☆
Desde niño, Checo siempre había sido un coqueto. De esos que hasta con su sombra lanzaban sonrisitas, sin pudor, sin filtro, como si el mundo entero existiera sólo para mirarlo.
Cuando era pequeño, se escondía detrás de las escaleras para espiar a los mejores amigos de su hermano mayor, Carlos. Max y Emilian.
Altos, fuertes, con esos ojos azules que parecían cortarle la respiración cada vez que lo veían de refilón. A esa edad Checo no entendía nada de deseo, sólo se limitaba a corretear alrededor, pedirles que jugaran un ratito con él, aferrarse a la atención como si le perteneciera.
Pero los años pasaron.
Max, Emilian y Carlos se fueron a la universidad, dejándolo a él como un chiquillo abandonado en una casa demasiado grande. Los padres apenas se acordaban de que existía, y Checo, a sus diecinueve, ya había encontrado la forma de llenar los vacíos: haciendo tonterías.
Una de esas tonterías se volvió su vicio favorito: OnlyFans.
No enseñaba la cara, jamás. De cuello para abajo, era suficiente.
Su cuenta: Cutebunny.
Medias blancas, lencería rosa, vocecita dulce. Y claro, la manita jugando con su propio cuerpo, nada más. Porque hasta entonces, nunca se había metido nada. Virgen hasta los huesos. Esa era una gran hazaña para su edad.
Aquella tarde, como tantas, la casa estaba vacía. Silencio absoluto.
Checo subió a su cuarto cargando la bolsita con el conjunto nuevo: orejitas de conejito, un corpiño apretado y unas braguitas rositas ridículas que dejaban medio culo afuera. Sonrió frente al espejo, excitado solo con la idea.
—Hoy los voy a volver locos —murmuró, lamiéndose el dedo para bajarse un mechón rebelde de cabello.
Colocó el aro de luz, ajustó la cámara. La habitación se iluminó de golpe, como un escenario improvisado. Pulsó Iniciar en vivo.
Apareció sólo su manita en pantalla, saludando como un niño travieso. Luego bajó la cámara: tetas suaves, vientre plano, braguitas tensas. Nada de rostro.
—Hola, mis conejitos —canturreó con voz aniñada—. Hoy hay dinámica, ¿sí? Ustedes me dicen qué hacer y yo obedezco... si me porto bien.
Los comentarios explotaron al instante:
“Quítate el top.”
“Enséñanos ese coño rosadito, Cutebunny.”
“Mastúrbate lento, baby.”
Checo reía, encantado con el poder que ejercía sobre desconocidos. Se tocaba las tetas, pellizcaba los pezones, jalaba un poco las bragas hacia un lado para mostrar el brillo húmedo entre sus piernas.
—Mmm... así les gusta, ¿verdad? —susurró, jadeando un poco—. Marranos...
Los billetes digitales comenzaron a llover en su pantalla. Donaciones grandes, repetidas. Un usuario en particular resaltaba: “TwinLovers”.
Al otro lado del estado, en un departamento desordenado, dos gemelos idénticos tenían los pantalones abajo y la laptop frente a ellos.
—Míralo, cabrón... está más mojado que ayer.
—Tiene que ser un puto ángel detrás de esa cámara.
—Un ángel con un coño virgen...
Se rieron , mirándose de reojo mientras se pajeaban. Ninguno sabía el rostro de Cutebunny, pero ambos coincidían: quien fuera, era suyo en fantasía.
—Pásale más billete, quiero que se meta algo hoy.
—Ya va.
El nombre de TwinLovers brilló con una donación obscena y un mensaje:
“Métete algo aunque sea una puta pluma, Cutebunny. Hazlo por nosotros.”
Checo leyó el comentario en voz alta, mordiéndose el labio.
—¿Una pluma? Qué enfermos son... —rió, pero tomó una del escritorio, blanca, barata, de plástico. La enseñó a la cámara, moviéndola frente a sus labios como si fuese un caramelo.
—¿Quieren que me la meta aquí, ¿no? —se bajó la braga hasta medio muslo, abriendo las piernas frente al lente. El coño brillaba, húmedo, rosado. Virguísimo.
Los comentarios se volvieron un mar de obscenidades.
—A ver... —Checo llevó la punta de la pluma hacia su entrada, apenas rozando la piel—. Nunca me metí nada, ¿eh?... Ni un dedo entero.
Su voz temblaba, entre miedo y excitación. Empujó la punta, apenas unos centímetros.
—¡Ah! —soltó un gemido agudo, riéndose entrecortado—. Son unos hijos de puta...
Se arqueó, moviéndola despacio. La cámara captaba cada detalle: el estirón tímido de la carne, los temblores de sus muslos, la humedad resbalando por la pluma.
En el departamento, los gemelos estaban a punto de correrse.
—No jodas, sí lo hizo.
—Ese coño no ha visto verga en su vida, cabrón. Está intacto.
—Te juro que me lo voy a coger un día, aunque tenga que buscarlo en todo el puto país.
Mientras tanto, Checo gemía bajito frente a la cámara, con la pluma enterrada apenas a la mitad.
—Basta... ya... no puedo más.
Apagó la transmisión de golpe, jadeando, con el corazón desbocado. Se quitó las orejitas de conejito y se dejó caer en la cama.
U^ェ^U
Las transmisiones de Checo no siempre eran puro gemido y piel.
A veces le gustaba simplemente hablar con sus seguidores, jugar con la voz dulce que tanto adoraban, o dejarse llevar por preguntas que no tenían nada de eróticas. Y había quienes lo agradecían: gente amable que lo escuchaba, que le contaba cosas de su día, que le hacía sentir acompañado en aquella habitación iluminada por un aro de luz.
—¿Quieren que muestre mi cara? —preguntó una tarde, entre risas suaves, mientras llevaba un vaso de agua a los labios.
El chat explotó en corazoncitos y comentarios ansiosos.
“Sería hermoso ver tu rostro.”
“Déjate ver, Bunny, queremos conocerte de verdad.”
“Hazlo, aunque sea una vez.”
Checo ladeó la cabeza, divertido pero firme.
—No... eso no. —Sacudió la mano frente a la cámara, como si espantara la idea—. A mí me gusta así, ¿saben? Que sólo miren lo que yo quiero enseñarles. Lo demás... no es de su asunto.
La transmisión continuó entre bromas ligeras, un par de caricias sugerentes y la promesa de que pronto habría un video “muy especial”. Cerró el directo con una sonrisa satisfecha y un cansancio pesado que siempre llegaba después del espectáculo.
Esa noche, tumbado boca abajo en la cama, tomó el celular y abrió la conversación con su hermano mayor. Los dedos le temblaban un poco mientras escribía.
“Carlos... ¿cómo vas? Te extraño un montón. Siento que no hablamos nunca. Las cosas aquí están difíciles... mis papás no paran de discutir, de gritarme, de echarme en cara todo. A veces no sé qué hacer. Solo quería que lo supieras. Ojalá me contestes pronto.”
