Gramos De Un Domingo Cualquiera Mauro Cabanossi by MauroCabanossi at Inkitt
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Gramos de un Domingo Cualquiera-Mauro Cabanossi

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Summary

Seguir al animal biológico impulsado por el alcohol siempre tiene un precio exacto. Esta es la crónica de una noche de "mala suerte" que empieza en el ruido de una discoteca y termina con el golpe seco de unos tacones cayendo al piso. Una historia de reencuentros , mentiras escuchadas a medias junto a la ventana y una redención absurda: dos tajadas de pizza prefabricada compartidas con el dealer pasadas las tres de la tarde.

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Gramos de un Domingo Cualquiera

No veía a Pepito Ñáñez hacía un año, y no hablábamos en serio desde hacía cuatro. Volver a escribirnos por WhatsApp fue fácil; compartíamos demasiados excesos adolescentes como para ponernos solemnes. Fuimos directo a la discoteca. A diferencia de esos años, ahora teníamos plata para algo más que un ron de cuarenta soles pagado entre cinco.

El plan estaba claro: saldríamos a recordar viejos tiempos compartiendo risas entre amigos, o al menos eso creía yo. Solo había olvidado que siempre pasa algo con mis amigos. Sentarme a escribir esto desde la “observación” es, primero, ver cómo los años y la vida van haciendo lo suyo poco a poco, tanto para bien como para mal.

La moza trajo la carta. —¿Qué tomamos? —preguntó Pepito Ñáñez.

—¿Ron? ¿Vodka? ¿Whisky? —dije yo.

—Yo creo que tomamos ron —dijo Óscar La Casa, con la voz apagada.

—¡Pepe, la promoción de Jagger por 150, pregunta!

Pepe fue corriendo a la barra. Yo, un poco más mosca, fui detrás de la moza y le pregunté por la promoción.

—Disculpa, amiga, ¿tienes la promoción del Jagger por 150?

—Hola. No, disculpa, ya se acabó —dijo, encogiéndose de hombros.

—No, no me digas eso —le dije, un poco bajoneado—.

¿No puedes pedir uno en barra? El último, por favor —sugerí.

—Voy a intentarlo, espera —dijo ella y se dirigió a la barra.

Esperé a un costado. La vi dirigirse a la barra con una sonrisa y preguntarle al encargado; intercambiaron palabras, pero vi el gesto de “ok” con la mano y ya sabía la respuesta.

—Me dijo el de la barra que sí, me puede sacar la última —me dijo ella.

—Oye, gracias de verdad. Ya te busco para comprar otra en un rato.

—Está bien —respondió ella—, pero viene solo el Jagger. El jugo está aparte.

—¿Cuánto está el jugo? —pregunté.

—Quince —respondió ella.

—¡Tráeme dos! —dijo Pepito Ñáñez.

El trago vino, pagamos y empezamos a tomar los cuatro. Estaba con Pepito Ñáñez, su hermano mayor y Óscar La Casa. La noche empezaba y todo parecía ir tranqui. Empezamos a rotar los vasos: salud por aquí, salud por allá. Contar nuestras historias, nuestras vidas, qué hacíamos, qué hacemos y cómo estamos en general; recordar cosas y reírnos de ellas, bailar y hacer chistes entre nosotros.

—¿Cómo estás, Óscar? —le pregunté.

—Bien, hermano. ¿Y tú? —dijo él.

—Bien también, hermano. Trabajando, estudiando, intentando ser mejor persona —respondí.

—Qué bien. Yo también estoy en las mismas.

—¿Estás soltero? —le pregunté.

—No —me dijo.

Sacó su celular y me enseñó a su pareja. Me contó algo y le pregunté:

—¿Le serías infiel a tu novia o no?

Me dijo: —¿Qué crees que soy, Pepito Núñez acaso?

Por la forma en que miraba el vaso, supe que un par de tragos más romperían su fidelidad.

La noche avanzaba y esa botella de Jagger ya se había secado. El hermano mayor de los Ñáñez trajo a dos amigas, cuando de pronto llegó nuestro buen amigo Bastian Rivas. Un tipo de ojos verdes, cabello castaño, tez blanca y profesor de literatura. Un tipo con una personalidad única y una chispa increíble; las risas nunca faltan con mi buen amigo Bastian. Al igual que a Pepito, no lo veía desde hace más de cuatro años. Y fue brutal descubrir que las risas, a pesar de que el tiempo es un malo y cruel amigo, seguían ahí. Al igual que Pepito Ñáñez, Bastian fue un amigo importante en la adolescencia, cuando recién descubrimos quiénes éramos.

