Teacher's Pet by Sykes_ss at Inkitt
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Teacher's pet

Summary

La dulce mascotita de max

Genre
Erotica
Author
Sykes_ss
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

El último año de prepa era una condena diaria para Checo. A sus 17 años debería sentirse grande, con la vida por delante, pero en esa escuela privada lo único que cosechaba eran burlas. Se reían de su cabello oscuro y rebelde, de su acento marcado, incluso de esas pecas que le manchaban las mejillas. Ridículo, eso lo sentía cada vez que tenía que huir al baño a encerrarse a llorar en silencio, apretando los puños contra su pecho como un niño.

Los maestros sabían perfectamente lo que pasaba. Lo miraban con cierta lástima, otros con indiferencia. Y las clases de deportes… esas eran un infierno. La última vez, dos chicas habían tenido la gracia de lanzarle un balón directo a la cara. El golpe seco le hizo crujir la nariz y en segundos estaba sangrando como si lo hubieran apuñalado.

—Mierda… —murmuró Alonso, el profesor de deportes, al verlo tambalearse con las manos llenas de rojo.

Lo tomó del brazo y lo arrastró a la enfermería. El sangrado era abundante, grotesco, un hilo caliente que no paraba de bajar por su boca. Le metieron tapones en las fosas nasales y apenas entonces pudo respirar un poco. Alonso, con gesto serio, le dijo que tendría que levantar un reporte y avisar a su tutor.

Checo solo asintió cabizbajo, con los ojos húmedos, odiando la humillación de que lo vieran así.

El camino hasta la oficina de su tutor fue eterno. Alonso tocó la puerta, y la voz grave de Verstappen se escuchó desde adentro:

—Adelante.

El hombre alzó la ceja cuando vio al muchacho, con los tapones sobresaliendo de su nariz. Su expresión se endureció.

—¿Qué pasó?

Alonso explicó la situación con tono práctico, como si hablara de cualquier accidente menor. Max, sin apartar la mirada de Checo, pidió que se quedara.

—Déjanos solos —ordenó.

Cuando la puerta se cerró, el silencio pesó sobre el chico. Max esperó. Siempre esperaba. No preguntaba de inmediato, lo dejaba ahogarse un poco hasta que las lágrimas rompían solas la barrera.

Checo no tardó en cubrirse la cara con ambas manos, sollozando con fuerza.

—No… no quiero estar aquí, Maxie… —balbuceó con la voz nasal, húmeda.

En cuanto el profesor Alonso se fue, el chico corrió a rodear el escritorio, subiéndose sin pensarlo sobre el regazo de su profesor de historia. Hundió la cara en su cuello, mojándole la camisa.

—Shhh… tranquilo. —Max deslizó una mano grande por su espalda, acariciando con calma. Sus labios rozaron la frente sudada, la mejilla manchada. Besos suaves, posesivos, como si no le importara que el chico estuviera hecho un desastre.

—Quiero cariño… me siento tan mal… —lloriqueó Checo, aferrándose al pecho de él con desesperación.

Max sonrió apenas, con esa frialdad encantadora que siempre escondía detrás de su cuidado.

—Eres un niño dulce, Chequito… demasiado para un lugar como este. —Le apartó un mechón del cabello húmedo de lágrimas, observando la carita manchada, las pecas vibrantes sobre la piel roja de tanto llorar.

El chico suspiró, tratando de limpiarse con las mangas del uniforme, pero Max le sujetó las muñecas.

—Déjame verte —ordenó.

La respiración de Checo era un sollozo roto, un jadeo. Max lo tenía atrapado entre sus brazos, sentado sobre sus muslos fuertes, apenas moviéndose. El olor de sangre seca y colonia escolar era penetrante.

—Mírame, cariño. —Max alzó su barbilla con dos dedos, forzando a que lo mirara directo a los ojos.

Checo pestañeó, vulnerable, los tapones en la nariz haciéndolo ver todavía más indefenso.

—Me odian, Maxie… siempre se ríen… hasta de mis pequitas… —confesó en un susurro tímido.

El profesor apretó la mandíbula.

—Que se jodan todos. —Su voz salió seca, violenta, tan distinta a las caricias de sus manos.

El chico tragó saliva, estremeciéndose con la dualidad.

—No quiero ir a deportes nunca más… —murmuró Checo, casi infantil.

—No vas a hacerlo si yo lo digo. —Max lo abrazó con fuerza, enterrando la boca en su cuello. Sus labios besaron despacio, calientes, peligrosos.

Checo cerró los ojos, con la respiración temblorosa, dejándose llevar. El corazón le latía tan rápido que parecía que iba a reventar.

—Maxie… —susurró bajito, como si el apodo le quemara en la lengua pero lo necesitara.

Max sonrió contra su piel.

—Dime qué necesitas.

El chico dudó, mordiéndose el labio, antes de hundir más la cara en su pecho.

—Solo… abrázame…

Y Max lo hizo. Lo apretó fuerte, demasiado fuerte, con esa mezcla entre consuelo y posesión que hacía que Checo se derritiera, aun cuando su mente le gritaba que no estaba bien. Los besitos en la cara se volvieron más lentos, más calculados, los dedos en su espalda bajaron apenas un poco más de lo debido.

Checo se aferró, temblando, sin soltarlo, sintiendo que si se alejaba aunque fuera un centímetro, el mundo se derrumbaría.

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Checo siempre había encontrado su refugio en personas mayores. Desde niño buscaba brazos más firmes, voces graves que lo calmaran, alguien que lo mirara como si de verdad importara. Por eso, para él no era extraño estar ahí, acurrucado sobre las piernas de su profesor, con el rostro hundido en el cuello de Max. Era casi natural, casi necesario.

No era la primera vez.

Meses atrás, cuando le asignaron a Verstappen como tutor de grupo, algo en la vida de Checo cambió. Bastó con que lo viera por primera vez para quedar atrapado: esa presencia seria, esos ojos fríos que parecían desarmar a cualquiera, la voz firme que no se quebraba nunca. Y Max… Max se había fascinado desde el primer día con aquel rostro dulce, los pómulos manchados de pecas, la timidez incrustada en cada gesto.

La primera vez que se encontraron de verdad no fue en clase. Fue en el baño.

