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Millita y el ladrón de la medallita y otros cuentos felinos

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Un compendio de relatos donde los gatos son los protagonistas

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17
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n/a
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16+

Millita, la gatita trabajadora

Prólogo del autor

Tanto en el mundo del internet como en el real, tuve la oportunidad de ver algunas recopilaciones de cuentos que promocionaban la imagen de los animalitos que tanto me gustan: los gatos.

Fue una decepción que, en todas ellas, las historias con gatos la constituían solo un par de relatos y de paso los adorables felinos solo aparecían como cameos glorificados.

Decidí, por lo tanto, recopilar varios cuentos de mi autoría y les puedo asegurar a ustedes, amables lectores amantes de estos peluditos, que cada una de estas historias, sí tienen gatos, gatos como protagonistas.

Millita, la gatita trabajadora, tuvo que estar en primer lugar, fue un relato que escribí hace tiempo para un concurso relacionado al Día del Trabajador.

El robo de la Medalla Presidencial de Bolivia acaecida en el gobierno de Evo Morales, fue un hecho trágico el cual quise plasmarlo en un cuento infantil, todo con el objeto de que tan lamentable acontecimiento no quede en el olvido, seamos sinceros, los programas televisivos solo están para mostrarnos la novedad del momento, no para recordarnos la Historia.

Me declaro un fanático de las historias Isekai, provenientes del Japón, por lo tanto, nuestra querida Millita, tenía que tener una historia de aquel género, todo ambientado en la historia de los incas.

Hay otros relatos de romance junto a varios micro relatos. Acompáñenme en estas páginas o, mejor dicho, no dejemos solos a estos adorables gatitos en sus tiernas y desopilantes aventuras.


MILLITA LA GATITA TRABAJADORA Y OTROS CUENTOS FELINOS

Millita, la gatita trabajadora

Era muy temprano, las estrellas y la noche nocturna reinaban en el cielo. Unos ojitos vivarachos querían abrirse; naricita, bigotitos y orejitas se movieron al anticipar el despertar del resto del cuerpo.

Un bostezo y unas rápidas sacudidas de la cabecita peluda la trajeron de vuelta al mundo.

Se desperezó con movimientos elegantes a riesgo de lastimar músculos. No se excedió, supo dónde estaba el límite y cesó a tiempo, se lavó a conciencia con lengua rosadita y pequeñita.

«Hace frío, pero es hora de ponerse a trabajar», pensó la gatita. La carrera fue veloz, de un par de ágiles saltos llegó a la gélida calle, solo las altas y frías luminarias fueron testigos de la caminante nocturna.

Una mujer con el rostro cubierto y un uniforme de la municipalidad, recorrió la acera, barría a conciencia. La gata se acercó a ella.

―Millita, buenos días, hijita, llegaste temprano ―le saludó la mujer, dando un par de caricias a la mimosa―. Vamos a limpiar, la basura parece estar en todas partes.

Ambas, mujer y gata, recorrieron las calles, cuadra tras cuadra. La mujer barrió y la minina con la patita ayudó en todo lo que pudo.

Cuando el gris de la mañana desplazó a las estrellas del cielo, la mujer se acercó a una chola con mandil y pidió un desayuno. Queso y pan remojado con leche, fue la primera comida de la minina.

―Te veo mañana, pórtate bien, Millita. Ten siempre cuidado al cruzar las calles.

La gatita ronroneó feliz y fue a otra parte con paso veloz.

El sol apareció tímido en el horizonte, iluminó los edificios más altos de la ciudad de El Alto, pero las calles paceñas todavía no gozaron de la bendición de los rayos solares.

Un hombre descargó de un camión varios montones de periódicos atados con esmero, la gata se le acercó y empezó a restregarse contra sus pantorrillas.

―Millita, qué bien que viniste, mira cuántos periódicos tengo hoy día ―le dijo el hombre y se secó el sudor de la frente―. Ayúdame, ponte a vigilar que yo compagino los periódicos.

