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|=S I N° E F E C T O S • E S P E C I A L E S •=|

Summary

¿Qué pasaría si al famoso actor Johnny Cage lo consumiera la culpa y el hecho de no haber hecho nada en aquel momento? ¿Podrá salir a flote de este mar inmenso de remordimiento o se ahogará en el intento?Las luces se apagarán y el telón se abrirá... o las luces se apagarán, el telón rojo cerrará y aplausos no habrá. -°-°-°-° A V I S O Principalmente, esta historia tratará de un Johnny que, después de los acontecimientos de la parte dos del modo historia tras la lucha con el titán Havik, no logra estar en paz. A pesar de que todos ya respiran tranquilos, la culpa de que por su culpa Kenshi quedó ciego aún no ha cicatrizado del todo en su corazón. ¡Aquí mostraré una interpretación muy mía!Es mi primera vez escribiendo por aquí, así que las faltas de ortografía por ahí van a estar, jaja. Elegí este estilo porque no miré ninguna historia parecida a lo que contaré, ¡así que quise escribirla yo misma! Espero que la disfruten.

Status
3mo ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
13+

C A P I T U L O 1

Espero les guste mi forma de redactar y dependiendo como valla esto haré otra parte si se que el fandom a de estar re tieso pero no tenía algo que hacer así que bueno aquí vamos

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"Tras terminar las batallas y las guerras, todo terminó al fin. El titán Havik fue derrotado al fin, la paz brillaba y gobernaba sobre la ira y la oscuridad. Por fin, nuestros guerreros pudieron tomar un respiro hondo sin tener que pensar en si serían atacados en el acto. Damos un giro drástico a la mansión Cage.

|A C T O 1:M A N S I O N • C A G E |

En aquella residencia tan glamurosa y a la vista radiante, muy lujosa para ser exactos, pero había algo raro y pesado en el ambiente, a pesar de no ser bien reflejado, pero ahí estaba el grandioso Johnny Cage.

Estaba en su amplia cocina, tan silenciosa que cualquier ruido podría generar algo realmente grande, sacando botellas y sirviéndose un trago en aquel vaso de cristal. Incluso el sonido del hielo al caer al vaso sonaba ruidoso y con pesadez. Resopló con pesadez, tomó el vaso de la barra y caminó con una sensación entre cansancio, pereza y aburrimiento, tal vez algo más sin reflejarse, hasta su sofá, donde sin pensarlo se dejó caer como si no hubiera otro lugar donde caer sin preocupaciones.

Dejo su vaso en la mesa delante de aquel sofa costoso

Pasó sus manos con evidente frustración por su pelo castaño, muy bien cuidado; sus dedos ahora se perdían entre mechones de pelo, los cuales ahora estaban siendo despeinados como un gesto errático.

Tomó su vaso entre sus dedos, lo miró cansado y tomó un largo sorbo. Al acabar, recostó su cabeza hacia atrás con la mirada perdida en algo inescrutable.

-... Pero qué aburrido se siente todo el día -murmuró, o más bien habló más o menos alto para sí mismo, con una evidente emoción de fastidio-. No hay grabaciones, no hay acción, no hay peleas... ¡nada! Absolutamente nada de nada que hacer... -suspiró con frustración y evidente enojo por aburrimiento.

Miró hacia el frente y miró aquella espada que alguna vez empuñó Kenshi en su guardia, en defensa, cuya espada ahora era de Cage como un recuerdo del intercambio que hubo y el sacrificio que hizo aquel día Kenshi Takahashi por él. Más que nada era para él un trofeo personal que tener por ahí presumiendo a todo aquel que mirara.

Hasta que una chispa inundó sus ojos y sus lentes oscuros, fueron retirados lentamente. Le llegó un recuerdo vago de aquella pelea con Cris, como una cosa llevó a otra, a un divorcio, y al parecer a un hombre de buen vestir y parecer que entró a su casa buscando una espada, la cual era una herencia familiar. ¿Pero acaso se la daría sin pelear? ¿Una espada que costó 3 millones de dólares? Pues no.

Llegamos a ese recuerdo, cada vez más íntimo y enigmático. Aquel lugar donde sin pensarlo rieron,comieron y vivieron el momento como ninguno hasta que llegamos ahí...

