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A través del espejo

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Summary

Después de un viaje donde su padre adquiere un espejo antiguo en un circo, su comportamiento cambia drásticamente. Maximiliano descubre que una entidad demoníaca ha poseído a su padre y ahora lo persigue. Mientras lucha por su vida, sus padres lo tachan de mentiroso y lo abandonan emocionalmente, dejándolo solo para enfrentar al ser que lo aguarda al otro lado del reflejo y que ya ha consumido a otras víctimas. Copyright © Todos los Derechos Reservados.

Genre
Horror
Author
V.A. Hdez
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Maximiliano duerme en el medio de su cama, arropado por su acolchado edredón azul de Spiderman. Esconde las cuatro puntas debajo de su pequeño cuerpo, por si alguien —o algo— pudiera tirar de él. El cuerpo le pesa, la cabeza le da vueltas. Quiere dormir, hundirse en la nada, pero el miedo lo mantiene atado a la cama, despierto. Aprieta los ojos. Tal vez si no se mueve, todo se borre.

¡Pum!

Brinca, asustado por el golpe vasto y seco a su costado. Observa frenético a su alrededor. No puede ver nada con claridad; su habitación está oscura, excepto por algún reflejo que se cuela debajo de su puerta. Detalla las paredes que, en su mente, sabe que yacen ahí. Unas pocas sombras sin formas las vislumbra, nada que lo impresione; aunque su corazón no deja de palpitar de manera abrupta porque lo que ha venido sintiendo y viendo durante los pasados catorce días viene por él.

Toca, desesperado, la parte baja de su cuello tras el roce de un aire helado que le eriza la piel. Se adentra en lo profundo del edredón, sin ocultar el rostro. Yace atento.

“Es él”. Piensa. “Es él… Es él…”

Su respiración se acelera. Se agita. Tiembla. Espera. No ha acabado. Espera el siguiente golpe, ya predecible, que resuena casi ambiguo, casi imperceptible. Sabe que se acerca y nadie puede evitarlo.

“¿Cómo es su apariencia?”, se lo ha preguntado innumerables veces, pero no quiere saberlo.

No quiere verlo ni siquiera imaginárselo, aunque ya conoce aquellas manos y esos pies que, del espejo, se han escapado. Con todo y sus temores, se ha creado la apariencia de un monstruo para su corta edad. Uno de esos que se detallan en películas de terror. Una sombra inmensa, negra, espantosa, con la piel carbonizada y cuarteada. Con una amplia mandíbula, más inmensa que la de un tiburón y colmillos alargados hasta por encima de su cabeza. Aquellas manos, escuálidas, alargadas y oscuras que sobresalen de ese lugar hacia sus padres, hacia él. Maximiliano no entiende por qué sucede esto. Solo sabe una cosa: eso no es humano y ya lo tiene a él.

¡Pum!

Segundo golpe. Fuerte. Tajante.

Salta otra vez. Mira fijo el armario, justo al frente de su cama.

“¿Por qué sonó así?”

Sus ojos, bien abiertos, no parpadean. Espera. Algo se va a mover ahí. Lo sabe. Esta vez, el golpe se había transformado, retumbando en sus oídos. Apoya la espalda contra la pared. Le tiembla la mandíbula.

“Mamá… papá…”

Grita en su cabeza, pero apenas sale un susurro de sus labios, algo que ni él escucha bien.

“Voy a morir… voy a morir… voy a morir…”

Las palabras rebotan adentro, entre miedo y desesperación. Su estómago se cierra. No puede respirar. Los ojos se ponen en blanco. La piel se le tiñe de violeta. Se está asfixiando. Aprieta el edredón con fuerza hasta que los dedos ya no responden. El pecho le salta con cada latido. Siente que el corazón se le escapa. Las manos se le aflojan… El cuerpo se hunde en sí… La cabeza se le va de lado contra la pared, está perdiéndose en la oscuridad… ya casi desaparece, cuando algo lo sacude.

Una sombra en el armario se mueve. La ve. Parpadea, retornando al momento. Lo obliga a mirarla. Lo saca del ahogo. Siente el calor bajarle por el cuerpo. Un escalofrío que le desprende la orina. Líquido que se corre entre sus piernas hasta empapar la cama. Sigue sin apartar la mirada. No puede. Ya no tiene fuerza. Un centímetro. La sombra se ha movido un centímetro hacia él. No ve su cara. Ni su cuerpo. Solo líneas que se dibujan por la luz que entra por la ventana. No hay forma, no hay nada que lo explique. Otro centímetro más cerca.

“¡No vengas!” intenta gritar, pero son apenas aire las palabras que se cuelan por sus labios. “No…”

¡Pum!

La sombra desaparece.

“¡No! ¡No! ¡No!” grita.

Maximiliano golpea el aire con sus puños pequeños.

“¡Nooo…!” Se resiste a ser tragado, aunque sus pequeñas manos no se rinden. No quiere entregarse.

“Oye, hijo… eso duele”, se escucha una voz, femenina y confundida. “Max… Max, hijo, ¿qué te pasa?”

No se detiene. Sigue golpeando.

Alguien lo agarra de los hombros. Lo sacude. Quiere que la mire. Pero Maximiliano tiene los ojos en blanco. Golpea el aire. A veces, le da a ella. No escucha. No entiende esa voz.

