Chapter 1
El amanecer en el campo de golf privado era una acuarela de tonos pastel.
El cielo tenía un tono azul pálido mientras el sol comenzaba a asomarse por el horizonte. Una ligera niebla cubría el campo de golf, ocultando los hoyos entre la niebla.
El aire olía a hierba mojada, a tierra húmeda y a el canto distante de los primeros pájaros.
El zumbido eléctrico del carrito de golf sonaba más fuerte debido a la quietud de la mañana.
Jungkook lo conducía por el camino de servicio que bordeaba el hoyo 12, un par 3 traicionero con un estanque que reflejaba el cielo.
Él vestía ropa de golf impecable: pantalones de lino beige, polo blaca y una gorra de visera baja que ocultaba sus ojos.
Jimin, a su lado, parecía una ilustración de una revista de lujo: una falda de tenis blanca y corta, y un top ajustado del mismo color que dejaba sus brazos dorados al descubierto, sus lentes de sol descansaban sobre su cabeza, su cabello en una cola de caballo perfecta.
Todo era pulcritud, orden.
Un retrato del privilegio.
Desde el momento en que Jungkook lo había recogido en el clubhouse, con un “Buenos días, precioso” tan correcto que hizo que los viejos miembros sonrieran con aprobación, la tensión se notaba.
Su mano en su rodilla mientras conducía no era un gesto cariñoso; era un gesto de posesión.
Sus dedos dibujaban círculos en su piel interior, la falda se había deslizado aún más arriba.
Jimin, por su parte, llevaba toda la noche imaginando esa salida. Ahora, con el aire fresco de la mañana acariciando sus piernas descubiertas y Jungkook tan cerca, apenas podía pensar con claridad.
—Parecemos la pareja perfecta —comentó Jungkook, su voz baja y casual, mientras giraba el volante para tomar un sendero más estrecho que se adentraba en un bosquecillo de árboles. —Tan respetables.
—Por fuera —respondió Jimin, su propia voz un susurro cargado de intención. Bajó la mano hasta encontrar la de Jungkook, que seguía descansando sobre su rodilla. Apenas la rozó, sintiendo cómo se tensaba bajo sus dedos.
El carrito se internó en una pequeña zona rodeada de árboles, un rincón tranquilo entre un hoyo y otro. Había un banco de madera, una fuente de piedra con el agua corriendo suavemente y, lo más importante, ningún otro jugador podía verlos desde el campo.
Jungkook detuvo el carrito y apagó el motor. El único sonido que quedó fue el de las hojas moviéndose con la brisa y el agua cayendo de la fuente.
Se volteó hacia Jimin y le quitó las gafas de sol. Sus ojos encontraron los de él al instante, firmes, atentos, como si no existiera nada más alrededor.
—Aquí —dijo.
Esa única palabra bastó.
Jimin no lo pensó dos veces. Se giró en el estrecho asiento del carrito y con un movimiento ágil, se acomodó sobre su regazo, sus rodillas a ambos lados de sus muslos.
La falda blanca, ya corta, se levantó aun más revelando la piel dorada de sus muslos.
Y entonces lo vio.
Debajo de la falda no llevaba nada. La luz de la mañana, filtrándose entre las hojas, iluminó su coño, la piel húmeda y rosada que apenas se alcanzaba a ver entre sus piernas.
Jungkook dejó escapar un sonido de sorpresa y deseo puro. El pelinegro colocó sus grandes manos en las caderas de Jimin, sus dedos se hundieron en la carne suave.
—¿Desde cuándo? —preguntó con su voz ronca.
—Desde que te vi ponerte esa gorra —confesó Jimin, bajando las manos para desabrochar su cinturón. El metal del cierre resonó, un sonido obsceno por el silencio. —Sabía que no aguantarías el recorrido completo.
Jungkook no pudo evitar una sonrisa mientras lo ayudaba a empujar su pantalón y su ropa interior por sus caderas, lo suficiente para liberar su verga.
El aire fresco de la mañana rozó su pene sensible. El contraste con el calor de Jimin, arrodillado sobre él, era electrizante.
Jimin se posicionó, sosteniendo la base de su pene con una mano, sus los ojos miel fijos en los suyos, bajó su cuerpo lentamente, permitiendo que la punta del pene de Jungkook encontrara su entrada.
El primer contacto fue intenso. Jimin tenia las mejillas ruborizadas, este bajó un centímetro y luego otro, un jadeo escapó de sus labios al sensatir como su coño se estiraba al recibir la verga de Jungkook
Una sensación abrumadora.
—Dios, Jimin… —susurró Jungkook, sus manos aferrándose a sus caderas con fuerza. —Estás… hecho para mí.
Cuando Jimin estuvo completamente sentado sobre él, lleno hasta el tope, ambos se quedaron quietos por un momento, respirando de manera sincronizada.
El carrito se balanceó levemente bajo su peso y el resorte del asiento crujió.
Jimin comenzó a moverse.
No podía hacer grandes embestidas; el espacio reducido del asiento y la proximidad del volante lo impedían.
Fue un balanceo lento, subiendo y bajando sobre él con un ritmo sensual que frotaba su clítoris directamente contra la base de su pene cada vez que bajaba.
El ángulo era profundo e intenso.
Jungkook maldijo entre dientes, sus manos subiendo por su cuerpo para desabrochar los botones de su top blanco.
