Capítulo 1
Desde que tengo memoria, siempre me han tratado mal por mi aspecto.
No es que me levantara un día y decidiera que la gente era cruel. No eso lo fui aprendiendo con los años, con cada comentario que me daban sobre mi aspecto.
Mi mamá siempre decía que yo era hermoso y cuando eres niño le crees, porque tu mamá no te miente, ¿verdad? Pero después creces y te das cuenta de que las mamás mienten, pero lo hacen por amor. Me decía que mis cachetes me hacían ver tierno, que mis brazos eran fuertes, que algún alfa me iba a querer así, tal cual era.
Y eso fue lo primero que dejé de creer.
A los quince años un compañero en el instituto me dijo que parecía un “omega fallido”. No sabía bien qué significaba eso en ese momento, pero lo entendí rápido cuando nadie me defendió. Ni siquiera los betas los alfas ni me miraban, a menos que fuera para burlarse y las omegas... las omegas delgadas, las bonitas, esas que tenían la cintura diminuta y los ojos grandes como de muñeca... esas ni siquiera me consideraban uno que perteneciera a si casta.
Así que crecí sabiendo que había algo mal en mí algo que no se podía arreglar con dietas ni con ejercicio, porque lo intenté. Claro que lo intenté.
Salgo a correr todas las mañanas con mi perro, un labrador gordo y torpe que se llama Canela Corremos unas cuantas cuadras, luego caminamos, luego él se tira al pasto y yo me quedo mirando el cielo preguntándome qué hice mal para merecer este cuerpo, no me malentiendan, no es que me odio como tal, simplemente quisiera ser alguien mas delgado y lo intento yo como bien duermo bien, no tomo, no fumo. Pero mi genética es una mierda, eso es todo.
Mi abuela era igual. Mi mamá también tiene tendencia a subir de peso, pero ella... ella es beta y a las betas nadie les exige ser perfectas, las betas pueden ser gordas, pueden ser flacas, pueden ser lo que quieran porque nadie las mira. La presión está en nosotras. En nosotros, en los omegas que no cumplimos con el estándar.
A los veintidós tuve mi primera cita.
Fue con un beta. Un chico amable, quedamos en un café. Yo me puse lo mejor que tenía, una camisa azul que me compré especialmente para la ocasión me sentí bonito. Por una hora me sentí normal.
Hasta que él pidió la cuenta y me dijo, sin un atisbo de empatía:
—Mira, Sergio, eres lindo de cara. De verdad. Pero si quieres casarte algún día, tendrías que bajar como veinte kilos.
Veinte kilos.
Como si fuera una compra. Como si fuera un descuento en el supermercado “Baje veinte kilos y llévese un alfa a casa”.
No supe qué responder me quedé en silencio, pagué mi parte —porque él ni siquiera ofreció invitarme— y me fui caminando a mi departamento. Lloré esa noche Canela se acostó a mi lado y me lamió la cara. Los perros son mejores que las personas, eso es un hecho.
Pero no aprendí.
A los veinticuatro conocí a otro este sí era alfa, guapo, de esos que te hacen dudar si es real o es una foto editada. Me escribió por una app, porque le gustó mi foto de perfil, la que me tomó mi mamá con buena luz y desde un ángulo que me favorecía. Quedamos en un restaurante llegué quince minutos antes, como siempre hago porque soy ansioso, y pedí agua.
Cuando él llegó y me vio completo, su sonrisa se congeló.
No exagero literalmente se le congeló la cara.
Se sentó enfrente de mí y pidió una cerveza. Pasamos toda la cena hablando de cosas sin importancia el miraba su teléfono cada cinco minutos y cuando por fin terminamos y salimos del restaurante, me soltó:
—Sabes qué, eres lindo de cara. Si tan solo tu cuerpo no fuera ese... no estaríamos en un restaurante, ¿me entiendes? Estaríamos en un motel.
Lo dijo riéndose. Como si fuera un chiste, como si eso no fuera a quedarse grabado en mi cabeza por el resto de mi vida.
No le contesté simplemente agarré mi bolso y me fui. Esa noche no lloré sino que prometí que no iba a volver a salir con nadie.
Y lo cumplí.
Por cinco años.
Cinco años en los que me enfoqué en lo único que nunca me había fallado: mi trabajo. Porque si hay algo que sé hacer bien, es enseñar, soy maestro de kínder (nose como se diga en sus países). Doy clases a niños mas pequeñitos, ellos no me miran raro. Ellos no se fijan en mi panza o en mis brazos a ellos les importa si les traigo stickers para sus cuadernos y si los dejo jugar cinco minutos más en el recreo.
Ser maestro es lo más parecido a ser feliz que he sentido.
Me encanta ver cómo aprenden a leer, cómo sus ojitos se abren cuando entienden algo nuevo me encanta cuando me abrazan sin vergüenza, sin prejuicios. Ellos sí me quieren como soy y eso me basta.
Casi.
Porque en las noches, cuando me acuesto solo y Canela ya está roncando en su colchón, pienso en lo que no tengo. Pienso en cómo se sentiría tener un cachorro en mi vientre cómo se vería mi abdomen abultado, redondo, lleno de vida. Cómo sería vivir ese proceso con un esposo que me ame, que me prepare té por las mañanas, que ponga su mano sobre mi panza y sienta cómo se mueve nuestro hijo.
Sueño con eso y me da vergüenza admitirlo, porque a mis veintinueve años ya debería haber aceptado que eso no va a pasar.
Los omegas como yo no se casan. Los omegas como yo no tienen alfas que los miren dos veces ni siquiera betas que los acepten.
Mi mamá nunca se casó. Ella dice que no le hizo falta, que me tuvo a mí y eso era suficiente y yo le creo, porque ella es fuerte y yo soy débil. Ella pudo sola pero yo no puedo.
