Customize readability
Aa

Todo lo que dije en mi silencio

All Rights Reserved ©

Summary

Te ha pasado que quieres expresar tus secretos, tus metas e incluso las tormentas con las que luchas pero siempre sientes que serás una carga para el mundo....si Dash es el claro ejemplo de ello Dash es una chica muy insegura de si aunque demuestra lo contrario pero toda esa armadura cae cuando conoce a personas increíbles que no tienen la necesidad de demostrar nada la excepción es su amiga Ashley Y el es un chico misterioso con problemas de obsesión..... Está historia está basada en hechos reales con algunas adaptaciones ficticias!!! Los nombres de las personas serán cambiados por respeto a su privacidad!!!!

Status
Complete
Chapters
61
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1

El algoritmo del silencio

El rugido del motor de la Apache 200 era lo único que lograba acallar el torbellino de pensamientos en la cabeza de Dahs. Ajustó sus dedos enguantados alrededor del manubrio, sintiendo la vibración de la máquina entre sus piernas mientras esquivaba el tráfico pesado de la mañana. Conducir una motocicleta a altas velocidades requería una concentración absoluta; en el asfalto, un solo milisegundo de duda podía ser fatal. Y a Dahs le encantaba esa delgada línea entre el control y el peligro. Era el único momento del día en el que su mente indomable se veía obligada a quedarse en absoluto y bendito silencio.

Cuando llegó al estacionamiento de la universidad, apagó el motor y se tomó un momento antes de quitarse el casco. Se miró en el reflejo de los espejos retrovisores. Sus ojos café claro la devolvieron la mirada detrás de los cristales de sus lentes, que se habían empañado un poco por el sudor. Pasó una mano por su larga y frondosa melena. Originalmente, su cabello tenía un tono castaño rojizo encendido que heredó de sus raíces guajiras, un rasgo que, junto a sus facciones marcadas y su piel morena, delataba su ascendencia. Sin embargo, hacía unos meses había decidido teñírselo de un negro riguroso y opaco. Quería pasar desapercibida. Quería borrar cualquier destello que atrajera miradas innecesarias.

Dahs sabía que no encajaba en los estándares de belleza tradicionales. Era bajita, de contextura robusta y gordita, y su postura habitual -siempre encorvando un poco los hombros como queriendo hacerse más pequeña- no ayudaba a que se viera más accesible. Pero lo que la gente solía confundir con apatía o arrogancia era, en realidad, un miedo paralizante al entorno. Dahs era una fortaleza de timidez extrema, un alma profundamente sentimental que sentía todo a flor de piel, pero que prefería congelarse antes de permitir que alguien traspasara su espacio personal. El contacto físico, para ella, era una invasión que le erizaba la piel de mala manera. Solo había dos lugares donde lograba canalizar toda esa energía contenida: la duela de baloncesto, donde su baja estatura se compensaba con una velocidad y astucia feroces, y el salón de ballet, donde sus músculos fuertes encontraban una disciplina rígida y una gracia que nadie esperaría de una chica con su físico.

Se bajó de la moto, colgó el casco en el brazo y caminó hacia la entrada principal del campus, sintiendo cómo el estómago se le comprimía en un puño.

El destino tenía un sentido del humor bastante retorcido. Por segunda vez consecutiva, Dahs había presentado el examen de admisión y había sido seleccionada para la carrera de sus sueños: Trabajo Social. Ella quería entender a las personas desde la distancia, ayudar a sanar realidades sociales sin tener que exponer su propio corazón en el proceso. Pero la vida, con sus vueltas burocráticas, problemas económicos y giros inesperados, la había empujado por un camino completamente distinto. Terminaría estudiando Informática. De la empatía humana a las frías e implacables líneas de código.

La única razón por la que no había entrado en pánico absoluto al firmar la matrícula de ingeniería era la chica que la esperaba sentada en las escaleras del edificio principal, agitando una mano en el aire con entusiasmo.

Ashley.

