Compañeros A Regañadientes by Cyalrok at Inkitt
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Compañeros a regañadientes

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Summary

Moon lleva toda su carrera de agente trabajando sola y le va bien, pero una misión muy complicada obliga a moon a trabajar con el agente Eliot. ¿Podra Moon dejar de lado sus gustos y trabajar en equipo con Eliot?

Genre
Action
Author
Cyalrok
Status
Complete
Chapters
35
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

MOON

Los pasillos de la planta superior del CIEM (Consejo Internacional de Espionaje y Misiones de Élite) estaban en absoluto silencio, interrumpido únicamente por el eco de unos pasos firmes y pesados.

Moon avanzaba sin mirar a nadie. Llevaba el traje táctico negro desgarrado a la altura del hombro derecho, donde una profunda herida de cuchillo no paraba de sangrar, empapando la tela y goteando directamente sobre el suelo pulido. Tenía la cara salpicada de sangre que no era suya y la mirada verde, fría y afilada como el hielo, fija en las grandes puertas de roble del final del pasillo. Varios agentes se apartaron a su paso, conteniendo el aliento. Nadie se atrevía a cruzarse en el camino de la mejor asesina de la agencia.

Empujó las puertas dobles de la oficina presidencial sin molestarse en llamar.

August, el director del CIEM, levantó la vista de sus pantallas holográficas. Al ver el estado en el que entraba su sobrina, se le contrajo el rostro en una mezcla de orgullo y profunda preocupación. Se puso en pie de inmediato, rodeando el imponente escritorio de cristal.

  • Moon, cariño... - dijo August, suavizando el tono rígido que usaba con el resto del mundo y mirando el corte de su brazo, que ya teñía de rojo sus dedos - . ¿No sería mejor que fueras primero a la enfermería a curarte y después vienes?
  • No necesito que me remienden unos novatos, August. Estoy bien - respondí. Mi voz sonó rasposa, desprovista de cualquier modulador de emoción, plana como el filo de una navaja.

Crucé la oficina ignorando los lujosos sofás de cuero y me apoyé contra la pared, justo al lado del ventanal que daba a la ciudad. El movimiento me hizo tensar el bíceps y un nuevo hilo de sangre corrió colina abajo por mi brazo derecho, abriéndose paso justo por encima de la densa constelación de puntos negros que cubría mi piel. 458 puntos. 458 bajas confirmadas. El precio de ser un fantasma.

Saqué del cinturón táctico un dispositivo de memoria blindado, manchado con una huella dactilar de sangre seca, y lo arrojé sobre su mesa de cristal. El metal tintineó con eco en el despacho.

  • Ahí tienes los servidores de la red de tráfico en Estonia. El cabecilla ya no volverá a ser un problema - añadí, desviando la mirada hacia los rascacielos.

August suspiró, un sonido pesado que delataba sus años y la carga de llevar una doble vida como director del CIEM y como el hombre que me había criado desde los cinco años. Caminó hacia un mueble empotrado, sacó un botiquín de primeros auxilios avanzado y se acercó a mí. Sabía que si intentaba mandarme a la enfermería de nuevo, yo simplemente me marcharía a mi habitación.

  • Eres igual que tus padres, Moon. Terca hasta la médula - murmuró con una sonrisa triste, rompiendo el sello de un gel cauterizador -. Ellos también creían que eran invencibles. Hasta que dejaron de serlo.

El peso de sus palabras flotó en el aire. No parpadeé, pero notar el frío del gel químico sellando la carne abierta de mi brazo me obligó a apretar la mandíbula. Mis padres. Los espías perfectos que terminaron bajo tres metros de tierra en una misión de rescate fallida cuando yo solo era una niña que apenas sabía sumar, pero que ya sabía desarmar una Beretta en cuatro segundos.

August terminó de vendarme con movimientos limpios y rápidos, dignos del viejo agente que alguna vez fue. Luego, retrocedió un paso, guardando las manos en los bolsillos de su traje hecho a medida. Su expresión volvió a tornarse seria, profesional. La faceta de tío desapareció; volvía a ser el Presidente del CIEM.

  • El encargo está completo, has hecho un trabajo impecable, como siempre - dijo, mirándome fijamente con sus ojos cansados -. Pero no te he hecho venir solo para recoger el informe de Estonia, Moon. Ha surgido algo. Algo de máxima prioridad que requiere tus... habilidades específicas. Y esta vez, las normas del juego cambian.
  • ¿Cambian las normas? - Solté una risa seca, desprovista de cualquier pizca de gracia, y me separé de la pared con un movimiento felino que tensó el vendaje fresco de mi hombro - . Las normas siguen siendo las mismas de siempre, August. Lo sabes de sobra.