Pero bueno.
El primer día de clases llegó. Como siempre me puse mi mejor camisa —otra vez azul, qué poco original—, me peiné, revisé que llevaba todo el material y salí de mi departamento con Canela ladrándome desde la ventana ella sabe que cuando agarro mi mochila grande me voy por horas.
La escuela queda a quince minutos caminando me gusta ir despacio, saludar a los vecinos, comprar un café en el puesto de doña Carmen. Ese día hacía sol, pero no demasiado era un clima perfecto para empezar el ciclo escolar. ese día empezó como cualquier otro primer día de clases: puro caos los padres estresados, los niños llorando, mochilas volando y el aroma a miedo y excitación infantil mezclándose en el aire a mí, ese desmadre me encantaba. Me hacia sentir útil, necesario como si mi presencia pudiera calmar un poco el caos.
Estaba organizando a los nuevos cuando lo vi: un chiquito rubio con ojos avellana enormes, apretando contra su pecho un osito amarillo con bufanda a cuadros estaba temblando, a punto de romper a llorar, y no soltaba la mano de su mamá ni muerto.
Y su mamá... mierda. Era un omega precioso pelo castaño cayéndole en ondas suaves, ojos verdes intensos y un cuerpo que parecía esculpido para volver locos a los alfas su aroma era dulce, cálido, como vainilla y miel. El tipo de omega que hacía que cualquier alfa se pusiera loco solo con pasar cerca.
Yo, en cambio, soy más... real. Caderas anchas, muslos gruesos, pechos pesados que siempre parecen querer escaparse. Un omega “de los que paren bien”, como dicen algunos alfas. Nunca me quejo, pero a veces envidio esa delicadeza etérea que otros tienen.
—Hola, Óscar —dije, agachándome con una sonrisa suave—. ¿Ese es tu amigo? ¿Cómo se llama?
—terry... —murmuró el niño, y apretó más fuerte el osito contra su pecho. No me miraba. Tenía la mirada fija en el suelo.
—Checo es un nombre lindo —le dije, y me senté en el suelo así, en el piso de entrada, con los niños siempre hay que estar a su altura, literal—¿Sabés qué? Terry tiene la misma bufanda que usaba mi abuelo para ver las carreras.
Óscar levantó la vista un segundo.
—¿Tu abuelo?
—Sí era fanático de los autos ¿te gustan?
Asintió despacio. Después volvió a esconder la cara contra el peluche.
—A mí también —mentí. No sé nada de autos, pero bueno— Mirá, Óscar, adentro hay un montón de juguetes tenemos bloques, rompecabezas, hasta una carpa armable ¿con cuál quieres jugar primero?
Él se encogió de hombros. No soltaba a su mamá que seguía ahí arrodillado, me miró con los ojos vidriosos. Vi que se mordía el labio para no llorar el también.
—Óscar —intervino el omega, con una voz suave pero temblorosa— el señor tiene razón. Adentro te vas a divertir un montón.
—¡No! —gritó el chiquito, y se aferró a su pierna.
Me quedé en el suelo, esperando con los años aprendí que no sirve apurar a los niños. Hay que darles su tiempo así que me puse a jugar con el osito que él tenía, haciendo que Terry caminara por mi brazo.
—Mira, mira —dije— Terry está explorando creo que quiere ver el salón.
Óscar me observó por un rato. Sus ojos avellana siguieron cada movimiento del peluche y de repente, sin avisar, soltó a su mamá y se acercó a mí.
—Terry no quiere ir —dijo.
—No, claro que no —respondí, y dejé que el osito “hablara”—Terry dice: “Óscar, si tu vas, yo voy. Pero tu tienes que decidir”.
El niño frunció el ceño lo pensó. En serio lo pensó.
—¿Y si no me gusta?
—Entonces tu mamá va a estar esperando aquí un rato más —le dije— ¿Ves? todavía no se va.
La mamá asintió rápido.
—Me quedo aquí, amor. Te lo prometo.
Óscar dudó otro minuto me miró a mí, miró a su mamá, miró a Terry al final extendió la mano.
—¿Tu vienes?
—Claro que vengo —dije, y lo tomé suave—
Caminamos los pocos pasos hasta la entrada del salón los otros niños ya estaban adentro, algunos llorando todavía, otros mirando los juguetes con curiosidad Óscar se asomó.
—Mirá —le señalé—, ahí está la carpa. Y allá los bloques ¿Ves el niño pelirrojo? Ese es Tomás. El año pasado no quería entrar tampoco miralo ahora, está construyendo una torre.
—¿En serio no quería entrar?
—Lloró como una hora. Te lo juro.
Óscar soltó una risita chiquita. Apenas un segundo, pero la escuché.
—¿Terry puede jugar con los bloques?
—Terry puede hacer lo que quiera —le dije— tu también.
Se quedó mirando el salón otro rato y después soltó mi mano, respiró hondo y entró..
El omega se acercó a mí con los ojos llenos de lágrimas.
—No sé cómo agradecerle —dijo, y su voz era tan suave que casi no la escuché— Es muy tímido con los desconocidos.
—Son cosas de la edad —respondí, encogiéndome de hombros— Ya va a agarrar confianza.
El asintió y se limpió una lágrima con el dorso de la mano.
—Mire —dijo, y se agachó para despedirse de Óscar desde la puerta—, hijito, ¿te quedás un ratito?
—¡Sí! —gritó él, sin siquiera mirarla. Ya estaba metido de lleno en la torre de bloques.
El sonrió, un poco triste, un poco aliviado. Después se volvió a mí.
—Esta tarde no vengo yo —dijo en voz baja— Viene su papá. Por favor, entrégueselo solo a él.
—Claro —respondí,—. No se preocupe, yo me encargo.
