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RICHARD

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Summary

Julián vive sus días añorando la cercanía de sus familiares y de su amado empleo, pero por un patético accidente y las mentiras de Vladimir es encerrado en un manicomio junto a Richard, su mejor amigo. Todos dicen que él no existe. Dicen que es un trastorno de estrés postraumático o son sus deseos juveniles incumplidos que añoran retornar. Se equivocan. Richard no es nada de eso. Él es real o así lo ve, lo escucha y lo siente Julián. Richard es su confidente, a pesar de su corta edad. Él le brinda el valor para afrontar la crueldad de la vida, ¡lástima que Richard habite en el cuerpo de Julián! Copyright © Todos los Derechos Reservados. Saga “El Maestro del Psique”. SAFECREATIVE N° 2005294189903

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

—Es todo lo que tiene que hacer —expresó sin inmutarse.

— Pero no entiendo, ¿por qué tengo que arriesgar los años de juventud que me quedan, para resolver asuntos que no nos importan? — Replicó con una irónica sonrisa que, súbitamente, se esfumó dejando un rostro hostil; el cual clavó en el acromático tablero delante del—Además, usted sabe que él está aquí por mi culpa y yo ya… no quiero... seguir metiéndolo en problemas.

— ¡Lo sé, perfectamente! — Confirmó el hombre enfrente de aquel joven que lo observaba fijo y minucioso mientras pronunciaba cada palabra. Melodiosas palabras como si cantara a los ángeles, pacífico y gentil. No obstante, cada una de ellas perturbaban al muchacho, para él no tenían ese sentido. Eran ásperas, tenebrosas y duales.

El joven soltó una sonrisa fugaz liberando sus miedos, pero el hombre ni siquiera parpadeó. Él, simplemente, estudiaba sus expresiones, fascinado por completo; aunque se encontraba en un estado anticipado a sus acciones y pensamientos. De pronto y sin apartar la mirada de su ejemplar, ejecutó un movimiento con el blanco caballo del tablero a la vez que expresaba.

—Pero es el protector, ¿verdad...? Eso es lo que dicen. ¡Debe protegerlo...! Su turno.

Una corriente de pánico y de ansiedad atravesó el cuerpo del chico, deteniéndose de golpe en la parte alta del abdomen dejándolo, prácticamente, sin oxígeno. Enmudecido, no pudo afirmar o negar la pregunta que dejaba el caballero en el aire con su mano extendida, dándole paso al próximo movimiento del tablero que lo impulsó a mirarlo.

— ¿Le temo? —Pensó. Desvió la mirada, manteniendo aun su rostro en la misma posición. —¿Puedo pelear con él? ¿Parece fuerte? ¿Puedo vencerlo? Creo que sí, yo he ganado muchas ve...

— ¡Interesante! — Exclamó el hombre sacándolo de sus pensamientos.

Un silencio predominante le obligó a soltar otra sonrisa, aunque más pronunciada mientras sostenía otra vez la mirada. En un instante repentino, se concentró en el tablero intentando controlar esa ansiedad que lo devoraba. Analizó la probabilidad de mover la única pieza cercana al rey para protegerlo de la blanca reina. Tomó el caballo negro y, en un movimiento casi en diagonal, lo encasilló en G6 comiendo la torre blanca que cubría el lugar y a un solo movimiento para ganar el partido.

— ¡Jaque! —Replicó, encontrándose con la ferviente búsqueda externa de su esencia y sin dudarlo más. Preguntó—¿Y qué gano con lo que propones?

—Libertad.

—¿Libertad? —expresó, admirado y algo confundido—. Nosotros saldremos en unos días. ¿Qué más libertad que esa tendremos?

—Disculpa que lo refute, pero no será así—notificó el magnate manteniendo aquella postura elegante sobre su asiento, ligero y tranquilo.

— ¿De qué está hablando?

El joven, una tercera vez sonrió inseguro; casi como si anulara la expresión inmutable de su contrincante. No obstante, recordó unas palabras pronunciadas en visitas anteriores. “Yo nunca miento”. De esa manera y sin poder controlarlo, empuñó sus manos y endureció su rostro olvidándose del juego. Su piel empezó a tornarse llameante, poderosa… iba a explotar. Más, para aquel hombre, era acertar en su asunción lo que ya había visto en sí mismo. Zarpaba en su océano interno una balsa satisfactoria.