La gatita maulló para dar a entender su conformidad y el hombre se puso manos a la obra.

Vigiló los periódicos y más de una vez tuvo que espantar a los ratones que fueron hacia las pilas de papel impreso con el fin de roerlos.

―Gracias, Millita. Ten, te traje esto ―le dijo el hombre y le dio a la golosa un bocadillo que fue consumido con placer―. ¿Te gustó?, qué bueno que apareciste o se iba a poner mal.

Un par de caricias y de nuevo la felina partió para el otro trabajo. La luz del sol iluminaba las calles y tanto trabajadores con maletines como padres de rostros angustiados llevando de la mano a los hijos, fueron por las calles, todos presurosos y dando una que otra mirada rápida a los relojes que llevaban.

Un lustrabotas ofreció dar brillo a los zapatos de los presurosos transeúntes, pero aquellos en su mayoría iban con el tiempo justo y pasaron de largo.

―¡Viniste, Millita! Ven, bonita ―le dijo el lustrabotas y alzó a la gatita para darle caricias―. Pobrecita, estás fría, tus orejitas están heladas.

La mimosa ronroneó contenta y de nuevo se puso dispuesta a trabajar en la fría mañana que pareció helar los huesos.

Se puso junto a la caja de lustrar zapatos. Los transeúntes de reojo pudieron ver a la peludita criatura que los miró con esos ojitos tan bonitos.

«Puedo gastar un par de minutos», pensaron los peatones y pidieron ser atendidos por el lustrabotas que, afanoso, dio brillo a los zapatos de los clientes.

Atendido cierto número de personas, el lustrabotas fue a tomar un desayuno, cuyo pan remojado con leche, fue compartido con la primorosa gatita.

―Muchas gracias, Millita, vuelve pronto. Tú siempre me traes suerte, bonita ―se despidió el esforzado trabajador―. Ve a tomar un poco de sol, no te comas a las palomas.

Repitió el proceso con otros lustrabotas y hasta fue acariciada por uno que otro cliente satisfecho, en especial por los niños.

Llegada la noche, unos payasitos animaban una fiesta infantil y al ver a la gatita, le recibieron con felicidad.

―Ayúdanos, Millita, con tu ayuda haremos un buen show ―le dijo una joven vestida de payaso―. Los niños te van a adorar.

La gatita les maulló y fue a ayudar en el espectáculo de marionetas.

Daba manotazos a los personajes de tela que se le acercaban mucho y trataban de tocarla. Los niños estaban encantados.

El festejado pudo acariciar a Millita, quien sintió cómo una manita le frotaba toda la superficie del lomito peludo. Se puso a ronronear y puso a vibrar todo el cuerpecito.

Aquel trabajo nocturno le aportó muchos bocadillos y partió hacia la madriguera para no llegar tarde.

―¡Muchas gracias, Millita!, ¡ojalá te volvamos a ver pronto! ―le dijeron los payasitos, agitaron las manos enfundadas en enormes y coloridos guantes ―. ¡Eres la mejor ayudante que un payaso pueda tener, amiguita!

Las estrellas brillaron en lo alto y vieron a Millita que corrió presurosa y prestó atención cada vez que tuvo que cruzar la calle, atenta ante cualquier movilidad que pudiera circular en aquel momento.

La gatita regresó a la madriguera, volvió a asearse a conciencia y entró en un recoveco que encontraba cómodo y calentito.

«Hoy fue un buen día. Espero que mis humanos estén bien y que mañana pueda trabajar con ellos», pensó Millita.

Luego de un buen bostezo en el que se pudo apreciar la marca en forma de corazón que tenía en el paladar, cerró los ojitos.

Las orejitas rotaron al escuchar los lejanos ladridos de un perro que, terco, insistió en hacer ruido. Se puso a dormir, mañana sería un agitado día de trabajo.


Let Noel Mollinedo, escritor boliviano know what you thought about this chapter!
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