1. La Delicadeza
Una corriente de aire cálida y con un olor fuerte a pescado le impactó en la cara a Grish. Le recordó al aliento de los grandes sabuesos que protegían de los lobos a las tribus de los bosques de los Colmillos de la Tierra. Prefiero enfrentarme a cinco de esas bestias antes que lidiar con un solo ciudadano más de esta maldita ciudad, pensó la joven, frustrada. Los monstruos podían tener muchas formas y, después de varios días tratando con los habitantes de Mendhabor, Grish empezaba a sospechar que no todos se presentaban con colmillos y garras.
Era un invierno atípico en Yndar. Estaba siendo más cálido de lo habitual. A pesar de ser el mes de Meiuba no habían caído las nieves que tiñen de blanco los montes de la región de Vaeloria en esta época. El invierno se estaba haciendo esperar y los caminos seguían cubiertos por el manto rojo de las hojas secas de otoño, simulando ríos de sangre. Los depredadores, con el ciclo cambiado, estaban empezando a comportarse de forma errática y las lindes de los bosques se habían vuelto peligrosas. La tierra parecía contener el aliento, instaurando una calma aparente antes de la tormenta.
El mediodía del veintiuno de Meiuba del año 896 marcó el inicio del cambio. Entre el bullicio de los mercaderes y el olor a salitre que subía de los muelles, una joven bárbara cruzaba las puertas de la ciudad. El imponente paisaje urbano, con sus puentes de piedra y sus edificios de tejados empinados, se alzaba ante ella como un laberinto de piedra. Nunca antes se había encontrado tan lejos de los suyos, del viento helado de las montañas, del olor de la tierra mojada y el brillo de los pinos al alba, y en especial, del calor de la hoguera familiar. Mientras esquivaba a los transeúntes que la miraban con desconfianza, un único pensamiento se abría paso en su mente con la misma fuerza que los ríos de torrentes salvajes de Los Colmillos de la Tierra: estaba deseando volver.
Había partido en busca de respuestas y posibles aliados, pero el viaje solo le había dejado soledad, miradas de desconfianza y puertas cerradas. Por eso, cuando una mañana despertó y encontró una misteriosa carta, no dudó en acudir a la cita. La nota la convocaba a las doce en punto en la Taberna Sirena de Hierro, en la ciudad portuaria de Mendhabor. La misiva, firmada escuetamente con las iniciales «D.D.», prometía una misión especial. Para Grish, aquello era una señal: la oportunidad perfecta para encontrar nuevos compañeros y volver a formar parte de algo grande… y si resultaba ser un engaño, al menos podría quitarse la frustración que llevaba acumulada desde su partida y disfrutar un poco de la acción y la violencia.
El camino hasta allí no había sido fácil. Los pocos viajeros, campesinos y ciudadanos con los que se había cruzado se apartaban al ver sus rasgos que, aunque suavizados por la sangre humana, eran indudablemente orcos. Su instinto de cazadora le advertía que el resto de quienes la observaban, bien desde los bosques o desde los callejones, no eran más que maleantes. Mientras se acercaba al puerto y el ruido de las gaviotas y el trajín de los pescadores aumentaba, contuvo las ganas de, en busca de pelea, gruñir a alguno de los brutos que desde las sombras de las calles la observaban con mirada oscura. No quería llamar la atención más de lo que ya lo hacía, ni que la detuvieran antes de resolver el misterio de la carta.