Me dio las gracias otra vez, me dio un abrazo rápido, y se fue.
Mientras tanto, en el centro de la ciudad, Max Verstappen estaba terminando de firmar unos documentos en su oficina.
Era alto, rubio, de hombros anchos y mandíbula marcada a sus 27 años ya era socio fundador del bufete mas famoso de Madrid, junto a su cuñado Carlos era un afa puro de esos que cuando entran a una habitación, todos voltean a verlo sin saber bien por qué no es que hiciera algo especial. Solo estaba ahí.
Olía a madera, a cuero, una vez una omega le dijo que su aroma le daba ganas de arrodillarse Max no supo cómo responderle a eso. Le pareció raro. Pero tampoco le desagradó del todo.
Siempre había querido una familia grande muchos cachorros. Llegar a casa y que lo esperaran, que le abrieran la puerta antes de que él sacara las llaves imaginaba a su omega en la cocina, o en el sillón con la barriga redonda, o peleando con los chiquitos porque no querían bañarse. Cosas simples cosas que otros daban por sentado.
Pero también sabía que él no era fácil.
No solo por el carácter sino porque en la cama... bueno, no era alguien que pidiera permiso. Le gustaba agarrar, marcar, dejar el cuerpo del otro lleno de señales de que había estado ahí, le gustaba que le hicieran fuerza, que lo empujaran, que le dijeran que parara aunque ninguno de los dos quisiera que parara de verdad.
Necesitaba a alguien que aguantara. Que no se rompiera.
Y físicamente también. Porque los omegas delicados, esos de cintura diminuta y huesos que se notaban... no. No iban a poder el necesitaba caderas anchas, para que sus cachorros tuvieran espacio un pecho grande, para que nunca pasaran hambre, piernas fuertes, que pudieran sostenerlo a él encima sin temblar.
Eso era lo que buscaba y por eso seguía solo.
Porque cuando salía con algún omega, al principio todo bien, las miradas, las sonrisas. Pero después, cuando la cosa se ponía seria, cuando ellos se daban cuenta de lo que él realmente quería... se asustaban algunos le decían que tenía expectativas muy altas. Otros, directamente, le decían que era un enfermo.
Así que Max había dejado de buscar, no oficialmente. Pero había bajado los brazos si llegaba, llegaba. Y si no, pues se dedicaba al trabajo, que era lo único que nunca le había fallado.
Esa mañana estaba revisando un contrato cuando Carlos entró a su oficina sin golpear.
—Max.
—¿Qué?
—¿puedes ir a buscar a Oscar a la escuela?, porfavor.
Max levantó la vista del papel lo miró Carlos estaba con el teléfono en una mano y una carpeta en la otra.
—¿Por qué yo? —preguntó Max, dejando la pluma sobre el escritorio— el es tu hijo.
—Ya lo sé. Pero me acaba de llamar el juzgado y tengo que estar allá en veinte minutos. Se adelantó la audiencia.
—No soy niñero, Carlos.
—No te estoy pidiendo que lo cuides solo que lo recojas y lo llevas a mi casa, le das de comer algo y cuando yo termine voy para allá.
Max suspiró. Se recostó en su silla y pasó una mano por su cara.
—No conozco la escuela.
—Está a quince minutos de acá, te la mando por mensaje.
—No quiero.
—Max.
—Dije que no.
Carlos se quedó mirándolo un segundo. Después cerró la puerta de la oficina dejó la carpeta en el escritorio y se sentó enfrente de él.
—Mirá —dijo, y su voz cambió. Ya no era el socio. Era el cuñado— Charles todavía sigue en el trabajo, es mi responsabilidad ir a recogerlo y cuidarlo. Pero esto es urgent. Yo sé que te molestan los niños, que te parecen ruidosos y desordenados...
—No me molestan.
—Entonces ¿cuál es el problema?
Max tardó en responder.
—No es mi fuerte —dijo al final, más bajo—los niños me ven y se asustan.
—No es cierto Óscar te adora.
—Óscar es un caso especial. Es el único niño del mundo que no me tiene miedo.
Carlos sonrió. Puso una mano sobre el hombro de Max.
—Por algo será. Andá, es solo una hora no te va a pasar nada.
Max lo miró. Quiso poner otra excusa, pero no se le ocurrió ninguna buena, al final soltó un suspiro, agarró las llaves del auto y se puso de pie.
—Está bien.
—Te lo agradezco Max
Max salió de la oficina refunfuñando. En el ascensor se miró al espejo tenía el pelo un poco desordenado, la corbata torcida se la ajustó. No sabía por qué no era que le importara quedar bien frente a un montón de niños.
El viaje fue corto la escuela quedaba en una zona tranquila, con árboles en la vereda y una reja pintada de colores Max estacionó el auto y se quedó un momento mirando el edificio. Escuchaba gritos de chiquitos desde adentro.
Suspiró otra vez.
“Una hora”, pensó. “Solo una hora”.
Bajó del auto, caminó hacia la entrada, preguntó en la dirección cuál era el salón de Kinder, le indicaron el fondo del pasillo, la última puerta de la izquierda.
Llegó. No llamó solo empujó la puerta.
La puerta chirrió.
Y todos los niños se quedaron callados.
....
Yo estaba sentado en el piso con las piernas cruzadas, contando un cuento había terminado la clase hacía rato y solo quedaba Óscar, esperando a que vinieran a recogerlo. El niño estaba en la alfombra, jugando con su osito amarillo, y yo aproveché para leerle algo mientras esperábamos mi aroma estaba más fuerte de lo normal, ese día mi ciclo hormonal andaba revuelto. No esperaba que un alfa apareciera así.
La puerta se abrió sin que llamaran.
Levanté la vista y se me cortó la respiración.