De pronto llegó el inconfundible Wachín. No era un amigo tan cercano, pero teníamos varios recuerdos que hacían que tuviéramos cierto vínculo. Al final, somos espejos y compartimos desgracias en común. Wachín siempre extravagante: cabello largo hasta la cintura, vestimenta tipo metalero dark, bigote semirrasurado, cejas negras y expresiones faciales clarísimas.

La noche avanzaba y ahora sí llamamos de nuevo a la moza.

—Tráenos dos rones Cartavio, por favor —pidió Pepito.

—Serían 400 —respondió ella.

Dividimos y pagamos la cuenta entre todos. De repente le digo a Wachín:

—De espaldas pareces mujer. A ver, voltea. Bastian ya sabía lo que se venía y empezó a soltar risas. —Sí, pareces mujer. Voltea —dijo.

Wachín no lo dudó, se prestó para la joda y se subió el polo hasta la cintura. Se dio la vuelta.

—Amiga, amiga... ¿bailas? —le pregunté mientras le tocaba el hombro con el dedo. Wachín volteó y respondió con voz ronca y gruesa: —Sí, bailo.

Yo solo vi a un tipo ebrio con cabello largo y bigote voltear y prestarse para la payasada. Bastian, Wachín y yo nos cagábamos de la risa. Qué bien se siente volver a reír con nuevos chistes, pero con los mismos viejos amigos.

Pero ya los tragos y las miradas en la discoteca estaban haciendo efecto. El hermano mayor de los Ñáñez me dijo para dar una vuelta, buscando dos féminas. Cogimos nuestros vasos y fui en busca de ellas.

Vimos a dos flacas frente al espejo, retocándose el maquillaje. El hermano mayor no dudó y se les acercó, pero no le tomaron importancia. Volvimos a pasar y dijo:

—Espera, ¿qué decías?

Respondí yo: —Mi amigo dice si quieren tomar algo. Estamos en una mesa por el centro, ¿vamos?

La flaca miró a su amiga con cara de cómplice.

—Me llamo Mauro, disculpa si te molesto —añadí.

—Me llamo Lana —respondió ella. Está bien, vamos. Pero me compras un Jagger bomb.

—Ya, pero ¿solo si ese Jagger bomb va a venir con besitos? —pregunté yo.

—Muchos —respondió.

Fuimos a la mesa. Cuando llegamos, de esas dos botellas de ron ya no quedaba ni una sola gota. —Pepito, compra un trago —dije.

Sabía que Lana no venía a la mesa por el Jagger bomb. Yo tenía plata en la billetera, pero prefería aguantar el gasto en grupo; los pañales y la leche no se pagan solos. Pepito la hizo larga. Para no poner cuota, me fui al baño. Cuando regresé, no quedaba ni un cabello de esa mujer. Pepito me comentó que se había ido porque nadie ponía la plata y yo me había demorado. Bueno... tendríamos que volver a la búsqueda.

Salimos a la búsqueda y conocimos a dos mujeres más. Las llevamos al grupo; estas sí se quedaron, pero al final no eran de mi agrado ni del hermano mayor, así que las dejamos con nuestros amigos. Queríamos algo más; el destino nos tenía preparado algo. Por eso no queríamos estar en esa mesa.

Pasaban los minutos y parecía que el plan se había tumbado, hasta que a lo lejos veo a una chica de vestido rojo: delgada, tez canela, muy simpática, con su amiga de cabello negro y falda corta. Me acerco y les digo:

—Amigas, disculpen. Mi amigo y yo queremos invitarles un trago. ¿Están solas?

—Sí —respondió la del vestido.

—Estamos en la mesa de allá, ¿vamos para ahí?

Le susurró algo al oído a su amiga, dijeron que ok, que estaba bien, y fuimos. Empezamos a tomar y a bailar, cuando le pregunto:

—Y a todo esto, ¿cuál es tu nombre?

—Catarina —respondió ella.

—Mauro, un gusto —le digo a la del vestido rojo.

—El gusto es mío —me respondió de forma coqueta.

Me empezó a contar su vida, que era profesora de inicial y que vivía actualmente sola. Le comenté que yo también y seguimos intercambiando palabras, hasta que suelta:

—¿No tienes un after party después de aquí?

Y yo le respondo: —Vivo solo. Compramos un trago y hacemos el after ahí —propuse de forma indecente

. Le comentó a su amiga y volvieron a decir: —Está bien, vamos.