Se acercó por la empedrada calle a la entrada de la taberna. Al empujar la pesada puerta de madera de la Sirena de Hierro, se encontró con un interior débilmente iluminado. Pensaba que la sensación de no pertenencia y de rechazo no podría aumentar, pero estaba muy equivocada. No era un antro de mala muerte, como la aspereza del papel de la nota y la caligrafía sencilla del mensaje le habían hecho pensar; las paredes estaban decoradas con reliquias de la vieja ciudad y entre las mesas se movían nobles de sedas caras y eruditos enfrascados en silenciosas partidas de ajedrez. Con su entrada, el murmullo de las voces se cortó en seco. Los clientes se tensaron, clavando en ella miradas de recelo y temor. No le pasaron desapercibidos los gestos altivos y signos de repulsión de los más descarados. Todos parecieron asustarse ante su imponente envergadura. Todos, a excepción de un hombre sentado al fondo, que permaneció impasible, y tras observarla brevemente, volvió a centrarse en su cerveza. Sabiéndose fuera de lugar, Grish optó por no buscar problemas; descartó la idea de sentarse al ver aquellos taburetes y sillas que a sus ojos parecían frágiles juguetes, temiendo romper uno y montar un espectáculo. Se quedó de pie, rígida e incómoda, cerca de la entrada.
Poco a poco, la tensión ambiental se disipó. Los lugareños regresaron a sus dados, sus bebidas y sus charlas banales. Grish los observaba desde su rincón, incapaz de comprender por qué alguien elegiría voluntariamente encerrarse entre cuatro paredes sofocantes en lugar de reunirse en torno a una hoguera bajo las estrellas, escuchando los sonidos del bosque. Un grupo de gente adinerada o noble jugaba concentrado a un juego de cartas. En la esquina de la mesa, caballeros y damas seguían atentos los movimientos silenciosos de los jugadores, mientras con un leve tintineo de monedas de oro hacían apuestas discretas. Qué pérdida de tiempo. Su mirada se desvió hacia otra esquina de la sala, donde una figura permanecía oculta en las sombras con la capucha calada hasta la nariz. A Grish le pareció una excentricidad ridícula: hacía un calor insoportable en el lugar y no había sol ni lluvia de la que protegerse. Definitivamente, la gente de ciudad estaba loca. En una mesa alargada unos pocos eruditos leían las últimas noticias llegadas de El Gran Archivo. Con los ojos entornados, el ceño fruncido y mirando a través de sus gafas de lectura, que parecían estar imposiblemente lejos de sus ojos apoyadas en el extremo de sus largas narices, comentaban los últimos cambios políticos, mercantiles y acontecimientos triviales sucedidos en Mendhabor. Grish refunfuñó para sus adentros. Parecía que allí todo el mundo tenía sus manos llenas mirando por sí mismo y sus propios intereses, y nadie se dignaba a mirar alrededor para darse cuenta de los cambios verdaderamente importantes que estaban ocurriendo en el mundo exterior.
De pronto, la puerta volvió a abrirse, dejando entrar una ráfaga de aire fresco que Grish agradeció con un suspiro. Por ella cruzó una mujer joven con una larga trenza del color del carbón que dejaba al descubierto unas orejas puntiagudas. Era alta y de aspecto delicado, aunque más musculosa que los pocos elfos con los que Grish se había cruzado. Llevaba dos martillos sujetos al cinturón. Por el desgaste de los mangos y las marcas de quemaduras de sus manos, Grish supuso que debía de ser herrera. Una elección curiosa para alguien con aquella apariencia. En su clan se hablaba de los elfos con recelo, pero Grish no pudo evitar recordar las viejas leyendas sobre brillantes armaduras y escudos ligeros forjados por artesanos elfos, capaces de resistir las embestidas más feroces de las hachas orcas. El deseo de averiguar si aquellos relatos eran ciertos despertó su curiosidad.
Distraída por sus pensamientos no se percató de que el hombre del fondo, aquel que había parecido ignorar su llegada, se había puesto en pie. Con el rabillo del ojo, un movimiento insistente captó su atención. Descubrió que el solitario desconocido hacía señas claras y directas dirigidas a ella, indicando que se acercara. ¿Sería aquel el misterioso D.D.?
De forma cautelosa, consciente de que su envergadura volvía a tensar a los clientes a su paso, Grish se aproximó a la mesa. Vio que la supuesta elfa seguía su mismo camino y tomó asiento con naturalidad. Intentando imitarla para no desentonar, Grish agarró una de las sillas y de la forma más sutil posible se dejó caer en ella. La madera protestó de inmediato con un crujido lastimero bajo su peso, dando la impresión de que el taburete iba a ser engullido por su corpulencia. Sus rodillas quedaron dobladas en un ángulo tan forzado que chocaban contra su propio pecho al respirar. Incómoda y tensa, Grish intentó aclararse la garganta para disimular, pero el sonido retumbó como un trueno entre las vigas del techo, atrayendo de nuevo todas las miradas hacia su ridícula postura.
