uno
El estudio olía a desinfectante y tinta. Las paredes estaban cubiertas de diseños de dragones, flores, calaveras, mariposas, un gato con cara de pocos amigos y un dinosaurio fumando que alguien había dibujado en una esquina como broma.
El zumbido de una máquina de tatuar sonaba en alguna parte acompañado de un reggaetón viejo.
Jimin entró con el papel de su cita en la mano. Llevaba unos jeans ajustados y un top corto negro que dejaba ver justo la zona que quería tatuarse, la espalda baja. Se había puesto perfume y se había arreglado, para el era un tatuaje importante y quería verse bien, no por el tatuador ni nada, solo por autoestima.
Eso se decía.
—Tengo cita con Min. —dijo al recepcionista, un tipo con el cuello lleno de tatuajes y un piercing en la ceja.
—Pasa, es la cabina del fondo. No toques nada.
—¿Por qué tocaría algo?
—La gente siempre toca algo.
Jimin rodó los ojos y caminó por el pasillo esquivando mesas con agujas, frascos de tinta y una cafetera que parecía no haberse lavado desde el 2019.
Las luces eran blancas y frías.
El reggaetón seguía sonando.
Llegó a la última cabina y descorrió la cortina negra.
Y se quedó congelado.
Ahí estaba él.
Jungkook, su ex.
El hombre al que le había roto el corazón, el que le había enseñado a besar con lengua, el que una vez lloró viendo una película de perritos.
Tenia un overol negro manchado de tinta, las mangas arremangadas dejando ver sus trabajados biceps junto con los tatuajes nuevos que se había hecho desde la última vez, un piercing en la ceja y tenia el pelo más largo recogido en un moño desordenado.
—Hola, Jimin. —dijo Jungkook sin sorprenderse.
—Min. El tatuador es Min. Tú eres Jeon.
—Min es mi apellido, Jeon es mi nombre artístico. ¿Nunca lo supiste?
Jimin sintió que el estómago se le caía al suelo. Dos años juntos y nunca supo el apellido real de Jungkook.
O quizá sí, pero en dos años había estado distraído con otras cosas. Como sus abdominales, malditos abdominales.
—Esto es una trampa. —dijo Jimin señalándolo con el papel de la cita. —Tú sabías que era yo.
—Claro que sabía. —Jungkook se encogió de hombros con una honestidad brutal. —Vi tu nombre en la agenda y le dije a mi recepcionista que te asignara conmigo.
—Eso es muy psicópata.
—Eso es tener iniciativa, ya siéntate.
—No voy a sentarme, me voy.
—El depósito no es reembolsable.
Jimin se detuvo a medio paso y se giró lentamente.
—¿Cuánto?
—Cien mil.
—¿CIEN MIL?
—Won. Cien mil won. Cálmate, no es como si hubieras pagado en dólares. —Jungkook sonrió de lado, esa maldita sonrisa que siempre le hacía cosquillas en el estómago. —Además, el diseño que mandaste está bonito. Quiero hacerlo.
—Lo dibujé yo.
—Por eso está bonito, tú siempre dibujaste bonito.
Jimin sintió una punzada en el pecho.
Jungkook recordaba que él dibujaba, claro que lo recordaba. En dos años había llenado cuadernos enteros de garabatos mientras Jungkook tocaba la guitarra.
Eran esa clase de pareja nauseabunda y artística que todo el mundo odia.
—Está bien. —Jimin se quitó el top de un tirón. —Hazlo y callate.
—Wow, okay, directamente. —Jungkook levantó las cejas mirando sus tetas sin disimulo. —¿Sin sostén ni nada?
—Estás tatuando mi espalda baja, no mis tetas.
—Solo digo que el panorama está bonito.
—Concéntrate en tu trabajo, Min.
—Jeon.
—Lo que sea.
Jimin se tumbó boca abajo en la camilla con más fuerza de la necesaria. Sus pezones se aplastaron contra el cuero frío y soltó un quejido.
La camilla olía a desinfectante y al perfume de Jungkook, ese perfume que siempre usaba y que por alguna razón le duraba todo el día.