Ashley era la excepción a todas las reglas de Dahs. Su mejor amiga, su escudo contra el mundo exterior y la única persona con la que Dahs podía hablar sin sentir que las palabras se le atoraban en la garganta. Se conocían desde hacía años, y Ashley entendía a la perfección que Dahs no toleraba los abrazos ni las palmaditas en la espalda; se comunicaban con miradas, con silencios compartidos y con una lealtad inquebrantable. Aunque Dahs tenía un pequeño grupo de conocidas de la preparatoria que también asistirían a la misma universidad, Ashley era la única que poseía la llave de su confianza. Con las demás, Dahs se limitaba a asentir, sonreír con timidez y mantenerse al margen.

-¡Hasta que llegas, motera! -saludó Ashley con una enorme sonrisa, respetando la distancia de seguridad de Dahs mientras se ponía de pie-. Estaba a punto de entrar a buscarte. ¿Lista para el primer día en el país de los nerds?

-Casi me deja el semáforo de la avenida principal -respondió Dahs, con una voz suave que contrastaba con la rudeza de la motocicleta que manejaba-. ¿Pudiste revisar las listas en la cartelera? No quería acercarme, hay demasiada gente amontonada.

La sola idea de empujar personas para ver un trozo de papel le causaba escalofríos.

La expresión de Ashley cambió sutilmente, pasando de la emoción a una mueca de disculpa que encendió todas las alarmas en el pecho de Dahs.

-A ver, no te asustes... -empezó Ashley, extendiendo las manos en un gesto pacificador-. Hay una noticia buena y una mala. ¿Cuál quieres primero?

-Ashley, no juegues conmigo. La mala -pidió Dahs, sintiendo que el aire se volvía un poco más denso.

-Bueno... la administración dividió el primer semestre en dos secciones debido a la cantidad de alumnos. Tú quedaste en la Sección A... y yo en la Sección B. No estamos en el mismo salón, Dahs.

El mundo pareció detenerse por un segundo para la joven de lentes. La idea de entrar a un salón lleno de desconocidos, sin Ashley sentada en la banca de al lado para desviar la atención o hablar por ella si un profesor preguntaba algo, se sentía como una sentencia de muerte. Sus ojos se abrieron de par en par detrás de las gafas y sus manos comenzaron a sudar dentro de los bolsillos de su sudadera holgada.

-¿Qué? No, no, no... -susurró Dahs, dando un paso atrás-. Tiene que ser un error. ¿Podemos pedir un cambio? Yo no voy a poder, Ashley, tú sabes que yo no...

-¡Espera, respira! No me dejaste decirte la noticia buena -la interrumpió Ashley rápidamente, dando un paso adelante pero cuidando de no tocarla-. Revisé los horarios detalladamente. Aunque los salones están separados por un pasillo, compartimos exactamente los mismos profesores. Los bloques de clases están sincronizados. Lo que tú veas a primera hora con el ingeniero Mendoza, lo veré yo también en mi aula. Vamos a estudiar juntas por las tardes, tendremos los mismos proyectos, los mismos exámenes y los mismos horarios de salida. Solo... no compartiremos el mismo espacio físico durante las explicaciones. Pero en el receso, seré tu sombra. Lo prometo.

Dahs exhaló un largo suspiro, intentando calmar los latidos desbocados de su corazón. Miró el edificio de concreto de la facultad de ingeniería. Era una estructura imponente, llena de estudiantes que caminaban de un lado a otro, riendo, hablando en voz alta y chocando entre sí. Para ella, ese lugar parecía un laberinto lleno de trampas sociales. Sin embargo, saber que Ashley estaría a solo unos metros de distancia, lidiando con los mismos temas y bajo el mando de los mismos docentes, le dio un pequeño hilo de seguridad al cual aferrarse.

No era el escenario ideal. De hecho, era un desafío gigantesco para su timidez. Pero Dahs no era una cobarde; la disciplina del ballet le había enseñado a soportar el dolor físico para lograr la perfección, y el baloncesto le había dado la resiliencia para ponerse de pie tras un golpe duro. La informática era solo un nuevo rival al que debía aprender a leer.

-La sección A es al final del pasillo izquierdo, ¿verdad? -preguntó Dahs, acomodándose la mochila al hombro y ajustándose los lentes.

Ashley sonrió con orgullo, aliviada de ver que su amiga no iba a salir corriendo hacia el estacionamiento para huir en su moto.

-Exactamente. Ve a reclamar tu territorio, genio. Nos vemos en la cafetería exactamente a las diez en punto. Ni un minuto más, ni un minuto menos.