Era enorme. Traje negro impecable, camisa blanca ajustada al pecho ojos azules fríos que me recorrieron de arriba abajo sin ninguna vergüenza. Su aroma me golpeó como una ola: intenso, masculino, dominante sentí la piel erizarse al instante.
—Vengo por Óscar —dijo con voz grave, pero no miró al niño. Me miró a mí directo. Sin disimular.
Dio dos pasos más adentro y se detuvo frente a mí, que seguía sentado en el suelo. Desde ahí, su entrepierna quedaba a la altura de mis ojos. Tragué saliva.
—¿Usted es el papá? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.
Él no respondió solo me miró. Y entonces, como si estuviera solo conmigo en el salón, empezó a hablar en voz alta, sin filtro:
—Mira esto... —murmuró, casi para sí mismo, pero sus ojos no se apartaban de mi cuerpo—. Pechos grandes. Pesados. Perfectos para llenarlos de leche cuando te deje embarazado.
Sentí que me ardía la cara un calor líquido se me acumuló entre las piernas.
—Caderas anchas... —continuó, bajando la mirada sin disimulo— hechas para recibir bien. Para parir sin problemas. Para que yo pueda agarrarte fuerte.
Yo ya no podía ni moverme sentía el pulso en todas partes. Mi ropa interior ya estaba húmeda y eso me daba una vergüenza terrible su aroma se estaba mezclando con el mío, creando algo denso en el aire. Algo que no debería estar pasando ahí.
—Muslos gruesos... cintura suave... y ese olor —gruñó bajito— Lavanda y durazno dulce. Me estás mojando la polla solo con olerte, omega.
Me mordí el labio. Las manos me temblaban. Todo el cuerpo me temblaba.
Pero algo dentro de mí reaccionó la indignación. La vergüenza, los años de que los alfas me trataran como un pedazo de carne. No. No otra vez, no delante de un niño.
—Di-disculpe —atiné a decir, y mi voz me salió más firme de lo que esperaba—. ¿Cómo se atreve a decir esto delante de su hijo? ¿Acaso no siente respeto por su propio omega? ¡Tenga pudor, señor!
Max abrió la boca para responder. Frunció el ceño, confundido.
—Yo no soy... —empezó, pero yo no lo dejé terminar.
—¡Que no es que señor! —me escuché decir, ya más alterado— no sé qué clase de alfa cree que es, pero esto es una escuela. Hay un niño aquí ¿No le da vergüenza?
Óscar, que había estado en silencio todo el tiempo, se levantó de la alfombra y se acercó a Max.
—Taty —dijo el niño, estirando los brazos hacia él. Su voz era suave, apenas un murmullo, y pronunciaba mal las palabras—. Taty,
Max lo alzó sin dejar de mirarme. Tenía una expresión rara en la cara, como si estuviera procesando lo que acababa de pasar. Por un segundo no dijo nada. Después, con Óscar en brazos, bajó un poco la cabeza.
—Tiene razón —dijo y sonaba sincero. Eso me sorprendió más que cualquier otra cosa—. Me disculpo no debí hacerlo.
Me quedé en blanco. No esperaba eso los alfas no se disculpan. Los alfas no se bajan de su pedestal. Pero este sí este lo hizo.
Óscar se retorcía en sus brazos y señalaba su mochila, que estaba junto a la puerta.
—Mochi, Taty Mochi.
Max caminó hacia la mochila, la colgó en un hombro y se giró para mirarme otra vez.
—Óscar —dijo, señalándome—, despidete del maestro.
El niño me miró con sus ojos avellana y levantó una mano chiquita.
—Alio, señó —dijo, y después, mirando su osito amarillo, lo hizo saludar también.
A pesar de todo, sonreí.
—Adiós, Óscar Adios, Terry nos vemos mañana.
Max llegó hasta la puerta, pero antes de salir se detuvo. No se dio vuelta del todo, solo inclinó la cabeza hacia atrás, como si estuviera pensando si decir algo o no.
—Maestro —dijo al final.
—¿Qué?
—Gracias. Por esperarlo. Y... lo siento. De verdad.
Y se fue.
La puerta se cerró detrás de él con un chirrido leve me quedé en el piso, solo, con el cuento a medio leer en mi regazo, el aroma mezclado todavía flotando en el aire, las manos todavía temblorosas.
....
El celo me agarró como siempre: solo, en mi cama, con las sábanas enredadas entre las piernas y un calor que no sabía si era mi cuerpo o la vergüenza.
Me había despertado esa mañana con un dolor en el vientre que quise ignorar pensé que era una intoxicación, algo que había comido. Me tomé un té, me puse la bolsa de agua caliente y seguí. Pero el dolor no se fue, sino que fue aumentando, instalándose ahí abajo, en esa zona que duele de otra manera.
No, no podía ser. Todavía no.
Revisé el calendario me quedaban como dos semanas. Pero mi cuerpo nunca fue puntual con esas cosas talvez el estrés del inicio de clases, los nervios, la mala noche que había tenido pensando en... en él. Todo influía mi mamá siempre decía que yo era muy sensible, que mis hormonas se alteraban con cualquier cosa. Quizás tenía razón.
Fui a trabajar igual porque no podía faltar el segundo día de clases ya habría tiempo de encerrarme cuando el celo realmente empezara.
Charles llegó temprano con Óscar. El omega perfecto ojos verdes, pelo castaño, ese cuerpo que yo nunca tendría.
—Buenos días —dijo Charles, con esa voz suave — Maestro, quería disculparme por lo de ayer.
—No se preocupe —respondí, mientras Óscar ya se soltaba de su mano y corría hacia los bloques—. No pasó nada.