Checo había huido a llorar, como tantas veces, y Max lo sorprendió inclinado sobre el lavabo, con las manos mojadas y los ojos enrojecidos. El profesor no lo regañó, no lo preguntó todo de golpe. Se acercó despacio, le ofreció un pañuelo limpio y, con una calma antinatural, le acarició el cabello hasta que el chico terminó llorando sobre su hombro.

Desde entonces, momentos como ese se repitieron.

Abrazos robados en la oficina. Besos en la frente que no parecían tan inocentes, pero que Checo aceptaba con la devoción de un niño que se sabe protegido. Mensajes al celular después de la escuela:

—Come algo, no quiero verte débil mañana.—

—Duerme temprano, mi niño.—

—Eres importante, Sergio.—

Y para Checo, que nunca había sentido verdadera atención de nadie, aquello era un regalo. Alguien se preocupaba. Alguien lo quería.

—¿Hoy sí comiste? —preguntó Max en voz baja, acariciándole la espalda mientras Checo lo apretaba contra su pecho, todavía con los tapones en la nariz.

El chico asintió con la cabeza, tímido, aunque sabía que mentía. Apenas había probado un pan en la mañana, y nada más.

Max suspiró, mirándolo con esa dureza que nunca le aplicaba a él.

—No me mientas, Chequito. Te conozco demasiado bien. —Le tocó la barbilla, obligándolo a levantar la cara.

—Un pan… —confesó con la voz apagada.

Max resopló, pero no alzó la voz. Jamás lo hacía con él.

—Un pan no es comer. —Le pasó el pulgar por la mejilla, borrando las marcas húmedas de las lágrimas—. No quiero que vuelvas a dejarte morir de hambre. ¿Entendido?

Checo asintió rápido, con los ojos brillantes. Le encantaba que lo regañara así: sin gritos, con esa paciencia venenosa que lo hacía sentirse visto, cuidado, casi amado.

—Sí, Maxie…

El hombre sonrió apenas al escuchar el diminutivo. Siempre que Checo lo decía, algo en su pecho se encendía.

—Eso es, mi niño.

Checo tembló un poco, no sabía si de vergüenza o de alivio. Se acurrucó más en él, cerrando los ojos mientras Max seguía con sus caricias. Los labios del profesor rozaron su frente otra vez, luego la sien, después la mejilla.

—Eres muy bonito —susurró, como si hablara consigo mismo.

El chico rió bajito, nervioso.

—No lo soy… todos se burlan…

—Porque son unos imbéciles. —La voz de Max salió seca, cortante, como un látigo. Luego suavizó el tono—. No ven lo que yo veo.

Checo tragó saliva, sin saber qué contestar. Las palabras se le quedaron atoradas, pesadas, como un secreto.

—¿Y… qué ves, Maxie? —preguntó al final, apenas un murmullo.

Max lo sostuvo de la nuca, bajando la frente contra la suya. Los ojos del hombre eran demasiado cercanos, demasiado intensos.

—Veo a un niño que merece que lo cuiden… que merece dormir tranquilo, que merece que lo abracen hasta que deje de temblar.

Checo suspiró, y un sollozo suave se le escapó de nuevo.

—Gracias… —susurró, escondiendo otra vez la cara en su cuello.

Max lo dejó hacer. Lo dejó llorar y mancharle la camisa con lágrimas. Mientras tanto, sus dedos se deslizaban lentos por la espalda, rozando a veces la curva suave de la cintura bajo el uniforme. Movimientos que parecían accidentales, pero que no lo eran.

El chico no protestaba. Al contrario, se acomodaba mejor, buscando ese contacto.

Se sentía tan bien tener a alguien que no lo empujara, que no se riera, que le dijera mi niño con esa voz grave.

—Mañana voy a pasar lista yo mismo, y si no te veo fuerte, te saco de las clases —dijo Max con firmeza, como quien dicta una sentencia.

—Sí, profe…

—No “profe”. —Le mordió apenas el labio inferior, un roce fugaz que hizo que Checo abriera los ojos con sorpresa. Max sonrió de lado—. Para ti soy Maxie.

El chico asintió, nervioso, sintiendo un calor extraño expandiéndose en su pecho y bajando despacio a su vientre.

Max lo abrazó más fuerte, como si quisiera dejarlo sin aire, como si quisiera grabarse en su cuerpo.

El silencio en la oficina era denso. Solo el reloj de pared, tic-tac, tic-tac, marcaba los segundos.

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En clase, todos lo notaban. O eso decían.

Checo participaba siempre, entregaba todo impecable, respondía los exámenes sin una sola mancha. No solo en historia, también en matemáticas con Lewis, en geografía con Valtteri. Pero para sus compañeros, aquello no era mérito: era favoritismo.

—Seguro se los coge a todos —soltó alguien una vez a media voz, lo bastante fuerte para que Checo lo escuchara.

“Puta.” “Zorra.” “Perra.”

Los insultos le caían como piedras todos los días.

A veces encontraba su mesa rayada con obscenidades. Otras, apenas se sentaba, alguno le ladraba como si fuera un perro callejero.

Él se tallaba los ojitos con las mangas del uniforme, tragándose las lágrimas, tratando de seguir escribiendo en sus apuntes. Pero dentro le ardía todo.

Mientras tanto, Max lo miraba desde el escritorio con los brazos cruzados, conteniendo la rabia. Ansiaba que sonara la campana, que su niño cruzara esa puerta rumbo a su oficina, que pudiera abrazarlo hasta hacerlo olvidar a todos esos imbéciles.

Hasta que un día escuchó algo que le torció las entrañas.

Dos alumnas cuchicheaban en el pasillo, sin notar que él estaba detrás.

—Te lo juro, parece que Checo y el profe Lewis traen algo.

—Ajá, yo también vi cómo lo miraba… Y Checo hasta le sonrió, bien raro.

Max sintió un calor subirle por el cuello. Enfureció. No se detuvo a pensar. Caminó directo a su oficina, con pasos pesados, contando los minutos hasta que Checo apareciera. Quería saber quién mierda lo estaba tentando con esas sonrisas.

Cuando el chico llegó, traía un brillo extraño en los ojos. Se veía feliz, como siempre que lo buscaba, ya listo para correr y treparse a su regazo.

Pero Max lo detuvo.

