Como Siempre [Kim Seokjin X Oc] by MinMinnie94 at Inkitt
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COMO SIEMPRE [KIM SEOKJIN x OC]

Summary

NUNCA TUVIMOS QUE APRENDER A QUERERNOS. SOLO DEJAR DE FINGIR QUE NO LO HACÍAMOS. 🍜🤍🥢 Durante más de diez años, Eira y Jin han compartido prácticamente toda una vida. Primero fueron dos adolescentes persiguiendo un sueño demasiado grande. Después llegaron los escenarios, los hoteles, las giras interminables, las cenas de madrugada y una rutina construida a base de pequeños gestos que nadie cuestionó nunca. Él siempre le guardaba el sitio a su lado. Ella siempre probaba la comida antes que nadie. Los dos aprendieron a encontrarse incluso en las habitaciones más llenas. Era lo de siempre. Hasta que una conversación cualquiera, durante una cena cualquiera, obliga a Jin a mirar el pasado con otros ojos y a preguntarse cuántas cosas ha sido incapaz de ver teniendo a Eira justo delante. Porque quizá hay historias de amor que no empiezan con un primer beso. Quizá algunas llevan años escondidas entre discusiones por una receta, cafés compartidos antes de un ensayo y la tranquilidad de saber que, pase lo que pase, la otra persona siempre estará ahí. Pero ¿qué ocurre cuando descubres que la persona más importante de tu vida siempre ha ocupado ese lugar... y eres el último en darte cuenta?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

LA CENA

Después de tres horas bajo los focos del estadio, con el eco de miles de personas todavía vibrando en el aire, el contraste del restaurante resultaba casi abrumador.

Eira parpadeó, sintiendo aún el escozor de la tela del último traje del concierto en las costillas, donde le había apretado demasiado, y el peso de las extensiones tirando de su nuca. Se dejó caer un poco más contra el respaldo de la silla, estirando las piernas pode debajo de la mesa hasta que la punta de sus zapatillas chocaron contra las botas de Namjoon.

Él no apartó el pie, simplemente le dio un toque suave en respuesta, sin dejar de hablar con uno de los directores de gira que estaba sentado a su derecha.

Eira suspiró, cerrando los ojos un segundo. Estaba exhausta. Ese tipo de cansancio profundo, el que se metía en los huesos y te volvía los movimientos lentos, pero que venía acompañado de una sensación de paz absoluta. Habían terminado la primera etapa de la gira asiática.

—Si cierras los ojos más de cinco segundos, te vas a quedar dormida y tendré que cargarte hasta la furgoneta. Y te juro que hoy no tengo la espalda para eso.

La voz de Yoongi sonó baja, rasposa por el esfuerzo del concierto, justo a su izquierda. Eira giró la cabeza y apoyó la mejilla contra el hombro de su sudadera negra

—Solo estaba descansando los párpados —murmuró ella, sin abrir los ojos—. Si me duermo, dile a Jungkook que me lleve. Tiene energía de sobra. Míralo.

Yoongi soltó un sonido de afirmación en el fondo de la garganta. Al otro lado de la mesa, Jungkook estaba inclinado sobre la parrilla, con los palillos preparados como si fuesen armas, esperando a que el último trozo de panceta de cerdo terminara de dorarse. A su lado, Taehyung intentaba distraerlo dándole golpecitos en el brazo con la excusa de enseñarle algo en el móvil, claramente con la intención de robarle la carne en el último segundo.

—¡Eh, eh, quietos los dos! —La voz de Jin cortó la pequeña pelea antes de que empezara—. Ese trozo lleva mi nombre.

Jin alargó el brazo con sus propias pinzas, apartando los palillos de Jungkook con un golpe seco, y depositó la carne directamente en el plato de Eira.

Eira se incorporó, sorprendida, mirando el trozo de cerdo perfecto, crujiente por los bordes. Levantó la vista hacia Jin. Él ya estaba llenando la parrilla de nuevo, ignorando las quejas dramáticas de Jungkook.

—Come —le dijo Jin, señalando el plato de Eira con la barbilla—. En el último cambio de vestuario estabas más pálida que Yoongi, y eso es difícil.

—Oye —se quejó Yoongi, aunque no sonó realmente ofendido. Se limitó a servirse un poco más de agua.