Le recordaba a las mañanas en su apartamento, cuando Jungkook lo abrazaba por detrás mientras hacía café.
—¿En qué piensas? —preguntó Jungkook poniéndose guantes negros.
El sonido del látex al ajustarse hizo que Jimin apretara los muslos.
—En nada.
—Mentiroso, siempre arrugas la nariz cuando mientes.
Jimin arrugó la nariz y luego se odió por hacerlo, Jungkook se rió bajito.
—¿Qué ese es diseño exactamente? —preguntó Jungkook preparando la tinta.
—Son alas de mariposa, pero pequeñas como de hada, algo delicado.
—¿Alas de hada? —Jungkook dejó de preparar la tinta y lo miró con una ceja levantada. —Jimin, eso es lo más cursi que te he escuchado decir.
—No es cursi.
—Es extremadamente cursi. ¿Qué sigue, que te tatúes un "live, laugh, love" en la cadera?
—¿Puedes callarte y tatuarme?
—Sí, pero antes dime por qué alas de hada.
Jimin se quedó callado, sus dedos jugaban con el borde de la camilla.
—Porque cuando era chiquito mi abuela me decía que yo parecía un hada, por lo pequeño y por lo inquieto. Y ella murió el año pasado.
Silencio.
Jungkook dejó de moverse.
—Jimin...
—No me mires con lástima, no quiero.
—No te estoy mirando con lástima. —Jungkook se acercó y puso una mano en su hombro. —Te estoy mirando con ternura que es diferente. Tu abuela era genial, una vez me dijo que yo era muy guapo para ti.
—No dijo eso.
—Dijo "demasiado guapo, ¿seguro que no es modelo?".
Jimin soltó una carcajada contra su voluntad, el sonido rebotó en las paredes de la cabina.
—Ella siempre fue team Jungkook. —murmuró Jimin.
—Era una mujer sabia.
—Ya, tatúame antes de que me arrepienta de todo.
Jungkook se puso los guantes.
Limpió la zona con alcohol y un algodón, haciendo que Jimin diera un respingo.
—Está frío.
—No, tú estás caliente.
—Eso sonó mal.
—Tú te pusiste nervioso, quédate quieto.
La máquina empezó a zumbar, la aguja tocó su piel y un dolor fino y caliente recorrió su espalda baja y se fue directo a su coño.
Jimin mordió su propio brazo.
Jungkook trabajaba con precisión. Sus dedos estiraban la piel y limpiaban el exceso de tinta con movimientos suaves pero firmes.
—Entonces, ¿has ido a otros tatuadores? —preguntó Jungkook con un tono demasiado casual.
—No, eres el primero.
—¿Tu primero en todo o solo en tatuajes?
—Cállate.
Jungkook sonrió y siguió trabajando.
Pasaron unos minutos en silencio.
Luego Jungkook volvió a hablar.
—¿Por qué me engañaste?
A Jimin se le cortó la respiración. La aguja seguía.
—¿En serio vamos a hablar de esto ahora?
—Estoy tatuando tu piel, estás literalmente atrapado en mi camilla. Es el momento perfecto.
—Eso es manipulación emocional.
—Eso es estrategia, contesta.
Jimin suspiró tan fuerte que el papel de la camilla se levantó un poco.
—No sé, era joven y estupido. Tú eras demasiado intenso, me tratabas como si fuera de tu propiedad.
—Eras de mi propiedad.
—¡Eso! Eso es lo que digo. No puedes decir eso.
—¿Por qué no? —Jungkook dejó de tatuar un momento. —Yo era tuyo también; tú me celabas con la cajera del supermercado.
—Ella te sonreía mucho.
—Me sonreía porque estaba haciendo su trabajo, Jimin. Es una cajera, le sonríe a todos.
—Pues que sonría menos.
Jungkook soltó una carcajada, de esas carcajadas que Jimin no escuchaba desde hacía dos años.
—Mira nada más. —dijo Jungkook sacudiendo la cabeza. —Tú sí me celabas con cualquiera y yo era el tóxico.