«Ese pensamiento amargo que no me deja dormir durante noches interminables, levantarme sudando y con el arrepentimiento al recordar el momento en que tú, a pesar de saber el riesgo, lo miraste de frente».

En aquella mirada que antes reflejaba una arrogancia asfixiante, ahora reflejaba miedo, culpa que genera un nudo en la garganta, un dolor casi pulsante y desmoronándose poco a poco al recordar. La sensación era embriagadora con el alcohol que pasaba por su garganta y cada vez calaba más, como el recordatorio de aquel día, algo que calaba como si de dagas se tratase.

Ahora sus ojos pesaban, no de sueño, no de arrogancia, sino de la culpa y el acto que presenciaron. ¿Lágrimas? Esas lágrimas saladas, la impotencia de en ese momento no hacer nada, ahora no valían la pena ser derramadas, ya que eso fue su culpa... ¿O tal vez ese final lo merecía él?

¿Realmente lo merecía? «Todo fue culpa suya», se repetía las palabras como si de un disco rayado se tratase. Ni en las películas con mala producción pasaban cosas tan realmente horribles... Se juró a sí mismo que el alcohol tal vez no era bueno, o realmente el sentimiento es tan duro que ni el alcohol logra calmarlo. Miró por última vez la espada, sus ojos se volvieron cansados, un poco rojos, y acomodó sus codos en sus rodillas, vencido por el peso. Pegó su cabeza a sus manos en síntoma de rendición absoluta. Con desesperación hizo el gesto de acariciar y rasguñar para luego levantarse, estirarse un poco, tomar su vaso y caminar directo a su habitación arriba.

Subió las escaleras pesadamente como si en cada paso que daba una parte de él se quedara ahí clavada. Al subir solo resopló, miró abajo viendo todo y sintió una sensación asfixiante, pero caminó hacia la puerta que él ya reconocía. Llegó, levantó la mano y movió la manija a duras penas. Miró la cama, no se preocupó por cerrar la puerta, igual estaba solo. Dejó el vaso en la mesa de noche y se tumbó en la cama con un triste quejido y una expresión de que ya estaba rendido ante todo. Levantó la cabeza y se dijo a sí mismo:

-Dormiré un rato, tal vez logre descansar... -Se puso una mano en la cabeza para luego pasársela por el cabello-. ¿A quién engaño? Ni yo mismo me engaño. Es obvio que no cambiará nada el irme a dormir. ¿Acaso si duermo él recuperará la vista...? Claro que no... Ni descansar podré, porque yo solo creé mi penitencia... -

Pasaron 10 minutos sin cerrar los ojos. Miró la mesita de noche, directo al cajón. Abrió el cajón sin mirar, buscó lo que tanto «buscaba»: un frasco amarillento, muy polvoriento, muy viejo, con la etiqueta casi borrada. Eran pastillas para dormir. Las miró con decepción, sabía lo que significaban.

-Tampoco estoy tan desesperado -se dijo a sí mismo como consuelo y las dejó sobre la mesita.

Hasta que ahí en el cajón estaba aquella tela rojo vivo con algunas manchas oscuras como la noche, con ciertos toques metálicos que brillaban tenuemente a la luz, que a la vez las hacía más opacas. Manchas que llevaban consigo grabado el pecado de cada segundo que Kenshi sufrió por su culpa y por su grandiosa y sin importancia cobardía. ¿Incrédulo, no? ¿Cage cobarde? No lo creo...

Estiró la mano un poco para sentir el tacto rasposo y áspero. La sacó con cuidado como si, por el miedo que sentía, se fuera a quebrar. Lo que antes hubiera sido ligero, ahora para él era tan pesado que hasta podría costarle la vida. La miró y la apretó como si quisiera sentir lo que sintió el dueño de aquella sangre seca. Cerró los ojos con fuerza como si quisiera sentir el dolor que sufrió su compañero de pelea... aquel al que le arrebató lo más preciado que tenía...

Abrió los ojos, que ahora le dolían por el esfuerzo, pero en total no se comparaba al dolor de Kenshi que pasaba por su cabeza... Ató la tela a su muñeca tan fuerte que podía sentirla palpitar como si le estuviera reclamando por no haber hecho nada en el instante que pudo.

Se recostó sabiendo que no descansaría bien, que solamente sufriría. Tal vez así, por lo menos, se daría cuenta que nunca podría pagar esa deuda ciega...

Pasaron las horas, ya eran las 3:00 de la mañana, hasta que se levantó de golpe sudando frío, respirando aceleradamente como si acabara de correr un maratón completo hasta el final. ¿Por qué todo esto? Claro, era la pesadilla que siempre lo atormentaba. El grito que pegó ese día, que no arregló nada, porque mientras tuvo la oportunidad no hizo nada más que ver. Miró su muñeca y miró el lazo atado, cosa que ahora era su exilio...

Trató de dormir otra vez, cosa que no sirvió. Por más que se estremeciera o cerrara los ojos fuerte no lograba dormir, y con aquel dolor de cabeza por el alcohol, de la noche más, pero más horrible de su vida, poca cosa le quedaba.

Aquella cama que antes para él le parecía pequeña con el sueño, la culpa y todo junto, ahora hasta grande le parecía como si nunca acabara. Miró el lazo amarrado a su mano, miró alrededor, miró la mesa de noche y aquellas pastillas que si no las hubiera dejado habría cometido un error del que se lamentaría...

Tomó las pastillas en su mano, las miró con desprecio y las tiró al bote de basura. Miró su ropa que un día antes estaba totalmente planchada, ahora estaba arrugada y fría como si aquella ropa hubiera absorbido su pesadilla aunque no el sentimiento. Sentía que la ropa le pesaba como si de kilos se tratase. Miró alrededor; su habitación antes ordenada con delicadeza como si de una pieza de porcelana se tratase, ahora lucía descuidada, no lucía como antes, definitivamente.

Las sábanas con las que se tapó ahora eran un remolino de tela hecho por el estrés que lo comía poco a poco, la frustración que parecía ríos que iban y venían sin fin y el arrepentimiento que parecía un libro sin fin. El colchón se sentía como arena movediza, como si aquel colchón se lo quisiera tragar vivo por el arrepentimiento que pesaba tanto...

Hasta que su mirada se posó en su muñeca, donde el trozo de tela ya hacía rato se lo había desenredado, notando algo en su piel: unos tonos cobrizos por la sangre seca que al entrar en contacto con su piel y el sudor se reavivaron, generando una punzada de culpa por aquello que quedó en su piel, que antes se asemejaba a la porcelana de tan cuidada que estaba. Miró el trozo de tela, lo dobló y lo dejó en la mesita de noche para pararse y darse un baño, tratando de que al menos una parte de esa culpa se fuera con el agua. Se duchó; el agua se sentía más fría al tocar su piel como si fueran hielos. Se vistió con la ropa más habitual que usaba, cuya ropa puesta ahora se sentía como si de un extraño se tratase.

Salió y miró la habitación donde una noche antes quedó el antecedente de todo lo que aún se lamentaba. Ahora el aire se sentía más pesado, tanto que respirar costaba. Miró la puerta y salió al piso de abajo. Las escaleras ahora se sentían más largas que de costumbre, la casa se sentía como un laberinto. Miró hacia la cocina y vio lo grande y espaciosa que era, lo silenciosa que se veía. No entró, ya que sentía que si probaba bocado alguno podría atragantarse aunque se tratase de la comida más blanda del mundo. Sentía que si comía era como insultar a aquella persona. Tenía todo al alcance para prepararse algo bueno pero no lo hizo, por lo que no siguió ahí mirando; mejor se fue a sentar y pensar en alguna cosa que no lo hiciera volver al mismo tema.

Llegó al sillón, se sentó con pesadez pero al mismo tiempo cansancio aunque no había hecho nada. Miró las botellas de la noche anterior, se levantó y las tiró en una bolsa negra donde él esperaba que se sellara todo recuerdo de ellas. Se fue a sentar de nuevo para intentar relajarse y ahí, cuando tragó saliva, sintió la garganta rasposa, áspera, le dolía y el estómago imploraba clemencia por probar aunque fuera un bocado. Pero él no estaba dispuesto a probar bocado alguno, y menos ahora que sentía que cada vez la deuda era menos impagable.

Ahora la mansión era silenciosa, iluminada por las luces y el sol que entraba por las ventanas y la parte delantera, iluminando todo a la perfección hasta que algo misterioso apareció frente a él.