—Gracias, oppa —dijo Eira, usando el honorífico con esa mezcla de ironía y costumbre que había desarrollado con los años. Agarró la carne con sus palillos y se la metió en la boca. Estaba ardiendo, pero el sabor a grasa y sal la hizo gemir por lo bajo. Dios, tenía muchísima hambre.

Hoseok, que estaba sentado un poco más allá, rió al ver su expresión y le rellenó el vaso de Sprite sin preguntar.

—Es verdad que estabas un poco ida en Mic Drop —comentó Hoseok, apoyando los codos en la mesa—. Aunque clavaste el dance break.

—Casi me tropiezo con el cable de la cámara —dijo ella. Masticó, tragó y bebió un sorbo largo de Sprite—. Si no es por Jimin, que me agarró de la chaqueta, acabo en el foso de los fotógrafos.

Jimin, que estaba sentado frente a ella y al lado de Jin, le guiñó un ojo por encima del borde de su vaso de soju. Llevaba el pelo rubio revuelto, sin peinar, y los ojos convertidos en dos medias lunas por la sonrisa.

—Para eso estamos —dijo Jimin—. Aunque habría pagado por ver la cara de Sejin-hyung si te llegas a caer.

El mánager, sentado en la mesa contigua con parte del equipo de seguridad, levantó la cabeza al escuchar su nombre.

—Ni lo menciones —dijo Sejin, señalándolos con un palillo—. Hoy habéis estado bien. Todos enteros. Vamos a dejarlo así. Bastante tuve en la época en la que vivíais en aquel piso diminuto y rompíais algo cada semana.

—Por favor —bufó Taehyung, dejando por fin de molestar a Jungkook—. Yo no me rompía nada. Era Namjoon-hyung el que destrozaba las literas.

—Yo no destrocé ninguna litera —se defendió Namjoon, dejando su vaso sobre la mesa con demasiada fuerza. El líquido estuvo a punto de derramarse—. Fue un problema de ensamblaje. Los tornillos venían mal de fábrica.

—Claro, hyung. Y la puerta del baño también venía mal de fábrica cuando la arrancaste de cuajo —murmuró Jungkook, con la boca llena de arroz.

La mesa entera estalló en carcajadas. Eira sonrió, sintiendo que la tensión de sus hombros por fin empezaba a disiparse. Se dejó llevar por la conversación, escuchando cómo las anécdotas empezaban a pisarse unas a otras. Hablaban de cómo tenían que ducharse de dos en dos porque no había agua caliente suficiente, de las veces que Yoongi se quedaba dormido en el estudio y tenían que bajar a comprobar si seguía respirando o de la ropa horrible que compartían.

—Lo peor no era el espacio —intervino uno de los del staff, un hombre que llevaba con ellos desde antes del debut—. Lo peor era el olor. Era una mezcla constante de sudor, ramen y humedad. Entrar en ese dormitorio tenía que haberse considerado trabajo de riesgo.

—Eh, nosotros limpiábamos —protestó Jin, ofendido, con una mano en el pecho—. Yo limpiaba. Hoseok limpiaba. Los demás existían como parásitos en mi ecosistema perfecto.

—Limpiar es una palabra muy fuerte para lo que hacíamos, hyung —dijo Jimin, riendo tan fuerte que tuvo que inclinarse hacia delante y apoyar la frente en la mesa.

—Eira era la única que tenía su rincón decente —recordó Namjoon, mirándola con una pequeña sonrisa—. Aunque la mitad de tu lado de la habitación estaba ocupado por diccionarios.

Eira resopló.

—Tenía quice años y no entendía ni una sola palabra de lo que decíais. —Eira cogió otro trozo de carne, esta vez directamente de la parrilla—. Durante los primeros seis meses, mi única forma de comunicación era asentir y esperar que nadie me estuviera insultando.

—Teníamos mucho cuidado contigo —le recordó Hoseok, poniéndose serio por un segundo, con esa dulzura innata que siempre le salía cuando hablaba del pasado—. Eras tan pequeña. Todos lo éramos, pero tú llegaste sola de la otra punta del mundo.

—Sí, bueno. Tardasteis dos semanas en enseñarme a decir palabrotas en coreano diciéndome que significaban “hola, ¿has comido?“. Muy cuidadosos —replicó ella, arqueando una ceja.

Taehyung y Jimin chocaron los cinco por encima de la mesa, orgullosos de su obra de hacía casi una década.