Dahs asintió. Se despidió de Ashley con un leve ademán de la mano y se encaminó hacia el pasillo de la Sección A. A cada paso que daba, el ruido del campus se desvanecía en su mente, reemplazado por la determinación silenciosa que siempre la caracterizaba. El primer día de clases estaba a punto de comenzar, y aunque el miedo era real, Dahs estaba lista para programar su propia supervivencia

El rugido del motor de la Apache 200 era lo único que lograba acallar el torbellino de pensamientos en la cabeza de Dahs. Ajustó sus dedos enguantados alrededor del manubrio, sintiendo la vibración de la máquina entre sus piernas mientras esquivaba el tráfico pesado de la mañana. Conducir una motocicleta a altas velocidades requería una concentración absoluta; en el asfalto, un solo milisegundo de duda podía ser fatal. Y a Dahs le encantaba esa delgada línea entre el control y el peligro. Era el único momento del día en el que su mente indomable se veía obligada a quedarse en absoluto y bendito silencio.

Cuando llegó al estacionamiento de la universidad, apagó el motor y se tomó un momento antes de quitarse el casco. Se miró en el reflejo de los espejos retrovisores. Sus ojos café claro la devolvieron la mirada detrás de los cristales de sus lentes, que se habían empañado un poco por el sudor. Pasó una mano por su larga y frondosa melena. Originalmente, su cabello tenía un tono castaño rojizo encendido que heredó de sus raíces guajiras, un rasgo que, junto a sus facciones marcadas y su piel morena, delataba su ascendencia. Sin embargo, hacía unos meses había decidido teñírselo de un negro riguroso y opaco. Quería pasar desapercibida. Quería borrar cualquier destello que atrajera miradas innecesarias.

Dahs sabía que no encajaba en los estándares de belleza tradicionales. Era bajita, de contextura robusta y gordita, y su postura habitual -siempre encorvando un poco los hombros como queriendo hacerse más pequeña- no ayudaba a que se viera más accesible. Pero lo que la gente solía confundir con apatía o arrogancia era, en realidad, un miedo paralizante al entorno. Dahs era una fortaleza de timidez extrema, un alma profundamente sentimental que sentía todo a flor de piel, pero que prefería congelarse antes de permitir que alguien traspasara su espacio personal. El contacto físico, para ella, era una invasión que le erizaba la piel de mala manera. Solo había dos lugares donde lograba canalizar toda esa energía contenida: la duela de baloncesto, donde su baja estatura se compensaba con una velocidad y astucia feroces, y el salón de ballet, donde sus músculos fuertes encontraban una disciplina rígida y una gracia que nadie esperaría de una chica con su físico.

Se bajó de la moto, colgó el casco en el brazo y caminó hacia la entrada principal del campus, sintiendo cómo el estómago se le comprimía en un puño.

El destino tenía un sentido del humor bastante retorcido. Por segunda vez consecutiva, Dahs había presentado el examen de admisión y había sido seleccionada para la carrera de sus sueños: Trabajo Social. Ella quería entender a las personas desde la distancia, ayudar a sanar realidades sociales sin tener que exponer su propio corazón en el proceso. Pero la vida, con sus vueltas burocráticas, problemas económicos y giros inesperados, la había empujado por un camino completamente distinto. Terminaría estudiando Informática. De la empatía humana a las frías e implacables líneas de código.

La única razón por la que no había entrado en pánico absoluto al firmar la matrícula de ingeniería era la chica que la esperaba sentada en las escaleras del edificio principal, agitando una mano en el aire con entusiasmo.

Ashley.

Ashley era la excepción a todas las reglas de Dahs. Su mejor amiga, su escudo contra el mundo exterior y la única persona con la que Dahs podía hablar sin sentir que las palabras se le atoraban en la garganta. Se conocían desde hacía años, y Ashley entendía a la perfección que Dahs no toleraba los abrazos ni las palmaditas en la espalda; se comunicaban con miradas, con silencios compartidos y con una lealtad inquebrantable. Aunque Dahs tenía un pequeño grupo de conocidas de la preparatoria que también asistirían a la misma universidad, Ashley era la única que poseía la llave de su confianza. Con las demás, Dahs se limitaba a asentir, sonreír con timidez y mantenerse al margen.

