminan siendo performativos. La plataforma de movilidad, NavMove, no registra salidas anómalas desde el apartamento de Asiry. BioKey del edificio no muestra accesos fuera del horario. Todo limpio, clínico, aburrido.
Eso no la tranquiliza. Las cosas limpias suelen estar bien ordenadas para que no se vean las manchas.
En el ascensor, su reflejo —diecisiete, pelo marrón claro en una coleta que intentó ser sofisticada y quedó práctica— le devuelve una cara de quién sabe qué preguntas tendrá que hacer y no le gustan. Le cae una notificación a la mano: mensaje de supervisor. "Cuidado con la prensa. Evitar filtraciones. Reportar cada paso." Firma con un emoji seco que parece una advertencia. Kaori responde con un "recibido" y un gif de una taza rota, porque el sarcasmo es combustible y también una forma de medir el pulso de la gente que la rodea.
El edificio de Asiry queda en un barrio que se jacta de ser moderno hasta en sus pastas: fachadas de vidrio, locales boutique que venden versiones minimalistas de todo, y porteros con más tatuajes que empatía. El PH de la cantante (Asiry) se abre a un palier pequeño y con olor a inscienso barato. En la puerta del departamento hay una cinta que prohíbe el paso —procedimental— y un guardia con mirada de quién ha memorizado demasiados guiones y pocos rostros.
Entra con la licencia sobre la mesa del conserje y una petición firme.
Kaori– "Soy Kaori Rin. División de investigadores —actuación por protocolo."
El guardia parpadea, digiere la juventud en su voz y finalmente cede.
Guardia– "La prensa afuera está como avispa en mermelada."
Dice, y cuando Kaori le pregunta por su familia niega con los hombros:
Guardia– "El padre vino a noche. No quiere cámaras adentro. Ese tipo es... reservado."
Reservado es una forma elegante de decir otra cosa que a Kaori le interesa menos que la evidencia. En la sala, la apuesta en escena es casi teatral; almohadones alineados con presición, una guitarra de fibra de carbono en un soporte, el tocadiscos viejo con un vinilo girando a media velocidad. La pantalla principal muestra un reel de Asiry: sonrisas, coreografías, filtros. Esos bucles virtuales dejan un eco falso en la habitación, como si la presencia nunca hubiera abandonado.
Todo en su sitio, salvo un vaso con restos de bebida en la cocina, y un par de zapatos deportivos tirados cerca de la puerta del balcón. Asi, de primeras, no parece un desastre —más bien ausencia organizada—. Habla con la asistente personal. Una chica joven con el maquillaje intacto y las manos temblorosas.
Asistente– "Asiry no tenía peleas. Era... cautelosa. –Dice la asistente– se fue a un ensayo el jueves y después... se cortó el intacto."
Kaori toma notas, escanea: la app de cadena de custodia registra audio y video torpemente, ella añade metadatos con la tableta. Pregunta por cámaras: el balcón tiene una microcam oculta en la baranda que pertenece a ARView, la red de seguridad pública que mezcla vigilancia y publicidad. Los archivos muestran movimiento hasta las 22: 13 el jueves, con un borrón visual a las 22: 16; el registro aparece "corrupto" por un tiempo de tres minutos. Tres minutos pueden ser una eternidad.
En el living aparece el padre; 51 años, traje que intenta pasar por informal y una mirada cortada en ángulo. No hay lágrimas, sólo una piel que se tensa como cuero que no quiere romperse. Tiene identificación de manager —o de alguien que aprendió a ponerla en la billetera—, y cuando Kaori se presenta lo estudia como si fuese una pieza de utilería.
Padre– "Soy el señor Giurass."
Dice, la voz es controlada, baja, con un acento que busca neutralidad internacional. Le entrega un sobre con una carta: "declaración pre- redactada."
Padre– "No quiero espectáculo. Quiero respuestas."
Su manera de hablar es un intento de conservar la imagen pública; un padre preocupado, la gestión del dolor como br
Kaori lo observa sin drama. Los padres que llenan formularios son fáciles de leer: el protocolo es el discurso, y el discurso suele esconder movimientos.
Kaori–"¿Cuándo fue la última vez que la vió?"
Pregunta. El titubea, mira una vez la pantalla dónde la gente aún repite su última entrevista en bucle.
Padre–"El jueves por la tarde. Me fui a dormir temprano. No sé nada más. No quiero... teorías."
Hay una linea dura en su cara, un pliegue que no se va con el tiempo. No dice "no sé", dice "No quiero saber" y esas son dos cosas distintas.
Kaori tiene el detector de evasivas calibrado. Revisa el balcón, el anillo de seguridad, la salida del edificio. Encuentra huellas: normales, de zapatillas de uso frecuente. Nada de lucha. Nada de sangre. Pero en la puerta del placard hay una pequeña etiqueta arrancada que, al escanearla, revela una capa de adhesivo con rastros de un perfume no comercial —una mezcla casera que, por la base química, coincide con fragancias usadas en estudios de grabación para neutralizar olores de humo. Perfume y grabación; dato pequeño, pero interesante.
Mientras ella toma todo eso, recibe un ping en la tablet: Guru Kasiuka solicita hablar en persona. Es una figura conocida en ciertos círculos: un "gurú" de tendencias, influencer de nicho que mezcla teorías de la industria y memética. Llega con un look que parece pensado para un perfil de streaming: saco brillando, guantes sin dedos, y una sonrisa que no llega a los ojos.
Guru– "Vi algo raro."–dice.–"Ayer, en el feed, un audio se recortó. Asiry hablaba con alguien que no era su manager. Era una voz..." –se rasca la barbilla teatralmente– "... que usaba un filtro de baja frecuencia. Parecía... industrial."
Habla en metáforas porque la metáfora es su capital. Kaori toma la información y la guarda, sin elogios.
Kaori–"¿podes especificar hora y archivo?"
Ella intenta recordar, busca en su memoria pública y no la encuentra: su archivo privado de feeds muestra una reproducción que se exactamente a las 22: 15.
Eso encaja en los tres minutos corruptos en la cámara del balcón. Tres minutos que se alinean en hora con un audio recortado. ¿Coincidencia? En Buenos aires 2026, las coincidencias vienen empaquetadas con algoritmos que no creen en milagros.
Kaori hace las preguntas que suena a rutina pero que buscan grietas: ¿Quién tenía acceso a la llave? ¿Quién podría manipular archivos? ¿Por qué nadie llamó al 911 de inmediato? El padre responde con la misma pátina; "Estabamos en comunicación, no pensamos en... desaparecerla." No hay culpa con palabras, pero hay movimientos nerviosos: dedos que frotan el borde de la servilleta. Los gestos le cuentan más que la voz. El padre mantiene distancia, de postureo corporativo.
Antes de irse, Kaori toma prestado el teléfono que la asistente dejó en la mesa: un modelo de alta gama, con protección BioLock. Con permiso, solicita desbloqueo temporal por diligencia judicial. La asistente acepta y autoriza; la mayoria de los permisos hoy son trámites rápidos cuando hay presión mediática. Kaori abre la app de mensajes: Chats, Notificaciones, la interfaz de NavMove con un viaje sin confirmar a las 22: 20 que aparece y desaparece –una solicitud borrada, quizas por la app o por alguien con acceso. Entre los mensajes, hay uno sin remitente: una linea de texto que dice únicamente "no mires al feed", enviada a las 22: 14 y marcada como leída.
El silencio que sigue a esa linea es más pesado que cualquier sonido de ciudad.
Kaori copia la metadata y la sube al servidor.