Antes de que pudiera lamentarse, un movimiento a su lado la sobresaltó. Al girar la cabeza, descubrió que la extraña de la capucha había abandonado su rincón y acababa de sentarse junto a ella. Grish esbozó una mueca interna de comprensión. Debería haberlo imaginado: los tres seres que menos encajaban en aquel asfixiante lugar compartían el mismo destino.
El hombre de la mesa rompió el silencio, mirándolas a las tres con solemnidad.
—Buenos días. Gracias por haber venido —comenzó a hablar, con una voz calmada que parecía ajena al ruido de la taberna—. No confiaba en que fuerais a aparecer, sabiendo el misterio que envolvía este encuentro.
Hizo una breve pausa. Agachó la cabeza y dejó que los mechones de su melena le cubrieran parte del rostro mientras ordenaba sus ideas con evidente concentración. Cuando volvió a retirarse el cabello hacia atrás, Grish entornó los ojos al fijarse en un detalle: de entre su pelo asomaban unas orejas puntiagudas, pero ligeramente redondeadas en la punta, suavizando las facciones más afiladas propias de los elfos puros. Al igual que la mujer herrera, compartía esa herencia mezclada, esa dualidad en las facciones y en la mirada que ella misma llevaba grabada en la piel.
—Mi nombre es Darion —continuó el extranjero—. Vengo de tierras lejanas y estoy buscando un grupo de aventureros que esté dispuesto a ayudarme a encontrar a mi padre. Sé que será una tarea complicada, pero confío en que vosotras podréis enfrentaros a ella. Obviamente, el esfuerzo no se hará sin recompensa. ¿Estáis dispuestas a encarar el reto?
Al escuchar la palabra «reto», algo se encendió en el pecho de Grish. Las ganas de lucha la invadieron de golpe, como un torrente incontrolable. En apenas un segundo, experimentó la familiar urgencia de la adrenalina: el corazón golpeándole las costillas, los músculos tensándose ante el esfuerzo inminente, la sangre quemándole las venas y esa maravillosa sensación de vacío en la cabeza, cuando la razón se apartaba y dejaba paso al instinto.
Llevada por ese impulso salvaje, Grish hizo un amago de ponerse en pie con entusiasmo. Pero olvidó por completo el maldito espacio constreñido en el que se encontraba. Su rodilla impactó con un golpe seco contra el borde inferior de la mesa. El mueble se tambaleó y la jarra de cerveza que Darion tenía delante salió volando, estrellándose contra el suelo con un ruido sordo. El líquido espumoso comenzó a desparramarse rápidamente por los tablones de madera. Ante el estropicio provocado y las miradas que volvían a girarse hacia ella, el fuego de la batalla se transformó instantáneamente en pura vergüenza. Grish sintió cómo el calor le subía al rostro y las puntas de sus orejas se teñían de un evidente tono rojizo.
Apretando los dientes y con un gruñido de frustración dirigido a sí misma, intentó recuperar la compostura. Miró fijamente a Darion y sentenció con voz firme:
—Yo me apunto.
Tras su abrupta intervención, un denso silencio cayó sobre la mesa, devorando incluso el eco de la jarra rota. Darion miró el suelo inundado y luego dirigió los ojos hacia ella, mientras Grish contenía la respiración con las orejas ardiendo por su propia torpeza.
La tensión la rompió la mujer de los martillos. La desconocida comenzó a asentir lentamente, sopesando las palabras de su anfitrión, pero se interrumpió a mitad del gesto. Cruzó los brazos sobre el pecho, resaltando con el movimiento los músculos de unos brazos acostumbrados a trabajar el metal, y fijó sus ojos en Darion con una mirada afilada.
