CapÃtulo 1: Escalas.
Entre una puerta de embarque y otra. Entre los anuncios repetidos hasta el cansancio y las pantallas que cambian de horario cada pocos minutos. Los aeropuertos están llenos de personas intentando llegar a algún sitio.
Algunos regresan a casa; otros la abandonan. Unos corren porque alguien los espera del otro lado.Otros porque necesitan alejarse de aquello que dejaron atrás.
Esa tarde, el aeropuerto parecÃa estar detenido en una especie de limbo.
Las conversaciones se mezclaban con el sonido de las ruedas sobre el suelo pulido.El aroma del café flotaba entre los viajeros agotados y cada nuevo anuncio provocaba una reacción distinta: resignación, fastidio, indiferencia, esperanza…
Hasta que finalmente llegó la noticia que nadie querÃa escuchar: los vuelos con destino a Australia quedaban cancelados hasta nuevo aviso.
Los suspiros se multiplicaron, algunos protestaron, otros comenzaron a reorganizar sus itinerarios.Hubo quienes llamaron de inmediato a familiares, hoteles o parejas y hubo quienes simplemente se quedaron mirando la pantalla durante varios segundos.
Como si el retraso fuera apenas otro problema sumándose a una lista demasiado larga.
Las horas siguieron avanzando. Las maletas encontraron rincones donde descansar, los vasos de café fueron reemplazados por nuevos cafés.Los viajeros empezaron a instalarse con la incómoda aceptación de quien comprende que no irá a ninguna parte esa noche aceptando este hecho algunos dormitan, otros trabajan.
El aeropuerto termina convirtiéndose en una especie de sala de espera colectiva donde nadie quiere estar mientras observan las horas pasar.
Entre ellos, un hombre deja por fin a un lado el papeleo y dirige la mirada hacia el extravagante rubio sentado frente a él.
El acompañamiento sobre la tostada llamándole la atención, tanto como la facilidad con la que termina destacando incluso en un aeropuerto repleto de viajeros.
Hay algo extraño en su presencia, una contradicción difÃcil de explicar.
La elegancia de su ropa, la postura impecable, el cuidado evidente en cada detalle deberÃan hacerlo parecer seguro, sin embargo, sus ojos continúan perdiéndose una y otra vez detrás de los ventanales.
Su atención salta del teléfono al café.Del café a la tostada.De la tostada a ningún punto en particular.
Como si algo estuviera ocupando espacio dentro de su cabeza. Algo más importante que el vuelo cancelado.
Lo ve morder otro trozo de tostada y la reacción es inmediata. El disgusto cruza su rostro un instante antes de dejar el celular sobre la mesa.
Bebe café, mira hacia la distancia y vuelve a observar aquella tostada con la misma decepción de antes.
Lo ve repetir la misma secuencia por tercera vez y es ahà cuando decide intervenir.
—No se compara al Vegemite. ¿No es as�
Con serena voz interrumpe en su burbuja; haciéndole regresar la atención con cierto desinterés.
El elegante rubio se detiene a analizar sin discreción al remitente de la voz: un hombre de mediana edad, aspecto clásico, mirada solemne. Simple, pero varonil.
Claro, por un momento habÃa olvidado al hombre que ocupaba el sofá de enfrente desde hacÃa horas.
—¿Disculpe?
Con marcada apatÃa, cuestiona.
Sin embargo, también siente un ligero brillo de curiosidad por la directa pregunta; no todo el mundo conoce con exactitud el Vegemite.
Con total naturalidad, el hombre se inclina hacia el frente y dirige su mirada hacia la tostada en el plato.
—Esa pasta, salada…—despacio, prosigue—No creo que se compare a su sabor al untarlo en una tostada; ninguna copia barata puede igualar el sabor del Vegemite.
Seguro, concluye.
Volviendo su atención al rubio quién muestra sorpresa y recelo en sus expresiones.
¿Cómo ha sido tan directo al respecto?
¿Cómo un extraño se darÃa cuenta de un detalle asÃ?
¿Lo estaba acosando desde antes?
Ninguna incógnita en su mente tenÃa sentido; sólo un australiano lo notarÃa y él ya ni siquiera piensa que sus raÃces resulten tan evidentes.
Dejando la pequeña taza de café sobre la mesa, clava sus ojos en los del adverso que, no se ve incómodo con su apática presencia.
—¿Cómo… se dió cuenta?
El hombre ladea una suave sonrisa; como si en el fondo sintiera satisfacción por corroborar que sus sospechas eran ciertas.
—También quise experimentar ese mismo sabor en Francia y fue decepcionante—el hombre esboza un mohÃn antes de encoger sus hombros—TenÃa mis sospechas porque luce muy francés, pero sé reconocer un australiano cuando lo veo; sus gestos probando esa copia barata de Vegemite fueron muy obvios—expresa, mostrando una fina sonrisa que tiene como respuesta una incrédula mirada—¿Sydney?
Ahora, el rubio ya no se muestra tan desinteresado; debe admitir que el comienzo de la conversación ha sido curioso.
