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LA BRUMA DE LOS DIOSES

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Summary

Durante años, Gia creyó que el peor día de su vida había sido aquel en que perdió al hombre que amaba. Estaba equivocada. Porque ese mismo día también perdió algo mucho más importante... aunque ya no pueda recordarlo. Cuando una investigación criminal la conduce hasta secretos imposibles de explicar, antiguos manuscritos y un desconocido tan irritante como inquietante, la línea entre la realidad y el mito comienza a desdibujarse. Algunas verdades pueden cambiar tu vida. O borrarla para siempre.

Status
3mo ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


GIA

La primera vez que caí en cuenta de lo enamorada que estaba de Leonardo Evans no fue un momento feliz para mí; por el contrario, me la pasé llorando toda la noche en mi cuarto, con la almohada pegada a la boca tratando de ahogar los gemidos agónicos que soltaba como si me estuvieran haciendo daño físico.

Y dolía como si lo estuvieran haciendo.

Ayudaba bastante que mi madre fuera enfermera del hospital local y sus turnos nocturnos —que pagaban el doble— la hicieran pasar mucho tiempo fuera de casa y no se diera cuenta de que su única hija sufría por amor y ni siquiera un amor que valiera la pena.

Había aprendido algo vergonzoso a mis cumplidos veinte años en ese entonces: que podía construir una serie de fantasías enteras alrededor de una sola mirada amable o una sonrisa.

La primera vez que lo conocí, había entrado veinte minutos tarde a clase con el traje elegante de saco y corbata que hombres como él suelen usar cuando tienen que defender la libertad de algún cliente o cuando buscan impresionar a una sala llena de jovencitas con las hormonas alborotadas.

Leonardo Evans tenía ese aire de actor de dramas judiciales: ojos verdes que podían pasar de la concentración absoluta al enojo mortal en un instante, piel pálida que sugería más horas entre expedientes judiciales que bajo el sol, y un cabello castaño claro en retirada elegante ante el avance de las canas. Superaba el 1.85 con facilidad, y cada vez que se erguía frente al aula, su presencia parecía la de una montaña. Imponente y muy grande. Me lo imaginaba en los tribunales, con sus trajes impecables, y ese acento distintivo polaco heredado de su madre que parecía sacado de una adaptación de novela de Jane Austen.

Era el epítome del atractivo en un hombre para mí. Ni siquiera sus 51 años en ese momento me parecían una barrera lo suficientemente fuerte para hacerme pensar lo contrario.

¾Gia Hills ¾había pronunciado mi nombre, revisando el listado de asistencia la segunda vez. ¾¿No le dijeron que los trabajos se presentan impresos? Ya no está en el colegio, señorita.

El fogonazo de vergüenza no había abandonado mi cara en las dos horas restantes de clases, cuando me regañó por haberle presentado un ensayo escrito a mano cuando al parecer estaba acostumbrado a trabajos impresos.

Y es que amaba escribir. Estoy segura de que, si no me gustara tanto la idea de hacer justicia en el mundo, toda mi energía se habría volcado en ser escritora.

Pero no de las que escriben por horas en una máquina, no.

Si no de aquellas que escriben a mano cualquier idea que aparezca en la mente y que quizá algún día vendan su diario como una reliquia. Y yo escribía mucho.

A partir de aquel día intenté ganarme su buena opinión, aunque nunca me fue del todo fructífera, pero me gustaba cómo sonaba mi nombre en su voz, así que me propuse a oírselo decir más a menudo.

Los lunes y los viernes eran mis días favoritos de la semana. Sabía que podía verlo con la excusa de atender su clase sin que nadie dijera nada. Él sonreía apenas, apoyado siempre contra el escritorio, con el saco colgado en la silla, con las mangas dobladas hasta los antebrazos y esa clase de cansancio elegante tan atractivo que solo tenían los hombres mayores.

Cincuenta y un años, entonces.

Yo, veinte recién cumplidos.

Los ciclos terminaron, y mi tiempo en clase con él también.

