Prólogo
Resultaba irónico cómo despertaba la ciudad. No con el bullicio ordenado de un centro urbano funcional, sino con el silencio tenso de quien ha aprendido a vivir sin esperar nada del Estado.
En las prefecturas marginadas de la pequeña isla al sur de Japón, la policía había abandonado las calles hacía tiempo. Dejó la labor de protección a grupos civiles que custodiaban los pequeños poblados que se negaban a desaparecer tras el abandono. La isla de Okinawa era un claro ejemplo: las pandillas dominaban el territorio, especialmente en el poblado de Makochi. Allí, los miembros de la preparatoria Furin asumieron la responsabilidad de proteger y servir como la fuerza social de la zona. No portaban placas ni juraban lealtad a constitución alguna. Su único distintivo era el uniforme escolar y una convicción férrea: si nadie más velaba por los suyos, ellos lo harían.
Así, cada amanecer no traía consigo patrullas oficiales, sino jóvenes de mirada seria recorriendo las calles con pasos firmes. Listos para contener el caos antes de que el sol iluminara del todo las cicatrices del abandono.