Apretó enviar, apagó la pantalla y cerró los ojos. La casa estaba en silencio, y por un momento imaginó la vibración del celular con una respuesta inmediata. Pero no llegó. Así, con la ansiedad mordiéndole el pecho, terminó por quedarse dormido.
Mientras tanto, en una elegante cena al otro lado del estado, Carlos revisaba el teléfono bajo la mesa. El resplandor de la pantalla iluminaba su ceño fruncido.
—Hermano, deja el maldito celular un rato —le espetó Max, moviendo el vaso de vino entre los dedos.
—Sí, ¿qué pasa contigo? —añadió Emilian, sonriendo de medio lado—. Desde que llegamos no sueltas el aparato.
Carlos suspiró, incómodo.
—Es Checo... —murmuró al fin, sin apartar la vista de la conversación—. Me escribió hace un rato. Dice que las cosas en casa están mal, que mis padres no dejan de pelearse con él. Se siente solo... y yo estoy aquí, fingiendo que no pasa nada.
Los gemelos intercambiaron una mirada breve. Ambos recordaban a ese niño inquieto de pecas en las mejillas, correteando alrededor de ellos cada vez que iban a visitar a Carlos. Travieso, molesto, pero imposible de ignorar.
—Ese mocoso... —rió bajo Emilian, negando con la cabeza—. ¿Cuántos años tiene ya?
—Diecinueve —respondió Carlos, sin poder disimular la preocupación en su voz.
Max apoyó el codo en la mesa, pensativo.
—Dentro de unos días iremos para allá a visitar a mis padres —comentó con naturalidad—. Si quieres, pasamos a ver a Checo. Seguro le alegrará que lo visitemos.
Emilian asintió de inmediato.
—Claro, no cuesta nada. Al final es como un hermano menor para nosotros. Y si se siente solo, qué menos que hacerle compañía.
Carlos respiró hondo, aliviado. Una sonrisa cansada cruzó por su rostro mientras guardaba el teléfono en el bolsillo.
—Gracias... de verdad. A veces pienso que se me escapa de las manos.
—Tranquilo —dijo Max, dándole una palmada en el hombro—. Checo es fuerte, siempre lo fue. Solo necesita que alguien le recuerde que no está solo.
Esa misma noche, en su habitación a oscuras, Checo dormía sin saber nada de aquellas palabras.
Soñaba con el video especial que planeaba grabar en los próximos días, con la fantasía de sorprender a todos sus seguidores de Cutebunny, con la promesa de un espectáculo distinto.
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Checo llevaba dos días enteros con la misma idea fija en la cabeza: su video especial.
Ya no quería conformarse con las caricias suaves de siempre ni con los directos donde apenas dejaba ver un poco de piel y gemidos. Esta vez quería algo diferente, algo que mantuviera a sus seguidores desesperados por más.
Pasó horas navegando entre tiendas online, mirando reseñas, comparando fotos, leyendo descripciones con una mezcla de nervios y excitación. Terminó llenando el carrito con cosas que nunca se había atrevido a comprar:
Un dildo de silicona suave, rosado, curvado de manera obscena.
Un plug con una colita esponjosa de conejo, blanca y tierna, como un chiste cruel de su propio alias.
Un vibrador pequeñito para clítoris.
Lubricante espeso, de ese que anunciaban con descaro como “efecto semen”, con textura pegajosa y brillante.
Cuando la caja llegó a casa, cerró la puerta de su cuarto con llave y desparramó todo sobre la cama. Sus ojos brillaban como un niño frente a juguetes nuevos.
—Mírenme nada más... —susurró para sí, acariciando el dildo con la yema de los dedos—. Ya quiero sentirte adentro, cabrón.
Se tumbó boca arriba, levantó las piernas y se imaginó grabándose así, con el coño abierto, tragándose cada centímetro de silicona mientras la colita blanca descansaba entre sus nalgas. Solo de pensarlo se mordió el labio, excitado.
—Van a acabar todos corriéndose conmigo... —rió bajito, cerrando los ojos.
Guardó los juguetes con cuidado, ansioso por la fecha que él mismo había prometido en su último directo: el show especial estaba cerca.
Mientras tanto, al otro lado, los gemelos ya se preparaban para tomar el vuelo. Carlos, con tono de hermano mayor insoportable, les había repetido hasta el cansancio:
—En serio, asegúrense de que mi hermano esté bien. No quiero llegar y encontrarme con que hizo una locura.
Max y Emilian se limitaron a asentir, con la paciencia al límite.
—Ya, Carlos, relájate. Lo visitamos, charlamos un rato y listo. —Max guardaba su pasaporte mientras sonreía—. Es tu hermanito, no un desastre nuclear.
Emilian fue más serio:
—Aunque... no estaría mal echarle un ojo. Siempre fue un niño sensible, ¿te acuerdas?
Carlos suspiró y se despidió de ellos en el aeropuerto.
En el avión, los gemelos se acomodaron en sus asientos contiguos. El vuelo sería largo. Apenas cerraban los ojos cuando una notificación en el celular de Max apareció:
Cutebunny está en vivo.
Ambos se miraron, incrédulos.
—¿Neta? ¿Ahorita?
—Ponlo.
Sin importar que estuvieran rodeados de gente, sacaron cada uno sus audífonos y entraron al directo. La pantalla se iluminó y ahí estaba él: Cutebunny.
Esta vez no estaba masturbándose ni mostrando el coño húmedo, sino hablando con voz suave, juguetona, mientras en la cama se veían bolsas de compras abiertas.
—Hola, mis conejitos —saludó con esa cadencia inocente que tanto les enloquecía—. Hoy no me voy a tocar... solo quiero enseñarles lo que compré.
Uno a uno fue mostrando los artículos a la cámara.
—Miren este juguetito... ¿lindo, verdad? —alzó el dildo, balanceándolo como si fuera un trofeo. Los gemelos tragaron saliva al verlo brillar bajo la luz.
—Y esto... —sacó la colita de conejo, apretándola entre las manos—. ¿Se imaginan cómo se verá en mis nalgas?
El chat se desbordaba en comentarios, donaciones y promesas obscenas. Cutebunny sonreía, travieso, deleitado con la reacción.
—Y no podía faltar esto... —mostró el lubricante viscoso, lo apretó un poco y dejó que un chorro espeso resbalara entre sus dedos—. Parece de verdad, ¿no? Cuando lo use van a pensar que me estoy llenando con semen...
Los gemelos se removieron incómodos en sus asientos, con el cuerpo reaccionando al instante. El murmullo del avión desapareció para ellos. Solo existía esa voz, ese cuerpo, esa promesa de verlo penetrarse por primera vez.
—Dentro de unos días... haré el show más especial que he hecho nunca —dijo Checo con un brillo malicioso en la voz—. Quiero que estén atentos. No se lo pierdan, ¿sí?