Caminé hacia su escritorio, apoyando ambas manos sobre el cristal y acortando la distancia entre los dos. Mis ojos verdes se clavaron en los suyos con una intensidad fría, implacable.

  • Trabajo sola. Soy la única en toda esta maldita agencia que lo hace, y nunca, ni una sola vez, te he fallado. Así que la ecuación es muy simple: o voy sola, o no hay misión. Búscate a otro para que te barra el patio.

Me di la vuelta, dispuesta a salir de allí. No toleraba los rodeos, y menos cuando intentaban ponerme una correa. Pero las palabras que salieron de la boca de mi tío me congelaron la sangre a mitad de camino.

  • Moon... hemos vuelto a encontrar a la gente que mató a tus padres.

Me quedé completamente inmóvil, de espaldas a él. El dolor de la herida del brazo desapareció por completo, reemplazado por un zumbido sordo en los oídos y una furia ciega que empezó a escalar por mi columna. Mis manos se cerraron en puños, tan fuerte que los nudillos se me quedaron blancos.

  • Son muy peligrosos - continuó la voz de August, cargada de una gravedad que nunca antes le había escuchado -. Están a un solo paso de encontrar el maletín con las claves nucleares. Si lo consiguen, sabes perfectamente lo que pasará. El mundo entero arderá.

Giré la cabeza lentamente, mirándolo de reojo. 458 puntos tenía en mi brazo pero ninguno de ellos llevaba el nombre de los asesinos de mi padres.

  • Tus padres les pararon los pies una vez - añadió August, dando un paso hacia mí, con la mirada rota por el recuerdo de su hermano - , pero lo hicieron a costa de su propia vida. Esta organización es un monstruo mucho más grande de lo que recuerdas, Moon. No puedes trabajar sola contra ellos. Y lo sabes.

La mención de mis padres hizo que un resorte se activara en mi cabeza, transportándome dieciséis años atrás. El despacho de August desapareció y me vi a mí misma con apenas cinco años, sentada en la alfombra del salón de nuestra antigua casa.

Aquel día yo no estaba jugando con muñecas. Estaba en el suelo, con las piernas cruzadas, concentrada en cronometrar cuánto tardaba en limpiar y volver a montar las piezas de un silenciador táctico que mi padre me había dejado a modo de puzle. A mi edad, ya corría más rápido que cualquier niño de primaria y sabía memorizar mapas con un solo vistazo. El entrenamiento de las fuerzas especiales había empezado cuando apenas era un bebé de un año que daba sus primeros pasos.

Entonces, la puerta principal se abrió.

No fue el código de entrada habitual de mis padres. Fue un golpe seco. Levanté la vista, esperando verlos entrar por la puerta con sus abrigos oscuros y ese olor a pólvora y lluvia que siempre traían de sus “viajes de negocios”. Pero no eran ellos.

Era mi tío August. Su traje impecable estaba arrugado, tenía los ojos inyectados en sangre y el rostro completamente pálido. Detrás de él entraron cuatro hombres más, agentes del CIEM con uniformes negros y rostros de piedra, armados hasta los dientes. El silencio que inundó la casa fue tan pesado que el silenciador de metal se me resbaló de las manos, golpeando el suelo.

August se arrodilló frente a mí en la alfombra. Me tomó de las manos; recuerdo la calidez de sus dedos temblando contra los míos, que ya eran fríos.

  • Moon, mi niña... - su voz se quebró, algo que jamás había escuchado en él -. Tus padres... la misión de rescate... salieron a por ellos, pero la ratonera se cerró. No van a volver, cariño. Se han ido.

A los cinco años, yo ya era demasiado inteligente para mi propio bien. Sabía perfectamente qué significaba “no volver” en el idioma de los espías. Significaba que la misión había fallado. Significaba bajas. Significaba muerte. No lloré. No grité. Me quedé mirando fijamente un punto en la pared mientras los hombres de negro registraban la casa en silencio, recogiendo los archivos confidenciales de mis padres para borrarlos del mapa. En ese mismo instante, la niña que jugaba en la alfombra murió, y la asesina implacable que llevaba dentro empezó a ocupar su lugar.

El recuerdo se disipó de golpe, devolviéndome a la cruda realidad del despacho presidencial del CIEM. Parpadeé, regresando al presente, y clavé mis ojos verdes en August.

  • Sé perfectamente lo que pasó esa noche, August. Lo recuerdo cada maldito día - dije, y mi voz volvió a ser un susurro gélido, letal - . Y precisamente porque sé lo que les costó la vida, nadie va a meter las narices en esto. Esa organización me debe dos vidas, y voy a cobrármelas yo sola. Repito: dime dónde están, o cruzo esa puerta y los encuentro por mi cuenta.
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