—El misterio es para los poetas y los estafadores, Darion —sentenció con voz firme y pragmática—. Si quieres que arriesgue mi pellejo, se acabó el secretismo. ¿Qué le ocurrió a tu padre?
Calló un instante y entornó los ojos; su mirada se volvió distante, calculadora. Cuando recuperaron su brillo azul, parecía que una densa sombra hubiera ensombrecido su joven rostro.
—Además —continuó, con un tono extrañamente afligido—, el tiempo que pase fuera ocupada en otras tareas es tiempo en el que mi padre contará con dos manos menos que ayuden en la forja. Si quieres que abandone mi trabajo para buscar a un desconocido, la recompensa tendrá que compensarlo.
Sin apartar los ojos de él, metió la mano en su bolsa. Extrajo una pequeña pieza metálica y comenzó a hacerla girar hábilmente entre sus dedos, un ademán mecánico que, a ojos de Grish, delataba su impaciencia mientras esperaba una respuesta.
Grish contuvo un resoplido. Todo el mundo parece tener un precio en la ciudad, pensó. Aunque, siendo sincera, en los Colmillos nadie descuidaba su trabajo por una promesa bonita. Al menos, parecía que su instinto no le había fallado al pensar que era herrera.
Darion, que hasta el momento había estado observando a la artesana con atención, desvió la mirada. Sus ojos recorrieron rápidamente los laterales de la taberna, escudriñando las mesas cercanas para asegurarse de que no hubiera oídos indiscretos prestando atención a lo que allí se hablaba. Tras comprobar que los parroquianos seguían en lo suyo, soltó un hondo suspiro.
—Creedme cuando digo que el secretismo no es algo que yo haya elegido mantener —respondió, bajando la voz—. Si no comparto demasiados detalles con vosotras es porque ni yo mismo sé qué ocurrió exactamente. Mi padre desapareció hace quince años. Mis investigaciones me llevan a creer que sigue vivo y que se encuentra retenido en un lugar al que no se puede acceder por medios convencionales. Hasta donde yo sé no tenía enemigos conocidos. Mi padre no es... bueno, no era, una figura especialmente pública.
El hombre hizo una pausa. Sostuvo la mirada de cada una de las tres mujeres, clavando sus ojos en ellas con absoluta seriedad. Carraspeó levemente antes de continuar.
—Llevo más de un año investigando y he descubierto que, para acceder al lugar donde creo que lo retienen, necesito una llave. Una llave muy particular, compuesta por una serie de objetos mágicos que, en caso de aceptar, deberéis ayudarme a recuperar. El primero de esos objetos se encuentra aquí mismo, en Mendhabor.
Darion volvió a centrar su atención en la mujer de los martillos, intentando calmar y responder a sus dudas.
—En cuanto a la recompensa, os pagaré con aquello que me pidáis, siempre en función y medida de vuestra actuación. Si aceptas, puedes limitarte a ayudarme a encontrar la primera pieza de la llave; para ello ni siquiera tendrás que marcharte de la ciudad. Una vez que la adquiramos, si decides no continuar con la misión de rescate, respetaré tu decisión. Te remuneraré el trabajo realizado y podrás volver a tu forja sin más contratiempos.
Ante aquella oferta tan razonable, la desconocida detuvo el tintineo de la pieza metálica y asintió con la cabeza, satisfecha. Parecía no tener nada más que añadir por el momento.
Al escuchar que la búsqueda empezaba de inmediato y en las mismas calles de la ciudad, un escalofrío de pura expectación recorrió el cuerpo de Grish. Sintió cómo se le erizaba la piel de los brazos y una pequeña sonrisa, salvaje y cómplice, le curvó la comisura de la boca, dejando asomar sus pequeños colmillos inferiores. El aburrimiento y la asfixia de la taberna se habían acabado. La aventura estaba a punto de comenzar.
La última mujer del grupo, que hasta el momento parecía haber desaparecido en el silencio de la mesa, habló por fin desde la densa oscuridad del interior de su capa:
—Bien. ¿Dónde debemos ir?
Darion pareció aliviado de que las tres aceptaran el trato, aunque fuera a regañadientes.