Con un guiño insinuante y un movimiento de manos, terminó el directo.
En el silencio posterior, Max exhaló con fuerza.
—No puedo creer lo que acabamos de ver.
—Ese cabrón... —susurró Emilian, cerrando los ojos, excitado—. Promete mostrarnos su coño tragándose todo eso.
Max sonrió, ladeando la cabeza.
—Va a ser un espectáculo.
Apagaron los celulares y se reclinaron en sus asientos, intentando dormir para hacer más corto el viaje. Pero la imagen de ese coño rosado, virgen, listo para ser abierto por los juguetes nuevos, les quedó marcada como un tatuaje en la mente.
U^ェ^U
La llegada de los gemelos a la ciudad fue discreta, con el cansancio del viaje pegado en los huesos y el recuerdo fresco de Cutebunny en la mente.
Lo primero que hicieron fue ir a visitar a sus padres, Jos y Sophie.
El reencuentro fue cálido, lleno de sonrisas, preguntas y conversaciones familiares que parecían romper la rutina. Jos se mostró orgulloso, queriendo saber todo sobre la universidad, los proyectos, los amigos. Sophie, con la delicadeza de siempre, los llenó de comida caliente como si aún fueran los niños que había visto crecer.
Entre platos de sopa y carne al horno, las charlas se alargaron. Hablaron de la ciudad, de cómo había cambiado todo, de lo difícil que era estar lejos.
Hasta que Max, entre risas, mencionó que tenían otros planes.
—Tenemos que pasar a visitar a Checo —dijo, con naturalidad.
La cuchara de Sophie se quedó en el aire, suspendida apenas un segundo antes de volver al plato.
—Hace tiempo que no lo vemos... —murmuró—. La última vez que supimos algo de él fue porque lo habían llevado a la estación de policía.
El aire en la mesa se volvió tenso. Emilian y Max se miraron sin decir nada. El recuerdo de aquel niño pecoso y juguetón no cuadraba con la imagen de alguien metido en problemas.
—¿La estación de policía? —repitió Emilian, serio.
Jos asintió con un gesto amargo.
—Un malentendido, supongo. Pero no está bien. Ese muchacho se ha vuelto... difícil de manejar.
Los gemelos no insistieron, aunque la inquietud quedó flotando entre ellos como un rumor amargo. Terminaron la comida, agradecieron y, con la excusa de que el tiempo apremiaba, se levantaron de la mesa.
—Ya hablaremos luego —dijo Max, besando la frente de su madre—. Ahora queremos ver cómo está.
Sophie los despidió con un gesto que oscilaba entre alivio y resignación.
De camino a la casa de los Pérez, los gemelos hicieron una parada en una tienda de esquina.
—¿Qué compramos? —preguntó Emilian, ya con la mano en la puerta.
—Las gomitas que le gustaban. —Max sonrió apenas—. Siempre se ponía feliz con eso, ¿te acuerdas?
—Sí. —Emilian rió bajo, recordando al niño que corría por el jardín con las manos pegajosas de azúcar.
Salieron con la bolsa en mano, como si ese detalle pudiera suavizar cualquier distancia o herida.
Mientras tanto, a escasos kilómetros de ahí, Cutebunny había iniciado el en vivo especial.
La cámara se encendió y la habitación se iluminó con el aro de luz. Checo aparecía ya desnudo de cintura para abajo, con las piernas dobladas y abiertas frente al lente. Ni rastro de bragas. Solo piel suave, húmeda y expuesta.
—Hola, mis conejitos... —su voz temblaba, aguda, cargada de nervios y deseo—. Estoy... muy nervioso hoy.
El chat explotó con mensajes, donaciones, promesas.
Sobre la cama tenía alineados los juguetes nuevos: el dildo rosado, el vibrador pequeño, el plug con la colita esponjosa. Checo tomó el dildo entre las manos y, sin pudor, lo llenó de saliva, escupiendo varias veces hasta que la silicona brilló bajo la luz.
—Miren cómo lo preparo... —rió bajito, escurriendo el exceso con los dedos.
El chat enloquecía. Él no mostraba la cara, nunca, pero el resto de su cuerpo hablaba solo.
Tomó el frasco de lubricante espeso y lo apretó sobre su coño. El líquido blanco resbaló lento, brillante, cubriendo los pliegues rosados. Con la punta de los dedos lo esparció, suspirando.
—Parece... semen de verdad... ¿no? —jadeó, acercando la cámara un poco más, mostrando cómo el gel brillante se mezclaba con su humedad natural.
Los gemelos, en el auto, tenían la transmisión abierta en los celulares. Emilian conducía con la pantalla apoyada en el tablero, Max con los audífonos puestos.
—Está loco... —susurró Max, casi con reverencia—. Se ve tan... jodidamente real.
En la pantalla, Checo presionaba la punta del dildo contra su entrada, sin llegar a meterlo. Su voz quebrada vibró en los auriculares.
—No sé si pueda... es grande... pero quiero que me vean abrirme para ustedes.
El chat estalló en corazones y mensajes. Checo apretaba los muslos, frotaba la punta en círculos, sin dejar de gemir bajito.
—Eso... sí... quiero que me imaginen llena...
Estaba a punto de empujar, justo en ese instante decisivo, cuando Emilian giró el volante y estacionó frente a una casa familiar.
—Llegamos.
Max lo miró con rabia, como si le hubieran arrancado algo de las manos.
—¡Justo ahora tenía que ser!
Apagaron el live a regañadientes, con el cuerpo tenso, la piel erizada. Guardaron los celulares, respiraron hondo y tomaron la bolsa de gomitas antes de bajar del auto.
El aire de la tarde era denso, cargado de humedad y promesas. Subieron los escalones y se detuvieron frente a la puerta.
Max levantó la mano y tocó tres veces, con fuerza.
U^ェ^U
El golpe en la puerta había retumbado en toda la casa. Checo apenas alcanzó a reaccionar, el dildo húmedo en su mano, la cámara transmitiendo en vivo frente a cientos de personas. Tragó saliva, apretó las piernas, pero no se levantó.
Pensó que si ignoraba, se irían.
Pero no.
Afuera, los gemelos intercambiaron una mirada impaciente.
—No abre.
—¿Y si está dormido? —preguntó Max, rascándose la nuca.
—Carlos nos va a matar si no lo vemos. —Emilian probó la manija y la puerta cedió con facilidad. No estaba cerrada con llave.
Ambos entraron, empujados más por la urgencia de terminar rápido para volver al en vivo de Cutebunny que por otra cosa.
La casa estaba en silencio, salvo por un murmullo lejano. Un sonido rítmico. Gemidos apagados.
—¿Escuchaste eso? —susurró Max, endureciendo la expresión.
—Sí... —Emilian entrecerró los ojos. En su mente, la imagen era clara: Checo no estaba solo.