—Siéntate. —Su voz fue cortante, seca, como un látigo.

Checo se frenó en seco, parpadeando confundido.

—¿M-Maxie…?

—Siéntate —repitió.

El muchacho obedeció, hundiéndose en la silla frente al escritorio. Se frotó nervioso las manos sobre la falda del uniforme, tragando saliva.

Max lo observó en silencio, los ojos ardiendo.

—Hoy escuché algo. —Se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa—. Dicen que tú y Lewis tienen algo.

Checo abrió los ojos, horrorizado.

—¡¿Qué?! N-no… ¡eso no es cierto!

—Dicen que lo miras demasiado. Que le sonríes como… —Max apretó la mandíbula, conteniendo la furia—. Como solo deberías sonreírme a mí.

El chico se mordió los labios, las manos temblorosas.

—Yo no… yo no hice nada malo. Lewis es… solo es amable. Nada más.

Max golpeó la mesa con la palma abierta. El ruido seco lo hizo brincar.

—¿Eres un desesperado buscando atención? ¿No te basta lo que yo te doy?

Checo sintió que el pecho se le hundía. Las lágrimas le llenaron los ojos al instante.

—No digas eso, Maxie… yo… yo solo quería ser educado… tú eres todo para mí, no necesito a nadie más… —su voz se quebró en un sollozo.

El silencio cayó de nuevo. Max lo miró, respirando fuerte, tratando de calmar el latido desbocado de su propio corazón.

Finalmente, se levantó y caminó hacia él.

—Ven acá. —Su tono bajó, más suave.

Checo obedeció sin pensarlo, poniéndose de pie. Max lo sujetó de la cintura y lo acomodó en su regazo, hundiéndolo contra su pecho.

—No quiero volver a escuchar esas mierdas, ¿me entiendes? —le susurró al oído, apretándolo fuerte—. Solo quiero lo mejor para ti.

—Sí, Maxie… —murmuró el chico, aliviado de sentir de nuevo sus brazos, su calor.

Max le acarició el rostro con la yema del dedo, deteniéndose en sus labios húmedos de llanto. Trazó lentamente el contorno, bajando por la curva blanda con paciencia.

—Tienes la boca más suave que he visto —dijo en un susurro bajo, casi un gruñido.

Checo lo miró con los ojos vidriosos, el corazón golpeándole las costillas.

—Maxie…

El hombre contuvo la respiración un instante, antes de soltar la pregunta.

—¿Puedo besarte?

El mundo pareció detenerse en ese segundo. Checo se quedó inmóvil, apenas parpadeando, y luego asintió con una sonrisa tímida que iluminó sus pecas aún húmedas.

—Sí…

Max inclinó la cabeza y rozó sus labios. Fue un beso cuidadoso, lento, cargado de todo lo que había contenido durante meses. Checo gimió bajito contra su boca, temblando de felicidad, sabiendo que no podía haber mejor primer beso que con quien le decía que lo adoraba.

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Max quería contenerse, lo juraba. Quería seguir siendo el profesor encantador que solo lo abrazaba y lo cuidaba. Pero mierda… esos labios suaves y temblorosos eran un veneno delicioso. El primer roce fue suficiente para perder la calma. Hundió la mano en la nuca de Checo, presionando con fuerza, profundizando el beso hasta que el chico se quedó sin aire, gimiendo bajito contra su boca.

Cuando al fin se separaron, Checo lo abrazó con desesperación, la sonrisa estirada entre lágrimas y felicidad.

—Eres perfecto, Maxie… —susurró, escondiendo la cara en su cuello.

Max sonrió, acariciándole el cabello como si le perteneciera.

A partir de ese día, todo cambió.

La oficina dejó de ser solo un refugio. Cada vez que se encontraban, las manos terminaban enlazadas, los labios chocando hasta que les ardían, las respiraciones mezcladas, el aire arrancado a tirones. Checo aprendió que lo que más le gustaba era que Max lo sujetara fuerte, que no le diera escapatoria. Se dejaba besar hasta que el pecho le dolía, hasta que las piernas le temblaban.

Una tarde, después de uno de esos encuentros, Checo fue directo al baño. Se miró en el espejo, intentando alisar su cabellito, disimular la sonrisa idiota que no se borraba. Pero entonces lo sintió: algo húmedo, incómodo, extraño. Frunció el ceño, bajó discretamente sus braguitas y… casi se desmaya de vergüenza.

Estaba empapado.

No era una humedad leve. Era un charco tibio, viscoso, bajando por sus muslos delgados.

—Dios… —susurró, apretando las piernas con fuerza, con el rostro ardiendo. Nunca había sentido algo así. No podía creer que solo un beso, solo las manos de Max en su cuello, lo dejaran así de mojado.

Se lavó las manos, respiró hondo, y salió como si nada. Pero dentro llevaba la vergüenza latiéndole en el vientre.

No todos eran ciegos.

Lewis, profesor de matemáticas, había empezado a notar algo raro. No eran rumores, era la manera en que Max y Checo se miraban en los pasillos, la forma en que Checo corría a la oficina después de clase, los silencios cargados. Lewis había visto demasiado en su vida como para no reconocerlo.

Y una tarde, lo encaró.

—Verstappen. —La voz de Lewis lo detuvo en seco, justo al salir del aula.

Max lo miró de reojo, incómodo.

—¿Qué quieres?

—No te hagas el imbécil. ¿Qué te traes con Sergio?

El nombre en la boca de otro hombre le sonó sucio. Max ladeó la cabeza, fingiendo no entender.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sabes. —Lewis dio un paso más cerca, los ojos entornados—. Lo veo en tu cara. Y lo veo en la suya.

El silencio se volvió filoso.

Max cambió de expresión al instante: el gesto se endureció, la mirada se volvió hielo.

—Y si fuera cierto, ¿qué? ¿A ti qué mierda te importa?

Lewis apretó la mandíbula, pero antes de que pudiera contestar, Max lo atravesó con una sonrisa torcida.

—No te hagas el santo, Lewis. Recuerda a Nico.

Lewis se tensó, los puños cerrándose a los costados.

—No menciones ese nombre.

—¿Por qué no? —Max se inclinó apenas, murmurando con veneno—. Todos veíamos los moretones, las marcas en el cuello, la forma en que lo tratabas. Lo amabas tanto que lo dejabas lleno de golpes. Tú eres el último que puede venir a darme lecciones.