—La pieza que debéis buscar es un objeto mágico con forma de vara de color negro —explicó, inclinándose hacia delante—. Los rumores dicen que está escondida en Heridel, el cementerio de la ciudad, concretamente en la tumba del temido Jack el Viudador. Pero antes de que os marchéis, convendría que os presentaseis y conocierais cómo podéis apoyaros entre vosotras.
Tras sus palabras, cayó un silencio incómodo. Nadie parecía querer dar el primer paso ni revelar sus cartas. A Grish no le gustaba un pelo aquella situación; no soportaba la idea de no saber de quién se iba a rodear. Desde su partida de las montañas por encargo de su clan, el vacío de la soledad la había acompañado en cada jornada. Había ido en busca de respuestas y posibles aliados, pero hasta el momento apenas había conseguido que la gente la escuchara el tiempo suficiente para explicar qué estaba ocurriendo en el norte. Añoraba la fuerza del vínculo común, el calor de los suyos y el tener un objetivo compartido. Sin conocerlas, sería imposible confiar en ellas como compañeras, considerarlas parte de su manada. Seré yo quien ataque primero entonces, pensó.
—Me llamo Grish —soltó con voz atronadora, rompiendo el hielo de golpe.
El sonido de su nombre pareció hacer temblar los delicados cubiertos de plata de la mesa vecina, ganándose otra ronda de miradas de reprobación que ella ignoró por completo. Apoyó sus grandes manos sobre el tablero de madera, inclinándose hacia delante para mirar a Darion y a las otras dos mujeres a los ojos.
—Vengo del norte, de las fortalezas de Los Colmillos de la Tierra. En mi hogar, el clan Rocarrota, no se deja a nadie atrás. Cuenta con mi fuerza, Darion. Estoy dispuesta a ayudar en esta tarea… y a aplastar a quien se interponga en nuestro camino. Pero acabemos con esto cuanto antes, no me gusta estar tanto tiempo parada en un mismo lugar... No es natural.
Grish frunció el ceño, visiblemente ofuscada por las cuatro paredes que la rodeaban. Ignorando su gesto hosco, la semielfa le dirigió una mirada de soslayo y fijó sus ojos en el arma de la bárbara.
—¿Llamas a eso un hacha? —preguntó con desdén.
Sin pedir permiso, se inclinó ligeramente sobre la mesa para señalar el filo del arma con un dedo acusador, entrecerrando los ojos como si la sola visión del metal herido la enfureciera.
—El acero no es del todo malo. Reconozco una buena aleación con alto contenido en carbono cuando la veo y, por tu historia y su aspecto, probablemente venga de las minas del norte... Pero tiene tantas mellas en la hoja que parece la dentadura de un goblin desnutrido.
Irguiéndose de nuevo en su asiento y clavando por fin sus ojos en los de Grish, completamente imperturbable ante la amenazadora reacción de la bárbara, la mujer sentenció fríamente:
—Ahora mismo, con ese filo no serías capaz de cortar ni la espuma de la cerveza que acabas de derramar. Debes de haber compensado la evidente falta de corte de tu hacha con pura fuerza bruta. Impresionante —añadió, no sin cierta ironía—. Cuando acabemos este encargo, tráeme esas pobres desgraciadas a mi taller. Te vaciaré la hoja, enderezaré el filo a veinticinco grados y les daré un baño de aceite de cueva enano para que la sangre no te oxide el metal. Te costará ocho piezas de plata. No hago milagros por caridad, y arreglar este desastre es, definitivamente, un milagro. Mi nombre es Mara.
A la semielfa le brillaron los ojos con una mezcla de humor y picardía antes de reclinarse en su asiento, satisfecha con su evaluación. Grish soltó un gruñido gutural mientras pasaba su pulgar áspero por el filo arruinado de su hacha, comprobando a regañadientes que la herrera tenía toda la razón. Sin mediar palabra, dejó caer una pesada moneda de oro sobre la mesa como pago por adelantado. La pieza desapareció al instante bajo los hábiles y rápidos dedos de Mara.