—Melbourne, de hecho—corrige, antes de esbozar un simpático mohÃn—y concuerdo; no hay como el tradicional Vegemite. Ni siquiera en Francia he logrado encontrar algo que se parezca y por lo que veo aquà tampoco.
—Por esa razón, siempre que viajo tengo mi pote de Vegemite..—y a continuación, el hombre busca en su mediano bolso hasta dejar a la vista el tradicional pote de la amada pasta y extiende su brazo hacia el rubio—Por favor, disfrute; aún quedan largas horas.
El rubio se sorprende por el inesperado gesto, tomando el pote con cierta sensación de nostalgia; esa que le recuerda a casa, sus raÃces.
—No debÃa molestarse pero…gracias—expresa, con cierta sensación agradable—¿Está en el mismo vuelo cancelado hacia Australia?
—El mismo—asegura—Al parecer hemos sido reunidos por un percance de aerolÃneas.
—Y ni siquiera saliendo de Europa—el rubio libera un frustrado suspiro, —conozco Roma como la palma de mi mano.
—Me he acostumbrado a Roma, siempre encuentro un detalle nuevo con el qué maravillarme—el hombre agrega, mirando hacia los ventanales que ya muestran la próxima puesta de sol—Por cierto, me llamo Christopher Bang; es un placer.
Esta vez, el hombre extiende su mano en señal de saludo; mostrando un porte simple, despreocupado.
Uno que no es habitual en la rutina del rubio.
Inclinándose hacia el frente con cierta gracia, acepta el amistoso saludo.
—Felix Lee—se presenta, sin dejar de mostrarse con su marcada elegancia—el placer también es mÃo.
—¿Vacaciones o trabajo?
Christopher pregunta simple, mostrando ligera curiosidad al respecto.
—Yo le llamarÃa...—pensando por un momento la respuesta, Felix añade—escape.
El hombre asiente despacio, como si entendiera más de lo que está dispuesto a admitir.
—Es un argumento válido; en el fondo siempre buscamos escapar.
El rubio le da una mirada curiosa.
—¿Y usted? ¿Trabajo, vacaciones o escape?
Christopher levanta una ceja por la abrupta formalidad y respeto.
—¿Me veo tan mayor?
Felix libera una breve risita por la curiosa expresión del hombre y vuelve a agarrar su taza de café. El cuál, ya está muy frÃo.
—Siento que ambos estamos pisando los mismos escalones—responde, sin esconderse al respecto—pero si le parece fingimos estar en los veinte.
—Cuarenta y uno, para ser preciso.
Felix lo observa con detenimiento; debe admitir que para pasar los cuarenta no se aprecia como tal.
Incluso ahora, después de comenzada la conversación, la primera impresión empieza a modificarse.
—Treinta y cinco—tranquilo, añade—aunque sé que no lo aparento.
A Christopher le agrada esa actitud tan orgullosa, segura.
En otra ocasión, podrÃa sentir rechazo hacia la elegancia y prestigio rebosante.
Por el contrario, piensa que hay más detrás de esa firmeza.
—¿Está tratando de decir que yo sà aparento mi edad?—Christopher se lleva la mano al pecho, fingiendo dolor—Bueno, las cuatro décadas se notan.
—Si le sirve de consuelo, pienso que las cuatro décadas le sientan muy bien.
—Gracias y por favor, puedes tutearme; no me gustan las formalidades—Christopher añade, sonriendo tranquilo—Y respondiendo a tu pregunta, un poco de las tres.
—Interesante…y válido—Felix esboza una ladina sonrisa antes de volver a dejar el asqueroso y frÃo café sobre la mesa—Entonces, Christopher ¿no te molestarÃa acompañarme con un café? Yo invito en agradecimiento por el Vegemite.
—No tenemos muchas opciones mientras esperamos el próximo vuelo, asà que será un placer acompañarte, Felix— sonrÃe, recibiendo el mismo gesto en respuesta—Imagino que ese café está horrible, hace rato lo tienes ahÃ.
—Ni siquiera lo menciones; necesito otro con urgencia y también necesitas uno—afirma, dirigiendo su atención a las donas que el adverso tiene en su plato—¿No piensas acompañar las donas con algo más? Ahora no me digas que no te gusta el café, por favor.
—Me encanta, pero me gusta más con tostadas untadas en Vegemite.
Ambos se ponen de pie, las bandejas vacÃas quedan atrás y desde que anunciaron la cancelación del vuelo, la espera ya no parece tan molesta.
Ambos sonrÃen; intercambiando miradas llenas de interés y curiosidad.
Con un brillo en sus pupilas que los motiva a querer seguir hablando.
Conociéndose.
🧳...
Hola, dejo el comienzo de esta historia que le tengo un amor inmenso para traerla en este formato también. No sé si están acostumbrados a esta dinámica de personajes más adultos, pero espero se sumerjan en esta travesÃa junto a ellos.
Por favor, voten y dejen comentarios para saber si les gusta; gracias. ♡