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Ernest y Lina

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Summary

En el barrio Las Alondras, donde el calor derrite todo menos las ganas, Ernesto, el toro grandote y tranquilo de 45 años, maneja la heladería Trompa Fría con brazos que levantan el mundo y un culo que hace historia. Calma, voz gruesa, pocas palabras… pero un nudo que no perdona. Lina, la mapache de 28, es puro movimiento y joda: se cuelga de la heladera, tira chistes picantes, abraza sin aviso y lo provoca con cucharitas de dulce de leche, rozones “accidentales” y shorts que no tapan nada. Le encanta empujarlo hasta que el toro reaccione. La onda empieza inocente: miradas de reojo, bufidos graves, olor a helado mezclado con musk en celo. Pero un día el toro la agarra firme de la cintura, la sube arriba del freezer y todo explota entre cucuruchos, nudos hinchados de pre, carcajadas y jadeos húmedos. Ella sucia, él paciente pero implacable. Sexo crudo, animal, pegajoso… lleno de risas, puteadas cariñosas y ese olor a transpiración, dulce de leche y deseo que no se lava. Una historia furra bien porteña: barrio, calor de verano, helados que se derriten y dos cuerpos que no pueden más. Del coqueteo diario al polvo salvaje en el mostrador, con todo el pelaje, los fluidos y la pasión descontrolada que se merece un granizado bien cargado.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Dulce de leche granizado

Las siestas en Las Alondras podían derretir hasta la vergüenza más dura. El cemento ardía como plancha de parrilla, los toldos de lona chirriaban con cada soplido caliente del viento del norte, y el helado dejaba de ser un antojo para convertirse en pura supervivencia. En la esquina de Pino y Liria, el local “Trompa Fría” resistía como podía: dos ventiladores viejos que apenas movían aire tibio, el zumbido constante de las heladeras y el tintineo eterno de las cucharitas de metal contra los potes de acero inoxidable.

Ernesto, el toro grandote de 45 años, transpiraba apenas. Su pelaje oscuro, salpicado de canas plateadas en el pecho y los brazos, brillaba bajo la luz que entraba por la vidriera. Camisa celeste de trabajo abierta en los primeros tres botones, dejando ver el ancho pecho musculoso y esa V de pelo que bajaba hacia el vientre plano. Los antebrazos eran puro poder: gruesos, venosos, capaces de levantar una res entera sin esfuerzo. Pero lo que realmente hacía historia era su culo. Cuando se agachaba para meter los tachos en el freezer, el jean gastado se le tensaba de una forma que parecía gritar “mirame”. Redondo, firme, con esa carne pesada de toro maduro que se movía apenas con cada paso. El bulto del sheath se marcaba discreto pero imposible de ignorar, un paquete grueso que colgaba pesado entre sus patas traseras.

Lina, la mapache de 28 años, era todo lo contrario: puro movimiento, pura boca y puro descaro. Shorts vaqueros rotos en los bolsillos que apenas le tapaban la mitad de las nalgas peludas y redondas, un top anudado atrás que dejaba su lomo suave al aire y esa panza blanca y suave que se le marcaba cada vez que se estiraba. El pelaje de su pecho era más claro, y una línea brillante de transpiración le corría entre las tetas medianas pero firmes, bajando hasta perderse en el ombligo. Su cola anillada no paraba quieta, moviéndose como si batiera crema invisible.

—Ey, Erne… ¿cuántos cucuruchos te clavás vos por día, che? —preguntó ella, apoyada en la mesada con los codos, empujando la cola hacia arriba y arqueando la espalda de forma que el short se le subía peligrosamente.

Ernesto metía media res de helado en el freezer con una pinza, sin mirarla del todo. Su voz gruesa salió baja, como un rumble profundo que vibraba en el pecho. —Depende. Si tengo a alguien jodiéndome desde que abro… capaz más de la cuenta.

Lina soltó una risita traviesa y se acercó más, rozándole el brazo con su cadera. El contacto fue eléctrico. —Ah, ¿te molesto, toro delicado? —Sus ojos brillaban con picardía mientras se colgaba un poco de la heladera, dejando que su cuerpo se pegara al de él de lado. Podía sentir el calor que emanaba de esa espalda ancha, el olor a macho limpio mezclado con sudor de trabajo: almizcle terroso, un toque de aftershave barato y ese fondo dulce de vainilla que siempre se le pegaba al pelaje.

Ernesto la miró de reojo. Desde esa posición, el top de Lina se le pegaba a las tetas como una segunda piel húmeda. Los pezones se marcaban apenas, duros por el roce del aire tibio y por la provocación constante. El pelaje de su panza brillaba de sudor, y cuando ella se movió, él pudo oler su musk: dulce, salado, con ese toque salvaje de mapache hembra que empezaba a calentarse. No dijo nada. Solo resopló, ese bufido grave y bajo que a ella ya empezaba a volverla loca. ¿Fastidio? ¿Deseo contenido? Lina estaba aprendiendo a distinguirlos.