“¡Max, despierta!”, grita la mujer. “¡Max! ¡Maaaax!”

La voz le rompe algo en la cabeza. Por fin, la ve. Ve a esa mujer. Ve la luz de la habitación. Busca rápido la sombra. La sombra debe estar por ahí. Mira detrás de ella. Nada.

“¿Max? Hijo, ¿estás bien?”

La mujer extiende una mano hacia su cabeza. La ve venir. Antes de que lo toque, la golpea y se aleja, rápido, hasta pegar la espalda contra la pared. No dice nada. No piensa nada. Solo mira. Está pálida. Sus ojos llenos de agua. Parece asustada. Pero él no baja la guardia.

“Hijo… háblame. ¿Qué te pasa?” dice ella, bajando la voz mientras se acerca despacio. “Max, soy mamá. Mamá…”

Maximiliano recorre la habitación otra vez, con más cuidado. Mira todo. Cada cosa. Todo parece igual a como lo dejó antes de dormir. La mandíbula le sigue temblando.

¡Crash! ¡Crash! ¡Crash!

Cada vez que se cierra, suena así. El corazón va más lento. El pecho ya no le salta. Respira más tranquilo mientras pasa por la entrada, la mesa de estudio, los estantes de libros y videojuegos, el armario, las ventanas al fondo. Todo está… normal.

“Hijo, por favor… dime algo…”. Ella vuelve a estirar la mano, pero se detiene. Él la mira. Frío. Sin expresión.

“¿Ma…?” balbucea. Los ojos muy abiertos. “¿Ma… má?”

“Sí, sí, sí…” Clara se lanza hacia él y lo abraza. “Soy yo. Mamá. Tranquilo. Ya pasó. Todo está bien…”

“¿Mamá?” pregunta, sorprendido. Toca su brazo con una mano. Tiembla. Una lágrima cae. “¿Mamá, me recuerdas?”

“Maxi…”, ella lo separa un poco para mirarlo. Le limpia la cara con una mano. “Claro que te recuerdo. Eres mi hijo”.

Maximiliano baja la cabeza. No quiere mirarla. Teme.

“Mami… tú me olvidaste”.

“No, hijo. Nunca podría olvidarte. ¿Tuviste una pesadilla?”

“No. No fue una pesadilla”.

“¡No tuve ninguna pesadilla!”. Le agarra las manos. La mira directo. No parpadea.

“Max, hijo… es normal tenerlas”. Ella habla suave. Tranquila. Lo mira con cariño.

“No, mami. Él estuvo aquí. Él… por poco…”. Traga saliva. Respira hondo. “Yo casi muero…2.

“¿Él? ¿Quién?”

“Él que me quiere…”, Maximiliano mira la habitación una vez más. Bajo. Sin moverse. “Me quiere llevar lejos, mami…”.

Maximiliano hunde la cabeza en el pecho de su madre y la abraza con fuerza.

“Mami… el demonio que tiene a papá… él me quiere llevar”.

Clara lo toma de los hombros y lo separa. Lo mira. Su cara cambia; sus ojos se vuelven fríos y su voz, cortante.

“¿Qué? ¡Max! ¿Otra vez con eso? ¿Hasta cuándo? Te dije que no vieras esas películas con tu papá. Eso no existe. Ya estás grande. ¿Por qué no haces caso?”

“Pero mamá, es verdad… Hoy me va a llevar…”

“Maximiliano Istúriz…”, sube la voz. “Me tienes cansada. ¡Nada de eso existe! ¡Nada! Todo por culpa de tu padre, que te pone a ver esas cosas horribles”.

“Pero, mami… el espejo…”

“¡Maximiliano! ¡Basta! No hay ningún monstruo en el espejo. ¡Por Dios!” Lo mira, frunce el ceño. “¿Otra vez hiciste esto en la cama? ¿La volviste a mojar?”

Él no responde. La mira. Traga saliva.

“Tienes casi diez años. ¿Cuándo vas a aprender? Esta vez sí te vas a ganar un castigo”.

Maximiliano se queda quieto. No sabe qué decir. Clara camina por la habitación mientras habla, enojada. No lo mira. La voz suena dura. Sus palabras son duras, pero él solo mira su rostro. La mira suspirar y confirma lo que ya sabe. Clara va al armario, abre un cajón y saca una manta y un edredón. Los deja al lado de la cama.

“Levántate y arregla esto. Ya es tarde para sacar el colchón, pero mañana te levantas temprano para que lo limpies. Y ni se te ocurra pedirme dormir con nosotros. No va a pasar”.

Maximiliano la mira en silencio. La luz del cuarto parpadea. Se pierde en sí, se queda en blanco.

“Realmente, me agota tu actitud de bebé”.

Sigue en silencio. Aprieta el edredón con fuerza. No llora. Clara lo ve.

“Ni pienses que con esa cara me vas a manipular”.

Se da la vuelta. Camina hacia la puerta. No se detiene. No lo mira. Maximiliano la sigue con los ojos hasta que la puerta se cierra. Ella se ha ido. Max ya sabe lo que viene. Nadie podrá salvarlo. Está solo.

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