Un portal de fuego que cegaba la vista si lo mirabas directamente, del que salió Liu Kang. Lo miró; se veía tan normal pero él sabía que algo estaba mal, aunque preguntar no podía, ya que lo confundiría más.

-Buenos días, señor Cage. Tenemos que charlar de algo usted y yo, pero necesito que me acompañe a mi templo -habló con aquella voz relajada que lo caracterizaba.

Johnny para ese momento ya estaba fingiendo, o no del todo, ya que también era él mismo.

-Ah, sí, vamos, viejo, sácame de este infierno que es tan aburrido... -hizo un sonido dramático, caminando hacia el portal y entrando, y detrás de él Liu Kang, quien también entró y desaparecieron ahí.

| A C T O 2:T E M P LO• D E L° O R D E N•| A C A D E M I A• WU SHI|

Y ahí estaban Johnny Cage y Liu Kang caminando por los jardines del Templo del Orden, también conocido como la Academia Wu Shi, donde se entrenaban los mejores campeones del Torneo Mortal Kombat. Aquellos árboles eran de colores llamativos, rosados, que llegaban a representar pureza; aquellos cerezos que miraba el actor hacían que sus pensamientos pesimistas se esfumaran con el propio viento. Zonas verdes tan hermosas que incluso su color podría semejarse al jade y la esperanza, cuyo aire ahora ya no lo ahogaba como antes.

Hasta que ahí en el centro estaban ellos... Kenshi... bajo un cerezo plantado frente a la entrada del templo, sentado en una banca de piedra que de lejos se veía fría como si fuera de nieve y dura como la culpa que consumía al actor. El rostro del ex yakuza parecía sereno y con el sol atravesando los pétalos de cerezo y posándose en su cara, reflejaba una paz silenciosa e irreal, inmarcesible, como si el tiempo se hubiera detenido para dejar salir aquel «perdón». A unos metros estaban Kung Lao y Raiden en un pequeño torneo que habían organizado juntos. El único serio y sereno en ese momento era Kenshi...

El actor solo pudo quedarse contemplando esa imagen tan clara que veía, como si de un guion de película se tratase, pero en su consciencia viajaba la idea de que si se acercaba a Kenshi podría profanar la delicadeza y pureza de aquella imagen con su sucia y repugnante presencia. Pero si iba con Kung Lao y Raiden e ignoraba a Kenshi, sentía la culpa de la traición por dejar de lado a la persona que sacrificó su visión por «él».

Mientras en sus pensamientos se formaba una burbuja, una mano comprensiva se posó en su hombro.

-No seas tan duro contigo, Cage. Él no entregó su vista para que tú cayeras en las sombras, sino para que tú sostuvieras su mano aunque la luz sea tan tenue y borrosa a la vez... -

Aunque Johnny no tenía claro qué quería decirle, sin sonar forzado miró a Liu Kang y le sonrió con confianza, la cual no había mostrado desde que llegó. Optó por levantar la mano en señal de aprobación y caminó hacia Kenshi.

Liu Kang, que miró un poco atrás, sabía que el actor de cine estaba haciendo un pequeño esfuerzo por pensar bien las palabras, pero algo había cambiado: ya no se veía agobiado por la culpa, al contrario, se veía más ligero, lleno de esperanza.

Kenshi, aún sentado, no se giró, pero sintió que alguien se acercaba y sabía perfectamente quién era. Esos pasos un poco perezosos pero a la vez animados, a pesar de traer ese peso adicional en sus hombros, sabía que aún quedaba una parte de él que no se había perdonado del todo. Aun así, no hizo ruido para no complicar la situación.

Johnny por su parte se refugió en su lado burlón de siempre.

-Vaya, pero a quién veo... -dijo con tono dramático-. Hace mucho que no te veía, viejo. ¿Cómo estás? ¿Algo nuevo que contar? -se sentó con calma a su lado, algo que a simple vista parecía muy normal.

Kenshi sabía que ocultaba y reprimía la culpa, pero decidió no decir nada.

-Estoy bien, Cage. ¿Qué hay de ti? -guardó silencio dando espacio para que el actor hablara.

