Capítulo 1: Mesas llenas, mesas vacías...
La función era sencilla: ir a la barra, apuntar el pedido, llevar los tragos. Saludar a un par de caras conocidas e invitar a la gente a pasar. En el Pasaje de la Catedral la dinámica se entiende sin hablar; si alguien camina por esos adoquines cuando el sol empieza a esconderse, es porque tiene la intención inevitable de terminar con un vaso en la mano. No hay inocentes ahí.
La dinámica era como la de todas las tardes. Era un martes tranquilo; la verdad, había poco movimiento esos días por el bar. La mayoría de los clientes eran amigos que se encontraban después de mucho tiempo, hombres y mujeres cansados de estresantes jornadas de trabajo que, después de haber tomado rumbos distintos, se reencontraban en esas mesas para desempolvar anécdotas y hablar sobre el pasado. Eso era lo que escuchaba a menudo mientras me movía entre las mesas.
También estaban los de siempre: amigos que se veían a diario y que gustaban de disfrutar de unas bebidas, ya fuera el fin de semana o un día cualquiera. Habia de todo. Incluso familias que pasaban de turismo, buscando comer algo y llevarse una postal típica de la ciudad. Era un contraste habitual, inevitable. Mesas llenas de amor, de caricias y relaciones profundas; un ambiente con historias cruzadas, tensiones latentes y miradas cargadas de complicidad o lazos de sangre.
Pero me fue ineludible mirar, como siempre era ineludible mirar esas veces en las que la dinámica cambiaba tan drásticamente; al menos para mí, que pasaba horas observando, era muy fácil distinguirlo. En medio de ese bar, había desde hombres solitarios que se arrimaban a la barra solo para matar sus penas en un vaso, hasta mujeres solitarias que llegaban buscando sanar su despecho, dispuestas a enredarse con cualquier ingenuo que se les cruzara de primeras en la noche.
También había mesas como aquella. Ahí estaba él. Un tipo de unos cuarenta y cinco o cincuenta años, bien portado, con una camisa impecable y una estética cuidada para impresionar. Sin embargo se le notaba a leguas la desesperación. Es esa actitud ridícula del que intenta comprar atención con la billetera y los modales.
Al frente tenía su condena: una mujer despampanante. Llevaba un vestido ajustado, tacones altos y un cuerpo imponente, de esos que atrapan a cualquiera bajo sus sogas en un segundo. Un diseño perfecto, pero frío, donde las curvas delataban la mano de un cirujano y la mirada delataba una indiferencia absoluta. Compartían una cena costosa, pero en realidad, solo compartían poco más que la madera de esta.
Fue un trámite doloroso verlos. Él se desvivía por sacarle una sonrisa, por romper el hielo con frases predecibles, buscando desesperadamente su validación.
—¿Te está gustando la comida? —preguntaba él, estirando el silencio.
—Sí, sí —respondía ella, sin mirarlo.
Después de la comida, ellos empezaron a pedir tragos. Pensé que con el alcohol la maldita dinámica finalmente iba a cambiar, que las cosas simplemente iban a empezar a dejarse fluir. Esperaba ver cómo el animal que ese tipo tenía dentro iba a despertar para empezar a seducir; que el mareo en su cerebro, ayudado por los tragos, comenzaría a confundirlo, haciéndole creer en su cabeza que ella se estaba convirtiendo en una figura que sí le parecía atractiva y receptiva. Esperaba el típico juego de la noche, el truco viejo de la embriaguez. Pero ni el efecto del alcohol pudo hacer ese trabajo.
A medida que los vasos se vaciaban, la farsa se volvía más densa. Se notaba a leguas cómo él hablaba, y hablaba, y hablaba, en un intento torpe por rellenar el abismo que los separaba. Era un tipo atrapado en su propio ruido, alguien que hablaba sin parar y no la dejaba hablar a ella, como si el silencio fuera un espejo demasiado realista que no se atrevía a mirar. Y cuando ella finalmente abría la boca para soltar un par de palabras, tampoco era que tuviera mucho que aportar. Desde mi puesto, aguzando el oído mientras limpiaba la barra, logré escuchar fragmentos de su conversación vacía: historias superficiales de sus viajes, comentarios banales sobre sus largas uñas postizas y poco más.
Cada frase de ella, cada ademán aburrido, me demostraban que quizá ella no era alguien con quien él debería estar sentado en esa silla, perdiendo la dignidad, ni ella tampoco debería estar perdiendo el tiempo allí.
El alcohol no une lo que está muerto; solo hace que el cadáver huela más fuerte.
Ella ni siquiera fingía bien y tampoco parecía importarle no hacerlo. Se seguía perdiendo en la pantalla brillante de su celular, dejando al tipo flotando en un vacío incómodo, masticando un monólogo que a nadie le importaba.
Me acerqué a retirar los platos y los vasos vacíos. Él me pidió la cuenta. Podría deducir perfectamente cómo se sentía; la humillación y el fracaso se notaban flotando en el ambiente, densos como el humo del bar. Ella, por el contrario, no decía nada; solo terminaba de consumir con desgana su ya aguada bebida, moviendo el hielo con el sorbete sin el menor interés.
Le dije lo de siempre, con mi tono más neutral de servicio:
—Claro. ¿Va a pagar en efectivo o con tarjeta?
—Con tarjeta, por favor —me respondió él, con la voz apagada, queriendo terminar con la escena lo antes posible.
Fui a la barra, traje el POS, cobramos y el trámite se completó. El tipo pagó rápido, deslizando el plástico con urgencia. Aparte, me dejó una generosa propina, quizá intentando comprar también mi complicidad o un gramo de dignidad frente a ella.
Al levantarse, ella avanzó primero con el paso firme de quien ya cumplió una condena; él la siguió un paso atrás, como un perro que sabe que el paseo ya ha terminado y no tiene a dónde más ir.
Me quedé mirando la mesa vacía. La noche en el pasaje seguía su curso, ruidosa y anestesiada. Al final, en este oficio uno aprende que la peor soledad no es esa que te lleva de vuelta a tu habitación, a quedarte echado en la cama mirando el techo y deseando ingenuamente con fuerzas ser amado. La verdadera soledad, la que de verdad te destroza, es aquella que te lanza a una mesa, cara a cara frente a alguien que también se siente sola a tu costado.