La conversación derivó de nuevo hacia las clases de baile interminables, los regaños del director y las evaluaciones mensuales que los hacían llorar en las escaleras de emergencia. Era historia antigua, cicatrices que ya no dolían, sino que se habían convertido en anécdotas de supervivencia.

Fue entonces cuando uno de los estilistas más veteranos, que ya llevaba un par de botellas de soju encima, apoyó los codos en la mesa y los miró a todos con una sonrisa curiosa.

—Siempre contáis las mismas historias —dijo el estilista, arrastrando un poco las palabras—. Las literas, los bailes, el hambre. Pero, a ver. Vivíais hacinados, erais ocho adolescentes encerrados las veinticuatro horas del día, con las hormonas disparadas y bajo un estrés mortal. Venga. ¿Cuál es el mayor cotilleo de esa época que nunca nos habéis contado? El secreto mejor guardado.

Un silencio extraño y divertido cayó sobre la mesa.

Namjoon se frotó la nuca, fingiendo estar muy interesado en su plato. Yoongi simplemente cerró los ojos, desentendiéndose de la situación, como hacía siempre que anticipaba caos. Jungkook miró a sus mayores, esperando a ver quién abría la boca primero.

—Tuvimos muchos dramas ridículos —dijo Jin, dándole la vuelta a un trozo de cebolla con una calma exasperante—. Una vez estuvimos sin hablarnos dos días porque alguien se comió mi yogur de plátano. Nunca supe quién fue.

—Fui yo —dijo Taehyung al instante, sin una gota de arrepentimiento.

—¡Lo sabía, mocoso traidor! —Jin levantó las pinzas hacia él de forma amenazante.

—No, no, dramas de comida no. Salseo de verdad —insistió el estilista, moviendo la mano en el aire—. Secretos. Cosas que escondíais del staff.

Eira cogió su vaso de agua. Estaba a punto de decir que, honestamente, no tenían tiempo para secretos porque estaban demasiado ocupados intentando no desmayarse en los ensayos.

Pero Jimin se le adelantó.

Jimin levantó la cabeza de golpe, sus ojos brillaron con esa malicia específica que solo aparecía cuando iba a decir algo que sabía que iba a causar problemas, y miró directamente a Eira.

—¿El mayor secreto? —Jimin sonrió, apoyando la barbilla en la mano—. Supongo que fue lo mucho que le costó a Eira esconder que estaba perdidamente enamorada de Seokjin-hyung.

Eira se atragantó con el agua.

La tos fue violenta. Yoongi, a su lado, le dio dos palmadas fuertes y secas en la espalda sin inmutarse, mientras la mesa entera se quedaba paralizada durante una fracción de segundo antes de estallar.

—¡Yah, Park Jimin! —gritó Eira, con la voz rota por la tos y las mejillas ardiendo. Dejó el vaso en la mesa de un golpe que hizo vibrar los platos—. ¡Serás cabrón!

—¡Pero si es verdad! —Jimin se echó hacia atrás en la silla, soltando una carcajada estridente, señalándola con el dedo—. ¡Te morías por él! Cuando cumpliste dieciséis te pasaste como un mes entero robándole las sudaderas grandes solo para dormir con ellas. ¡Me lo confesaste llorando en el pasillo!

—¡Mentira! — Eira intentó defenderse, pero la risa atronadora de Hoseok cubrió su voz. Jungkook, a su lado, tenía los ojos abiertos como platos, mirando a Eira como si acabara de descubrir que era un alienígena.

—¿Te gustaba Jin-hyung? —preguntó Jungkook, escandalizado, como si el concepto mismo rompiera las leyes de la física—. ¿Por qué?

—¡Oye, más respeto! —Jin alzó la voz por encima del caos, pero Eira no lo miró. No podía. Estaba demasiado ocupada fulminando a Jimin con la mirada.

—¡No me gustaba! —mintió Eira, sintiendo que tenía las orejas calientes. Hacía años de aquello. Había quedado enterrado bajo toneladas de giras, estrés y amistad. ¿Por qué Jimin tenía que desenterrarlo precisamente hoy?—. Era simple... admiración. Yo tenía catorce años cuando lo conocí. Él fue la primera persona que me habló y que me daba de comer. Era supervivencia básica. Instinto animal. Pavloviano, casi.

—Pavloviano, dice —repitió Namjoon, tapándose la boca con una mano para esconder la sonrisa.