—Sí pasó —insistió Charles, y vi que sus mejillas se sonrojaban un poco— mi esposo mandó a mi hermano a recoger a Óscar, y al parecer el idiota no sabía ni dónde estaba parado llegó tarde, desorientado, y encima me enteré después de que hizo algún comentario fuera de lugar.
Me quedé en silencio no sabía qué decir.
—Ya lo regañé —siguió Charles— y a mi marido también, por mandarlo a él en vez de ir él mismo. Créame que no va a volver a pasar.
—No es necesario que se disculpe —atiné a decir— su hermano... bueno, fue un momento incómodo, pero ya está.
Charles me miró con esos ojos verdes que parecían ver a través de uno.
—Mi hermano es un imbécil —dijo, sin anestesia— un alfa creído que cree que puede decir cualquier cosa porque es guapo y tiene dinero no le preste atención.
Yo quería preguntar puería saber más. Pero no me animaba. —¿Entonces él es...? —empecé, y me quedé a medio camino.
—Mi hermano, sí —respondió Charles, y puso los ojos en blanco—. Max lamentablemente es mi hermano, te juro que es un dolor de cabeza. Pero bueno, hoy sí viene mi marido a buscarlo si por casualidad no pudiera, viene él otra vez, pero se lo entrega solo a él, ¿sí? No se lo entregue a nadie más.
—Claro —dije, asintiendo— entendido Charles me dio las gracias, se despidió de Óscar con un beso en la frente y se fue.
Lo vi caminar por el pasillo con ese porte elegante, ese caminar suelto de los omegas seguros de sí mismos, y me quedé pensando Max. El alfa de ayer, el que me había mirado como si fuera un filete delicioso. El que había dicho todas esas cosas en voz alta sin importarle nada.
Era el hermano de Charles me puse a pensar en los parecidos Max era rubio, Charles era castaño. Max tenía ojos azules, Charles verdes. Pero había algo en la mandíbula, en la forma de fruncir el ceño, que sí, quizás había un parecido lejano.
No sé por qué me importaba tanto.
El dolor me recordó que estaba ahí a las dos horas apreté los dientes y aguanté. Pero no pude el calor se fue haciendo más intenso, los calambres más profundos. Mis manos temblaban cuando tomaba el marcador los niños me miraban raro.
Llamé a Lando el maestro suplente, beta, tranquilo. Le expliqué en voz baja, con la cara ardiendo de vergüenza, que se me había adelantado el celo. Que necesitaba irme.
—Tranquilo —dijo él, sin hacer preguntas— yo me quedo con los chicos.
Caminé las quince cuadras hasta mi departamento con las piernas temblorosas, los brazos cruzados sobre el pecho, apretando las piernas cada vez que un calambre me obligaba a parar. Cuando por fin llegué, me tiré en la cama boca abajo, hundí la cara en la almohada y dejé que el cuerpo hiciera lo que llevaba horas queriendo hacer.
Solo como siempre. Como toda mi vida.
Y mientras el cuerpo me ardía, pensé en él. En Max, en sus ojos azules. En su voz grave diciendo todas esas cosas, en cómo me había mirado. En cómo su aroma se había mezclado con el mío.
Lo odiaba. Lo odiaba por haberme hecho sentir eso.
Cerré los ojos y me dejé llevar.
...
Esa tarde, Max llegó a la escuela con determinación se había ofrecido él mismo a buscar a Óscar, aunque Carlos no se lo había pedido quería volver a ver a ese omega.
Estacionó su camioneta negra y caminó con paso firme hacia el salón la puerta estaba entreabierta empujó y entró.
Lo primero que notó fue que el aroma de Sergio ya no estaba en su lugar había un olor más neutro, a beta. Frunció el ceño.
Un hombre joven, de unos veinti y cinco años, lentes finos y ojos verdes claros, estaba sentado en el lugar del maestro leyendo un cuento a los niños.
—Disculpe —dijo Max con esa voz grave que hacía que la gente se enderezara automáticamente— ¿Y el maestro Sergio?
Lando levantó la vista y parpadeó el alfa que tenía enfrente era intimidante alto, hombros anchos, traje caro.
—El maestro Sergio se ausentó por problemas de salud —respondió con calma profesional.
Max dio un paso más adentro su aroma se expandió con fuerza: madera oscura, cuero y algo peligrosamente sexual.
—¿Qué le pasó? —preguntó directo, sin rodeos.
Lando dudó.
—No estoy autorizado a dar información personal de los docentes, señor.
Max se acercó más su mirada dura (igual que la de abajo).
—Dígame qué tiene —insistió, bajando la voz pero sin ocultar la exigencia.
Los niños empezaron a moverse inquietos en sus sillas algunos se removían, sintiendo la presión de las feromonas del alfa Lando tragó saliva, el olor de Max era demasiado fuerte, dominante, cargado de intención.
—Tuvo un adelanto de su celo —admitió finalmente, casi en un susurro— Se fue hace unas horas porque no podía seguir.
Los ojos de Max brillaron con algo oscuro y hambriento.
—¿Dónde vive?
—Señor, no puedo darle esa información, es privada.
Max se inclinó sobre el escritorio, mirándolo desde arriba su aroma se volvió más denso, varios niños soltaron risitas nerviosas y se tocaron la nariz.
—Dígame dónde vive —repitió, casi en un gruñido bajo— Ahora.
Lando resistió unos segundos más, pero las feromonas lo estaban afectando incluso a él. Sintió calor en la nuca y un leve mareo.
—...Departamento 4B, Avenida Libertador 1278 segundo piso —dijo al fin, derrotado.
Max no dijo ni gracias solo tomó a Óscar de la mano con firmeza.
—Nos vamos.
Llevó al niño directo al bufete.
—Quédate con tu papá —le dijo a Óscar, despeinándolo un poco— tengo algo urgente que hacer.
Carlos levantó una ceja desde su escritorio.
