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Lagunas de pasión

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Summary

Tras una tragedia personal, Marta intenta reconstruir su vida sin imaginar que una sola noche cambiará su destino para siempre. Un encuentro inesperado la arrastra a un mundo de secretos, peligro y emociones imposibles de controlar. Entre amenazas, verdades ocultas y una atracción que desafía toda lógica, deberá descubrir si el amor puede ser refugio… o la mayor de las condenas.

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2
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16+

La noche que lo cambió todo

Era mayo, un viernes cálido, casi veraniego, de esos en los que Madrid huele a asfalto tibio y a las primeras terrazas del año. Un día que transcurrió sin sobresaltos, como tantos otros. Nada —ni el cielo despejado, ni la rutina previsible de sus clases, ni el mensaje trivial de Esther a mediodía— hacía presagiar que aquella noche la vida de Marta daría un giro del que ya no habría marcha atrás.

Marta estudiaba Literatura Contemporánea en la Universidad Politécnica de Madrid. Para ella, los libros nunca fueron solo una carrera: eran el único territorio del mundo donde se sentía completamente a salvo. Desde niña se perdía entre páginas —primero en los cuentos que su madre le leía antes de dormir, después en las historias que su abuela Rocío le narraba cuando la enfermedad se llevó a su madre demasiado pronto—. Aquellas noches de lectura compartida se habían convertido, con los años, en el ritual que sostenía a las dos. Ahora, tras la reciente muerte de su abuela, ese recuerdo era lo único que le quedaba, y todavía no sabía —no sabía de verdad— cómo se aprendía a vivir con ese vacío.

Trabajaba en la cafetería Lagunas para pagarse los gastos que la beca no cubría. No era el futuro que había imaginado para sí misma, pero había algo reconfortante en esas paredes de madera oscura y luces cálidas: Mari Carmen, siempre maternal, con un comentario cariñoso listo para cada cliente; José Ramón, el cocinero bromista que nunca dejaba pasar la oportunidad de sacarle una sonrisa; Alejandro, su amigo de toda la vida, con quien compartía turnos y confidencias desde el instituto. Aquel pequeño grupo era, en muchos sentidos, la única familia que le quedaba en pie.

Esa tarde, al salir de clase, Esther la esperaba en la puerta de la facultad con una sonrisa que contrastaba, como siempre, con el gesto cansado de Marta.

—¡Marta! ¿Cómo estás, guapa? —la saludó, agitando la mano como si llevara horas esperando esa entrada triunfal.

—Bien. Agotada, como siempre —respondió ella, con una sonrisa débil que no llegaba a los ojos.

—Pues hoy no hay excusas. Esta noche vienes conmigo al Gaviota. Música en vivo, buen ambiente, chupitos… ¡Va a estar genial!

Marta puso los ojos en blanco, divertida a su pesar.

—¿Chupitos? Después de la última vomitera dijiste que no volverías a beber.

—¡Ay, venga! Eso ya pasó.

—Pasó la semana pasada —rio Marta.

Esther se cruzó de brazos, fingiendo una indignación que no le duró ni tres segundos.

—Tienes que salir más. No puedes pasarte la vida entre libros y el bar. Te lo digo en serio, Marta. Te estás apagando.

Aquello, dicho en broma, se le clavó un poco más de lo que Esther pretendía. Marta suspiró.

—Hoy cierro yo. Si se alarga, lo más probable es que me vaya a casa a descansar.

—¡No! Solo un rato. Te prometo que te lo pasarás bien.

Dudó. Una parte de ella —la de siempre, la prudente, la que llevaba meses escondiéndose detrás del cansancio— quería negarse. Otra, la que empezaba a sentirse asfixiada por tanta rutina y tanto duelo, ansiaba algo distinto, aunque solo fuera una hora de ruido y luces que la sacaran de su cabeza.

—Bueno… me acercaré. Pero solo un rato.

—¡Sabía que dirías que sí! —celebró Esther, abrazándola con una fuerza desproporcionada para la promesa que acababan de sellar.

Aun así, mientras la veía alejarse calle abajo, Marta no estaba del todo segura de si realmente lo deseaba o si, como tantas otras veces, solo quería complacerla.

