Prólogo
¿En qué momentos mi familia tomó la decisión de mudarse a Japón?
Llevo más de cinco años viviendo aquí y esa pregunta siempre ronda en mi mente, a pesar de conocer la respuesta.
En mi país, la economía no estaba en su mejor momento. A mis padres les ofrecieron una oportunidad laboral mucho más prometedora en Japón, y a mis hermanos y a mí nos otorgaron una beca para estudiar durante los primeros años en una escuela prestigiosa.
Desde entonces, hemos ido adaptándonos a nuestra manera, aprendiendo a vivir aquí poco a poco, con la esperanza y la fe de que Diosito nos acompañe y nos permita seguir adelante en este nuevo capítulo de nuestras vidas.
Ojalá que las cosas mejoren pronto para que podamos volver. Extraño demasiado a mi familia.
«¿Una familia latina viviendo en Japón?» Sí, ya lo sé, mi familia no siempre encaja en las costumbres de aquí, porque es un poco... loca, pero así los amo. No los cambiaría por nada en el mundo.
—¡Hijo, saca la basura! ¡Es la quinta vez que te lo digo, nojoda! —gritó mi madre, molesta, dirigiéndose a mi hermano menor. En una mano sostenía una chancleta, y en la otra, la bolsa de basura.
Es lo más normal en cada día de mi vida. Dulces mañanas llenas de...
—¡Ya voy, ma! ¡Ya casi termina la partida! —responde mi hermano, con un bollo en la boca y el control en las manos, sin despegarse de la consola en la sala—. ¡El pueblerino es más fuerte que yo, mándalo a él!
Y bueno, no hace falta que explique lo que pasó después...
A menudo, las pocas personas cercanas a mí suelen decirme lo talentosa que soy en aquello que amo hacer.
Cada vez que escucho esas palabras, mi corazón se llena de una alegría profunda y sincera. Me costó tiempo darme cuenta de ello, pero con paciencia me detuve a observar mis pinturas antiguas y comprendí lo que realmente podía transmitir a través de ellas: pasión, amor, ilusión.
Sin embargo, hay un problema. Así como las palabras bonitas me elevan y me llenan de felicidad en un instante, los comentarios negativos y llenos de maldad me afectan con la misma rapidez, como un golpe inesperado.
Sentir todo con tanta intensidad puede ser una bendición, pero también, a veces, una verdadera maldición.
Tengo miedo de volver a abrir mi corazón, de dejarme llevar por ese sentimiento llamado amor, de mostrar mis facetas más íntimas a alguien. Porque cuando lo intenté, solo terminé humillándome a mí misma, atrapada en una estúpida ilusión que se convirtió en una vil mentira.Cuando era niña, creía en los cuentos de hadas, en princesas y finales felices. Ahora, solo los leo para alimentar un corazón que se siente vacío, consciente de que la realidad rara vez se parece a esas historias.
Los rayos del sol del mediodía se filtran por la ventana de la escuela, bañando con una luz cálida el salón vacío donde me encuentro. Mientras tanto, limpio los pizarrones de todos los pasillos, mi castigo por llegar tarde a la clase de la mañana con el teacher.
Lo único que me acompaña es la suave melodía que llega a través del auricular en mi oreja izquierda; el otro solo funciona cuando quiere —está a punto de caramelo—. Tarareo en voz baja una canción al azar de mi playlist, «About You».
Siento que el brazo se me está acalambrando.
—Ay madre mía, un calambre.
Mis talones también duelen. Hace una hora terminó mi clase de educación física, pero no tuve mucho tiempo para descansar, porque me llamaron para hacer la limpieza justo después.
Es mi karma por quedarme hasta las dos de la madrugada dibujando.
No sabía que tenía que trotar durante diez minutos seguidos dando vueltas a la cancha. No me considero mala en los deportes, pero la verdad es que nunca me han gustado.
Ya he limpiado como cinco pizarrones, y cada uno mide más de tres metros.
—Dios, parece que esto no va a terminar nunca —inhalo profundo y dejo escapar un suspiro cargado de cansancio.
Estiro un poco mi brazo derecho por encima de la cabeza, paso el borrador a la mano izquierda para turnarme, y continúo con mi increíble labor de castigo.
El chirrido del pizarrón junto con el borrador —si es que aún se le puede llamar así— suena tan cansado como yo. No comprendo por qué no lo reemplazan por uno nuevo.
Lección aprendida de hoy: no quedarme hasta tarde dibujando.
Gracias a Dios, hoy no tuve que quedarme en el club de artes, porque había otras actividades pendientes en la preparatoria. Es extraño tener tiempo libre.
La brisa fresca golpea mi rostro al salir de la escuela. Aunque el sol sigue brillando con fuerza, el ambiente se siente perfecto, como si todo estuviera en equilibrio.
—Hoy parece un buen día para terminar con mi lienzo —murmuro mientras dejo que la brisa juegue con mi cabello y arrastre algunas hojas sueltas del cerezo que está cerca de la entrada.
Esta vez me tocó irme sola a casa. Kenji está en el club de ajedrez, y Mimi está ocupada organizando el partido del próximo mes. Aún no sé la fecha exacta, pero es más o menos el tiempo que ella me dijo.
A medida que avanzo con paso lento, mis dedos rozan la cadenita que cuelga de mi cuello, uno de mis tesoros más preciados. Prometí que nunca la dejaría atrás. Mimi me la regaló en mi décimo cumpleaños, mi primer cumpleaños en Japón, y ese día permanece imborrable en mi memoria.
Sé que este camino es más largo para llegar a casa. Donde estudiaba antes quedaba mucho más cerca, pero ni que me pagaran un millón de dólares volvería a ese infierno.
Como todavía me queda tiempo de sobra, pensé en visitar a Narumi. Extraño a mi viejita, y de paso aprovecho para probar otra vez la barquilla de chocolate de su heladería.
Nunca he probado un helado más rico que los que hace mi viejita. Me alegro tanto por su negocio; gracias a él, la conocí a ella. Con el tiempo, su heladería ha crecido y ahora es muy conocida en Tokio.
El ritmo suave de la canción que suena en mi oído izquierdo sigue envolviéndome, creando una atmósfera relajante mientras camino.
Amo pasar por esta calle, donde siempre se mezcla el aroma a chocolate, dulces recién horneados y panes calientes. Justo cuando estoy a punto de entrar, el aroma dulce y cremoso del helado invade mis fosas nasales, despertando mi apetito.
—¡Ay! No me toques el cabello, Taichi.
Giré la vista hacia la calle de enfrente, y mi corazón se detuvo al verlos salir de un local cercano, riendo como si nada. Dos personas que conozco muy bien, compartiendo momentos que creía olvidados.
No puedo creerlo.
—Solo estaba jugando, ya deja de quejarte —comentó él con esa voz despreocupada que ahora me quemaba por dentro.
No entendía todas sus palabras, pero no hacía falta.
Después de todo este tiempo, siguen juntos. Y aunque intentaba convencerme de que no me afectaba, una punzada de traición y dolor se clavó profundo en mi pecho.
—Acabo de teñirlo y arreglarlo en la peluquería —respondió ella, agitando su cabello rubio platinado—, no quiero que lo toques.
Sentí que el mundo se desmoronaba a mi alrededor, y la traición era un filo frío que me atravesaba sin piedad.
Mi mano se quedó congelada sobre la puerta del negocio de Narumi, y un sudor frío comenzó a recorrer mi espalda. Por un instante, mi mente se quedó en blanco, incapaz de pensar en otra cosa, a medida que el apetito desaparecía por completo.
Mi mirada se clavó en ellos, juntos.
Siguen juntos.
Me volví de inmediato, no puedo dejar que me descubran.
Mi cerebro se negó a procesar lo que acababa de ver.
El temblor en mis manos me traiciona, y aunque intento controlarlo, es más fuerte que yo.
Por suerte, no se dieron cuenta de que estaba ahí.
Siempre he pensado que soy una cobarde, una chica ilusa que creyó haber superado su pasado... pero ahora me doy cuenta de que no fue así.
Durante todo este tiempo intenté no pensar en lo que pasó, pero mi pasado volvió a mí, y no me siento preparada para enfrentarlo.
Hice lo único que sé hacer cuando el miedo me consume: escapar.
Avancé tan rápido como pude, con los auriculares aún en los oídos. Cada paso firme hacía que los músculos de mis piernas dolieran más, pero no me importaba. Solo quería desaparecer de su vista, alejarme de todo lo que me lastimaba.
La clase de deporte tiene que servir de algo. Tengo que huir de este lugar.
Intento contener las lágrimas saladas que empiezan a deslizarse por mis mejillas. Los recuerdos de aquella noche vuelven a invadirme, implacables.
