Capitulo 1- Detrás de la Puerta
El eco de los tacones resonaba en los pasillos vacíos de la majestuosa mansión. Los ojos rojizos de la visitante recorrían cada detalle de la decoración con una mezcla de admiración y nostalgia. La mayoría de los adornos reflejaban el gusto refinado del dueño de la casa, pero entre ellos reconoció algunos obsequios que había dado en el pasado. No recordaba exactamente a quién, pero el descubrimiento le arrancó una sonrisa divertida. Le gustaba saber que aún conservaban algo suyo, que todavía lo recordaban.
Siguió caminando con paso seguro, dirigiéndose al punto de encuentro. Detrás de aquella gran puerta de madera tallada, la esperaba un country que, quizás, no la conocía del todo. Su yerno.
Se detuvo frente a la puerta, dejando que su mano se deslizara lentamente hasta la perilla. Dudó por un instante. Podía dar media vuelta y marcharse sin decir nada... Pero amaba a su hijo. No podía ignorar la incertidumbre que la carcomía. Había escuchado sobre la relación, sobre la persona en cuestión, pero nadie le había dicho quién era exactamente.
Inspiró hondo. La duda persistía en su mente, pero su determinación era más fuerte.
La luz del sol se filtraba por los ventanales, iluminando la elegante sala. En el centro, alguien la esperaba con una bandeja de bocadillos recién preparados.
—Vaya... qué inesperado. —La sonrisa de la visitante se curvó con un dejo de ironía amable—. Me alivia que seas tú, Perú.
Cerró la puerta con un gesto elegante y avanzó con la gracia de quien domina cualquier lugar que pisa.
—Tanto tiempo sin verla, señora Francia —respondió Perú, depositando la bandeja sobre la mesa con una sonrisa amable—. Me alegra verla de nuevo. Espero que la vida la haya tratado bien.
Suspiró, acomodándose en un asiento con la naturalidad de una reina en su trono.
—Desde que escuché que mi hijo tenía una nueva pareja, el alma no me ha dado reposo —dijo con una leve inclinación del mentón—. ¿Por qué no me lo dijiste antes? Confieso que imaginé a China... o a Rusia. —Una breve pausa—. Esos dos siempre han tenido gusto por lo complicado.
El menor sonrió levemente y tomó asiento frente a ella, sirviéndose manzanilla.
—Lamento no haberle informado antes —dijo con serenidad—. Debí pedirle su bendición desde el principio. Fue un error de mi parte.
La francesa agitó una mano con ligereza.
—Oh, querido, no te disculpes. Sé que no fue tu intención. —Le dirigió una mirada significativa, llena de malicia elegante—. Conociendo a mi hijo, estoy segura de que él te lo pidió.
Tomó un bocadillo, lo examinó con interés y, sin perder la sonrisa, dejó caer la pregunta.
—Oh, mon cher, el amor rara vez pide permiso. Pero me intriga... —su voz se volvió más baja— ¿por qué él? Sabes cómo es: orgulloso, terco, una tormenta con traje de gala. Canadá, en cambio, es un río tranquilo. Amable, constante... más de tu tipo, ¿no crees?
El ambiente se tensó levemente. Francia sostuvo la mirada, buscando en los ojos grises de Perú alguna vacilación, algún indicio de que sus palabras habían sembrado duda.
Pero Perú no apartó la vista. Con calma, tomó un bocadillo y lo partió a la mitad, dejando al descubierto su relleno de chocolate.
La mayor parpadeó. Y entonces comprendió.
—Ah... ya veo —murmuró, observando el dulce interior del pan.
—Agradezco su preocupación, señora Francia —respondió Perú con una sonrisa suave—. Algunos se quedan con la corteza porque temen ensuciarse los dedos. Pero yo... prefiero llegar hasta el corazón del sabor.
Francia aceptó el bocadillo con elegancia y le dio un pequeño bocado.
—Una metáfora deliciosa —murmuró—. Pero dime, ¿qué encuentras en mi hijo que otros no hayan sabido darte?
Miró su taza por un instante. Sus dedos se deslizaron con suavidad por el borde de la porcelana, como si buscara la respuesta en su reflejo.
—El amor no es elegir la flor más hermosa del jardín, sino aquella que, pese al invierno, sigue floreciendo —dijo en voz baja—. No busco perfección, sino presencia. Con U.S.A., aprendí que incluso el hierro puede volverse cálido si se sostiene con las manos correctas.
Dejó la taza sobre la mesa y alzó la mirada. Sus ojos reflejaban la certeza de quien ya había encontrado su respuesta hacía mucho tiempo.
—El amor es un acto de reconocimiento. Es mirar a alguien y ver en él una historia que quieres escribir, un camino que deseas recorrer. Canadá es un hombre maravilloso... Pero U.S.A.
La fémina entrecerró los ojos, analizando cada palabra. Perú mantuvo su sonrisa serena.
—No lo amo porque es fácil. Lo amo porque, cuando estoy con él, el mundo deja de ser un campo de batalla y se convierte en un hogar... aunque sea por un instante.
Francia mordió el bocadillo con elegancia, tomándose su tiempo para saborear el manjar. Luego suspiró suavemente y dejó la otra mitad sobre el platillo.
—Curioso —susurró—. A veces, los dulces más tentadores son aquellos que esconden su verdadero sabor hasta el último bocado. —Dejó la taza sobre el platillo con un sonido leve—. Y a veces, cuando se descubre el sabor real... uno se da cuenta de que ya no tiene hambre.
—Quizás, señora Francia, el amor no se trata de saciarse, sino de aprender a saborear lo imperfecto sin empalagarse.
El peruano la observó con serenidad, sin apartar la mirada de los ojos perspicaces de la francesa.
—No me malinterpretes, mon cher —dijo al fin, girando lentamente la taza entre los dedos—. Me alegra verlo feliz. Pero el amor... —una breve pausa, la mirada perdida en el vapor del té— el amor es una hoguera caprichosa. Calienta, sí, pero también consume.
Su voz se volvió más baja, más íntima.
—Algunas personas descubren su mejor aroma cuando el fuego las roza. Y otras... solo dejan cenizas.
Perú no respondió. Solo sonrió con esa dulzura que siempre lo acompañaba, aunque esta vez su expresión parecía titilar, como la llama de una vela en una habitación silenciosa.
Su contraría lo contempló por un momento más. Luego dejó la taza sobre la mesa con un leve clink y esbozó una sonrisa.
—Espero que ese fuego siga siendo dulce, Perú. Pero recuerda... —susurró al tomar la perilla de la puerta— hasta el néctar más puro empalaga si se bebe sin medida.
Colocó la mano sobre la perilla y giró ligeramente para mirarlo una última vez.
Perú seguía sentado, con la misma expresión serena y su taza de manzanilla aún caliente entre sus dedos.
Francia esbozó una sonrisa cortés antes de deslizarse fuera de la habitación, cerrando la puerta con la misma gracia con la que había entrado.
Justo antes de que la madera encajara en su marco, en un instante fugaz, alcanzó a ver cómo la sonrisa de Perú perdía fuerza.
La puerta se cerró con un clic, y el eco de sus pasos resonó en el pasillo vacío.