Entró un cliente: un zorro flaco con gorra y dos pibes hiperactivos hablando de Pikachu. Ernesto los atendió con su calma habitual, cucharón preciso, voz grave dando las indicaciones. Lina se ocupó de una pareja de lagartas adolescentes que no se decidían entre matcha y selfie. Mientras cobraba, no paraba de mirar de reojo al toro: cómo se agachaba, cómo el jean se le marcaba en ese culo monumental, cómo el sheath se dibujaba como un bulto vivo y pesado cuando se estiraba.

Cerca de las cinco, con el sol pegando de lleno en la vidriera y derritiendo todo, entraron Luba y Hiro. La conejita panadera con las mejillas siempre coloradas y el lobo alto y serio detrás.

—Buenas, los de la panadería —saludó Lina, apoyando los codos y empujando las tetas hacia adelante sin vergüenza—. ¿Qué se va a llevar la parejita del horno?

Luba pidió lo de siempre. Lina, mientras embalaba, no pudo callarse: —Estos tienen alta onda, ¿eh? Mirá cómo la toca… La conejita manda, seguro lo tiene loco con esa colita blanca. Debe hornear más que panes…

Ernesto soltó una risa grave, un mugido bajito que retumbó en el pecho de Lina y le hizo apretar los muslos sin querer. Se sonrojó, se hizo la boluda girando sobre una pata, pero desde abajo le echó una mirada larga al toro. Los pantalones se le tensaban al agacharse, el bulto del sheath se marcaba más, la base de la cola corta moviéndose justo donde el jean se le pegaba al culo. Ese culo que hacía historia.

—Che, ¿cuándo fue la última vez que te revisaste el culo, Erne? —largó ella de golpe, medio en joda, medio queriendo ver hasta dónde llegaba.

Ernesto no se giró del todo. Solo contestó con esa voz gruesa que parecía salir del fondo de un barril: —¿Querés hacerme el control vos, doctora?

Lina se atragantó con su propia risa, casi se le cae el vasito. Se encorvó hacia adelante, la cola erizada, y una gota gruesa de sudor le resbaló desde el cuello, bajando lento entre sus tetas, mojando el top hasta marcarle los pezones como dos puntitos oscuros. El calor subía. El deseo también, disfrazado de bardeo cotidiano, pero cada vez más espeso.

El día siguió con más clientes, más cucharitas, más roces “accidentales”. Lina le tiró hielo por la espalda cuando él estaba agachado; el agua fría le corrió por la columna y se perdió bajo el jean, mojándole la raja del culo. Ernesto se vengó tirándole un chorro de crema chantilly en la oreja. Ella lo amenazó riendo: —Te voy a morder el sheath por esto, toro degenerado… y no va a ser en joda.

Todo en voz baja. Todo cargado. El aire del local olía a vainilla, a sudor limpio, a musk que empezaba a mezclarse.

Cuando bajaron la persiana al final del día, el barrio estaba anaranjado y quieto. El piso pegajoso de helado derretido. Ernesto limpiaba en silencio, trapo en mano, moviéndose con esa fuerza tranquila. Lina lo observaba desde la ventana, mordiéndose el labio. El short se le había subido tanto que se le veía la curva inferior de las nalgas peludas, húmedas de sudor.

—¿Te vas caminando? —preguntó él, pasando el trapo con movimientos lentos y potentes.

—Sí, ¿por?

—Porque si te vas así, con ese culito en shorts y olor a crema de avellanas… alguien te va a querer meter en el freezer de otro.

Lina se giró riendo, pero los ojos se le achinaron de vergüenza y ganas. —Cerrá el orto, toro degenerado.

No lo decía enojada. Lo decía deseando que la siguiera jodiendo. Que mañana fuera igual… o peor. Porque entre cucuruchos, cucharitas de dulce de leche que ella chupaba despacio mirándolo a los ojos, cuerpos que se rozaban “sin querer”, y ese nudo que ya empezaba a hincharse bajo el jean de Ernesto… algo se estaba derritiendo más rápido que cualquier helado.

El sol se hundía, pero el calor entre ellos recién empezaba a subir. Lina se pasó la lengua por los labios, imaginando el sabor salado de ese toro grande y tranquilo. Ernesto bufó bajito, acomodándose disimuladamente el bulto que ya pesaba más de lo normal. Mañana sería otro día de trabajo… pero los dos sabían que el verdadero postre se estaba cocinando lento, espeso y lleno de promesas sucias.

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