—Discúlpeme, una vez más. No deseo causarle malentendidos...—objetó anteponiendo su mano para pacificar el arrebato destinado a él—. Ambos están completamente sanos… y pueden cohabitar sin problemas. Sin embargo, usted ha provocado a cierta persona que no dejará el delito sin pena. Y para este mundo, los asalariados, como él, son insectos devorados por el de más renombre. ¡Ya sabes, la ley del más fuerte!

—¡Maldición! No… No… No...—Gritó el joven, resentido, al mismo tiempo que golpeaba una y otra vez el mango de su silla— ¿Qué voy a hacer? ¿Se enojará conmigo? ¿Me abandonará otra vez?

El muchacho saltó de su asiento ante los incontrolables impulsos eléctricos que lo vestían. Su llameante piel ya era firme, fuerte…, aumentaba su volumen cada vez más. Otro golpe estremeció la pared adversa a él. Resonó. Grave error. Esta acción animó el cambio de postura como de expresión del aquel hombre que, con una mirada demoníaca, indicaba al encolerizado mantenerse calmado. Inmaculado como un dios, colocó ambas manos en los pasamanos de su silla y con una medida en par certera, separó sus piernas mostrando su señorío. El muchacho combatió en su interior entre la furia incontrolable por las mentiras recibidas o los asedios de aquellos ojos sombríos que lo partían en dos. Sus huesos resonaron más fuertes por el terror que ahora lo revestía, entendió su error; pero abandonando su asiento detrás emprendió una corta caminada por la habitación. Deseo irresistible de escapar del demonio, cuya mirada no dejaba de seguirlo.

—Deberías sentarse—. Ordenó, centrándose entonces en un pequeño y profundo agujero que se encontraba en la pared contraria—, es riesgoso si lo ven en ese estado.

El joven se detuvo en una de las esquinas. Examinó su alrededor, intentando comprender por qué su tono de voz parecía plano cuando sus ojos eran dos puñales en la espalda. Un paso y otro y otro más se acercaban a la habitación... En seguida después de notarlo y sin dudarlo, corrió de prisa a su asiento y, mirando al lado contrario de la puerta, respiró profundamente. Tomó la pieza del caballo agitándolo en una actitud infantil... Nada había sucedido. Abrieron la puerta como se esperaba, posteriormente aparecieron dos musculosos afrodescendientes explorando la situación. El hombre, amablemente, los saludó entre una sonrisa levemente marcada. El saludo fue respondido de la misma manera, aunque solicitaron, en el silencio, una explicación por aquel golpe.

—El tablero se nos cayó—respondió el hombre con voz serena—. Iba a mover mi pierna que se acalambró y, sin querer, lo tropecé—. El joven vociferó una sutil carcajada a la vez que confirmaba esas palabras con su rostro, expresión provocada por el cambio de personalidad del magnate—. Pueden irse. Estoy bien...

Confundidos, pese a estar más tranquilos en evitar un confrontamiento; salieron de la habitación cerrando la puerta detrás de ellos.

—Repito, no me malinterprete—manifestó, esta vez con voz asesina sin dejar de sonar monótona—; pero, ¿crees qué si se enteran de sus planes los dejaran en libertad?

El joven empezó a quebrarse los nudillos de las manos... una con la otra…, la habitación resonaba.

—Posiblemente… —tartamudeó el joven, sumiso—. Él tiene un plan y sé que, si lo seguimos, saldremos. Su familia lo adora. Sabemos que tarde o temprano, ellos vendrán a verlo y él estará animado. Ellos solo tienen miedo de las amenazas de ese tipo; pero el amor familiar nunca se desvanece... ¿Verdad? No importan las diferencias.

—Si lo cree firmemente, no habrá duda— replicó a la vez que entrelazaba sus manos—. Un hombre con creencias fuertes se vuelve inmutable.

—¿Quién eres realmente? ¿Por qué hace todo esto? —preguntó.