—¿Qué pasa?
—Nada que te importe —respondió Max secamente— cancela todas mis citas de la tarde, Lucía —le ordenó a su secretaria al salir.
—Pero señor, tiene una reunión con—
—Cancélala —cortó, sin dar más explicaciones.
Subió a su camioneta y puso la dirección en el GPS conducía rápido, con una mano en el volante y la otra apretando el muslo, su polla ya estaba medio dura solo de imaginarlo: Sergio solo, en celo, empapado y necesitado.
Sergio
No sé cuánto tiempo pasó, una hora quizás dos. El celo venía en oleadas a veces me dejaba respirar, aveces me ahogaba entero.
Escuché un golpe en la puerta.
Al principio pensé que era el vecino o el cartero o quizás mi imaginación los celos a veces me hacen imaginar cosas.
Otro golpe.
—¿Sergio?
Esa voz la reconocería en cualquier parte, grave, profunda e imponente.
Se me heló la sangre o se me encendió no sé quizás las dos cosas.
Max.
—Sergio, sé que estás ahí ábreme.
No me moví las sábanas se me pegaban al cuerpo por el sudor mi aroma empapando toda la habitación lavanda y durazno maduro, mil veces más intenso que antes y él, al otro lado de la puerta, oliéndolo todo.
—No voy a irme —dijo, y su voz sonaba distinta más ronca como necesitada— ¿puedes abrir?, por favor.
Por favor.
Un alfa diciendo por favor un alfa como él, que el día anterior me había mirado como si fuera un pedazo de carne, estaba ahí, al otro lado de mi puerta, diciendo por favor.
Me mordí el labio las piernas me temblaban y otra oleada de calor me recorrió entero y solté un gemido que no pude contener.
Del otro lado, Max gruñó.
—Escuché eso —dijo, y su voz era casi un rugido— abre Sergio ahora.
—Vete —atiné a decir, pero mi voz salió débil, rota— no puedes estar aquí.
—Puedo y lo voy a estar, abre antes de que derribe la puerta.
Lo dijo tan tranquilo como si derribar una puerta fuera lo más normal del mundo.
Supe que no estaba mintiendo.
Me levanté de la cama con las piernas temblorosas, me puse la bata que encontré colgada en la silla, me até el cinturón con manos torpes y caminé hasta la puerta. Apoyé la frente en la puerta.
—¿Qué quiere? —pregunté, y mi voz sonó tan pequeña.
Del otro lado, él suspiró.
—A ti —dijo— quiero verte, quiero olerte, quiero tocarte, quiero asegurarme de que estés bien.
—No estoy bien —admití, y sentí que se me quebraba la voz— estoy en celo, deberías irte.
—Por eso mismo no voy a irme.
Cerré los ojos y apoyé las dos manos en la puerta.
—No me haga esto —susurré— no soy de esas omegas que puede usar y tirar, ¿entiende? Ya me han hecho suficiente daño.
Del otro lado, silencio.
—¿Quién te hizo daño? —preguntó al fin, y su voz sonaba distinta.
—No importa.
—Me importa a mí.
Me quedé en silencio otra oleada de calor me recorrió, me mordí el labio para no gemir.
—Sergio —dijo, como probando la palabra en la boca— Sergio.... me gusta.
—A mí no me gusta nada de esto.
—Mientes.
—No miento.
Cuando abrí la puerta Max estaba ahí, ocupando todo el marco sus ojos bajaron lentamente por mi cuerpo: el pecho agitado, los pezones marcados contra la tela, las piernas desnudas y brillantes de humedad.
—Mierda... —gruñó, entrando sin pedir permiso y cerrando la puerta detrás de él con el pie— mirá cómo estás.
Me agarró de la cintura con una sola mano y me pegó contra su cuerpo su erección era enorme, dura como piedra contra mi vientre.
—Todo el camino hasta acá olí tu rastro —susurró contra mi oído, mordiéndome el lóbulo— me volviste loco, omega.
—No deberías estar aquí... —gemí, pero mis manos ya se aferraban a su camisa.
Max soltó una risa oscura y bajó la mano hasta mi culo, apretándolo con fuerza, separando mis nalgas.
—Estás chorreando por toda la pierna —dijo, metiendo dos dedos gruesos entre mis muslos y rozando mi entrada empapada— y esto... esto es mío ahora.
Me levantó como si no pesara nada, me llevo hasta la habitación y me tiró sobre la cama y se quitó el saco y la corbata.
—Voy a darte exactamente lo que tu cuerpo está pidiendo a gritos —gruñó, abriéndome las piernas con las rodillas— y no voy a parar hasta que estés lleno de mi semen.
Se inclinó sobre mí, oliendo mi cuello con hambre.
narrador
Max no esperó ni un segundo más con un movimiento brusco, le arrancó la bata fina que apenas cubría el cuerpo de Sergio y lo dejó completamente desnudo sobre la cama sus ojos azules se oscurecieron de puro deseo al recorrerlo: los pechos pesados y llenos, pezones erectos y enrojecidos, el vientre tembloroso, los muslos gruesos brillando por los fluidos que no dejaban de escapar de su coño hinchado y necesitado.
—Estás empapado... chorreando solo por mí —gruñó Max mientras se quitaba la camisa, revelando un torso musculoso y marcado se bajó los pantalones y el bóxer su polla saltó libre, gruesa, larga y venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precemen el nudo en la base ya comenzaba a crecer.
Max se subió a la cama como un animal en celo, le abrió las piernas con fuerza y le puso las rodillas contra el pecho, exponiéndolo completamente alineó la cabeza gruesa de su polla contra la entrada empapada de Sergio y empujó.
—Ahh... carajp... —gimió Sergio cuando la polla lo abrió de golpe.