Subieron las escaleras a toda prisa, el corazón golpeando contra las costillas. Y entonces lo vieron.
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
El aro de luz iluminaba la escena como si fuera un escenario: Checo, con las piernas abiertas, el coño húmedo brillante de lubricante espeso, el dildo resbalando entre sus dedos. La cámara transmitía en directo. La colita blanca descansaba a un costado, lista para ser usada.
Checo giró el rostro hacia ellos, congelado. Y entonces gritó:
—¡No mames!
El chat en la pantalla se llenó de signos de interrogación y gritos virtuales de histeria. Los gemelos se quedaron petrificados, como si el aire les hubiera golpeado de frente.
Cutebunny.
El secreto por el que habían pagado tanto dinero, el cuerpo que habían deseado hasta la obsesión… era Checo. El hermanito de Carlos.
Checo manoteó el teclado y cortó la transmisión de golpe. Luego se cubrió torpemente con una cobija, aún temblando, los ojos llenos de furia.
—¡Son unos imbéciles! —les gritó, la voz quebrada entre rabia y vergüenza—. ¡Arruinaron todo! ¿Qué carajos hacen aquí?
Los gemelos apenas respiraban. Lo habían visto. Lo habían confirmado. Era real.
Max intentó articular algo, pero Checo lo interrumpió con otro grito:
—¡Lárguense de mi cuarto! ¡De mi casa!
Emilian avanzó de golpe, lo agarró del brazo con fuerza.
—Cálmate, cabrón. Venimos porque Carlos está preocupado por ti. ¿Sabes qué estaba diciendo mientras nosotros veníamos? Que su hermanito estaba triste, solo, con problemas en casa... y mírate. —Lo zarandeó con brusquedad—. Estás aquí, de puta en internet.
Los ojos de Checo se abrieron de par en par.
—No... no puede ser... —murmuró, el color huyéndole del rostro.
Max se acercó, poniéndose frente a él, invadiendo el espacio. Sus ojos azules ardían.
—Sería una lástima que Carlos se enterara —dijo en voz baja, casi con veneno—. ¿Qué pensaría de su dulce hermanito, que pasa las noches mostrando el coño a desconocidos por dinero?
Checo apretó la cobija contra su cuerpo, furioso, pero los labios le temblaban.
—Hijos de... —comenzó, pero las palabras se le ahogaron cuando Max estiró la mano.
El plug de la colita de conejo estaba a un lado, brillante de lubricante. Max lo tomó y, sin miramientos, lo presionó contra la entrada de Checo, que se estremeció bajo la cobija.
—¡Ah! —el gemido le escapó involuntario, desgarrando el aire.
Max empujó apenas, lo suficiente para que el juguete entrara medio camino.
—Míralo... —dijo entre dientes, con una mezcla de asombro y deseo reprimido—. El puto conejito sí quería llenarse.
Emilian lo observaba, los puños cerrados, la respiración pesada. En su cabeza se repetía la idea de que estaban cruzando un límite que nunca debían traspasar. El límite entre la amistad con Carlos y la carne desnuda de su hermano.
Pero la imagen de Checo, con las mejillas rojas, los muslos temblando y el plug invadiéndolo, borraba cualquier advertencia.
Checo respiraba rápido, intentando recuperar el control. Sus ojos ardían de furia, pero su cuerpo temblaba con cada pequeño empuje.
—Suéltenme... —dijo con voz rota—. No tienen derecho...
Max inclinó la cabeza, casi con ternura perversa.
—Pues deja de gemir como si lo estuvieras disfrutando.
U^ェ^U
El aire en la habitación estaba cargado, denso como humo. Checo seguía bajo la cobija, respirando rápido, con la piel erizada y la mente hecha un desastre. Aún sentía el frío del plug contra su entrada, el calor de las manos de Max, y el maldito zumbido en su cabeza que le repetía una sola cosa: lo habían descubierto.
Emilian, que hasta ese momento se había mantenido con los brazos cruzados, dio un paso al frente. Sus botas retumbaron sobre la duela. Se inclinó, lo sujetó de la cintura y lo obligó a mirarlo.
—Hagamos un trato —dijo, la voz grave, sin rodeos—. Nos das una sesión.Y aquí muere todo. Carlos nunca sabrá nada.
Checo lo miró con los ojos llenos de furia, la respiración entrecortada. Y entonces, sin pensarlo, escupió. El hilo espeso resbaló por la mejilla de Emilian.
—Váyanse a la mierda.
El silencio fue brutal. Emilian no se movió, pero los músculos de su mandíbula se tensaron. Max, en cambio, sonrió de lado, una sonrisa helada. Le tomó el mentón con los dedos y le levantó la cara, obligándolo a mantener la mirada.
—Está bien... —susurró—. Entonces Carlos se enterará de lo puta que es su hermanito. Ya no tendrá que preocuparse por ti, ¿no?
Soltó de golpe, como si le quemara la piel. Ambos gemelos se dieron la vuelta al mismo tiempo. La decisión estaba tomada: salir de esa casa y contarle a Carlos.
Checo sintió que el estómago se le hundía. La cobija se le escurrió un poco por el temblor de sus manos. La idea de que Carlos supiera... su hermano mayor, el único que aún se preocupaba por él, el único que lo llamaba de vez en cuando. Imaginó su voz quebrada, imaginó el desprecio en sus ojos. Imaginó que nunca más lo buscaría.
Esa sola idea le dolió más que cualquier vergüenza.
—¡Esperen! —gritó, la voz quebrada.
Los gemelos se detuvieron en seco. Giraron despacio, expectantes.
Checo apretó los labios hasta sangrar. Cerró los ojos un instante. Y cedió.
—Está bien. Hacemos lo que quieran.
La expresión de Max se iluminó con una mezcla de triunfo y deseo contenido. Emilian respiró hondo, casi aliviado. Pero no se acercaron de inmediato.
—Hay una condición más —dijo Max, afilando las palabras como cuchillas—. No será solo privado. Vas a hacerlo en vivo. Con nosotros.
Checo parpadeó, incrédulo.
—¿Qué...?
—Así recibes más dinero. —Emilian sonrió con cinismo—. ¿No es lo que quieres? a tus fans les encantará ver cómo te partimos.
Checo sintió un escalofrío recorrerle la columna. Miró el aro de luz, la cámara todavía encendida pero en pausa, la cama revuelta. Su cabeza era un caos. No solo lo estaban obligando, también eran ellos: sus amores platónicos de adolescencia, los cuerpos que había fantaseado mil veces en la oscuridad de su cuarto.
Maldijo por dentro, pero asintió con un puchero, casi resignado.
—Quítense las playeras primero. —La voz le salió baja, ronca.
Max y Emilian se miraron con media sonrisa. Sin prisa, se jalaron las telas. El sonido de la ropa deslizándose contra la piel llenó la habitación. Sus torsos quedaron expuestos: músculos definidos, hombros anchos, cicatrices pequeñas que hablaban de entrenamientos y golpes. La luz blanca les marcaba cada línea, cada sombra.