—Tenías un cuaderno entero donde escribiste “Kim Seokjin” con corazones en los márgenes —añadió Taehyung, uniéndose alegremente al bando de Jimin, cogiendo otro trozo de carne—. Lo vi un día que fui a buscar un cargador a tu cuarto. Lo teníamos todos muy claro.

—Tú no tenías nada claro, Taehyung, creías que el metro funcionaba con magia negra en esa época —replicó Eira, rápida, intentando desviar el fuego.

Pero el daño estaba hecho. Los coreógrafos se reían, los mánagers negaban con la cabeza con sonrisas divertidas, y la dinámica de la mesa había cambiado. Era una broma. Era algo inofensivo. Algo ridículo del pasado. Eira lo sabía, y sabía que la única forma de salir de allí era abrazar el ridículo.

Suspiró, se frotó los ojos con las palmas de las manos y se rindió.

—Vale, de acuerdo —dijo, bajando las manos y mirando al equipo de la mesa—. Sí. Tuve un flechazo con él. Era alto, tenía los hombros anchos y me preparaba ramen cuando los demás me robaban el mío. Era una adolescente extranjera y asustada, y él parecía el protagonista de un drama barato de la televisión. Fin del misterio. Lo superé el día que lo vi intentando atrapar una mosca en el salón armado con una zapatilla y gritando como si lo estuvieran asesinando.

La mesa volvió a reír con ganas. Fue una buena salida. Desarmó la tensión romántica y la devolvió al terreno de la burla familiar. Hoseok aplaudió, Jimin le tiró un trozo de lechuga que ella esquivó, y la conversación empezó a moverse naturalmente hacia las historias de Jin haciendo el ridículo en el dormitorio.

Todo estaba bien. Todo estaba en su sitio.

Entonces, Eira miró a Jin.

Estaba sentado frente a ella, a la derecha de Jimin. Tenía los brazos cruzados sobre la mesa, todavía sosteniendo las pinzas de la parrilla. No se estaba riendo a carcajadas como los demás. Tenía esa media sonrisa, la que usaba cuando estaba calculando algo, y la estaba mirando fijamente.

Eira sostuvo la mirada un segundo. Esperaba que él hiciera algún comentario grandilocuente, alguna tontería sobre cómo su “rostro mundialmente hermoso” era imposible de resistir, incluso para una niña de catorce años. Era lo que hacía siempre. Era su escudo protector.

Pero Jin no dijo nada de eso.

Se limitó a mirarla. Fue una mirada extrañamente silenciosa, densa. Como si acabara de escuchar una palabra en un idioma que no conocía y estuviera intentando traducirla en su cabeza. Eira notó, con un detalle que solo daban los años de conocer cada centímetro de su rostro, que la punta de las orejas de Jin estaban teñidas de un rojo oscuro.

No era vergüenza. Jin no se avergonzaba de nada. Era otra cosa.

—¿Qué? —le preguntó Eira en voz baja, moviendo los labios apenas, lo suficiente para que él la leyera por encima del ruido de la mesa.

Jin pareció salir de un trance. Parpadeó, la comisura de sus labios se elevó un milímetro más y, con un movimiento fluido, usó las pinzas para colocar otro trozo de carne recién hecha en el plato de Eira.

—Que me debes muchos platos de ramen, mocosa —dijo Jin, con su tono de siempre, ligero y mandón—. Come. Todavía estás muy pálida.

Eira bajó la vista hacia su plato. El trozo de carne estaba ahí, humeando.

Soltó el aire por la nariz, cogió los palillos y asintió, dejando que la conversación ruidosa de Jimin y Taehyung volviera a pasar por encima de ella. Todo seguía igual. Estaban en Seúl, estaban cenando después de un concierto, el cerdo estaba crujiente y Yoongi seguía apoyado en el respaldo de su silla, medio dormido.

No había pasado nada. Solo un viejo secreto tonto sobre la mesa.

Pero mientras masticaba, Eira no pudo evitar notar que Jin no volvió a apartar la mirada de su lado de la mesa durante el resto de la cena.

—Pásame la sal —murmuró Yoongi a su izquierda, interrumpiendo sus pensamientos.

Eira agarró el pequeño cuenco de sal y se lo acercó. La camarera entró en la sala privada trayendo otra ronda de bebidas frías. La charla continuó, mezclándose con el sonido del hielo chocando contra el cristal. La vida, como siempre en medio de ellos ocho, simplemente siguió avanzando.

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