Capítulo 1
“Lo que te ha de suceder,
escrito está en el Libro
que hojea, al azar,
el viento de la Eternidad”.
Omar Khayyam
El cielo se tornó gris, las aves silenciaron su canto, los sonidos cesaron como preludio de lo que, se avecinaba. Luego de expectantes segundos, comenzó a caer una ligera llovizna. El aroma a tierra mojada del jardín inundó el aire y los tonos verdosos lucieron brillantes, llenos de vida.
Frente a la ventana abierta del ático, se encontraba un hombre, cuya mirada navegaba a la deriva en sus más profundos y tempestuosos recuerdos. Náufrago que solo escuchaba el llanto de su corazón, entrelazado a las melancólicas notas musicales emitidas por un viejo tocadiscos.
Breves momentos después de dar un hondo suspiro, tomó una pluma, abrió el libro de hojas blancas que tenía en sus manos y comenzó a leer en voz alta conforme iba escribiendo:
—Todo empezó tras el Árbol del Edén…
Resplandecía una luna de nieve, el silencio de la madrugada era roto por los pujidos del parto, seguidos por el llanto del recién nacido. La madre le introdujo doblado un dedo en la boca acallándolo, mientras la matrona retiraba la placenta y el cordón umbilical.
—Un varón más —la mujer musitaba entre dientes con una mueca. Daba a luz a su quinto hijo—. Esto es una maldición, juré odiarlos y ahora me rodean, ¿por qué no llega la niña?
—A este niño le costó trabajo salir. Muy distinto a sus otros partos, señora Margot.
—Sí, Esperanza, tienes razón.
—Deme a la criatura que yo me encargo. Usted, tome su baño de tina y trate de relajarse.
Sudada, le entregó el niño a la matrona, quien lo aseó y lo puso dentro de una cuna cerca de la chimenea de la cocina, lejos de la madre.
—¡Maldita vida la que me tocó! —sentenció Margot, sumergiéndose en el cálido y aromático baño, preparado con antelación con aceites que según aclaraba la etiqueta eran: “Esencias que conservan su belleza y juventud por siempre”.
Amarró su rojiza cabellera con una cinta igual que a un ramillete de flores, recargó su cabeza en la pared de la tina y cerró los ojos.
Varios años atrás Margot solía pasear por la plaza del pueblo acompañada de su madre Águeda, que vestida de negro parecía a un zanate, sin usar nunca las coloridas ropas que acostumbraban llevar las mujeres del lugar.
Águeda, a muy temprana edad, quedó huérfana de madre, enfermiza, vivió sumisa primero al progenitor y luego al marido. Fue dada en matrimonio por común acuerdo entre los caballeros. El padre la entregó apenas cumplidos los quince, por la promesa de hacer grandes negocios con el forastero Fulgencio, cuarenta años mayor que su hija.
Durante la primavera Fulgencio arribó al enigmático pueblo, con oro y mercancía de lejanos parajes. De inmediato llamó la atención de los lugareños atraídos por la novedad de los productos que vendía. Su apariencia y el acento en su hablar eran muy distintos. Portaba el cabello, barba y vestido, bajo los dictados de una moda que aún no llegaba a la región. Le abrieron las puertas de sus casas y del único salón de caballeros existente en el poblado.
A las faldas de un volcán activo, con su siempre fumarola, se fincó el pequeño pueblo de Zaya. Sufrían seguido de ligeros sismos, al grado de pasar inadvertidos. Las torres del templo eran las edificaciones más altas que sobresalían arriba de las copas de los árboles, vigías de las buenas costumbres. Bajo un sol ardiente, el poblado gozaba de dos climas, el selvático y el de montaña. Por lo mismo tenía una exótica vegetación y, aun estando cerca de la costa, se sentía ligeramente fresco durante el invierno. Paraíso terrenal de algunos e infierno de otros. Se cultivaba café en las partes altas y caña de azúcar en las bajas. Dichas plantaciones estaban en manos de las dos únicas familias ricas del lugar que, con el fin de no perder el dominio o dividir hectáreas, se casaron entre ellos por varias generaciones.
El abuelo materno de Margot no vio sus planes realizados dado que murió de un infarto fulminante. En una acalorada discusión acaeció su muerte en cuanto se enteró que, a pesar de haber dado a su única hija, no vería ni un quinto del dinero de Fulgencio.
Tiempo después nacía Margot, exactamente el día en el que la tierra se cimbró ante el rugido del volcán y llegaba un huracán desde la costa. Fue tal la destrucción ocasionada que, los lugareños no olvidarían jamás lo ocurrido.
—Es hija del volcán y del viento. Esa cabellera rojiza y esos ojos verdes nada bueno nos auguran —murmuraban las mujeres.
Para desgracia de la niña, diez meses antes había llegado al pueblo, un joven extranjero pelirrojo. Era mercader de pistolas automáticas. Tal fue el éxito en sus ventas que en breve no le quedó mercancía, pero aun así permaneció más días en el poblado.