Lewis lo miró con rabia contenida, el recuerdo mordiéndole el orgullo.

—Eres peor que yo, Verstappen.

—No —Max sonrió, girando sobre sus talones para irse—. Yo soy más inteligente.

Lo dejó plantado ahí, mascando su propia bilis. Max no tenía tiempo para estupideces, no cuando su mente ardía con una sola imagen: el rostro pecoso de su Checo, esperándolo en su oficina.

Caminó rápido, casi con ansiedad. Solo quería verlo, solo quería volver a probarle la boca, perderse en su inocencia húmeda y temblorosa.

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Esa tarde, Max estaba decidido. Quería dejarle claro a Lewis que sus palabras no valían una mierda. Quería demostrarle, con hechos, que Checo era suyo de la forma más íntima.

Cuando el chico entró en la oficina, sonriendo como siempre, Max ya lo esperaba sentado en su silla. Bastó con que cerrara la puerta para que todo ocurriera como de costumbre: Checo corrió a sentarse sobre su regazo, con las piernas recogidas y los brazos enredados en su cuello.

—¿Hoy comiste algo decente? —preguntó Max, como quien interroga con cariño.

—Sí… bueno, solo un poco… —respondió el chico, pero su voz se cortó cuando sintió los dedos grandes de Max recorriéndole los muslos.

El profesor lo acariciaba lento, dibujando círculos sobre la tela del uniforme, subiendo cada vez más.

—Quiero la verdad, Chequito. —Max bajó la boca hasta su cuello, besando, mordiendo apenas la piel pecosa.

Checo jadeó fuerte, temblando.

—C-comí, te lo prometo…

El aire se volvió espeso. Las manos de Max se deslizaron bajo la falda, subiendo con calma venenosa hasta palparlo entero. Cuando le apretó con descaro las nalgas, Checo dio un salto, con la voz quebrada:

—¡Max!

Max lo miró desde abajo, con esa sonrisa torcida que siempre lo desarmaba.

—Tienes un culo delicioso, mi niño. —Le apretó otra vez, hundiendo los dedos.

Checo se ruborizó hasta las orejas, escondiendo la cara en el pecho de él. No podía negar lo que sentía: ya estaba mojado, tanto que la tela de sus braguitas empezaba a pegarse contra la piel.

Mientras se movía en su regazo para acomodarse, Checo rozó el bulto duro en el pantalón de Max. Fue suficiente para arrancarle un gemido alto, inesperado, mientras su coño palpitaba y mojaba más la tela.

Max gruñó, levantando la falda de golpe. La visión lo dejó fascinado: el uniforme impecable, la humedad evidente marcando su propio pantalón, y esas braguitas pequeñas, casi transparentes, que no ocultaban nada.

—Mírate… mojándome todo. —La voz de Max era grave, rota de deseo.

Checo se cubrió la cara con las manos, avergonzado.

—No quería… yo… no puedo controlarlo…

—No te avergüences. —Max lo sostuvo de la muñeca, apartando las manos—. Es precioso.

La pregunta flotó entre ellos. Checo dudó unos segundos, con el corazón desbocado, antes de asentir con un sí apenas audible.

—Quiero saber qué se siente… contigo, Maxie.

La sonrisa del hombre fue depredadora. Se inclinó sobre él, presionando los labios contra los suyos en un beso profundo, mientras sus dedos se enganchaban en la tela fina de sus braguitas.

—Me vuelven loco estas braguitas tuyas. —Las estiró con dos dedos, como si fueran un juguete frágil—.

Checo gimió, mordiéndose el labio. El calor en su vientre era insoportable.

—maxie...no se muy bien que hacer —murmuró entre jadeos, con la mente intentando regresar a lo cotidiano.

Max rió bajo, mordiéndole el cuello.

—tranquilo —Su voz salió grave, casi un gruñido—. Yo te enseño.

Su mano bajó, presionando directo sobre la tela empapada, arrancándole un gemido que llenó la oficina.

Max lo besó otra vez, tragándose su voz.

—Vamos a aprender juntos, mi niño. —Le susurró contra la boca, empujando suavemente la tela húmeda hacia un lado.

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Max no tenía prisa. Esa era la diferencia: el cabrón sabía perfectamente lo que hacía. Tenía a Checo sentado sobre sus piernas, con la falda levantada y esas braguitas transparentes corridas a un lado, dejando a la vista ese coño hermoso. Un coño gordito, lampiño, con los labios carnosos de un color caramelo húmedo que brillaba bajo la luz tenue de la oficina.

—Mírate, precioso… —murmuró Max con una sonrisa torcida, acariciando la piel suave de su muslo—. Tan perfecto, tan mío.

Checo apretaba los ojos, temblando como si fuera a romperse. Nunca nadie lo había tocado así, nunca nadie lo había mirado con tanta hambre y devoción al mismo tiempo.

Los dedos largos de Max se deslizaron, despacio, por los labios externos. El chico dio un salto, un gemido torpe escapando de su garganta.

—Shhh… tranquilo, mi niño. —Max le besó la frente—. Solo quiero conocerte, saborearte con mis manos.

El profesor trazó líneas lentas sobre la carne húmeda, separando con cuidado los labios hasta dejar a la vista el clítoris, pequeño y palpitante. Checo se tapó la cara con las manos, avergonzado de la crudeza de su propio cuerpo.

—No te escondas. —Max le apartó los brazos, obligándolo a mirarlo—. Quiero ver todo de ti.

El rubor subió a las pecas de Checo, gimió bajo cuando Max rozó el clítoris con la yema de un dedo, apenas una caricia.

—¡Ah… Maxie!

—Eso… suéltate. —El hombre lo observaba con fascinación, mientras acariciaba lento en círculos, jugando a provocarlo sin darle todavía el ritmo que pedía—. Escucha cómo suena tu coño, mojándome los dedos.

En efecto, cada roce iba acompañado de un ruido húmedo, un chasquido íntimo que llenaba el silencio de la oficina. El pantalón de Max estaba ya empapado, pero no le importaba.

Deslizó un dedo hacia la entrada, rozándola apenas. El calor lo envolvió de inmediato.