No ahora. No ahora, por favor.
Todo parecía ir bien, hasta que...
—¿Por qué justo ahora decides aparecer, maldito? —mis ojos, empañados por las lágrimas, apenas logran distinguir las calles—. ¿No se suponía que estabas fuera de Tokio?
Me niego a que me vean así. Tengo que ser fuerte, aunque me cueste cada fibra de mi ser.
Cuando miré hacia atrás para asegurarme de que nadie me seguía, choqué ligeramente con el hombro de un muchacho. No me fijé en su rostro; era demasiado alto para verlo bien. Me disculpé en voz baja y seguí adelante, sin perder más tiempo.
Solo quiero llegar a casa, meterme en mi cama, en mi refugio seguro. Dormir y rogar que todo esto sea solo una pesadilla.
Empecé a cruzar la calle, sin mirar a ninguno de los dos lados.
La bocina estruendosa y el chirrido de las llantas quemándose me hicieron detenerme en seco. Por un instante, mi mente se nubló tanto que lo único que pude pensar fue una sola cosa: «Estoy muerta».
Era demasiado tarde para esquivar, demasiado tarde para evitar el choque.
Así terminaría mi vida, de la manera más estúpida e inesperada posible. «Por pendeja».
Voy a morir por pendeja.
Mis piernas flaquearon, incapaces de moverse. Mi corazón latía con tanta fuerza que parecía querer salirse del pecho.
Sentí cómo mis pies se despegaron del asfalto, y de repente, mi cintura fue rodeada por dos manos fuertes y firmes que me levantaron en el último segundo.
Mis ojos entrecerrados apenas lograron distinguir una mandíbula marcada, con una piel tan suave y perfecta que parecía irreal. Su fragancia me resultaba extrañamente familiar, como un susurro del pasado.
Su cabello, blanco como la nieve y sedoso como las nubes, se movía en cámara lenta, mechones rebeldes caían delicadamente por su frente. Llevaba unas gafas oscuras que ocultaban por completo el color de sus iris, ese misterio que lo hacía aún más cautivador.
No sé en qué momento mis pequeñas manos terminaron apoyadas en el pecho de ese majestuoso ángel que, sin saberlo, me estaba llevando al cielo.
Después de eso, lo único que se me ocurrió fue cerrar los párpados con fuerza y esconder mi rostro en su pecho, esperando un impacto que nunca llegó.
Entonces, una voz grave y masculina rompió el silencio, y sentí cómo mis pies tocaban el suelo nuevamente.
—¿Estás bien preciosa? ¿No estás herida? Oye... deberías de ver a ambos lados antes de cruzar. Menos mal que te vi, eh.
Parpadeé, perpleja. ¡¿No estaba muerta entonces?! Me encontraba en la posición más incómoda posible con un hombre, con mi cara apoyada en su pecho. El calor subió por mis mejillas, la vergüenza me invadió: ¡estoy abrazando a un desconocido!
Me aparté un poco, sin querer ser maleducada, pero en este momento no tengo ganas de hablar con nadie, solo quiero irme a casa.
Sequé rápido mis párpados húmedos para borrar cualquier rastro de lágrimas. Mi vista está nublada, así que no me esforcé en observarlo con detall...
Alcé la mirada hacia el chico de rostro angelical.
Je... sús... bendito.
Lo primero que noté fue que no le llegaba ni a los hombros por lo alto que era; parecía una palma de coco, un poste, un bendito edificio, y yo una casita de muñecas a su lado. Tiene un uniforme oscuro, y es de contextura delgada, pero cuando toqué su pecho no parecía que... POR DIOS, qué estoy pensando.
«Madre mía, ¿qué le dan de comer?».
Aun así, no iba a dejar que eso me hiciera perder el juicio, pese a que su presencia irradiara autoridad y superioridad. No negaré que si es atractivo.
A pesar de que no quería verlo ni hablar con él, al menos tengo que agradecerle por salvarme la vida.
—Yo... estoy bien, gracias —respondí parpadeando, el sol me golpeaba de frente, así que no me detuve a observar más su apariencia.
Giré sobre mis talones tan rápido como pude, decidida a llegar a la estación de tren lo antes posible. En serio, no quería hablar ahora, y mucho menos sobre lo que acaba de pasar.
Satoru Gojo, ese era el nombre del chico que la había salvado. El hechicero más poderoso de su generación, pero ella no lo sabía.
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