El extranjero, si se encontraba por casualidad con Águeda, se quitaba el sombrero y la saludaba entusiasmado. Ella esquivaba su mirada y no le respondía. Solo en una ocasión por descuido, mostró una ligera sonrisa a las insistentes atenciones del caballero, lo que le provocó serios problemas con su marido.
Fulgencio al enterarse del embarazo de su mujer, cercano al asunto del saludo, le propinó varios golpes a Águeda, aunque esta insistía:
—¡Le juro que nada pasó!
—¡No jures, que todas ustedes son iguales!
Desde aquel desliz de Águeda, su esposo vigiló todos sus movimientos y, al pasar de los años, también los de Margot. Ambas no podían moverse sin que él no estuviera al tanto de sus actividades. Cada vez que Fulgencio paseaba por el pueblo en compañía de su hija pelirroja, los hombres cruzaban miradas entre sí con una ligera sonrisa.
Pasó el tiempo y la niña creció en hermosura. Hacía poco acababa de entrar a la pubertad y, un día sin previo aviso, Fulgencio sacó a Margot de la escuela diciendo:
—Ya aprendió a leer y a escribir, como mujer no necesita saber más.
Previo a tan intempestiva decisión, escasos días atrás, Margot acompañaba a su padre en la tienda, cuando vieron entrar al joven profesor del pueblo, quien se quitó el sombrero y con una leve inclinación los saludó:
—Don Fulgencio, buenas tardes tenga usted.
—Buenas, profesor, dígame, ¿algún artículo que sea de su interés?
—Pues verá, sí y no.
Fulgencio frunció el ceño, permaneció en silencio y oscureció la mirada.
—Mire, don Fulgencio, la razón por la que me encuentro aquí es... su hija. Me gustaría pedirle su mano y que me conceda poderla esposar.
Margot volteó hacia su padre y ante la dura mirada de éste, guardó silencio. Fulgencio dejó por unos segundos en suspenso al enamorado. Cerró los puños y sentenció:
—Mire, profesor, el artículo que usted quiere no está disponible. Sépase que solamente consentiré dar la mano de mi hija a quien me demuestre poseer una sólida fortuna. Margot es de altos vuelos. Así que no ande soñando, retírese y no vuelva a molestarme más con este asunto —le aclaró, indicándole con un ademán de la mano que saliera.
—Le prometo que amasaré una gran fortuna y regresaré por su hija, téngalo por seguro.
Fulgencio sin quitarle la vista de encima, buscaba algo con su mano debajo del mostrador.
—Mire, profesor, eso es pura palabrería y óigame, si lo veo cerca de mi hija con alguna oscura intención, ¡aténgase a las consecuencias! —decía depositando bruscamente una bala sobre el mostrador—, ¿oyó bien? Y ahora lárguese de aquí que no tengo tiempo para sus estupideces. —Colorado, se puso de pie y con su índice le señalaba la salida.
—¡De acuerdo, me retiro!, ya verá, regresaré rico, pues soy hombre de palabra. —Se puso su sombrero e hizo una pequeña reverencia a Margot, antes de salir de la tienda, erguido y con paso firme.
Fulgencio se volteó con Margot y, sin más, le propinó dos cachetadas.
—¡Yo no sabía nada! —respondió, acariciándose las mejillas.
—¡No te creo! ¿Piensas que soy tan idiota? Que te quede claro de una vez por todas, te prohíbo que le cuentes a tu madre, ni a nadie más lo sucedido. ¿Entendiste? —Amenazaba un tercer golpe con su mano alzada.
—Sí, nadie lo sabrá —contestó sin expresión alguna.
Margot dejó de asistir a la escuela, pero a pesar de la vigilancia que existía sobre su amada, el profesor logró hacerle llegar un pequeño sobre. Ella escondió la misiva inmediatamente en cuanto la tuvo en sus manos.
En su recámara, durante la noche, se alumbró con su quinqué, sacó la diminuta carta y la abrió. Contenía un pequeño retrato de su profesor en colores sepia y un breve mensaje escrito con garigoleada caligrafía, cada letra desplegaba sus atributos y en conjunto trazaban una danza.
Devoró aquellas pocas palabras que leyó y releyó varias veces. Sin prisa, observó minuciosamente el rostro de su profesor. Lo escondió y apagó el quinqué. Era la primera vez que alguien le escribía y le dedicaba su fotografía. En aquella oscuridad sin que nadie la viera, sonrió.
Transcurrieron las semanas, los meses que al final se convirtieron en años, sin que se volviera a saber más del profesor. Durante ese tiempo en la casa de los Ysora, por cualquier motivo Fulgencio reprendía a Margot. Entre más la castigaba, más rebelde y arisca esta se comportaba, era lo contrario de Águeda. Padre e hija mantenían una constante batalla.
Esta historia continuará...
Nos leemos el domingo por la tarde con más de esta enigmática historia.