-De maravilla... los asuntos del cine son un desastre. ¿Mi consejo? No entren nunca a Hollywood... -soltó un suspiro agobiado y Kenshi solo optó por escuchar, quería saber a fondo qué pasaba por esa cabeza y esos pensamientos.

-No tengo tiempo para entrar a tu club de fans, Cage -sonrió de lado, reflejando ese sentimiento que a los ojos del actor era bonito pero a la vez algo que no podía permitirse, porque el precio se sentía muy alto.

Aquella sonrisa para él era tan pura que ahora florecía como los cerezos. Para él, en ese momento, estaba en lo más alto del pedestal de su mente, como si ese momento no lo quisiera soltar por miedo a hundirse en su miseria de nuevo...

Johnny recuperó la postura.

-¿Pero de qué hablas, hombre? Si todos quieren formar parte de él, hasta pines con mi foto piden... -sonrió con egocentrismo, el cual sí era propio.

Kenshi esbozó una sonrisa imperceptible, tan sutil, tan fugaz, que cuanto más mirabas, parecía que pendía de un hilo en el aire...

Johnny por poco no notaba aquello, pero al mirar con detenimiento lo percibió. Sintió una tranquilidad como si el peso de su ropa desapareciera, como si ese sentimiento dejara de doler, como si en el fondo de su alma dejara de haber dolor. Esas ligeras curvas en sus labios para él eran joyas en bruto; ni toda la fama de Hollywood se comparaba con ello...

-Por lo menos yo no estoy interesado en formar parte de tu club de desafortunados fans -habló con una tranquilidad como si la calma lo acompañara, aunque claro, fingir demencia y molestia estaba presente.

-Pero hombre, si eres el mismísimo Kenshi Takahashi, ¿por qué no ser un fan VIP... -fue interrumpido por una voz cansada y exhausta.

Kung Lao venía caminando junto a Raiden y con una mano se secó el sudor como si nada-. Oye Johnny, sabes, creo que mis habilidades con mi sombrero en Hollywood serían muy buenas, incluso mejores que las tuyas -dijo con su toque de burla como si quisiera sacarlo de sus casillas.

Johnny volvió a su papel de estrella y solo se bajó un poco los lentes y lo miró de arriba abajo para volver a acomodarlos-. Sabes, tienes aspecto, pero de esos dobles de acción que agarran de costal, si no de mono de circo también te va bien -se burló.

Kenshi se burló también, pero muy bajo, tan bajo que si no tienes oído agudo no podrías escucharlo, y Raiden, bueno, ya sabía lo que venía hasta que llegó la hora de la comida y Liu Kang vino a avisarles.

Liu Kang los miró, sonrió y habló con naturalidad:

-Bueno, veo que aún se llevan bien todos, pero tendremos que detenernos aquí; un banquete en el comedor nos espera -los miró una última vez-. Bueno, síganme al comedor -sonrió y con paso tranquilo pero a la vez firme caminó; su paso era tranquilo y seguro como si estuviera en un campo.

Todos iban adelante, a unos pasos de Liu Kang, pero Johnny venía detrás de todos, sumido en sus propios pensamientos, hasta que una voz conocida lo sacó de su ensimismamiento:

-¿Te sientes bien, Cage? -la voz sonaba tranquila y un poco preocupada. El actor miró a aquella persona a su lado y finalmente habló:

-Sí, ¿por qué no lo estaría? -sonrió burlonamente, ocultando todo sentimiento que amenazaba con salir a flote.

El ciego solo escuchó, analizó el tono y habló:

-Realmente pensé que esa batalla de egos te había dejado peor de lo que ya estabas -suspiró fingiendo alivio y sonrió.

El actor lo miró de reojo; sentía que algo en su interior se movía, pero al mismo tiempo sentía que algo se rompía y algo le asustaba... pero ver esa sonrisa era como ver un faro en la oscuridad inmensa... hasta que su vista viajó hacia adelante y ahí estaba una gran entrada y en medio una mesa con algunos platos sobre ella...

¿Tendrá que traicionar su lealtad por aquello o tendrá que fingir estar bien ante lo que hará cuando realmente eso le costará muy caro?

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Es todo me disculpo si en algún parte está mal escrito muchas gracias por leer y actualizo dependiendo como valla y si muchas gracias

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