CAPITULO 1 - LOTE 42
Ella, despertó.
Se le metió hasta los huesos, el frío de las sábanas blancas. El olor a desinfectante, que el empalagoso perfume de flores no lograba disimular. El vapor denso del aire.
Su desnudez, transparentada por una bata de seda negra. La sofocaban.
Apretó los puños.
Piensa. No entres en pánico.
Recorrió el lugar con la mirada buscando salidas. Una suite sin ventanas, paredes sólidas, una plataforma circular en el centro, una puerta cerrada.
Se le aceleró el corazón. La respiración se le acortó.
Calcula… calcula el tiempo que llevas aquí.
De pronto, la puerta cedió con un golpe seco.
Entró el Tasador. Cuya sola presencia le provocó un nudo en el estómago. Dos mujeres de uniforme rígido lo flanqueaban. No la miraron.
—Sube a la tarima y quítate la bata —ordenó de forma brusca, un acento inglés cortante.
—¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué significa esto? —intentó parecer calmada. Los dedos contra el pecho, se aferraron a la tela que la cubría.
El Tasador no respondió. Hizo un gesto imperceptible.
La empujaron hacia la plataforma. Sin una palabra. Le arrancaron la prenda de un tirón, la dejó tambaleante.
Los pies se le acalambraban por la frialdad del mármol. Mientras, un escalofrío le bajaba por la espalda, provocado por el aire acondicionado.
Quedó expuesta, casi cegada, por una luz que venía del techo.
Una respiración agitada, delataba la rabia que le hervía en la sangre. Alzó el mentón. Clavó sus ojos en los del Tasador.
Desafiante.
La ignoró. Como si no existiera. Para levantarle la barbilla; obligarla a exponer el cuello, usó la punta de un bastón de plata.
—Piel limpia. Sin marcas —murmuró, anotando en la tableta digital.
El examen fue meticuloso, clínico. Los dedos enguantados, le giraron la cabeza hacia la luz. Contuvo la respiración. Le quemaba cada roce.
—Manos tras la nuca. Piernas abiertas —dictó, sin apartar la vista del cristal.
Ella, intentó cubrirse. Le sujetaron las muñecas, un apretón tan rudo. Le crujieron hasta los huesos. La inmovilizaron. La forzaron a mantener la posición ordenada.
El Tasador descendió hacia los pechos. Una lentitud. La obligó a apretar la mandíbula con rigidez.
Los apresó con destreza, para sopesar el volumen. Verificar la turgencia del tejido.
Ajeno al dolor, continuó ingresando cifras.
Ella, soltó un quejido ahogado. Enterró las uñas en la palma.
La inspección continuó, solo interrumpida por los toques en la pantalla de la tableta.
Desde la columna a las caderas, desde el ombligo al vientre, trazando el recorrido con la mano.
El aliento a tabaco rancio, le revolvió el estómago.
De repente, Ella, dio un sacudón. Se zafó del agarre. Saltó de la plataforma.
El Tasador fue más rápido. La frenó en seco.
Ella, forcejeó por un instante, la empujó contra la pared. Presionó su pecho con la palma. Se inclinó, le susurró al oído:
—A partir de este momento, solo eres el Lote 42. Si quieres que el hombre que te compre sea clemente, más vale que aprendas a obedecer.
Las custodias la sujetaron de inmediato. La arrastraban de vuelta, obligándola a mantenerse erguida. El metal de sus relojes, se le hundió en la piel.
No te permitas… que te conviertan en una mercancía.
El Tasador retomó la tarea. Se detuvo al frente de la plataforma, con la punta del bastón, le separó las rodillas.
Ella, supo que había llegado al límite. Cerró los ojos.
El tacto no fue salvaje; solo una comprobación rutinaria. El hombre retiró el bastón.
Introdujo la mano en la entrepierna.
Además del dolor físico, era una afrenta a su razón. Nada más, un objeto al que poner precio.
Mordió los labios para contenerse: un jadeo sordo se le escapó.
Los dedos del Tasador chocaron: contra la última frontera.
Resiste. No te quiebres.
Fijó la mirada en la pared, su mente en negro.
Una veta gris. Dos. Tres…
Comenzó a contar las líneas que cruzaban la piedra lisa, ignorando la invasión.
Cuatro. Cinco…
Combinó el conteo con el ritmo de los latidos de su corazón, anulando el contacto.
Seis. Siete…
Inspiraba, exhalaba, sosteniendo el conteo.
El Tasador se tomó su tiempo. Una lentitud que la torturaba. Presionó levemente, hasta confirmar la integridad de su cuerpo; fue solo entonces, cuando retiró la mano.
—Virgen, un ejemplar intacto confirmado. Esto quintuplicará el precio base —sentenció, la voz adquirió el matiz de la codicia.
Ella, permaneció inmóvil. El eco de la presión, aún clavado en su interior. Lo más privado que poseía, acababa de ser tasado, como un extra en un catálogo.
—Prepárenla. Que esté lista antes de las ocho. Queremos que parezca sumisa —comentó el Tasador con desprecio, volviéndose hacia las custodias.
Una de las mujeres sacó una cinta métrica. El sonido de la banda deslizándose sobre los pezones. Rodeando la cintura. Ajustándose sobre la cadera.
Registraban las medidas exactas.
Su precio estaba fijado.
Ella, ya no era nadie; ahora, nada más era. El Lote 42.