—Estás tan apretadito… ni siquiera he entrado. —Sonrió contra su cuello, respirando hondo—. Voy a hacer que te abras solo para mí.

Checo lo abrazó más fuerte, gimiendo alto cuando Max introdujo la punta de un dedo y la sacó de inmediato, como jugando.

—No, espera… no estoy… —balbuceó.

—No tienes que estar listo aún. —Max lo tranquilizó, acariciándole la espalda—. Te voy a preparar, te lo prometo.

El hombre volvió al clítoris, acariciándolo con paciencia, mientras la otra mano sostenía su cintura, guiándolo a moverse en su regazo. El roce entre el bulto duro de Max y el coño húmedo de Checo arrancó un gemido roto, mezcla de miedo y placer.

—Eso, muévete sobre mí… siente cómo se marca mi verga contra ti.

El chico obedeció, frotándose con torpeza, dejando un rastro húmedo sobre la tela. Cada movimiento le arrancaba jadeos más altos.

Max bajó otra vez los dedos, esta vez hundiendo uno hasta la mitad. El cuerpo de Checo se cerró de golpe, apretando fuerte.

—Tranquilo… relájate. Déjame entrar.

Besos suaves recorrieron su cuello, su mejilla, sus labios. Poco a poco, el dedo se hundió más, quedando enterrado dentro de ese coño caliente y estrecho.

—Mierda… eres un maldito tesoro.

Checo lloriqueó bajito, no de dolor, sino de la intensidad.

—¿Está bien así? —preguntó Max, con la voz ronca, deteniendo cualquier movimiento.

—S-sí… sigue, por favor.

El profesor comenzó a mover el dedo lento, sacando y entrando, mientras con el pulgar masajeaba el clítoris. El cuerpo de Checo reaccionaba sin querer, contrayéndose, buscando más.

—Eso… ábrete para mí… quiero que sientas placer en cada rincón de tu cuerpo antes de que te coja de verdad.

Añadió un segundo dedo, despacio. El coño lo recibió con resistencia al principio, pero se fue adaptando, mojándolo todo con un calor desesperado. Max apretaba los dientes, conteniéndose para no sacar la verga y hundirse en ese instante.

—Tan estrecho, tan mío… —susurraba contra su oreja.

Los gemidos de Checo eran ya un canto dulce y roto, con lágrimas pequeñas cayendo de sus ojos por la intensidad.

Max no lo llevó al clímax. No quiso. Cuando notó que el cuerpo se tensaba demasiado, que el gemido estaba a punto de romperse en orgasmo, detuvo el movimiento y sacó lentamente los dedos, llevándolos a sus propios labios para lamerlos frente a él.

—Perfecto. Sabes a gloria.

Checo, con el rostro rojo y el cuerpo ardiendo, lo miraba con ojos brillantes, suplicando más.

—¿Por qué… te detuviste? —preguntó con la voz entrecortada.

Max le sonrió, acariciándole los labios con los dedos húmedos.

—Porque quiero que tu primer orgasmo sea conmigo adentro.

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El aire en la oficina pesaba. Olía a sudor, a deseo contenido, al perfume caro de Max mezclado con el dulzor húmedo que escapaba del coño de Checo. El chico seguía sentado en el regazo, con las bragas corridas a un lado, el rostro encendido, los labios hinchados de tanto besarse. Jadeaba, todavía temblando después de haber sentido esos dedos adentro, y sin embargo, algo más fuerte lo empujaba a quedarse quieto, obediente, mirándolo como si Max fuera la única puta cosa importante en el mundo.

Max lo sabía. Tenía a su niño atrapado entre las piernas, y ahora lo quería más profundo.

—¿Quieres aprender algo, mi Chequito? —preguntó con voz grave, acariciándole el cuello.

Checo asintió, apenas un murmullo escapando de su garganta:

—Sí… enséñame, Maxie.

La sonrisa torcida del hombre apareció. Bajó una mano hasta su propia cintura, guiando los dedos pequeños de Checo hacia el cierre de su pantalón. El chico parpadeó nervioso, tragando saliva.

—Despacio… hazlo tú. Quiero que me desnudes.

Checo obedeció, tembloroso. Sus dedos torpes bajaron el cierre, sintiendo el bulto enorme presionando desde adentro. Soltó un gemido bajito de nerviosismo.

—Está… está muy grande… —susurró, casi como un secreto.

Max le acarició la espalda, animándolo.

—Grande para ti. Hecho para ti. No tengas miedo.

Cuando el pantalón cedió, la erección saltó contra la tela de los boxers. Marcaba un bulto grueso, largo, que palpitaba con cada respiración. Checo abrió los ojos como platos, llevándose la mano a la boca.

—Dios… Max… es enorme.

El hombre rió bajo, inclinándose para morderle la oreja.

—Tócalo. Quiero que lo conozcas.

Checo dudó apenas un segundo, hasta que Max guió su mano dentro de la tela. El chico tocó piel caliente, dura, venosa, y un jadeo fuerte se escapó de sus labios.

—Está… está ardiendo… —dijo sorprendido.

—Eso es por ti, niño lindo. Solo por ti.

Con suavidad, Max retiró los boxers, liberando su verga al aire. Era gruesa, rosada, con venas marcadas a lo largo y el glande húmedo de preseminal. El contraste entre el tamaño brutal de Max y las manos delicadas de Checo era casi obsceno.

—Mírala bien. —Max lo obligó a observar—. Quiero que aprendas a darme placer como yo te lo doy.

Checo asintió rápido, obediente. Rodeó el tronco con la mano, sintiéndolo palpitar bajo sus dedos. Lo acarició torpemente, de arriba abajo, como Max le indicó.

—Aprieta un poco más… así… eso, cabrón, lo haces perfecto.

Los gemidos de Max llenaron el espacio, roncos, sinceros, mientras guiaba la mano de Checo en una paja lenta y húmeda con su propia saliva escurrida sobre la verga.

—Mírame a los ojos mientras lo haces. —ordenó.

Checo levantó la mirada, pecoso, tierno, mientras su mano seguía bombeando esa carne imposible. El contraste lo hizo gemir también, con el coño chorreando sin remedio sobre el muslo de Max.

—No pares… tu manita suave me está volviendo loco.

El chico apretó los labios, concentrado, siguiendo cada instrucción como si su vida dependiera de ello. Max jadeaba más fuerte, con el pecho subiendo y bajando.