Debajo, Jimin tampoco llevaba sujetador. Sus pechos rebotaron al ser liberados, firmes y pálidos a la luz de la
mañana, se balancearon frente la cara de Jungkook.
Él se inclinó y tomó un pezón en su boca, succionando con fuerza, lamiendo el pezón endurecido mientras el rubio gemía encima de él, una mezcla de placer y el miedo a ser escuchado.
El sonido de sus cuerpos moviéndose, el leve chapoteo húmedo, el crujido del plástico del asiento, el jadeo entrecortado de Jimin; se fundían en una melodía que Jungkook estaría dispuesto a escuchar toda su vida.
Jimin aceleró el ritmo, sus manos se aferraron a sus hombros, sus uñas clavándose a través de la fina tela del polo. Cada subida le daba a su clítoria un éxtasis al sentir la fricción.
—Así… —jadeó Jungkook, separándose de sus tetas para mirarlo. Su rostro mostraba un deseo puro y sus labios brillantes. —Así es como quiero empezar cada maldito día. Con tu coño apretado alrededor de mi verga, al aire libre, donde cualquiera podría vernos.
Sus palabras crudas y dichas en voz baja pero clara, hicieron que Jimin se estremeciera de puro placer.
—Cállate y… muévete —susurró Jimin, podia sentir su propio orgasmo acumularse en su vientre, una presión caliente.
Jungkook obedeció.
Con un gruñido, agarró sus caderas con fuerza y comenzó a empujar hacia arriba desde abajo, sincronizando sus propios movimientos con los de el.
El carrito se sacudió con más fuerza, las ruedas chirriaron levemente contra la grava del sendero. El volante golpeó la espalda de Jimin con cada embestida.
Era incómodo, era ridículo, y era tan intensamente excitante que Jimin sintió que la respiración se le escapaba.
Sus cuerpos ya estaba sudorosos.
Jimin miró hacia abajo y vio donde como el pene de Jungkook se encajaba bruscamente en su coño, y eso fue su perdición.
Su respiración se convirtió en jadeos cortos y agudos, su cuerpo comenzó a temblar.
—Voy a… Jungkook, voy a… —advirtió, pero las palabras se ahogaron en un gemido.
—Sí —jadeó Jungkook, sus movimientos volviéndose erráticos y desesperado. —Ahora. Asfixiame con ese coño apretado.
Fue todo lo que Jimin necesitó escuchar, con un grito ahogado que hizo que unos pájaros salieran volando de los árboles cercanos, Jimin se vino.
El orgasmo lo sacudió haciendo que su cuerpo se arqueara hacia atrás.
Los espasmos internos apretaron la verga de Jungkook con una fuerza casi dolorosa, y él, viéndolo perderse en el placer, no pudo contenerse más.
Con un gruñido ronco que era más animal que humano, Jungkook lo empujó hacia abajo una última vez y se vino dentro.
Su propio cuerpo fue sacudido por espasmos brutales, su semen caliente llenando su coño mientras él enterraba la cara en el hueco de su cuello, mordiendo la piel salada para sofocar su grito.
Durante lo que pareció una eternidad, sólo se oyeron sus respiraciones entrecortadas, mezcladas con el canto cada vez más fuerte de los pájaros.
El olor a sexo, a hierba mojada y a aire limpio de mañana se mezclaba en el claro.
Jimin, débil y tembloroso, se dejó caer contra su pecho. Jungkook lo rodeó con sus brazos, acariciando su espalda sudorosa.
—Los jardineros… empezarán pronto —murmuró Jimin contra su cuello, su voz ronca y satisfecha.
—Que empiecen —respondió Jungkook, sin abrir los ojos. —Que vean lo bien que se portan algunos miembros.
Poco a poco, se separaron con cuidado.
El plástico crujió.
Jimin se bajó de su regazo, sus piernas tan débiles que tuvo que aferrarse al marco del carrito. Se sentó en el asiento del pasajero, arreglando su falda blanca, ahora ligeramente arrugada.
Jungkook se reajustó la ropa, su movimiento calmado, el perfecto caballero una vez más.
Encendió el motor. El zumbido eléctrico llenó de nuevo el aire.
Avanzaron lentamente, saliendo del bosquecillo hacia el campo abierto ya completamente iluminado por el sol.
Un grupo de jugadores de golf madrugadores apareció a lo lejos, sus polos de colores brillantes.
Jungkook levantó una mano en un saludo casual. Jimin se ajustó las gafas de sol sobre sus ojos, ocultando cualquier evidencia de la follada reciente.
Pero debajo de la ropa impecable, sus cuerpos aún conservaban las huellas de lo ocurrido: músculos doloridos, piel sensible y el recuerdo imborrable de una follada en aquel carrito de golf.
Mientras el carrito se deslizaba de regreso hacia el clubhouse, Jimin extendió la mano y la posó en el muslo de Jungkook.
—La próxima vez —dijo en voz baja pero clara—, el hoyo 9. Tiene esa colina. Más inclinación.
Jungkook sonrió, una expresión tranquila y posesiva, mientras el sol de la mañana calentaba sus rostros.
El carrito siguió su camino, llevándolos de vuelta a su mundo de apariencias, pero ahora sabiendo que en cualquier mañana podían robar un carrito de golf y convertirlo en un acto de pura lujuria.