Como cada tarde, pasó por el cementerio antes de ir a casa. Le habló a su abuela de la jornada, de sus notas, de lo mucho que la echaba de menos, y por un instante —solo un instante— le pareció que el aire olía a su colonia de lavanda. Después volvió a casa, donde Rosario, su vecina, la esperaba apoyada en el marco de la puerta.

—Te he dejado un pedacito de tarta de manzana. Ah, y tienes un paquete. Creo que es el chándal que me comentaste.

—¡Gracias, Rosario!

—Y no riegues las plantas, ya lo hice yo —añadió con una sonrisa que, a Marta, esa noche, le supo a algo parecido a la paz.

Se cambió para el trabajo aún indecisa sobre si acabara yendo al Gaviota. La verdad, no tenía ni pizca de ganas. Lo que no sabía —lo que ninguna versión de ella habría podido imaginar— era que esa decisión, tan pequeña, tan de todos los días, dejaría de importar en cuestión de horas.

Cuando llegó al bar, este rebosaba vida. El aroma a café recién hecho y a comida casera la envolvió como siempre. Mari Carmen la recibió con su calidez habitual, José Ramón soltó alguna broma sobre su cara de sueño, y Alejandro apareció detrás de la barra con esa sonrisa suya, transparente, incapaz de guardar un secreto ni por accidente.

—Alejandro —lo llamó—, hoy no te he visto en la facultad por la mañana. ¿Te ha pasado algo?

—No, nada grave —respondió, sin dejar de sonreír—. Tenía que acompañar a mi hermana a su revisión médica. Ya sabes… pronto seré tío.

Lo dijo con un orgullo imposible de disimular, el mismo que Marta llevaba meses sin sentir por nada.

—Sí, lo sé —sonrió ella—. Se te nota en la cara que estás impaciente. Me alegro mucho. ¿Y cómo está tu hermana?

—Muy bien, la verdad. El médico ha dicho que todo va perfecto. En dos semanas, como mucho, tendremos a la bebé en brazos.

—¡Qué alegría! Pues ya nos avisarás, que vamos a verla. Le llevamos unas flores y la enhorabuena.

—Cuenta con ello, guapi —respondió él, guiñándole un ojo.

Entre pedido y pedido volvieron a hablar de la hermana de Alejandro, de la ilusión por la niña que estaba a punto de llegar. Marta agradeció esa conversación sencilla, doméstica, tan alejada de todo lo que le rondaba la cabeza desde la muerte de su abuela. Por un rato, esa noche, todo pareció estar exactamente en su sitio. Si hubiera sabido lo que se le venía encima, quizá se habría quedado un poco más en ese instante, sujetándolo con las dos manos.

La noche transcurrió entre risas, pedidos y esa familiaridad que convertía el Lagunas en un refugio de verdad. Cuando Mari Carmen se despidió, Marta se quedó sola para cerrar.

—No tardes, cariño —le dijo antes de irse—. Y avísame cuando llegues a casa.

—Claro, Mari.

Eran las dos de la madrugada cuando terminó. El bar estaba completamente vacío, el suelo aún brillaba tras la última pasada de la fregona, y el silencio, después de tantas horas de bullicio, se sentía casi denso. Afuera, la calle dormía bajo la luz amarillenta de las farolas, tan quieta que resultaba casi irreal.

Marta apoyó los codos en la barra y dejó escapar un suspiro largo. Pensó en Esther, en la promesa que le había hecho, en lo poco que le apetecía cumplirla.

—Ufff… qué cansada estoy —murmuró para sí misma—. Y qué pocas ganas tengo ahora mismo de ir al Gaviota…

Sacó el teléfono con la intención de escribirle una excusa creíble, algo suave que no la hiciera sentir culpable. Mientras buscaba las palabras, un chirrido de neumáticos rasgó el silencio de la calle.

El sonido la sobresaltó. Levantó la cabeza de golpe y se giró hacia la cristalera.

Y entonces lo vio.