De pronto, lo frenó, agarrándole la muñeca.

—Basta. —gruñó, con la voz rota por la excitación—. Si sigues, me voy a correr en tu mano… y yo quiero correrme adentro de ti.

Checo tragó saliva, el corazón desbocado.

—¿Adentro…?

Max lo besó con hambre, casi devorándolo, antes de levantarlo de su regazo y girarlo con fuerza hasta el escritorio. Lo empujó hacia adelante, inclinándolo, de modo que el pecho de Checo quedó sobre la madera fría. La falda se levantó por completo, dejando al descubierto ese culo redondo y perfecto.

Max acarició las nalgas, separándolas con ambas manos para admirar el coño húmedo, abierto y brillante bajo la luz.

—Mírate, pecoso. —la voz de Max sonaba como un gruñido contenido—. Toda empapada, lista, esperando mi verga.

Checo apoyó la frente contra el escritorio, temblando, sin atreverse a responder. El calor que recorría su cuerpo era insoportable, y aun así, la expectativa lo hacía jadear como nunca antes.

Max se colocó detrás de él, la verga pesada rozándole el culo, alineándose con calma, frotando el glande por la entrada resbaladiza.

—Vas a aprender lo que es tenerme dentro… —susurró contra su espalda, besándola con calma antes de clavar los dedos en su cintura—.

U⁠^⁠ェ⁠^⁠U

El silencio en la oficina se rompía con los jadeos de ambos. Max tenía a Checo inclinado sobre el escritorio, falda levantada, culo abierto entre sus manos, el coño lampiño y húmedo brillando bajo la luz. La verga dura de Max rozaba la entrada, deslizándose con la mezcla perfecta de saliva y la humedad empapada del chico.

Max cerró los ojos un segundo. Sentía el calor, esa estrechez que lo esperaba, y supo que una vez entrara no podría detenerse.

—Respira, mi niño… —murmuró, bajando a besarle el hombro—. Te voy a llenar.

El primer empuje fue lento, apenas el glande abriéndose paso. El coño de Checo lo apretó como un puño, ardiente, tan estrecho que Max soltó un gruñido profundo desde el pecho.

—Joder… estás hecho para mí. —apretó la mandíbula, enterrando las uñas en su cintura—. Eres un maldito candado.

Checo gritó bajo, los nudillos blancos contra la madera.

—¡Maxie…! Es… es muy grande…

El profesor no se detuvo. Despacio, sin soltarlo, fue empujando más adentro, sintiendo cómo las paredes calientes lo recibían con dificultad, cómo se tensaban y cedían apenas un poco con cada avance.

—Dime si duele… —le susurró entre dientes, mordiéndole la nuca.

—No… solo… arde… pero rico… —jadeaba Checo, las lágrimas humedeciendo la madera bajo su cara.

Max lo cubrió por completo desde atrás, pegando el torso a su espalda, hasta hundirse un poco más. El coño se cerraba feroz alrededor de su verga, succionando cada centímetro.

—Mierda… —soltó Max, con la voz rota—. Nunca sentí algo así. Es como si me estuvieras tragando vivo.

Checo sollozó, pero de puro placer. Sentía su interior estirarse, abrirse, llenarse de un calor brutal que lo hacía estremecer.

—Se siente… se siente demasiado… —susurró temblando.

Max bajó una mano desde su cintura hasta su pecho, metiéndola bajo la blusa y sujetando una de esas tetas suaves, llenas, perfectas.

—Dios… tus tetas también son deliciosas. —las apretó fuerte, pellizcando el pezón a través de la tela del sujetador—. Todo en ti es adictivo.

Checo arqueó la espalda, gimiendo alto al sentir la combinación: la verga invadiéndolo y la mano grande manoseándole el pecho sin piedad.

—¡Ahh, Max…!

—Eso… grítame… quiero escuchar lo bien que te hago sentir.

El ritmo era todavía lento, casi cruel. Max empujaba despacio, sacando apenas la punta y hundiéndose otra vez, disfrutando de cada contracción que lo exprimía. El coño estaba tan estrecho que lo obligaba a detenerse cada pocos segundos para no correrse al instante.

—Mira cómo te abres para mí… —jadeó, separando aún más las nalgas con una mano para admirar cómo desaparecía dentro de él—. Empapado, tragándome entero.

Checo lloriqueó, mordiéndose los labios.

—Se siente lleno… hasta el estómago…

Max rió bajo, oscuro, besándole la mejilla mojada de lágrimas.

—Eso quiero, que sientas que no hay espacio para nada más que yo.

Siguió empujando hasta quedar enterrado por completo. La verga palpitaba adentro, gruesa, caliente, estirando hasta el último rincón. El profesor soltó un gruñido animal, apretando la teta entre sus dedos como si quisiera marcarla.

—Ya está… toda mi verga dentro de ti.

Checo gimió fuerte, arqueando la espalda, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de ese tamaño brutal.

—¡Ahhh…! Maxie… es demasiado…

—Y apenas estoy empezando, pecoso. —Max le lamió el cuello, apretando más fuerte la otra teta—. Te voy a enseñar lo que es ser jodidamente mío con cada empuje.

Checo solo pudo asentir con la cabeza contra el escritorio, la respiración rota, el cuerpo temblando entre placer y vértigo. Max comenzó a moverse lento, marcando cada salida y entrada, disfrutando del contraste de esa estrechez imposible y los gemidos dulces que escapaban de su alumno favorito.

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El escritorio crujía con cada embestida. Max había dejado de contenerse: lo estaba follando de verdad.

El cuerpo de Checo se arqueaba contra la madera, sus mejillas enrojecidas, los labios húmedos, las tetas rebotando bajo la blusa arrugada mientras la verga de Max entraba y salía con violencia rítmica. El coño, estrecho y mojado, hacía un ruido obsceno que llenaba toda la oficina junto con los gemidos ahogados del chico.

—¡Maxie…! Ahhh… se siente… demasiado…

—Eso quiero, que lo sientas hasta el maldito fondo —gruñó el profesor, besándole la espalda sudada y mordiéndole el hombro con fuerza, dejando marcas rojas en la piel pecosa—. Nadie más te va a coger así, ¿me oyes?