Max entró centímetro a centímetro, estirando las paredes internas del omega el coño de Sergio lo apretaba como un guante caliente y mojado cuando estuvo enterrado hasta la mitad, Max soltó un gruñido y empujó hasta el fondo, clavándose por completo.
Empezó a follarlo con embestidas profundas y lentas al principio, disfrutando cómo el coño de Sergio tragaba su polla entera el sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenaba la habitación cada vez que salía, un hilo de jugos brillaba en su polla.
—Tan apretado... tan caliente... este coño ya es mío —rugió Max.
Aceleró el ritmo, follándolo más duro los pechos de Sergio rebotaban con cada embestida Max bajó la cabeza, capturó un pezón entre sus labios y lo chupó con fuerza mientras lo penetraba sin piedad Sergio gritaba de placer, las uñas clavadas en la espalda de Max.
Minutos después, Max gruñó como un animal salvaje y se corrió por primera vez chorros espesos, calientes y abundantes inundaron el interior de Sergio, pintando sus paredes internas con semen espeso y blanco el nudo en la base de su polla comenzó a hincharse rápidamente, presionando contra las paredes sensibles del omega y trabándolos juntos con fuerza Sergio arqueó la espalda con violencia, gritando el nombre de Max mientras su propio orgasmo lo atravesaba como un rayo su coño se contrajo espasmódicamente alrededor de la polla gruesa, ordeñándola, exprimiendo hasta la última gota.
— ¡Max! ¡Dios...! —gimió Sergio, con los ojos en blanco y el cuerpo temblando sin control.
Pero Max no tenía ninguna intención de parar apenas esperó unos segundos, respirando agitado contra el cuello sudoroso de Sergio, y empezó a moverse otra vez incluso con el nudo medio hinchado, siguió follándolo con embestidas cortas pero profundas, usando su propio semen como lubricante adicional el sonido húmedo era obsceno, llenando toda la habitación.
— Todavía no, omega... tu coño todavía no ha tenido suficiente —gruñó contra su oreja, mordiéndole el lóbulo.
Con un movimiento brusco, Max lo dio vuelta sobre la cama y lo puso en cuatro agarró las caderas anchas y suaves de Sergio con manos fuertes, clavando los dedos en la carne blanda, y lo embistió de nuevo con un golpe salvaje esta vez fue mucho más brutal. Su polla gruesa entraba y salía con fuerza, el nudo hinchado abriendo el coño obscenamente cada vez que entraba sus (nos como se escribe, así que sus ajá) pesados golpeaban rítmicamente contra el clítoris hinchado e hinchado de Sergio, enviando descargas de placer por todo su cuerpo.
— ¡Tomá todo, hasta el fondo —rugió Max, dándole una nalgada fuerte que dejó la piel roja y ardiente.
Sergio gemía como un animal en celo, empujando hacia atrás desesperadamente para recibir cada centímetro sus pechos colgaban y se balanceaban con cada embestida violenta Max le tiró del pelo, arqueándole la espalda, y le mordió la nuca, dejando marcas de dientes mientras lo follaba sin piedad.
— Así... apretame la polla con ese coño tan rico —jadeaba Max— estás hecho para esto, hecho para que yo te llene.
Después de largos minutos de folladas brutales, Max se corrió por segunda vez el nudo se infló al máximo, trabándolos completamente mientras más semen caliente inundaba a Sergio, tanto que parte de él empezó a escaparse alrededor de la polla se quedaron así varios minutos, Max moviendo las caderas en círculos lentos para rozar todos los puntos sensibles dentro de él.
Cuando el nudo bajó lo suficiente, Max sacó su polla con un sonido húmedo y pornográfico un monton de semen blanco brotó del coño abierto y rojo de Sergio, corriendo por sus muslos temblorosos.
— No hemos terminado ni por cerca —dijo Max con voz ronca y oscura.
Lo giró de nuevo, lo puso de lado y levantó una de sus piernas gruesas, apoyándola sobre su hombro volvió a penetrarlo lentamente, girando las caderas para rozar su punto sencible y esta vez las embestidas fueron más controladas, pero igual de intensas Sergio lloraba y gemía sin parar, el cuerpo cubierto de sudor, las mejillas enrojecidas.
Casi una hora después, Sergio estaba destrozado de placer.
— Agua... por favor... necesito agua... —murmuró con voz rota.
Se levantó tambaleante, con las piernas débiles y chorros de semen espeso corriendo por sus muslos y pantorrillas apenas había dado unos pasos hacia la cocina cuando Max lo alcanzó.
En cuanto Sergio se inclinó para tomar un vaso, Max lo empujó con fuerza contra la mesa de la cocina le abrió las piernas sin piedad y lo penetró de un solo golpe brutal desde atrás la polla entró hasta el fondo en el coño ya completamente lleno y resbaladizo.
— ¡Ahhh! —gritó Sergio, agarrándose al borde de la mesa.
Max empezó a follarlo salvajemente la mesa se movía con cada embestida, los vasos y platos se calleron y Max le daba nalgadas fuertes y constantes mientras lo penetraba sin control.
— Ni se te ocurra pensar que vas a descansar, omega este coño es mío ahora —gruñó, cambiando el ángulo para golpearlo aún más profundo.
Se corrió por tercera vez dentro de él, inundándolo otra vez.
Luego lo levantó, lo sentó sobre la mesa con las piernas bien abiertas y lo folló frente a frente. Sergio rodeó la cintura de Max con sus piernas gruesas, gimiendo mientras la polla entraba y salía sus pechos rebotaban contra el torso duro del alfa Max le chupaba y mordía el cuello, dejando chupetones visibles, y le pellizcaba los pezones hinchados.
De la mesa lo llevó contra la pared lo levantó como si no pesara nada, y lo folló de pie. Embestidas brutales hacia arriba, clavándolo contra la pared una y otra vez.