Checo tragó saliva. Sus dedos temblaban mientras volvía a encender la transmisión. La pantalla brilló, la notificación se disparó.
—Perdón por cortar antes... —dijo con la voz temblorosa, mirando a la cámara sin mostrar el rostro—. Pero les tengo una linda sorpresa.
El chat explotó de inmediato. Caras felices, corazones, mensajes enloquecidos.
Y entonces ocurrió: dos cuerpos grandes, firmes, musculosos, se posaron a cada lado suyo, entrando en el encuadre. La silueta de Max a la izquierda, la de Emilian a la derecha.
El chat enloqueció.
“¿QUIÉNES SON?”
“DIOS MÍO, CUTEBUNNY TIENE DOS MACHOS CON ÉL”
“ESTO ES HISTÓRICO”
“QUE LE DEN DURO”
Checo mordió el labio, el corazón desbocado.
Max se inclinó hasta su oído, murmurando lo suficiente para que la cámara no captara:
—Sonríe, conejito.
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La cama crujió cuando Emilian se sentó, arrastrando a Checo hasta su regazo como si fuese un muñeco. Lo acomodó entre sus piernas, con las palmas firmes en su cintura, atrapándolo contra su pecho amplio. El aro de luz bañaba la escena en blanco, haciéndolo todo más obsceno.
Max se acomodó frente a la cama, de rodillas, a la altura perfecta del coño de Checo. Los ojos azules ardían con una lujuria descarada.
—Primera vez que te lo comen, ¿no? —escupió entre dientes, como si se burlara.
Checo iba a responder, a decir cualquier cosa, pero entonces vio el movimiento: Emilian ya había tomado el teléfono, la cámara giró de golpe y enfocó su cara. Su maldita cara.
El chat explotó.
“¡¡AL FIN SU CARITA!!”
“DIOS MÍO, ES UN NIÑO HERMOSO”
“ME CORRO, ME CORRO, ME CORRO”
“QUE LO ABRAN EN DOS”
Checo se quedó helado, con la respiración cortada, los ojos bien abiertos.
—¡No, quiten eso! —intentó forcejear, pero Emilian le agarró las muñecas y las apretó contra su propio abdomen. Su voz retumbó en su oído, sucia, venenosa.
—Relájate, conejito... que todos vean lo bien que te tratamos.
Y justo ahí, la lengua de Max rozó su coño por primera vez. Lento, provocador, lamiendo desde el hoyito hasta el capullo de carne escondido arriba. Checo arqueó la espalda con un grito ahogado.
—¡Mierdaaa!
Emilian sonrió contra su cuello, mordiendo la piel fina mientras sus manos subían a apretar esas tetas suaves, blandas, pellizcando los pezones hasta endurecerlos.
—Se oye rico, ¿eh? —susurró, llenándole la oreja de respiración caliente—. Todo el chat quiere verte gritar.
Max no se detuvo. Su lengua lo partía en dos, succionando fuerte, chupando, saboreando cada gota. Con una mano, tanteó la entrada húmeda, deslizando un dedo. Apenas la punta, suficiente para que Checo se estremeciera como si lo atravesaran.
—Aaahhh... ¡no, espera! —gimió, la voz temblorosa, los ojos vidriosos mirando directo a la cámara—. No... no metas...
Pero Max ya había empujado más, introduciendo el dedo de golpe, haciendo que el coño se ajustara con un espasmo. El grito fue puro placer y vergüenza mezclados.
El chat ardía.
“MÁS DEDOS, MÁS DEDOS”
“QUE LO DESGARREN”
“CARA, COÑO Y LLANTO... LO TIENE TODO”
“JODER, QUÉ BELLEZA”
Las donaciones comenzaron a caer, montos gigantescos que hacían vibrar la pantalla. Emilian lo miraba y reía bajo.
—Míralos... tus fans te quieren ver tragar verga, conejito.
Checo apretó los dientes, con el rostro enrojecido y lágrimas amenazando con salir.
—No voy a...
—¿No? —lo interrumpió Max con sorna, levantando la cabeza. Su boca brillaba mojada, los labios húmedos, los ojos encendidos—. Entonces dile a esos cabrones que no.
La pantalla reventaba de mensajes. Una lluvia de órdenes, súplicas, billetes virtuales.
Checo tragó saliva. Cerró los ojos un instante. El calor entre las piernas lo traicionaba, el cuerpo se le iba en temblores cada vez que Max empujaba un poco más con los dedos. Emilian lo mantenía atrapado, besándole el cuello, lamiéndole el sudor, susurrándole obscenidades que nadie más escuchaba.
Max, viendo que el chat pedía más, se levantó despacio y desabrochó el pantalón. El sonido metálico del cinturón retumbó como un disparo.
—¿Quieres darles un show inolvidable? —preguntó, sacando la verga gruesa, venosa, dura—. Entonces abre la boca, cutebunny.
Checo lo miró con los ojos brillantes, jadeando. Todo el mundo en la transmisión estaba esperando su decisión.
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Emilian no soportaba quedarse como simple espectador. La escena de su hermano devorándole el coño a Checo lo tenía duro, palpitante, con los dientes apretados por la ansiedad. Se inclinó hasta su oído, mordisqueándole la piel sudada mientras su voz grave le taladraba el cráneo:
—¿Vas a ser un buen conejito y nos vas a chupar la verga, hm?
Checo lo miró de reojo, con los ojos aguados, el labio inferior mordido hasta dejarle marcas rojas. Tragó saliva. El chat hervía de comentarios, los donativos no paraban de caer, y su corazón martillaba como si fuera a romperse.
En vez de responder, se dejó caer hacia atrás, recostándose sobre la cama, sosteniéndose con los codos. La respiración le temblaba, los pezones tiesos brillando de saliva, el coño hinchado y húmedo abierto bajo la luz blanca del aro.
Max no perdió tiempo. Se arrastró hasta su lado, sacando la verga completamente, gruesa, venosa, cargada de deseo. La tomó con la mano y se la plantó contra la boca.
—Abre. —La orden fue seca, cortante.
Checo lo hizo. Los labios se abrieron torpes, temblorosos, dejando que la cabeza resbalara en su lengua. Apenas entró un poco y ya le llenaba la boca, haciéndole gemir con un sonido ronco que los micrófonos captaron a la perfección.
El chat estalló.
“¡POR FIN MAMAAA!”
“QUE SE ATRAGANTE, DIOS”
“SU CARITA, SU CARITA, SU CARITA”
Emilian, mientras tanto, bajaba con calma el cierre de su pantalón. Sacó la verga, igual de dura que la de Max, y tomó la mano de Checo, guiándola hasta él.
—Tócame mientras se la chupas a mi hermano. —El tono era casi burlón, casi dulce, pero cargado de poder.Checo obedeció con movimientos torpes, la palma cálida envolviendo el grosor, subiendo y bajando despacio mientras su boca trabajaba alrededor de la verga de Max. La saliva se escurría por la comisura de sus labios, empapando su barbilla. Tosía de vez en cuando, con las lágrimas queriendo salirle, pero no se detenía.Max arqueaba un poco la cadera, marcándole el ritmo. Su mano se enredaba en el cabello castaño de Checo, obligándolo a tragar más. Cada vez que se atragantaba, el chat explotaba en carcajadas escritas, emojis de fuego, mensajes de “trágatela, conejito”.—Míralo... —susurró Emilian, masturbándose con la mano de Checo—. Nunca ha mamado en su vida y ya se ve como un putito perfecto para cámara.Los ojos de Checo se cerraron con fuerza. El calor entre sus piernas era insoportable. El cuerpo empezó a moverse por instinto, las caderas buscando fricción contra las sábanas arrugadas, buscando algo con qué saciar esa hambre que lo devoraba. Cada roce arrancaba un gemido que vibraba contra la verga en su boca, haciendo que Max soltara gruñidos guturales.—Eso es... —murmuró Max, con la voz rota—. Hazme vibrar la verga con tu garganta, conejito.Después de varios minutos, Max se apartó con un gesto brusco, dejando que un hilo grueso de saliva quedara colgando desde la boca de Checo hasta la punta de su verga.—Ahora a mi hermano. —Ordenó.Emilian ya estaba listo, con la verga palpitante en su mano. Tomó a Checo por la barbilla, obligándolo a mirarlo.—Abre de nuevo.Checo lo hizo, más rápido esta vez, aún con la respiración agitada. La cabeza de Emilian entró y el sabor salado y amargo lo golpeó al instante. Empezó a succionar despacio, sin saber muy bien qué hacer, moviéndose torpemente, dejando que los dientes rozaran sin querer.—Joder... —gruñó Emilian, apretándole el cabello—. Esa torpeza tuya... se siente de puta madre.Los gemidos de Checo eran ahogados, húmedos, quebrados. Las lágrimas ya corrían por sus mejillas, brillando bajo la luz. Y sin embargo, su cuerpo seguía traicionándolo: las caderas se mecían de arriba a abajo, frotándose contra nada, dejando un manchón húmedo sobre la cama.La vista era obscena. Un conejito arrodillado en la cama, con dos vergas enormes a su alcance, chupando con inexperiencia, masturbando con manos temblorosas, mientras su propio cuerpo rogaba por atención.El chat enloquecía con cada segundo.“¡ME VUELVO LOCO!”“QUE LO PENETREN YA”“SU COÑITO ESTÁ CHORREANDO, DIOS”“ESTO VALE CADA DONACIÓN”Y las donaciones seguían cayendo, cada vez más grandes, haciendo vibrar la pantalla con notificaciones interminables.Checo cerró los ojos, tragando alrededor de la verga de Emilian, moviendo la lengua torpemente. La humillación, el placer, la adrenalina y el miedo lo tenían en trance.U^ェ^UEmilian lo tomó por los hombros y lo obligó a quedarse de rodillas en medio de la cama, con el cabello pegado a la frente por el sudor y la respiración entrecortada. Max, aún con la verga húmeda por la saliva de Checo, se inclinó frente a él y le dio un par de cachetadas,no para lastimarlo, sino para que lo mirara.—Mírame, conejito… —su voz era baja, dura, como si ordenara más que pidiera—. ¿Quieres que te follemos?Checo bajó la mirada, tragó saliva, los labios le temblaban. No podía responder, pero su cuerpo lo delataba, las rodillas juntas, apretando los muslos como si buscara frotarse.—Te esta hablando —insistió Emilian, jalándolo del cabello hacia atrás, obligándolo a mirarlo.Checo soltó un gemido ahogado, la voz apenas un murmullo quebrado:—S… sí…Max rió, se acercó más, presionándole la verga contra los labios húmedos.—No, no me sirve un sí tartamudeado —dijo con crueldad—. Pídelo como el buen nene obediente que eres. Anda, diles a tus fans lo que quieres… que te follen como puta.El chat estallaba de comentarios, emojis, gritos virtuales que llenaban la pantalla. —H… hagan… —balbuceó con lágrimas acumulándose en los ojos.Emilian le apretó la barbilla con fuerza, casi marcándole los dedos.—Más claro. O no te toco.La voz de Checo se quebró, como si lo arrancara de lo más profundo:—Fóllenme… por favor… fóllenme, quiero ser un buen nene para ustedes…El puchero salió solo, sus labios carnosos temblando, los ojos brillosos. Se inclinó hacia adelante y les dio un beso corto a cada uno en la punta de la verga, tímido, casi reverente.Max gruñó bajo, excitado por esa dulzura.—Mierda, ¿viste eso, hermano? Nos está rogando…—Es perfecto —respondió Emilian, pasando los dedos por la espalda sudada de Checo hasta llegar a su cintura—. Pero no te emociones, Max. Hay que prepararlo… si no se nos rompe a la primera.El tono casi sonaba como una amenaza.Lo acomodaron bien, con las manos en la cama, la espalda arqueada, y el plug todavía enterrado en su culo. Emilian se colocó detrás de él, separando las nalgas con sus manos grandes, mientras Max se arrodillaba frente a su cara para mantenerlo ocupado.—Primero yo, conejito… —susurró Emilian al oído, rozándole con la punta la entrada del coño ya enrojecido—. Te voy a abrir despacio… y cuando estés llorando por más, mi hermano te va a quitar el juguetito del culo y va a entrar allí también.Checo apretó los dientes, un sollozo escapando de su garganta.—P… por favor, sean suaves…Max le dio otra cachetada ligera, riéndose.—Suave no existe aquí, bebé. Nos vas a sentir enteros, los dos. Eso es lo que querías, ¿no? —y le volvió a empujar la verga contra los labios, forzándolo a chupar mientras lo hacía hablar.Emilian presionó de golpe, entrando solo con la punta, sintiendo el espasmo fuerte de los músculos de Checo.—Mierda, aprietas como una virgen —gruñó contra su cuello, mordiéndolo sin cuidado—. Qué rico va a ser verte acostumbrarte a mi verga.Checo gimió ahogado, con la boca llena de Max, las manos clavadas en las sábanas, el cuerpo temblando como si fuera a colapsar. El chat estaba enloquecido, pidiendo más, rogando que no pararan.Emilian embistió un poco más profundo, despacio pero con firmeza, mientras Max le sujetaba la cabeza con ambas manos, marcándole el ritmo de la mamada.—Eso es, buen conejito —susurró Max, jadeando—. Ábrenos el camino… demuéstranos que de verdad eres nuestra puta.Los gemelos no tenían prisa. Querían quebrarlo, hacerlo rogar cada vez más dulce. Y Checo, entre sollozos y gemidos, con los ojos vidriosos y la boca ocupada, se entregaba cada vez más a esa idea.U^ェ^UEl cuerpo de Checo estaba hecho un temblor cuando Emilian empezó a embestirlo con más fuerza. Cada choque de cadera le arrancaba un gemido distinto: entre ardor, dolor y ese placer prohibido que le hacía temblar los muslos. El coño lo sentía arder, estirándose como nunca había pensado que podría soportar.—Eso es, puta… —gruñó Emilian, pegándole un manazo en la nalga—. Abre bien las piernas, que apenas estoy empezando.Max no lo dejaba respirar: seguía enterrando la verga en su boca, sujetándole el cabello con una mano y la nuca con la otra, marcando un ritmo ahogado, profundo, que hacía que los ojos de Checo se aguaran más y más.El chat era un caos:“No mames, están partiéndolo en dos 😩🔥”“Ese coño se ve delicioso, dios…”“¡Háganlo gritar más fuerte!”“Donación de 500, quiero verlos entrar juntos YA”Las notificaciones caían una tras otra, cada sonido haciendo que los gemelos se miraran con una sonrisa torcida, disfrutando de cómo el mundo entero pagaba por verlos destrozar a ese cuerpo virgen.Emilian gruñó, sacando casi por completo para luego hundirse de golpe, arrancando un alarido agudo de la garganta de Checo.—¡Aaahhh, vergaaa! —gritó, ahogándose entre la verga de Max y las lágrimas—. ¡Me duele… me duele, nooo…!Max le acarició la mejilla, pero no con ternura, sino con esa ironía cruel.—Claro que duele, bebé. Pero escucha tu voz… suena como si te encantara.Checo sollozaba, negando con la cabeza, pero su cuerpo lo traicionaba: cada embestida lo hacía apretar más, cada movimiento lo hacía arquear la espalda.—Míralo, hermano… —dijo Emilian entre jadeos, aferrado a su cintura—. Está hecho para esto.Decidieron que ya era suficiente. Ambos se levantaron, y en cuestión de segundos Checo estaba siendo cargado: las piernas enredadas en la cintura de Emilian, que volvió a hundirse en su coño empapado, mientras Max retiraba con calma el plug.Checo chilló, un grito agudo escapando de su garganta, los brazos rodeando el cuello de Emilian con desesperación.—¡No, no, no, ahí nooo! —rogó, moviendo la cabeza de un lado a otro, los ojos abiertos de par en par—. ¡Por favor, no me hagan eso!Max le besó la mejilla sudada, pero lo hizo con una sonrisa sádica mientras guiaba la punta hacia esa entrada virgen, rosada y estrecha que se contraía como si intentara resistirse.—Shhh… calladito, conejito. Vas a tragártela toda.Y sin darle más tiempo, lo empujó.El alarido de Checo retumbó en toda la habitación. Su espalda se arqueó con violencia, el cuerpo entero temblando al sentir cómo era llenado de golpe por ambos lados. El coño palpitante apretando a Emilian, el culo ardiendo con el tamaño de Max que lo forzaba a un estiramiento imposible.—¡Aaaaahhh…! ¡Me parten, vergaaaa, me partennn!El chat enloquecía:“NOOOO WEEEYYY 😭🔥🔥🔥”“Lo lograron, están dentro los dos 🤯”“Qué ricura de gritos, háganlo llorar más”“Nunca había visto algo tan perfecto”Checo lloraba, la voz dulce quebrada, cada palabra un gemido suplicante:—No puedo, no puedo… ¡es demasiadooo! ¡Saquenlaaa, por favor, no puedo más!Pero los gemelos no aflojaron. Emilian lo sostuvo fuerte contra su cuerpo, empujando hondo, mientras Max lo acompañaba en un ritmo calculado, sincronizado, llenándolo de tal forma que parecía no quedarle espacio ni para respirar.—Claro que puedes —jadeó Emilian contra su cuello, mordiéndolo sin piedad—. Te vamos a enseñar que tu cuerpo nació para esto.Max reía bajo, moviéndose lento y profundo para que Checo sintiera cada centímetro.—Escucha cómo gimes, putita… —susurró, apretándole las caderas con fuerza—.
Cada embestida arrancaba gritos dulces, rotos, mezclados con sollozos. Y poco a poco, entre el dolor, el ardor y la presión, Checo comenzó a temblar distinto: sus uñas se clavaron en los hombros de Emilian, su respiración se hizo irregular y un gemido prolongado salió de su garganta.
—¡Aaahhh… aaahhh… sí, sííí!
Max lo notó de inmediato y rió.
—¿Lo oíste, hermano? Ya no pide que paremos.
Emilian gruñó, acelerando los golpes hasta que cada embestida resonaba en la cama.
—Eso es, conejito… dilo. Diles a todos en el chat cuánto te gusta que te llenemos los dos.
Checo, llorando, con la voz deshecha, lo soltó:
—¡Me gusta, me gusta… verga, me encanta! ¡No paren, por favor, no paren!
El chat estalló:
“DIOSSSSSS LO AMO 🤤🔥🔥🔥🔥”
“Se rompió y ahora suplica más 😭💦”
“Este live vale millones”
Y allí estaba, atrapado entre los dos gemelos, con las piernas temblando, la garganta seca de tanto gritar, el cuerpo ardiendo en cada fibra. Había pasado de llorar y rogar que pararan, a necesitar cada embestida como si fuera aire.
U^ェ^U
El cambio fue tan brutal como repentino. Un segundo antes, Checo seguía llorando, gimiendo entre súplicas y temblores; al siguiente, la voz se le quebraba pero ya no en negación, sino en demanda.
—¡Más, más, denme más, cabrones! —gritaba, los ojos aguados, las mejillas encendidas—. Si me llenan voy a portarme bien… voy a ser bueno, se los juro.
Max y Emilian se miraron sobre su hombro, la respiración pesada, las bocas torcidas en sonrisas de triunfo. El chat explotaba con comentarios:
“Se rindióooo 😭🔥”
“Escúchenlo, ahora lo ruega él mismo 🤤”
“No es un conejito, es un putito hermoso”
“Valió cada donación, qué espectáculo”
Checo, en su desespero, hasta les hizo un mini berrinche: pataleó con suavidad, con los labios fruncidos y los ojitos húmedos, empujando con las manos el pecho de Emilian como si protestara de mentira. El contraste era enfermizo: parecía un niño caprichoso pidiendo dulces, cuando en realidad rogaba que lo partieran en dos.
—¡Les dije que quiero más! ¡No me hagan esperar, quiero sus vergas adentro! —dijo, con voz quebrada, y luego bajó el tono, dulce, tan tierno que casi dolía escucharlo—. Por favor… ¿sí?
Emilian se rió, dándole un beso mordido en la boca antes de recostarse en la cama y jalarlo encima de su torso, dejándolo montado en su verga dura y empapada. Checo gimió alto cuando se dejó caer sobre ella, el coño tragándosela de golpe, salpicando jugos calientes por todos lados.