Cogí mi casaca y me despedí de mis amigos. Andábamos en la puerta de la discoteca: las dos chicas, el hermano mayor y yo, buscando un taxi y una tienda 24/7 para comprar un trago. Paré un taxi, le expliqué mi dirección en Cayma y me cobró 15 soles, más por la hora que por la distancia. Tomamos el taxi. Le consulté al taxista si conocía una licorería abierta a esas horas y me comentó que no, entonces busqué un delivery en Google y pedí uno.

Llegamos a mi casa. El ambiente estaba encendido; el hermano mayor estaba en lo suyo y yo en lo mío, pero queríamos seguir tomando. Media hora y el delivery no llegaba. Nos devoramos a besos en la sala, pero preferí bajar las revoluciones.

Para esto, ella me dice:

—¿Puedo echarme en tu cama? Estuve esta semana full con actividades de los niños y las clases, y estos tacos ya me están matando.

—Claro, échate.

—¿Quieres una frazada?

—Sí, por favor, hace mucho frío —respondió ella.

Catarina se acercó al filo de la cama, se sacó los tacones y los tiró al piso; la verdad que le importaba muy poco dónde terminaban. Se metió bajo las sábanas y se quedó dormida al instante. Cinco minutos después, cuando el teléfono vibró con el aviso del delivery, ella ya era un bulto inmóvil bajo las cobijas.

El hermano mayor estaba en lo suyo con la otra flaca, pero no eran tan indecentes como para hacer cosas ahí adelante y conmigo al lado; sobraba la verdad. Para suerte de él, mi cuarto tiene dos camas, así que le pregunté a su flaca:

—¿ Quieren frazadas para el frío? —Sí —dijo la chica.

El hermano mayor asintió con la cabeza.

Saqué sábanas limpias y tendí ese viejo colchón lleno de pelos de mis gatos que tenía ahí dentro de mi cuarto, el cual, por cierto, estaba hecho todo un desastre. No tenía planeado eso, pero el alcohol y el destino hacen cosas así.

Era claro que esos dos no iban a dormir, pero yo sí. Me tumbé al costado de Catarina y me quedé dormido.

Me desperté con su voz. Hablaba por teléfono, parada cerca de la ventana, inventando una excusa barata sobre el despacho de un pedido. Del otro lado de la línea, la voz filtrada de un hombre le preguntaba dónde estaba y le decía que la amaba. Ella disimulaba como podía.

Ahí intervine yo:

—Si te van a recoger, que sea en la avenida.

Se puso los tacos, se despidió de su amiga y la acompañé a la puerta. Le indiqué cómo llegar a la avenida, cerré la puerta y se marchó.

El hermano mayor se puso su ropa, igual que su amiga —que, la verdad, ni su nombre sé—, y se fueron.

Me quedé en mi cama, con un pesar enorme por haber gastado dinero solo por seguir a mi animal biológico, promovido por el alcohol. Andando limpio, yo no moría por sentir ese placer efímero; no era una urgencia. Solo quedaba la billetera vacía y los gastos reales que ese dinero hubiera cubierto.

Me lavé la cara. No tenía sueño. Tenía ganas de tomar esa botella que aún quedaba a la mitad, sentarme a escribir y soltar todo el pensar de esta noche de “mala suerte”, como las de hace años. Me serví vasos y vasos mientras escribía y procesaba pura catarsis mental, hasta que me quedé dormido. Al día siguiente tenía que ir a casa de mi mamá a hacer una pizza.

Me desperté y eran las 3 de la tarde. Revisé el celular y tenía un arsenal de mensajes y llamadas de mi mamá y mi hermana:

—Mauro, mi mamá compró todo para la pizza. 8:00 a.m.

—Mauro, ¿a qué hora vas a venir, hermano? 10:00 a.m.

—Mauro, ¿vas a venir? 11:00 a.m.

—Mauro, mi mamá se va a ir sin comer porque dijiste que venías a hacer la pizza. 1:00 p.m.

—Siempre lo mismo. 2:00 p.m. (Mi hermana).

Cuando leí todo eso, me alisté de inmediato. Bajé caminando, procesando la noche anterior y sintiéndome extrañamente fresco. Llegué y vi a mi madre; me miró, y la verdad es que sentí que no la merecía. Preparé la pizza, comimos, me fui y, como siempre, regresé a la cárcel. Llamé al dealer, me dio lo mío y yo le invité dos tajadas de pizza: jamón de primera calidad con 250 gr de queso mozzarella fundido y cinco trozos de piña, contrastando con el agrio de la salsa en la base de la masa de un empaque prefabricado.

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