— Vas a tomar mi nudo otra vez —avisó.
Y lo hizo el nudo se hinchó completamente mientras Max se corría por cuarta vez, llenando a Sergio tanto que su vientre se veía ligeramente abultado por el semen.
Después de follarlo contra la pared, Max llevó a Sergio de vuelta al sofá se sentó en el centro con las piernas abiertas, su polla todavía dura, gruesa y brillante, cubierta de semen y fluidos del omega el nudo había bajado lo suficiente, pero la erección seguía imponente, curvada e hacia arriba y palpitando.
—Ven —ordenó Max con voz ronca, agarrando su propia polla por la base y moviéndola lentamente—. Sube quiero verte montarme.
Sergio, con las piernas temblorosas y el cuerpo cubierto de sudor y marcas, se acercó tenía el coño rojo, hinchado y completamente empapado, con semen espeso escapando por sus muslos con cada paso se subió al sofá, colocando una rodilla a cada lado de las caderas de Max, quedando enzima de él.
Max lo miró desde abajo con ojos oscuros y hambrientos, las manos subiendo por sus muslos gruesos hasta agarrarle el culo con fuerza, separando las nalgas.
—Así... bien abierto —murmuró.
Sergio se sostuvo con una mano en el hombro de Max y con la otra guio la cabeza gruesa de su polla hacia su entrada rozó la punta hinchada contra su coño varias veces, untándola con la mezcla de sus jugos y el semen que ya lo llenaba, antes de empezar a bajar lentamente.
—Ahh... mierda... —gimió Sergio cuando la cabeza gruesa lo abrió de nuevo.
Bajó centímetro a centímetro, sintiendo cómo esa polla tan gruesa volvía a estirarlo su cara estaba contraída de placer, la boca entreabierta y los ojos entrecerrados cuando llegó hasta la mitad, se detuvo un segundo para acostumbrarse, respirando agitado.
Max gruñó, clavando los dedos en las nalgas suaves de Sergio.
—Todo, omega quiero que te sientes hasta el fondo.
Sergio soltó un gemido largo y tembloroso mientras seguía bajando, tragándose la polla entera hasta que sus nalgas tocaron los muslos de Max la sensación era abrumadora: estaba completamente lleno, la polla le llegaba tan profundo que sentía un bulto en el vientre.
Empezó a moverse.
Al principio fueron movimientos lentos y profundos, subiendo casi hasta la punta y volviendo a bajar con fuerza, sintiendo cada vena y cada centímetro dentro de él sus pechos pesados rebotaban con cada descenso Max no podía apartar la vista: miraba cómo su polla desaparecía completamente dentro de ese coño apretado y rosado.
—Así... montame —gruñó Max, subiendo las manos para agarrar los pechos de Sergio, apretándolos y pellizcándole los pezones duros— mirá cómo te traga la polla... estás hecho para cabalgarme.
Sergio apoyó las manos en el pecho musculoso de Max para tener mejor equilibrio y empezó a aumentar el ritmo subía y bajaba con más fuerza, haciendo que sus nalgas chocaran contra los muslos del alfa con sonidos húmedos y fuertes cada vez que bajaba completamente, soltaba un gemido agudo y roto.
—Max... es tan grande... me llena tanto... —jadeaba.
Max le dio una nalgada fuerte.
—Más rápido quiero verte rebotar en mi polla.
Sergio obedeció y empezó a montarlo con verdadera desesperación, subiendo y bajando rápido, el sofá crujía bajo ellos. Sus pechos saltaban salvajemente el coño chorreaba tanto que cada vez que subía, un hilo de semen y jugos caía sobre la polla de Max y sus (testículos?).
Max gruñía de placer, mirando fijamente el lugar donde sus cuerpos se unían.
—Mirá cómo te abro... mirá cómo entra y sale ese coño está destrozado de lo mucho que te estoy follando.
Sergio cambió el ángulo, inclinándose ligeramente hacia adelante y empezó a mover las caderas en círculos mientras lo montaba, rozando su punto más sensible con cada movimiento sus gemidos se volvieron más altos, casi sollozos de placer.
—Así... ahí... ¡ahí! —gritaba.
Max le agarró las caderas con fuerza y empezó a subir las suyas, follándolo desde abajo con embestidas brutales que chocaban contra los labios de Sergio el sonido de carne contra carne era fuerte y hermoso.
—Montame más duro —exigió Max, dándole otra nalgada— quiero sentir cómo me aprietas.
Sergio se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el respaldo del sofá detrás de Max, casi pegando sus pechos a la cara del alfa (que rico) empezó a cabalgarlo con movimientos cortos y rápidos, solo moviendo las caderas arriba y abajo con fuerza, sin sacarla casi nunca el nudo de Max empezó a hincharse de nuevo dentro de él.
—Estoy cerca... —avisó Sergio con voz rota.
—Correte en mi polla —ordenó Max, chupándole un pezón con fuerza mientras lo agarraba del culo y lo ayudaba a bajar más fuerte.
Sergio se corrió con un grito ahogado, su coño contrayéndose violentamente alrededor de la polla gruesa, ordeñándola Max gruñó y se corrió casi al mismo tiempo, inundándolo con otra carga espesa y caliente mientras el nudo se hinchaba completamente, trabándolos juntos una vez más.
Sergio siguió moviéndose lentamente sobre él incluso con el nudo hinchado, pequeños movimientos circulares que prolongaban el placer, gimiendo bajito contra el cuello de Max.
—Buen omega... —susurró Max, acariciándole la espalda sudorosa y besándole el cuello— me encanta cuando me montás así... como si estuvieras desesperado por mi polla.
Fin
Muy bien este es el primer OS que subo en esta plataforma, todas las demás están en Wattpad.
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