-¡Hasta que llegas, motera! -saludó Ashley con una enorme sonrisa, respetando la distancia de seguridad de Dahs mientras se ponía de pie-. Estaba a punto de entrar a buscarte. ¿Lista para el primer día en el país de los nerds?

-Casi me deja el semáforo de la avenida principal -respondió Dahs, con una voz suave que contrastaba con la rudeza de la motocicleta que manejaba-. ¿Pudiste revisar las listas en la cartelera? No quería acercarme, hay demasiada gente amontonada.

La sola idea de empujar personas para ver un trozo de papel le causaba escalofríos.

La expresión de Ashley cambió sutilmente, pasando de la emoción a una mueca de disculpa que encendió todas las alarmas en el pecho de Dahs.

-A ver, no te asustes... -empezó Ashley, extendiendo las manos en un gesto pacificador-. Hay una noticia buena y una mala. ¿Cuál quieres primero?

-Ashley, no juegues conmigo. La mala -pidió Dahs, sintiendo que el aire se volvía un poco más denso.

-Bueno... la administración dividió el primer semestre en dos secciones debido a la cantidad de alumnos. Tú quedaste en la Sección A... y yo en la Sección B. No estamos en el mismo salón, Dahs.

El mundo pareció detenerse por un segundo para la joven de lentes. La idea de entrar a un salón lleno de desconocidos, sin Ashley sentada en la banca de al lado para desviar la atención o hablar por ella si un profesor preguntaba algo, se sentía como una sentencia de muerte. Sus ojos se abrieron de par en par detrás de las gafas y sus manos comenzaron a sudar dentro de los bolsillos de su sudadera holgada.

-¿Qué? No, no, no... -susurró Dahs, dando un paso atrás-. Tiene que ser un error. ¿Podemos pedir un cambio? Yo no voy a poder, Ashley, tú sabes que yo no...

-¡Espera, respira! No me dejaste decirte la noticia buena -la interrumpió Ashley rápidamente, dando un paso adelante pero cuidando de no tocarla-. Revisé los horarios detalladamente. Aunque los salones están separados por un pasillo, compartimos exactamente los mismos profesores. Los bloques de clases están sincronizados. Lo que tú veas a primera hora con el ingeniero Mendoza, lo veré yo también en mi aula. Vamos a estudiar juntas por las tardes, tendremos los mismos proyectos, los mismos exámenes y los mismos horarios de salida. Solo... no compartiremos el mismo espacio físico durante las explicaciones. Pero en el receso, seré tu sombra. Lo prometo.

Dahs exhaló un largo suspiro, intentando calmar los latidos desbocados de su corazón. Miró el edificio de concreto de la facultad de ingeniería. Era una estructura imponente, llena de estudiantes que caminaban de un lado a otro, riendo, hablando en voz alta y chocando entre sí. Para ella, ese lugar parecía un laberinto lleno de trampas sociales. Sin embargo, saber que Ashley estaría a solo unos metros de distancia, lidiando con los mismos temas y bajo el mando de los mismos docentes, le dio un pequeño hilo de seguridad al cual aferrarse.

No era el escenario ideal. De hecho, era un desafío gigantesco para su timidez. Pero Dahs no era una cobarde; la disciplina del ballet le había enseñado a soportar el dolor físico para lograr la perfección, y el baloncesto le había dado la resiliencia para ponerse de pie tras un golpe duro. La informática era solo un nuevo rival al que debía aprender a leer.

-La sección A es al final del pasillo izquierdo, ¿verdad? -preguntó Dahs, acomodándose la mochila al hombro y ajustándose los lentes.

Ashley sonrió con orgullo, aliviada de ver que su amiga no iba a salir corriendo hacia el estacionamiento para huir en su moto.

-Exactamente. Ve a reclamar tu territorio, genio. Nos vemos en la cafetería exactamente a las diez en punto. Ni un minuto más, ni un minuto menos.

Dahs asintió. Se despidió de Ashley con un leve ademán de la mano y se encaminó hacia el pasillo de la Sección A. A cada paso que daba, el ruido del campus se desvanecía en su mente, reemplazado por la determinación silenciosa que siempre la caracterizaba. El primer día de clases estaba a punto de comenzar, y aunque el miedo era real, Dahs estaba lista para programar su propia supervivencia

Let Chiquimosquera know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog