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El imperio Jukumari (historia isekai de Bolivia)

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Summary

El protagonista no es un dechado de virtudes, para colmo lo isekean a la Tierra Hueca

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8
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n/a
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16+

Volteador

El Imperio Jukumari

Capítulo 1: Volteador

La entrada de la bocamina pintó umbrías definidas, se asemejó a la boca del lobo, no obstante, de aquella vacuidad las sombras parieron seres vivos, bípedos y con armaduras.

Agotados, con magulladuras y cortes que restañaron: aventureros.

La mayoría hombres salvo la presencia de dos mujeres: una mosquita muerta; la otra, de senos turgentes, vistió un traje apto más para un templo que para lo hostil de campo abierto, en el caso actual, un bosque en pleno verano.

—Y bien, Ferissa, ¿qué te pareció tu primera aventura en equipo? —preguntó un joven de cabello rojizo y de sonrisa cristalina, muy guapo—. ¿Viste que tus preocupaciones no tenían sentido? Solo eran unos miserables goblins, hasta los niños pueden acabar con esas cosas.

—Muchas gracias por invitarme a unirte al grupo, Liam. Tenías razón, no fueron la gran cosa, gracias a todos por tenerle paciencia a esta novata —dijo con una reverencia que consistió en inclinar un poco el torso, los otros aventureros le sonrieron, felices de que la sanadora aceptó pelear.

—Lo único que me da pena es el lindo y digno traje de Ferissa —dijo con pena la otra mujer—. Se rasgó en varias partes, en especial los codos y la parte baja.

—No me di cuenta —dijo la rubia y giró en un intento para ver lo maltrecho que quedó el hábito de sanadora. Sin darse cuenta, Liam, el líder, sonrió con malicia.

La sacerdotisa detuvo la evaluación del traje blanco al ver por el rabillo del ojo miradas de depredador, paró de improviso y solo vio los buenos deseos en la mirada de los que la circunvalaron, concluyó que se trató de imaginaciones suyas.

Continuaron el camino que los llevaría de regreso a la ciudad donde entregarían al gremio de aventureros las orejas de goblin que cortaron de los pequeños monstruos para certificar que cumplieron la misión y vender las gemas de monstruo, un plus al pago que les daría la guapa secretaria.

—Chicos, tengo hambre, ¿podemos a quedarnos a comer un rato? —preguntó la ladrona del grupo—. Conozco un claro cerca donde podremos aprovisionarnos de bayas y no nos molesten otros grupos que vayan a la mazmorra.

El líder, Liam, elevó la mirada al cielo:

—Sí, creo que es una buena idea, Mónica. Todavía es temprano y podemos darnos el lujo de descansar antes de que caiga la noche.

—Tampoco desperdiciaremos la comida que trajimos —dijo otro integrante del grupo, los otros asintieron.

—¿Qué dices, Ferissa? ¿Tomamos un descanso?

—Me gustaría —dijo con una sonrisa propia de una belleza seráfica que provino del cielo.

Resultó que el claro al que se refirió Mónica estuvo más lejos de lo esperado, pero Ferissa tuvo que aceptar que el sitio era ideal, una alfombra de flores multicolores en moquete se extendió por delante.

—Se nota que no acostumbras a caminar tanto —le dijo otro aventurero con una sonrisa. Será mejor que descanses, los otros y yo nos encargaremos de poner la comida y la bebida.

—Gracias, eres muy considerado —le agradeció y fue a sentarse bajo la elevada hojarasca de un árbol que meció las ramas gracias a la brisa refrescante.

Los hombres y la ladrona fueron diligentes con las preparaciones de los alimentos e invitaron a la sacerdotisa a servirse.

—Toma para refrescarte —le dijo Mónica.

Bebió y al poco tiempo sintió los miembros pesados y cayó al suelo.

«¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué es esto?! ¡No me puedo mover!».

—Vaya tonta, cayó más rápido de lo que supuse —dijo un hombre.

La pobre no podía moverse, ni siquiera hablar, solo las órbitas oculares se movieron a todos lados en busca de una explicación. El rostro de Liam se acercó al campo de visión.

—Seguro quieres saber qué es lo que pasa. Bueno, pues te vamos a vender a un mercader de esclavos.

—Una lástima que el mercader especificó que le trajéramos una virgen —dijo otro.

—Usa su culo —dijo Mónica y le escupió en la cara a Ferissa.

De aquella manera tomaron ventaja de la posición de aventureros del gremio, primero engañaron y después procedieron a profanar la pureza de la mujer indefensa.

.

.

