Capítulo 1
La Esperanza de Su Tristeza
José María Moreno
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Este es un trabajo de ficción. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
“La fe ve lo que es. La caridad ama lo que es. La esperanza ve lo que será.”
Charles Peguy
El Despertar.
La escasa claridad de aquella mañana triste y gris intentaba abrirse paso entre la oscuridad persistente que se había adueñado de la habitación y alimentaba su desconsuelo.
A través de la única ventana, de vidrios polvorientos y desprovista de las cortinas que alguna vez le ofrecieron protección y elegancia —y que ahora yacían en el suelo, deshechas y descoloridas—, la luz apenas alcanzaba a revelar unos muebles sucios y desgastados por el uso y el abandono, reflejo fiel de su propia situación.
En su lecho, donde tantas veces había intentado dormir sin lograrlo, acosado por la soledad, el recuerdo de su esposa fallecida era lo único bueno que aquel nuevo día le ofrecía. Sin hijos ni nietos que pudieran brindarle compañía y alegría, su vida se había sumergido en una rutina insípida que temía alterar, por miedo a que lo inesperado lo condujera hacia algo peor.
Se levantó y se dispuso a continuar con su mustio transcurrir. Calzó sus viejas y raídas pantuflas y se dirigió al baño. Sentado en el bacín, mientras vaciaba su cuerpo, pensó que aún podía hacerlo a pesar de lo mal que se alimentaba. Arrojó un balde de agua para limpiar sus desechos. Notó que el tanque donde almacenaba el agua —la misma que recogía cada dos días, cuando el acueducto la bombeaba— estaba casi vacío, y abrió el grifo para que se llenara cuando volviera a correr. Llenó la taza que usaba en el lavamanos, se aseó y luego se dirigió a la cocina.
Allí colocó un filtro de papel nuevo en la cafetera, vertió sobre él una cucharada de café instantáneo y llenó el depósito con el agua que aún quedaba en una olla, hasta la marca de una taza. La vieja cafetera, los filtros de papel y el café eran los únicos lujos que todavía se permitía. Mientras la cafetera gorgoteaba, recordó cómo la prosperidad de la ciudad había contribuido a la suya.
La ciudad.
La ciudad había sido considerada un destino turístico atractivo gracias a la belleza de su playa, el estilo veraniego de su arquitectura y su casino. Evocó su avenida principal, antes inundada por el bullicio de los turistas: tiendas de ropa y accesorios, restaurantes, cafeterías, bares, oficinas comerciales y la sede del Banco Oceánico del Norte, donde trabajó como director hasta que sus dueños lo retiraron.
Su infortunio coincidió con el paulatino declive de la ciudad. La prosperidad alimentó la ambición de dirigentes corruptos que la saquearon y la convirtieron en la ruinosa y mugrosa localidad que ahora era. El malecón y las instalaciones que antes ofrecían comodidad a los visitantes se habían transformado en basureros, sanitarios malolientes y refugio de indigentes harapientos. Las construcciones comerciales y las viviendas veraniegas, antaño motivo de orgullo, exhibían ahora una decadencia sucia y silenciosa. Del casino solo quedaban sus viejas estructuras, con la entrada clausurada por tablones cubiertos de obscenidades.
Por su parte, su pensión alcanzaba cada vez para menos, erosionada por la inflación del país. Poco a poco fue reduciendo sus gastos hasta el límite de la supervivencia. Todo lo que había poseído desapareció, hasta que su único patrimonio fue aquella casa desvencijada y las pocas cosas que aún contenía.
El huracán.
Los últimos gorgoteos de la cafetera y el inconfundible aroma del café recién hecho lo arrancaron de sus pensamientos y lo devolvieron a su acongojado presente. Se sirvió una taza y, de la alacena sin puertas, sacó dos tajadas de pan y el pedazo de queso que aún quedaba para desayunar. Resignado, soportó los sabores rancios, ácidos y amargos de lo que apenas podía llamar desayuno.
Al terminar, caminó hasta la sala, encendió la obsoleta radio que todavía funcionaba y ocupó el desvencijado sillón junto a la ventana que daba a la avenida.
La música clásica que solía escuchar aliviaba momentáneamente la desesperanza que lo acompañaba. Cerró los ojos y se permitió disfrutar de aquel instante de paz, una paz esquiva que durante tanto tiempo se había escondido detrás de su pena.
Esa frágil paz fue interrumpida por un anuncio que alertaba a la ciudad sobre la inminente llegada del huracán Celia, que en pocas horas tocaría tierra en esa región. El mensaje instaba a asegurar viviendas y edificios, y a evacuar hacia los refugios habilitados.
Aquel mensaje no era para él. Ya no tenía nada que lamentara perder.
Una lluvia fina pero constante comenzó a caer, iniciando el trabajo que la naturaleza había dispuesto. El monótono y creciente golpeteo de las gotas contra el vidrio acompañó su intento de encontrar algo —o a alguien— que lo impulsara a desechar la idea que, poco a poco, se afianzaba en su mente.
Las ráfagas de viento, cada vez más intensas, continuaron la tarea. Observó el desfile caótico de ramas, árboles, puertas, ventanas, vidrios y techos: todo aquello que la lluvia había empapado y preparado para que ese monstruoso hijo de la naturaleza lo terminara de destruir, como un niño caprichoso con juguetes que ya no le interesan.
Un estruendo proveniente de arriba y el agua que comenzó a descender por las escaleras le indicaron que el techo del segundo piso era ya otra víctima de Celia.
Aquel estruendo terminó por convencerlo.
El sosiego comenzó, lentamente, a desalojar su desconsuelo. Se descalzó, colocó sus pantuflas una junto a la otra, como siempre hacía, y se dirigió con calma hacia el patio trasero. Empapado por la lluvia y luchando contra las violentas ráfagas de viento, abrió la oxidada reja que lo separaba de la playa. El chirrido ahogado de los goznes contrastó con el silencioso, pero triunfante, grito de liberación que resonó en su mente.
Al llegar a la arena, sus pies descalzos sintieron el contacto húmedo de los granos que se adherían a ellos. Caminó hacia el mar, disfrutando cada paso. El frío abrazo del agua, agitada y turbulenta, confirmó su decisión.
Se sumergió.
Y, sin desespero, aguardó pacientemente su encuentro con la paz que había perseguido durante tanto tiempo.
Epílogo.
Varios días después, muy pocos sobrevivientes reconocieron su nombre cuando apareció en la lista de desaparecidos a causa de Celia, el fenómeno que casi destruyó la ciudad… pero que también marcó el inicio de su resurgir.