—Eso, conejito… —susurró Emilian, sujetándole la cintura—. Monta, muéstrales lo bien que lo haces.
Max se colocó tras él. Sujetó la cámara, acercando la cama un poco para que el público lo viera todo con lujo de detalle: la cara roja de Checo, su cuerpo temblando, y lo más obsceno, las dos vergas listas para enterrarse en él al mismo tiempo.
Checo se mordió los labios, con los muslos temblorosos, y alzó apenas la cadera para acomodarse mejor.
—Quiero besos… —dijo entre jadeos, bajando la mirada como si estuviera avergonzado, aunque la voz era clara, caprichosa—. ¡Bésenme los dos, ahora!
—Míralo, exigiendo como un rey —rió Max, inclinándose para atraparle los labios en un beso sucio, lengua contra lengua, mientras Emilian lo jalaba también hacia él para besarlo en la otra comisura.
El público enloqueció:
“BESOSSSS 😭🔥🔥🔥🔥”
“Qué ternura y qué asco, me encanta 🤤”
“Está enamorado de los dos 🤯”
Con un empujón sincronizado, ambos entraron al mismo tiempo: Emilian desde abajo, Max desde atrás. Checo gritó desgarrador, las uñas arañando el pecho sudado de Emilian mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
—¡Aaaahhh, vergaaa… sííí, más hondo, más!
El coño chorreaba, al punto de dejar la verga de Emilian bañada en fluidos espumosos. La penetración doble era brutal, y aun así, Checo se alzó un poco con la cadera, buscando acomodarse mejor, queriendo tragárselos enteros como si no pudiera vivir sin esa sensación.
La cámara captaba cómo ambos lo llenaban, cómo su estómago se contraía y su rostro se transformaba en una mezcla perfecta de dolor y gloria.
Su cuerpo se arqueó de golpe, los muslos se tensaron y un chorro caliente salió disparado de su coño, empapando el abdomen de Emilian y la cama bajo ellos.
El squirt fue tan grande que hasta el micrófono del celular captó el sonido húmedo, seguido de un gemido roto y delicioso.
—¡Aaahhh… me corrooo, me corrooo, vergaaa!
El chat estalló:
“🔥🔥🔥🔥🔥🔥🔥🔥🔥”
“Ya no puedo más, qué joya de show”
“Se ve tan roto y tan feliz 😩🤤”
Checo lloraba de placer, convulsionando sobre la verga de Emilian mientras Max seguía embistiéndolo sin piedad desde atrás. Su cuerpo temblaba como si fuera demasiado, pero en su boca no había súplicas de parar: solo más exigencias, dulces y obscenas al mismo tiempo.
—¡Bésenme otra vez, por favor… no paren, quiero más, más de ustedes!
Los gemelos lo devoraban a besos, lo mordían, lo chupaban, lo usaban. Y él, con la cara mojada y el cuerpo temblando.
U^ェ^U
El cuarto se llenaba del sonido húmedo y brutal de las embestidas, como si cada golpe reventara el aire. El sudor goteaba desde el pecho de los gemelos hasta la espalda de Checo, que ya no tenía fuerzas ni para sostenerse con los brazos. Su cuerpo rendido caía una y otra vez sobre Emilian mientras Max lo partía desde atrás, sin freno.
Su cara era el retrato del abandono: los labios hinchados, la baba escurriéndole por la comisura, los ojos entrecerrados con una mirada perdida, rota y hermosa. No quedaba nada del chico que fingía resistencia; solo quedaba un cuerpo entregado, tragándose hasta el último embate de los dos.
—Aguanta, conejito… —gruñó Emilian con la voz quebrada, aferrado a sus muslos para no perder el ritmo.
Max jadeaba sobre su cuello, mordiéndolo, dejando marcas rojas en la piel ya castigada.
—Mierda, lo aprieta como si quisiera ordeñarnos a los dos…
Los movimientos se hicieron más erráticos, más desesperados. La cama crujía como si estuviera a punto de partirse. Los gemidos se mezclaban, roncos, animales, hasta que la tensión fue insoportable.
—¡Aaahhh, voy a correrme! —rugió Emilian, enterrándose hasta el fondo.
Max lo siguió segundos después, mordiéndole el hombro a Checo con tanta fuerza que casi lo sangra.
Ambos gemelos se vinieron dentro al mismo tiempo, un torrente caliente y obsceno que lo llenó hasta hacerlo gritar. Checo tembló, con la voz dulce quebrada, sintiendo cómo sus entrañas eran inundadas de semen.
—¡Aaahhh, no… no más…! ¡Me llenan demasiadooo…!
Pero la verdad era que le encantaba, y su cuerpo lo confesaba con los espasmos desesperados, con el último gemido húmedo que salió de su garganta.
El chat ardía en histeria:
“DOBLE CREAMPIE, NO LO PUEDO CREER 🔥🔥🔥🔥🔥”
“Está rebosandooo, Dios mío 😭😭😭”
“Nos regalaron una obra maestra”
Max se retiró primero, dejando que el esperma comenzara a chorrear por las nalgas de Checo. Emilian lo sostuvo un poco más, todavía enterrado, como si no quisiera soltarlo. Finalmente, con un gruñido agotado, salió también, y la cámara captó cómo el coño y el culo de Checo destilaban una cantidad absurda de semen mezclado, goteando en chorros espesos que manchaban las sábanas.
—Enséñales, conejito… —murmuró Max, separando con las manos los labios hinchados de ambos agujeros, abriéndolo sin piedad para la cámara. El espectáculo era grotesco y fascinante: todo rojo, abierto, desbordado de semen caliente.
Emilian acercó la cámara aún más, grabando cada gota que se escapaba. El chat donaba cifras obscenas, rogando que no cortaran la transmisión.
Pero los gemelos ya estaban exhaustos. Levantaron a Checo de los brazos, lo sentaron en medio de los dos y lo obligaron a mirar la cámara una última vez.
—Despídete, lindo… —ordenó Emilian, acariciándole el cabello empapado de sudor.
Checo apenas podía hablar. La voz le salió rota, suave, con la cara completamente perdida.
—Gra… gracias… por estar aquí… mis amores…
La transmisión se cortó con ese suspiro débil, y el silencio del cuarto quedó lleno solo de la respiración pesada de los tres.
Los gemelos no se molestaron en limpiarse ni en acomodar nada. Lo acostaron en la cama, cada uno abrazándolo de un lado, pegados a su cuerpo tibio. Checo, aún con los muslos pegajosos y los agujeros desbordando semen, cerró los ojos y se dejó envolver por el calor de los dos.
Sin duda el hermanito de Carlos estaba bien y estaría en buenas manos por mucho tiempo….
S.k.☆









:0 esto fue impresionante
no sé puede pedir segunda parte parfavaaaar