Pero lo buscaba, buscaba excusas después de clase para verlo y hablar con él. Primero, haciendo preguntas reales. Luego preguntas innecesarias. Y finalmente, ninguna pregunta en absoluto, simplemente esperando.

Leonardo nunca parecía incómodo con mi presencia. Ese había sido el inicio del problema.

Me escuchaba, me hablaba, me hacía ver todo desde una perspectiva en la que ninguna persona antes me había hecho observar el mundo. Cuestionándomelo todo y dándome la solución a todo también.

Ese era su talento más peligroso.

Hablaba un lenguaje que solo él parecía conocer y yo quería aprender.

Nunca le dije: “Estoy enamorada de usted.” No necesitaba decirlo.

Se lo decía en silencio cuando esperaba afuera de un salón cualquiera, sabiendo que él saldría y así poder topármelo “casualmente” por cinco minutos al menos.

Se lo decía aprendiendo de memoria datos que él pensaba que no escuchaba. Como que su abuela había abandonado Polonia luego de la segunda guerra mundial, refugiándose en este país, diciéndome que le hubiera gustado conocer más sus raíces.

Se lo decía en silencio cuando esperaba fechas cualesquiera todos los días y me servían de excusa para enviarle mensajes saludándolo, esperando entablar una conversación que no duraba más de dos minutos por chat.

Se lo decía cuando mi rostro cambiaba apenas él entraba a un aula y me ganaba la burla de mis amigos porque no podía evitar mirarlo como si él hubiera inventado las estrellas.

Y peor aún: él parecía darse cuenta y disfrutaba de ello.

Eso era lo verdaderamente cruel. Porque Leonardo jamás fingió no notar lo que sentía por él.

A veces incluso me sostenía la mirada demasiado tiempo. A veces sonreía de esa forma pequeña y amable que me revolvía el estómago. A veces me rozaba apenas al pasarme el cinturón de seguridad por el pecho y la cintura cuando me subía a su carro y me llevaba a casa después de clases. Contacto que me duraba horas enteras en la piel, desesperada por volver a sentirlo cerca de mí.

Nunca suficiente, siempre demasiado. Nunca me había dicho ni prometido nada y, aun así, encontraba maneras muy crueles de insinuarlo todo.

Cinco años pueden destruir a una persona de maneras discretas. Lo descubrí de manera lenta y dolorosa.

No ocurrió de golpe. No hubo tragedia ni un rechazo devastador. Solo un cúmulo insoportable de momentos diminutos.

Un roce de labios en su auto. Las cenas que parecían citas, pero no lo eran. Las largas charlas en su oficina, sentada al borde de su escritorio.Los silencios repentinos cuando empezaba a albergar la mínima esperanza de creer demasiado que podíamos ser algo más que profesor y alumna.

Y el apodo singular con la que solo me llamaba él. Wild Gia.

Siempre dijo que mi cabello largo, ondulado y salvaje le recordaba a las mujeres de la selva, y así me decía él.

Mi salvaje Gia.

Leonardo tenía una forma elegante de avanzar y retroceder. Me acercaba primero, siempre primero. Y luego, me apartaba de manera brutal con las excusas de siempre:

Nuestra diferencia de edad. La universidad. La ética. La prudencia. Su reputación.

Me tardé años en aceptar que llevaba demasiado tiempo detenida en el mismo lugar. Porque aceptar la verdad también significaba aceptar algo humillante: recibes lo que crees merecer.

Y yo había aceptado las migajas que él estaba dispuesto a darme como si fueran amor.

Como hoy, sentada en el baño del tercer piso de la universidad. Rogando para que nadie decidiera entrar y me viera dando el espectáculo más patético de mi vida.

Había salido de mi último curso de tesis con la excusa de querer comprar una bebida en la cafetería.

Era mi último año, finalmente me graduaría de abogada, cumpliría mis sueños, tendría la fiesta y el título, sin embargo, solo podía llorar.

Porque era mi cumpleaños y Leonardo no se había acordado. La única persona que deseaba que me saludara, lo olvidó.