Sin embargo, la encapuchada seguía sin decir nada, estática en su rincón. Grish, perdiendo la paciencia, se giró bruscamente hacia ella y explotó:
—Muy bien, sombras —gruñó, señalando con un dedo amenazador a la misteriosa figura—. Darion ya nos ha contado por qué estamos aquí. La de los martillos ha dejado claro que es una maniática del acero y que tiene la lengua más afilada que la hoja de mi hacha. Y ya sabemos que yo seré la que va a recibir los golpes cuando las cosas se pongan feas.
Grish hizo una pausa dramática, acercando su rostro marcado por las cicatrices a apenas un palmo de la capucha oculta.
—En mi clan, el que no habla antes de una cacería es porque es la presa, o porque es un cobarde que va a huir al primer corte. Y a mí no me gusta cazar con cobardes.
La guerrera extendió su callosa mano de tonos verdes y grisáceos, directamente hacia la tela de la capa de la mujer. Pero la desconocida reaccionó rápido y se apartó bruscamente, esquivando el agarre. Una de sus manos desapareció bajo la capa y se cerró sobre la empuñadura de la daga que llevaba al cinto. Desde el fondo de la capucha brotó la voz de la muchacha:
—No me toques.
Grish detuvo la mano. La desconocida permaneció inmóvil durante unos segundos. Después, quizá al darse cuenta de que todas las miradas de la mesa estaban clavadas en ella, relajó ligeramente los dedos alrededor de la empuñadura.
—Me llamo Skie.
Grish esperó… Nada.
—¿Y?
Skie guardó silencio. Finalmente la joven soltó un suspiro.
—Sé usar una ballesta.
—Eso es un arma, no una personalidad.
Desde el otro lado de la mesa, Darion se aclaró la garganta.
—Skie posee cierta afinidad con el Flujo.
La capucha se volvió hacia él con tanta rapidez que Grish comprendió de inmediato que Darion acababa de decir algo que no debía.
—Eso todavía no lo sabes —dijo Skie.
—Te he visto utilizarlo. Al menos una vez.
—Eso no cuenta —replicó ella, cortante.
Darion ni siquiera pestañeó, manteniendo su mirada fija en la oscuridad de la capucha.
—Una jarra se congeló en tus manos.
—Hacía frío —respondió ella, aunque sus nudillos, blancos de tensión, desmentían su propia excusa.
—Estábamos dentro de una taberna —remató Darion.
Skie permaneció callada, dejando que el murmullo de los parroquianos cercanos rellenara el silencio. Darion sonrió ligeramente.
—Está en Mendhabor buscando formación.
Grish volvió a mirar a la encapuchada.
—¿Eres hechicera?
Hubo una pausa que fue demasiado larga para una pregunta tan sencilla.
—Eso creo —susurró finalmente la joven.
La bárbara se reclinó de nuevo en su asiento. Interesante, pensó para sus adentros por segunda vez en aquella mañana. Una herrera obsesionada con el metal, una hechicera que no sabía si era hechicera y un desconocido que pretendía que le ayudaran a rescatar a su padre con una llave que, por algún motivo incomprensible, había acabado dividida en piezas y desperdigada por Yindar. Definitivamente, había tomado la decisión correcta al acudir a aquella taberna.
Nota técnica de la autora:
Análisis del incidente: La rotura de la jarra no ha sido culpa de la falta de delicadeza de Grish, sino un suceso derivado de un problema de calidad en la producción de la cerveza de la ciudad. Tras un análisis rápido, Grish ha determinado que el “aguachirri” que sirven en Mendhabor tiene una densidad tres veces menor que la cerveza de los Colmillos de la Tierra. El resultado: la masa y contundencia del líquido no aguantó el delicado movimiento de una bárbara estándar y acabó cayendo. Grish sigue siendo tan delicada como una flor: el cardo borriquero... No deja de ser una flor, una que te pincha si intentas tocarla.
¿Qué os ha parecido la primera “virtud” de Grish? ¡Os leo en los comentarios!