El claro estuvo apartado, tanto que no hubo riesgo para el tratante de blancas.

—No la desvirgaron, ¿cierto? Por alguna razón, es la única parte del cuerpo que no se puede regenerar con magia.

—Puedes estar seguro que controlé a mis hombres —dijo Liam que miró al rostro incrédulo del gordo mercader—. Todo queda arreglado, ¿me equivoco?

—La dejaron hecha todo un asco, tendré que asearla y comprarle un traje bonito y revelador, quemaron el que tenía, se los descontaré de la paga.

—No te pases, seboso —amenazó Monica y sacó un cuchillo.

—Era solo una bromita —dijo el suave que levantó una mano y con la otra buscó el saquito de monedas de oro—. El resto lo tiene mi guardaespaldas. Átenla y amordácenle la boca, el bruto mudo la cargará —ordenó y el hombrón abrió la boca para mostrarles que le cortaron la lengua.

Los aventureros maniataron a Ferissa y la entregaron al esclavo. En cuanto a la paga, el mercader les entregó las bolsitas llenas de oro, las pusieron todas en la base de un árbol y se pusieron a discutir negocios.

—Tuvieron una buena caza, muchachos —dijo el gordo—. Mi cliente busca carne fresca, ¿tuvieron algún problema con la joven?

—Ninguno —dijo Liam—, era una tonta que se emocionó mucho al momento de invitarla a la primera aventura.

—Ya veo. Saldré al camino con la mujer, esperen una hora y salgan.

Ninguno puso objeción y miraron al gordo irse con el mudo que cargó a la aventurera novata.

Volvieron donde el botín y uno reparó en algo:

—Miren, hay una botella.

—Seguro la dejó a modo de pago extra.

—No lo sé, me parece sospechoso —dijo el líder—. ¿Mónica?

La ladrona del grupo agarró la botella, la descorchó y olfateó el contenido, después tomó un sorbo para después escupirlo.

—No hay ningún veneno, el seboso lo dejó para que pasáramos el tiempo.

—Dijo una hora, la botella la hará pasar rápido —dijo Liam y tomó el primer trago.

.

.

Los pasos se escucharon seguros, no hubo intento por no pisar las hojas secas o el ramaje quebradizo, de entre los árboles apareció un hombre vestido de ladrón, la capucha la tenía baja, y el rostro, embozado.

Ninguno de los aventureros reaccionó, lo mismo que la jovencita que vendieron, no se movieron del suelo.

El desconocido se acercó a uno de los hombres y le dio una patadita para comprobar que todo salió a pedir de boca. Silbó una tonadilla alegre y se puso a caminar por entre los aventureros.

Se acercó a la base del árbol y tomó todas las bolsitas de oro, con la misma tonadilla, emprendió la retirada.

El brazo de Liam se extendió, no pudo agarrarle, no obstante, tal acción sorprendió al desconocido que cayó de bruces.

Antes de levantarse, miró con furia a Liam y le dio una patada en el agraciado rostro, no volvería a ser hermoso, al menos hasta que fuera al templo y pagara por un hechizo de curación.

Volvió a embozarse el rostro y se alejó.

.

.

Hubo un rumor, uno que rezó acerca de un ladrón dedicado a robar a maleantes de diversa ralea, solo eso, rumores porque nadie en su sano juicio admitiría haber sido despojado de dinero mal habido, no obstante, un grupo de aventureros, víctima del volteador, tuvo el poco tino de ventilar frustraciones en una taberna de la ciudad justo cuando una partida de clérigos hizo una batida al escuchar que un nigromante iba a reunirse con la bahorrina del bajo mundo.

No encontraron al nigromante o a los otros en contubernio, pero el novicio, que fue a la taberna de incógnito para espiar a cualquier sospechoso, comunicó a los superiores de la orden acerca del grupo de aventureros.

Huelga decir que Liam y los suyos recibieron las delicadas atenciones de los clérigos para saber el paradero de la hermana de fe.

Lo anterior no gustó mucho al señor feudal de la ciudad, pero le ahorró la paga al verdugo inquisidor, sea como fuere, en el gremio de aventureros circuló el dibujo del volteador: un hombre de rostro no definido salvo por un hecho.

—No se le ve bien la cara —dijo un aventurero—. Excepto por la rara cicatriz en la mejilla derecha.

—Tiene forma de las fases de ambas lunas. Seguro una cicatriz mágica.

—Cierto, sea quien sea el volteador, ya se hubiera borrado la marca en el templo o con una poción cara de curación.

—Ya puede darse por muerto, los guardias de la ciudad buscan a todo hombre de rostro embozado que tenga una cicatriz igual.