—Los dos éramos tóxicos, una pareja de tóxicos hermosos.
—Como Romeo y Julieta pero con más discusiones.
—Y más sexo.
—Mucho más sexo. —Jungkook bajó la voz. —Eso no faltaba.
Jimin sintió que la temperatura de la cabina subía diez grados, o quizá era él. Definitivamente era él.
—¿Él te follaba mejor que yo? —preguntó Jungkook con la misma calma con la que preguntaría la hora mientras seguía tatuando.
—No.
—¿Entonces?
—Era más fácil. No me hacía sentir como si el mundo se fuera a acabar cada vez que estábamos juntos. Contigo todo era muy... intenso.
—Lo dices como si fuera malo.
—Era agotador. Pero también era... —Jimin dudó. —Era lo mejor, y eso me daba miedo.
—El miedo es una estupidez.
—Tú le tienes miedo a las cucarachas.
—Eso es diferente.
Jimin se rió y sintió que algo se aflojaba en su pecho.
La máquina dejó de zumbar.
Jungkook limpió la zona con un paño húmedo.
—Ya terminé.
—¿Ya?
—Son alas chiquitas, no es la Capilla Sixtina.
Jimin rodó los ojos y se levantó apenas apoyándose en los codos. Jungkook le alcanzó un espejo pequeño, Jimin se giró y vio el reflejo en el espejo grande de la pared.
Dos alas pequeñas en su espalda baja; eran perfectas y delicadas, pero con trazos oscuros y definidos.
En una de las alas, casi invisible, había una J minúscula escondida entre los trazos.
—¿Qué es eso? —preguntó Jimin señalando la J.
—Mi firma, todos los artistas firman sus obras.
—Eso no es una firma, es tu inicial.
—Same thing.
—No es lo mismo, pusiste tu letra en mi cuerpo. Permanentemente.
—¿Vas a decir que no te gusta? —Jungkook se quitó los guantes y se cruzó de brazos.
Jimin se quedó mirando la J, era una letra minúscula escondida entre alas de hada.
Jungkook había marcado su piel para siempre y lo había hecho con el descaro de quien sabe que no habrá consecuencias.
—Eres un hijo de puta. —dijo Jimin pero estaba sonriendo.
—Lo sé.
—Nunca debí venir aquí.
—Pero viniste.
Jungkook se acercó.
Jimin seguía sentado en la camilla, sin top, con el pecho desnudo y la espalda recién tatuada.
Jungkook se detuvo frente a él y le levantó la barbilla con un dedo.
—Dime que no me extrañaste. —dijo Jungkook en voz baja. —Dime que no pensaste en mí cuando él te tocaba, dime que no cerrabas los ojos y me imaginabas a mí.
—No voy a decirte eso.
—¿Por qué?
—Porque sería mentira.
Jungkook lo besó, fue un beso lento al principio, como probando el terreno.
Luego se volvió más intenso, con lengua y dientes y dos años de ausencia acumulados. Jimin le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia él. La camilla rechinó.
—Tu tatuaje. —murmuró Jungkook contra sus labios. —No deberías lastimarlo.
—Pues ten cuidado.
—No voy a tener cuidado, voy a follarte como siempre debí hacerlo.
Jungkook le bajó los jeans de un tirón, la tanga negra quedó expuesta. La misma tanga que a Jungkook siempre le había gustado.
—Todavía usas el mismo tipo de tanga. —dijo Jungkook pasando un dedo por el borde de la tela.
—Fue coincidencia.
—Claro, como fue coincidencia que eligieras justo este estudio, con este tatuador, con este ex novio que todavía está buenísimo.
—Estás muy seguro de ti mismo.
—Tengo razones para estarlo.
Jungkook le quitó los jeans del todo, lo giró con cuidado de no rozar el tatuaje y lo puso en cuatro sobre la camilla.
La espalda baja roja e irritada por las agujas, sus dedos recorrieron la piel alrededor de las alas recién tatuadas.
—Es hermoso. —dijo Jungkook. —Tú eres hermoso.
—Estás tratando de ablandarme.
—¿Funciona?
—Un poco.
Jungkook se arrodilló detrás de él, le abrió las nalgas y pasó la lengua sobre la tela de la tanga justo donde su coño empezaba a mojarse.
Jimin gimió y apretó la camilla.
—Necesito saber si todavía sabes a mí. —dijo Jungkook apartando la tanga a un lado y metiendo la lengua directamente.
Jimin casi se dobló.
Jungkook lo comía con una mezcla de rabia y devoción; su lengua entraba y salía de su coño, chupaba sus labios hinchados y rodeaba su clítoris como si nunca hubiera dejado de hacerlo.
Sus dedos se clavaban en sus muslos dejando marcas.
Hacía ruidos obscenos con la boca, sorbía y tragaba como si se estuviera muriendo de hambre.
—Sigues sabiendo a mí. —dijo Jungkook separándose apenas. Tenía la barbilla completamente mojada. —Es increíble, dos años y sigues sabiendo igual.
—Cállate y fóllame de una vez.
—No, primero dime algo.
—¿Qué?
—Dime que soy mejor que él.
—Eres mejor que él.
—Dímelo como si lo sintieras.
—¡Eres mejor que él, joder! Siempre fuiste mejor. Tu lengua, tus dedos, tu forma de mirarme. Todo. ¿Ya está? ¿Contenta tu frágil masculinidad?
—Mucho. —Jungkook sonrió y se levantó. —Ahora sí.
Se bajó el overol, no tenia bóxers.
Jimin vio su erección y sintió que la boca se le hacía agua.
Dos años y seguía siendo la verga más bonita que había visto en su vida, era gruesa, venosa, con esa ligera curva que tocaba justo donde debía.
—¿Quieres que sea como antes? —preguntó Jungkook pasando la punta por su entrada mojada, provocándolo.
—Quiero que sea mejor.
Jungkook lo embistió de una sola vez hasta el fondo.
Jimin gritó tan fuerte que probablemente todo el estudio lo escuchó. Probablemente el recepcionista del cuello tatuado.
—¡Jungkook!
—Dime papi.
—¡Papi!
Jungkook lo follaba con el mismo ritmo intenso que recordaba pero más seguro, más dueño de sí mismo.
Una mano en su cadera dejando marcas y la otra en su nuca presionándola contra la camilla.
La espalda de Jimin se arqueaba y sus tetas se aplastaban contra el cuero frío.
La camilla rechinaba con cada embestida. El sonido de piel contra piel llenaba la cabina.
—¿Él te cogía así? —preguntó Jungkook pegándole una nalgada que sonó dura.
—No.
—¿Te tocaba como yo?
—No.
—¿Te hacía gemir así?
—¡No!
Jungkook le dio otra nalgada.
Jimin empujaba hacia atrás buscando más profundidad, más fuerza, más todo.
—Eres una putita necesitada. —dijo Jungkook. —Mi putita necesitada.
—Tuya, papi. Siempre tuya.
Jungkook lo giró sin salirse.
Ahora Jimin estaba boca arriba con las piernas sobre los hombros del mayor. El tatuaje rozaba la camilla y Jimin hizo una mueca de dolor.
—El tatuaje. —dijo Jimin.
—Mierda, ¿te duele?
—Un poco.
—Espera. —Jungkook se salió con cuidado y buscó algo en una gaveta, encontró una toalla limpia y la dobló. —Levanta la cadera.
Jimin obedeció y Jungkook colocó la toalla justo debajo de su espalda baja protegiendo el tatuaje.
—¿Mejor?
—Mejor.
—¿Ves? Te cuido.
—Eso es lo mínimo, me estás follando.
—Te estoy follando y te estoy cuidando. Multitasking.
Jimin soltó una risa que se convirtió en gemido cuando Jungkook volvió a entrar. Esta vez más lento, más profundo. Jungkook se inclinó y mordió sus tetas, chupó sus pezones hasta dejarlos rojos e hinchados. Los babeaba como un bebé hambriento.