El mensaje que le había escrito esa mañana con un “te extraño mucho” me había tenido inquieta todo el día, que no pude concentrarme en nada más que ver si ya había respondido.

No lo hizo.

Mi ansiedad me obligó a escribir una vez más y ponerle lo más cercano al “te amo” que nunca le dije y nunca le diría.

Me temblaban las manos cuando tecleé: “me habría enfrentado a todos por ti si me lo hubieras pedido”, porque era verdad. Me habría arriesgado a muchas cosas solamente por él. Pero solo recibí una disculpa de su parte y ni siquiera una disculpa sincera. Porque sabía que no lo sentía en absoluto.

Las lágrimas seguían corriendo por mi rostro dentro del cubículo del baño, mirando el último mensaje que Leonardo había enviado hace veinte minutos:

Agradezco esos hermosos sentimientos de una niña como tú. Pero no puedo. Gracias y disculpa.

No podía sentirme más humillada. Le había prácticamente confesado mis sentimientos todos estos años y él solo los agradecía.

¿Cómo pude engañarme tanto?

Porque incluso ahora, con el pecho ardiendo de vergüenza, una parte mía seguía esperando que el celular vibrara otra vez. Que él dijera algo distinto. Que finalmente me eligiera.

Pero solo estaba el sonido de mis sollozos y el eco de un amor que me había imaginado sola.

Lo peor fue fingir. Mis amigos de la facultad habían reservado el restaurante más lindo de la ciudad para cenar y celebrar mi día y aunque estaba segura de que muchos podían adivinar lo mal que la estaba pasando, intentaron alegrarme la noche y yo intenté simular que lo conseguían.

Las fotos no fueron perfectas, mis ojos rojos e hinchados no ayudaban, pero no era justo no intentarlo por ellos. Por gente que si me quería.

El dolor no cesó cuando llegué a casa; solo se intensificó. Qué sentimiento horrible era el amor no correspondido.

Así que hice lo único que sabía hacer mejor que amar a un hombre que no me amaba de vuelta: abrí el cuaderno escondido en el cajón de mi ropa interior.

Había escrito demasiadas cosas ahí.

Pensamientos sobre él. Sobre cómo me hacía sentir. Fantasías ridículas y lugares que habría amado conocer a su lado. Incluso el discurso que pensaba dedicarle el día de mi graduación, cuando lo viera sentado junto a mamá antes de lanzar el birrete al aire.

Porque sí. Había pensado en invitarlo.

Pero esa noche solo escribí una súplica.

No quiero amarlo más. Necesito olvidarlo. Quiero despertar y que no sea él lo primero que pienso. Quiero dejar de interpretar sus miradas, gestos mínimos de afecto como algo real. Quiero dejar de esperar mensajes o llamadas que nunca llegan. Quiero dejar de cancelar planes para estar disponible por si él decide aparecer.

La tinta comenzó a correrse apenas, lo suficiente para hacerme notar que estaba llorando otra vez. Y no bonito. Nunca lloraba bonito.

Las lágrimas caían rápidas y espesas sobre las páginas mientras intentaba respirar sin hacer demasiado ruido, aunque no hubiera nadie más en casa para escucharme. Apreté el bolígrafo entre los dedos y seguí escribiendo.

Él disfruta que lo ame, disfruta que este pendiente de su existencia. ¿Cuánto más tengo que llorar, mendigar y sufrir para que esto termine? Por favor, necesito olvidarlo. Quiero olvidarlo.

Fue entonces cuando el aire cambió.

Una brisa helada recorrió la habitación, erizándome la piel de inmediato. No tenía sentido. Ninguna ventana estaba abierta. Aun así, sentí el movimiento entre mi cabello, lento, casi parecido a una caricia.

El miedo —viejo conocido— despertó en mi cuerpo. Algo estaba mal. Muy mal.

Y entonces una voz murmuró junto a mi oído derecho, tan cerca que sentí el escalofrío atravesarme la nuca.

Una voz masculina. Profunda. Desconocida.

No, no quieres.

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