—Mejor que lo hallen los guardias del marqués, porque si lo encuentran los clérigos…

Uy, sí, escuché que el maestre caminó por las paredes tras recibir la grata visita del prior y la abadesa de otra ciudad, en la que vivía la sacerdotisa, la que raptaron.

—Pobre desgraciada, ojalá averigüen el paradero de esa…

Un hombre con capucha dejó de prestar atención a la conversación y salió del gremio de aventureros.

.

.

El lechuguino caminó campante por las calles, al menos hasta que unos guardias lo detuvieron:

—Alto ahí, ¿quién es usted y por qué lleva el rostro cubierto?

—¡Se habrá visto a tamaño igualado! ¡¿Acaso no ve que soy un aristócrata?! —dijo con tono atiplado y manierismos afeminados el hombre cuya gorguera era tan amplia que le cubría las mejillas.

—Perdone usted, sire, continue con su camino.

—Hombrecitos insignificantes —murmuró al pasar y chasqueó la lengua al tiempo que se cubrió la nariz con un pañuelo perfumado, acción que cubrió más la mejilla derecha, cosa innecesaria debido al abundante maquillaje femenino que pintó el rostro.

El aristócrata entró en la perfumería donde una dependiente joven y hermosa lo recibió con una reverencia y la mejor sonrisa que pudo ofrecer.

—Buen día, señor, bienvenido a este humilde establecimiento, desea…

—No vine a comprar. —El tono afeminado cesó para dar paso a una voz endurecida—. Busco a la madame.

La empleada solo parpadeó un par de veces, se irguió con elegancia y estiró la mano.

El hombre le entregó un saquito de oro, ¡parte de la paga que recibieron los aventureros que doparon a la sanadora!

—Pase por el fondo y a la izquierda, sire —dijo con sorna.

No le importó el cambio de actitud de la mujer, solo apuró los pasos y después de doblar la esquina, llegó a un pasillo estrecho. Al abrir la puerta, bajó escalones, muchos.

El subsuelo fue un laberinto, pero se conocía el camino y llegó con paso firme a destino.

—Vaya, que agradable sorpresa, Garo. ¿Qué te trae por acá?

—Seguro lo sabes, bruja. Mi vida vale lo mismo que una sopa blanca —replicó a una mujer que lejos del cliché de una anciana encorvada y con mil arrugas, se vio igual a una come hombres curvilínea y mirada de raposa.

—Un hombre tan digno cayó tan bajo.

—¡La culpa la tuvieron esos aventureros de pacotilla! Me enteré por buena fuente que no fue la primera novata que vendieron. Se les subió a la cabeza y tuvieron la genial idea de vender a un esclavista a una sacerdotisa que de paso resultó ser una semielfa, ¡¿qué clase de imbéciles hacen eso?! Yo solo supe que venderían a una aventurera novata, supuse que sería una campesina, nada más.

»De haber sabido la naturaleza de la dopada, no me hubiera escabullido al claro y dejarles la botella de vino narcotizada.

—¿Piensas salir de la ciudad?

—Imposible, todos los contrabandistas fueron presionados y el cerco se me estrecha. Solo tú puedes ayudarme.

—Ya te dije que es imposible borrarte la cicatriz, es una maldición que el mago personal del rey le impuso a tu padre, el conde, por peculado de las arcas reales, a él y a toda descendencia.

—Tiene que haber alguna forma, María, tendré suerte si solo me decapitan, no quiero caer preso de la inquisición, sabes lo que hacen esos piadosos si deciden olvidar toda piedad.

La bruja se movió incómoda en la otomana mullida.

—Hay un hechizo, pero es peligroso —dijo al tiempo que se levantó y se acercó a Garo—. ¿Seguro? Puedo esconderte en mi casona hasta que las cosas se enfríen, solo será un par de años —dijo con una mirada que se antojó a súplica, ¿amor quizá?

—No, odio estar encerrado a merced de alguien… bajo la piedad de alguien —dijo y la hermosa tentadora bajó el rostro, derrotada.

—No puedo borrar la marca del archimago, pero hay otra opción, un hechizo de teletransportación.

—¿A dónde me llevaría?

—A otra ciudad, tiene que ser lejos de aquí porque si lo hiciera en el bosque cercano el mago del marqués se daría cuenta.

—Espero que no me envíes a otro mundo o algo por el estilo —bromeó Garo.

Ninguno supo en aquel momento que la chanza nerviosa del volteador plantó la bandera del destino.

Let Noel Mollinedo, escritor boliviano know what you thought about this chapter!
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Esta increíble 😲

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