—Tus tetas. —murmuró contra su piel. —He soñado con tus tetas.
—¿En serio?
—En serio, soñaba que las tocaba y despertaba durísimo.
—Eso es muy gay.
—Contigo siempre fui muy gay.
—¿Insinúas que con otros no?
—No hay otros. —Jungkook lo miró fijamente. —Nunca hubo otros después de ti.
Jimin sintió que el corazón le daba un vuelco. Jungkook no había estado con nadie más en dos años. Dos años y él había estado con ese idiota que ni siquiera le hacía venirse.
—Yo tampoco... bueno, sí, pero no fue lo mismo. —dijo Jimin. —Terminé con él hace meses.
—Lo sé.
—¿Cómo sabes?
—Lo stalkeé. —Jungkook dijo esto sin una pizca de vergüenza. —A él y a ti. Vi cuando dejaron de seguirse, fue un gran día.
—Eso es muy psicópata.
—Ya lo dijiste antes, busca otro adjetivo.
—Trastornado.
—Mejor.
Jungkook empezó a moverse de nuevo. Esta vez era diferente.
No era solo sexo.
Era una reconciliación.
Era dos años de ausencia, era "te extrañé" y "nunca debí dejarte ir" y todas esas cosas que no se decían con palabras sino con el ritmo de las caderas y la forma en que sus manos se entrelazaban sobre la camilla.
—Te voy a llenar. —dijo Jungkook. —Te voy a dejar lleno de mí.
—Hazlo, quiero sentirte.
—¿Y si te dejo embarazado?
La pregunta tomó a Jimin por sorpresa. Jungkook no dejó de moverse, sus ojos estaban fijos en los de Jimin.
—No puedes embarazarme, tomo pastillas. —dijo Jimin.
—Pero si pudiera, ¿querrías?
Jimin se quedó en silencio.
Era una pregunta loca.
Una pregunta de alguien que acaba de admitir que stalkeó a su ex durante dos años. Pero algo en la forma en que Jungkook lo miraba le hizo pensar que no era una broma.
—Sí. —dijo Jimin en voz baja. —Si pudieras, querría.
Jungkook gimió como si le hubieran dado un golpe en el estómago.
Empezó a embestir más rápido, con más urgencia. Sus dedos frotaron el clítoris de Jimin.
—Juntos. —dijo Jungkook. —Quiero que nos vengamos juntos.
—Contigo, papi. Siempre contigo.
Jimin sintió que el orgasmo le subía por la columna como una ola. Su cuerpo se tensó y sus dedos se clavaron en los hombros tatuados de Jungkook.
Todo su cuerpo tembló.
—Ahora, nena. Ahora.
Jimin se corrió con un grito quebrando todo su cuerpo.
Su coño se apretó alrededor de la verga de Jungkook y eso fue suficiente para que él también se viniera con un gemido.
Jimin sintió el líquido caliente llenarlo y fue tan satisfactorio que casi se viene otra vez.
Se quedaron así un momento, Jungkook todavía dentro y Jimin todavía temblando. El reggaetón seguía sonando en el estudio.
Alguien silbó desde otra cabina.
—¡Eso, jefe! —gritó una voz que probablemente era el recepcionista.
—¡Cállate, Mingyu! —gritó Jungkook.
Jimin se tapó la cara con las manos muerto de vergüenza.
Jungkook se rió y le apartó las manos.
—No te tapes. Estás precioso así.
—Estoy sudado y recién follado.
—Exacto, precioso.
Jungkook se salió con cuidado y buscó un paño limpio. Limpió a Jimin suavemente esquivando el tatuaje.
—El tatuaje no te lo cobro. —dijo Jungkook.
—¿Por qué?
—Porque es mío, todo lo que está en tu cuerpo es mío. —Jungkook se encogió de hombros. —Y porque te amo, obviamente.
Jimin se quedó congelado a medio camino de ponerse los jeans.
—¿Qué dijiste?
—Que te amo, nunca dejé de hacerlo. Por eso no funcionó con nadie más, ñor eso stalkeé tus redes, por eso le pedí a Mingyu que te asignara conmigo aunque mi horario estaba lleno, porque necesitaba verte.