—Solo un excéntrico… Amante de la verdad y de la mente…—respondió con una disimulada y narcisista mueca— y sé que son honesto. Ustedes merecen toda la ayuda posible. ¡Lástima que nadie más se las quiera ofrecer!

El joven, impresionado, soltó una carcajada. Se relajó. Comprendió que era de los suyos.

—¿Esas palabras las puede decir alguien como tú? — replicó.

El ambiente se tensó. La hostilidad expresada verbalmente se estaba haciendo presente. Se controló. Ese magnífico hombre, intelectual e inmensurable se sintió ignorado y apoderándose de un pesado silencio, iba delante del muchacho. Igualdad. ¡Qué despreciable!

—Soy digno hacer lo que quiera.

La actitud del hombre provocó otra vez terror en el joven, escapó de inmediato de su mirada atroz. Se había equivocado. Un minuto en silencio para que, posteriormente, aquel hombre ejerciera un último movimiento en el tablero antes de levantarse con saco en mano. Hurgó en él, extrayendo un sobre amarillo para entregárselo. Extrañado, este lo examinó con detenimiento antes de recibirlo. Sin emular palabras, destapó el sobre. A hacerlo, detalló unas fotografías en su interior. El joven ojeó a su contrincante, expectante, y, velozmente, retornó al sobre y las sacó. Por otro lado, el solemne estudió el tablero. Había trasladado el alfil hasta comerse al caballo del muchacho ocupando su lugar en G6; dejando al rey rodeado por torre, alfil y la reina blanca en una de las esquinas. Dos peones negros se encontraban a una casilla de la zona contraria.

—¡Es irónico! —expresó inmutable y con pesar—. Si una persona ordinaria puede ser desleal y la ley los protege, ¿qué cree que pasará con ustedes? ¡Los extraordinarios no poseen un lugar en este mundo!

El joven observó una por una las fotografías... El cachorro asustado estaba desapareciendo y esa llamarada de nuevo resurgía con mayor fuerza. Sus dientes empezaron a crujir como los de un lobo mientras las apretaba. Sin control alguno, envió señales agresivas, acto captado por su compañero que las fulminó de inmediato.

—¿Es ilógico? ¿Cuán difícil es abrirse camino en un mundo de hipócritas? ¡No los entiendo?

—¿Por qué…? ¿Por qué…? ¿Por qué lo hizo…?

Ya sin ganas de enojarse, las lágrimas comenzaron a emerger dejándolo sin palabras. No se detenían, por más que las limpiara. Él era un niño viendo el lado oscuro de la confianza. Podrida confianza. Aun así, eso no hizo que su contrincante mostrara compasión.

—Deseos frenéticos justifican su imperfección, aunque creen que no lo son. ¡Qué desagradable! —anunció el hombre a la vez que se colocaba el saco—, pero no puede dejarse guiar por ningún deseo. No es… como ellos… Ninguno es como ellos... Así que no haga ni diga nada de lo que está pensando.

—¿Cómo si supiera lo que pienso?

—¡Lo sé! Yo estoy abriendo una puerta delante de ti que ninguno desea abrir y la cierro, si deseo. Ahora, puede cambiar su vida—el hombre estiró las diminutas arrugas que se habían formado en su saco—. Él no lo entenderá, pero sálvalo como siempre lo hace.

—Él no… —intentó replicar, pero fue interrumpido.

—Él confiará en ti, únicamente no rompa las reglas. Todo debe hacerse tal cual está establecido.

—Usted, ¿cómo puede saber eso? —preguntó, gimiendo incontrolable.

— Yo sé muchas cosas, Richard…, ya se lo he dicho en innumerables ocasiones—habló a la vez que se acercaba a la salida—. Deberías prestar más atención cuando le hablan.

El muchacho observó su espalda alejarse hacia la metalizada puerta. En un desvió, el joven examinó el tablero y se percató que había perdido. Del asombro, terminó de secarse el rostro para confirmar el hecho cuando, de repente, escuchó al solemne culminar:

— ¡Jaque mate!

No obstante, era tarde para decir algo más, ya había cerrado la puerta detrás de él.

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