Cada empuje era más profundo, más brutal, haciéndolo gritar, pero Checo no se apartaba; al contrario, se aferraba al borde del escritorio, moviendo las caderas con torpeza para recibirlo.

Max no dejó que se quedara pasivo. Lo obligó a girar la cabeza y lo devoró a besos, húmedos, rudos, metiendo la lengua hasta robarle el aliento. Lo mordió en el labio, bajó al cuello, y ahí marcó fuerte, succionando hasta dejar un chupetón oscuro.

—Ahora todos van a saber que eres mío.

Checo jadeaba, con lágrimas en los ojos y una sonrisa rota en los labios.

—Márcame más… por favor…

Max gruñó satisfecho, apretando sus tetas bajo la blusa, pellizcando los pezones hasta hacerlos arder mientras seguía hundiéndose sin piedad. El choque de pieles retumbaba en el cuarto.

De pronto, cambió el ritmo. Lo agarró fuerte de la cintura y se enderezó, sacando apenas la verga para luego volver a enterrarse de golpe. Con un solo movimiento, se llevó a Checo hacia atrás sentándose en la silla de el escritorio, manteniéndolo sentado en su regazo, con la polla aún clavada en su interior.

Checo soltó un grito ahogado, las piernas temblando en el aire.

—¡Max!

—Tranquilo… —le susurró en la oreja, sujetándolo contra su pecho mientras con la otra mano masajeaba su clítoris empapado—. Ahora te toca a ti.

El chico parpadeó confundido, jadeando.

—¿Qué… qué hago?

Max sonrió, besándole el cuello húmedo de sudor.

—Si quieres seguir lleno… vas a saltar en mi verga. Yo te sostengo. Muévete.

Checo dudó un segundo, pero el calor lo dominaba. Apretó los labios y, con torpeza, levantó apenas las caderas antes de dejarse caer otra vez. La verga lo llenó por completo, arrancándole un gemido desgarrador.

—¡Ahhh!

—Eso… —Max lo apretó más contra sí, jadeando en su oído—. Hazlo otra vez, mi niño.

Checo obedeció, lento al principio, moviéndose arriba y abajo con la respiración entrecortada. Cada caída lo hacía rebotar en el regazo de Max, el coño succionando la polla entera, mojando todo.

—Así… joder, lo haces perfecto… —gruñía el profesor, apretando su cintura, ayudándole a marcar el ritmo—. Te ves precioso brincando en mi verga.

El chico lloriqueaba, avergonzado y excitado al mismo tiempo, hasta que sus ojos bajaron hacia su propio vientre. Tragó saliva, con un gemido quebrado.

—Maxie… se… se marca…

El profesor sonrió contra su cuello, llevando la mano grande a la panza suave y empujando apenas para que lo sintiera mejor.

—Sí… míralo bien. Es mi verga empujándote hasta el estómago. Tu coño me abraza tan fuerte que puedo ver cómo me recibe.

Checo gimió alto, estremeciéndose, moviéndose con más fuerza aunque sus piernas temblaban.

—¡Ahhh! ¡No puedo más!

—Sí puedes. —Max lo siguió estimulando con los dedos en el clítoris, succionando su cuello, jadeando contra su piel—.

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El escritorio ya estaba pegajoso, las piernas de Checo temblaban y la respiración de Max era un gruñido constante contra su oído. El chico rebotaba torpemente en su verga, cada vez más rápido, empapado, el cuerpo entero entregado a los brazos que lo sostenían.

—Joder, mírate… —murmuró Max, apretando sus tetas y enterrando los dedos en la carne suave de su cintura—. Tan perfecto para mí. Nadie más va a tocarte así, ¿me entiendes?

Checo apenas pudo asentir, con los labios abiertos, jadeando fuerte. El profesor aprovechó la debilidad para hundirle los dientes en el cuello, marcándolo de nuevo, dejándole otra mancha oscura.

—Mío. Solo mío.

—S-sí, Maxie… —balbuceó el chico, con lágrimas calientes en los ojos.

Cada movimiento lo empujaba al borde del orgasmo, pero Max no se lo permitía. Apenas lo sentía temblar, cambiaba el ritmo: más lento, más profundo, más controlado. Lo torturaba.

—No todavía… quiero que lo aguantes. Quiero que me lo supliques con esa boquita linda.

Checo gimió, retorciéndose en su regazo, la blusa abierta, el clítoris palpitando bajo los dedos posesivos de Max que rozaban sin dar tregua.

—¡P-por favor!

—¿Por favor, qué? —su voz era un susurro grave, áspero, manchado de deseo.

—Que… que me dejes acabar…

Max rio entre dientes, un sonido ronco que vibró contra la piel sudada de Checo.

—Eres tan fácil de romper, ¿sabes? Pero no. Todavía no. Quiero que aguantes mi verga hasta que yo lo diga.

El chico se mordió el labio, temblando, y Max lo obligó a mirarse de nuevo la panza, hundiendo la palma grande sobre la curva húmeda.

—Míralo, Checo. Todo esto soy yo metido dentro de ti. ¿Sabes lo que pienso cuando te veo así? —le mordió la oreja, gruñendo.

—¿Q-qué?

—Que te verías tan bien embarazado con mi hijo.

Checo se quedó helado un segundo. Los ojos se le abrieron enormes, el cuerpo se le tensó… y de pronto empezó a saltar más rápido, casi desesperado, como si la frase lo hubiera incendiado desde dentro.

—¡Max! —chilló, sin poder detenerse—. ¡Ahhh, ahhh, ahhh!

El profesor sonrió, apretando su cintura para que no escapara, disfrutando del sonido húmedo del coño tragando su polla con cada bajada.

—Eso… así me gusta. Mi putito precioso.

Checo enterró las uñas en los brazos de Max, el rostro hecho un desastre, entre lágrimas y sudor, con la boca temblando.

—¡No digas eso…!

—¿Por qué no? —le besó la nuca, hundiéndose más hondo, apretando el clítoris con la yema hasta hacerlo gemir aún más alto—. Si tu coño me pide que lo embarace cada vez que entro. Está hecho para mí, Sergio.

El chico soltó un sollozo, saltando con más fuerza, el escritorio rechinando bajo ellos.

—¡No… no puedo más!