—Podrías haberme llamado.
—El orgullo es una mierda.
—Sí. —Jimin asintió. —Lo es.
—Y también necesitaba que vinieras tú. Porque si yo te buscaba, siempre iba a tener la duda. Quería saber si tú también me buscabas a mí.
—Y aquí estoy.
—Y aquí estás. —Jungkook sonrió. —¿Qué significa eso?
—Significa que también te amo, idiota. —Jimin terminó de subirse los jeans. —Pero vamos a ir lento esta vez, ¿sí?
—Sí, lento. Lo que tú digas. —Jungkook buscó algo en su bolsillo. —Toma.
Le dio una llave.
—¿Qué es esto? —preguntó Jimin.
—La llave de mi apartamento. Por si quieres ir cuando yo no esté, o cuando yo esté o para siempre. Tú decides.
—Dijiste que iríamos lento.
—Eso es lento, ni siquiera te pedí matrimonio.
—¿Pensaste en pedirme matrimonio?
—Pensé en pedirte matrimonio el día que rompimos, tenía el anillo y todo.
Jimin sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿En serio?
—Lo tengo guardado en un cajón, por si algún día volvías. —Jungkook se rascó la nuca incómodo. —Ya sé, es muy psicópata, trastornado, todos los adjetivos que quieras.
—Es lo más romántico que alguien ha hecho por mí. —Jimin se limpió una lágrima. —Nadie me había guardado un anillo durante dos años.
—Bueno, técnicamente lo guardé para mí porque no pensé que volvieras. Era como un recordatorio de lo idiota que fui.
—Eres un idiota.
—Lo sé. ¿Quieres verlo?
—No. —Jimin negó con la cabeza. —Todavía no. Vamos lento, ¿recuerdas?
—Lento. —Jungkook asintió. —Muy lento. Lentísimo.
—Pero puedo empezar por esto. —Jimin se puso de puntillas y lo besó. Un beso corto y dulce—. Una cena. El viernes. En tu apartamento. Tú cocinas.
—¿Yo cocino?
—Es tu apartamento, y yo llevo el vino. Y luego vemos qué pasa.
—Eso suena a una cita.
—Es una cita. Nuestra primera cita, otra vez.
Jungkook sonrió. Esa sonrisa de lado que tanto le gustaba a Jimin.
—Me encanta esa idea. —dijo Jungkook.
—Y nada de stalkearme.
—No prometo nada.
Jimin salió del estudio con un papel de instrucciones para cuidar el tatuaje, una llave en el bolsillo y una J minúscula escondida entre alas de hada en su espalda baja.
El timbre de la puerta sonó cuando se fue. Jungkook se quedó en la cabina limpiando la máquina con una sonrisa estúpida en la cara.
Mingyu se asomó por la cortina.
—¿Todo bien, jefe? Escuchamos unos ruidos raros.
—Todo perfecto. —dijo Jungkook. —Avísale a los demás que el viernes salgo temprano.
—¿Por qué?
—Tengo una cena con mi novio, bueno, mi ex que ahora es mi algo.
—Eso es muy confuso.
—El amor es confuso. Y tráeme un café.
—No soy tu asistente.
—Eres lo que yo diga. Tráeme el café.
Mingyu refunfuñó pero fue por el café.
Jungkook abrió el cajón donde guardaba algunas cosas personales. Ahí estaba la cajita de terciopelo azul. La abrió. El anillo seguía brillando.
—Lento. —dijo para sí mismo cerrando el cajón. —Vamos lento.
Pero guardó la cajita en su mochila, por si acaso.
Afuera, Jimin caminaba por la acera con una sonrisa que no le cabía en la cara.
Se tocó la espalda baja sobre la ropa, las alas estaban ahí, la J estaba ahí y Jungkook también.
—Lento. —se dijo a sí mismo. —Vamos lento.
Pero ya estaba pensando en qué vino llevar el viernes y en qué tanga ponerse. Definitivamente la negra.