Un deportivo rojo derrapó y volcó a pocos metros del bar, con un estruendo que sacudió la noche entera. Marta corrió hacia la puerta —el instinto, antes que la razón, gritándole que ayudara—, pero se detuvo en seco cuando un segundo coche apareció: un todoterreno negro, elegante, amenazador incluso en la forma en que frenó, demasiado despacio, demasiado controlado, junto al vehículo volcado.

Por un instante absurdo pensó que alguien acudía a socorrer al herido. La esperanza le duró apenas un latido.

Un hombre alto, trajeado, de porte imponente, descendió del todoterreno con la calma de quien no teme absolutamente nada. Su rostro era una máscara de frialdad perfecta. En su mano derecha brillaba el metal oscuro de una pistola.

Se acercó al coche volcado. Dentro, un hombre joven, ensangrentado, intentaba salir arrastrándose, balbuceando algo que Marta no pudo entender desde la distancia. El del traje no vaciló ni un segundo: alzó el arma y disparó.

El eco del disparo le explotó dentro del pecho. Su cuerpo se quedó rígido, clavado al suelo, incapaz de reaccionar, de gritar, de correr. El miedo la ocupó entera, como un agua helada subiéndole por las piernas.

El asesino se dio la vuelta para marcharse… y entonces la vio.

Sus miradas se cruzaron a través del cristal. Los ojos de aquel hombre eran oscuros, impenetrables, de una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito. No había nadie más en la calle. Ni un coche, ni un vecino asomado, ni una patrulla a lo lejos. Esa era, comprendió Marta con una claridad brutal, la peor clase de mala suerte.

El hombre levantó el arma.

El metal brilló bajo la luz amarillenta de la farola mientras la apuntaba directamente a través del cristal. Marta sintió que el mundo entero se encogía hasta caber en ese cañón negro. No podía respirar. No podía moverse. No podía ni siquiera rezar.

Cerró los ojos. Esperó el disparo. Esperó el final de todo.

Pero el sonido no llegó.

Cuando se atrevió a abrirlos de nuevo, él seguía allí, inmóvil, observándola con una atención que se sentía casi íntima, casi personal. Su mirada era fría, calculadora, pero había algo más debajo —algo que Marta no supo nombrar esa noche y que tardaría meses en entender—. Lentamente, alzó la mano libre y llevó un dedo a los labios.

Silencio.

No fue una súplica. Fue una orden, y Marta la obedeció sin que nadie tuviera que explicarle las consecuencias de no hacerlo.

Bajó el arma con una calma que resultaba obscena, se dio la vuelta y regresó al todoterreno sin prisa, como si acabara de tirar una colilla y no la vida de un hombre. El motor rugió en la noche y, segundos después, el vehículo desapareció calle abajo, dejando tras de sí un silencio todavía más aterrador que el disparo.

Las piernas de Marta cedieron por fin. Cayó al suelo, temblando, con el corazón desbocado golpeándole las costillas. Cuando logró ponerse en pie, otra clase de miedo la poseyó, más frío, más lúcido: ¿y si alguien más aparecía? ¿Y si la policía llegaba y la encontraba allí, sola, testigo del asesinato de un desconocido a manos de un hombre que ya sabía exactamente cómo era su cara?

Guardó todo a toda prisa, cerró el bar con manos temblorosas y salió corriendo por callejones que de pronto le parecieron ajenos. Al llegar a casa echó la llave, el pestillo, bajó las persianas una a una como si eso pudiera protegerla de algo que ya la había visto. Se metió en la cama sin ducharse, intentando dormir sin ningún éxito. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver esos ojos oscuros, ese dedo sobre los labios, esa calma imposible.

Entonces sonó su móvil.

Una notificación iluminó la pantalla en la oscuridad del cuarto.

Número desconocido:

“Nos vemos pronto, Marta.”

El corazón se le detuvo un segundo entero. Ella no le había dado su número a nadie esa noche. Nadie sabía siquiera que había estado allí.

¿Era él? ¿Cómo había conseguido su número en cuestión de minutos? ¿Quién era realmente ese hombre capaz de matar sin que le temblara el pulso y, después, perdonarle la vida a la única testigo? ¿Y qué, exactamente, quería de ella?

Fue la noche más larga de su vida. Y, aunque todavía no podía saberlo, apenas era el principio.

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