—Sí puedes. Vas a aguantar. —Max jadeaba, rascando con los dientes el hombro pecoso de Checo, marcado de arriba abajo—. Yo decido cuándo acabas. Hasta entonces, quiero verte mover ese culo gordo en mi verga.

El coño chorreaba sobre sus muslos, un desastre de fluidos calientes. Cada vez que bajaba, Checo podía sentir cómo se le marcaba más en la panza, esa verga gruesa atravesándolo entero.

—¿Lo ves? —susurró contra su oído, cruel y dulce al mismo tiempo—. Mi verga se imprime en tu cuerpo. Tu coño

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El cuerpo de Checo ya no respondía con torpeza, sino con puro instinto. Estaba sudado, las pecas rojas en su cara brillaban bajo la luz tenue de la oficina y cada salto suyo hacía que el escritorio temblara contra la pared.

—Mírate… —gruñó Max, jadeando contra su cuello mientras sus manos se aferraban al culo húmedo de su chico—. Estás destrozando mi verga con ese coño…

Checo lloraba de placer, incapaz de contestar. Sus gemidos eran cortos, quebrados, casi infantiles, la voz hecha un desastre entre jadeos y sollozos.

Max, con los ojos encendidos, lo tomó por debajo de las rodillas, levantándolas de golpe, obligándolo a abrirse más sobre él. El chico chilló, sorprendido por la fuerza con que lo manejaba, y su espalda se arqueó entera cuando sintió cómo la polla entraba más profundo que nunca.

—¡Ahhhh, M-Max!

El profesor lo abrazó fuerte por la cintura para que no se escapara y empezó a embestir desde abajo, con un ritmo animal, cada golpe más fuerte que el anterior, hundiéndose hasta lo más hondo.

—Míralo, Checo, míralo… —apretó su vientre plano, mostrando el bulto que se levantaba cada vez que lo atravesaba—. Te lleno entero… joder, estás hecho para mí.

Los muslos del chico temblaban, su coño gordito goteaba sin parar, empapando la camisa blanca de Max.

—¡No puedo más, Maxie! ¡No puedo! —gritaba Checo, con lágrimas resbalando por sus mejillas.

Max lo besó de lado, devorándole la boca, mordiéndole los labios hasta hacerlos sangrar un poquito.

—Sí puedes, mi niño… no pares ahora. Vas a correrte conmigo, ¿me oyes? Quiero sentir cómo te vienes mientras me tragas todo.

Checo solo pudo gemir en respuesta, la cabeza cayéndole hacia atrás, los pezones tiesos, las uñas rasgando los antebrazos de Max. Y ahí, entre gruñidos, al borde de la locura, se le escapó otra vez:

—Mierda, te verías tan bien embarazado de mí… tan jodidamente hermoso con mi hijo adentro.

Los ojos de Checo se abrieron como platos, la respiración se le cortó, y un segundo después su cuerpo se sacudió entero en un orgasmo devastador.

—¡¡¡AAAAHHHHHH!!!

El coño se le apretó como una trampa húmeda, convulsionando alrededor de la verga que lo rellenaba. Max rugió, perdido, y con un último empuje brutal se vino dentro de él, descargando tanto que se sentía rebosar.

—¡Joder, sí… trágatelo todo! —apretó aún más sus rodillas contra su pecho, enterrándose hasta que no quedó nada fuera—. Mi putito precioso… ¡mírate cómo me ordeñas!

Los dos se sacudieron juntos, el sonido de la piel chocando, de los gemidos y de los sollozos, llenando la oficina como un eco indecente. Checo se desplomó contra el pecho de Max, rendido, los muslos abiertos, el coño latiendo todavía alrededor de la verga enterrada hasta el fondo.

El profesor lo abrazó fuerte, besándole las mejillas húmedas, el cabello desordenado, la boca hinchada.

—Shhh… ya está, mi niño. Lo hiciste perfecto… tan obediente, tan hermoso. —le acarició las tetas sudadas, bajando después a su vientre plano y besándolo con ternura—. No sabes cuánto me gusta verte así.

Checo sonrió débil, exhausto, con los ojitos brillando, y escondió la cara contra el cuello de Max mientras se dejaba mimar.

—Eres lo mejor que tengo, Sergio —susurró él, con un beso suave en la frente—. Mi dulce Chequito…

El chico no respondió; ya estaba medio dormido en sus brazos, empapado, sucio, pero con una sonrisa pequeña en los labios, como si ese desastre hubiera sido lo más bonito del mundo.

U⁠^⁠ェ⁠^⁠U

Checo seguía hundido en su regazo, con las piernas todavía temblorosas abiertas de par en par, incapaz de sostenerse por sí mismo. Max lo mantenía abrazado fuerte, su verga aún dentro, latiendo despacio contra ese coño caliente que parecía no querer soltarlo.

—Tranquilo, mi niño… —murmuró Max, acariciándole la espalda con la palma abierta, dejando que sus dedos bajaran hasta el pliegue de su culo húmedo—. No sabes lo orgulloso que estoy de ti.

Checo sonrió apenas, con los labios partidos, los ojos vidriosos. Se removió un poquito, sintiendo cómo se movía todavía dentro de él, y suspiró bajito:

—M-Maxie…mierda ya me dió vergüenza

El profesor soltó una risa grave, hundiendo la nariz en su cabello.

—Vergüenza deberías tener de esconderme esa carita tan bonita que me vuelve loco. —le tomó el mentón con firmeza para obligarlo a mirarlo—. Quiero que me veas cuando te digo esto: eres lo mejor que tengo, Sergio. Lo único que me importa.

Las mejillas pecosas se tiñeron de rojo, y Checo bajó la mirada con un gemidito nervioso.

—¿De verdad? ¿Solo yo?

—Solo tú. —la voz de Max se endureció con una seguridad que no dejaba lugar a dudas—. No quiero a nadie más, ni lo necesito. Tú me llenas todo.

El chico parpadeó rápido, tragando saliva, y sus manos se aferraron a los hombros anchos de su profesor. Max aprovechó para seguir jugando con su cuerpo, deslizando una mano por sus tetas suaves, apretando un pezón duro entre sus dedos, mientras con la otra dibujaba círculos lentos sobre su vientre plano.

—A veces pienso en ti más de lo que debería, ¿sabes? —susurró, bajando la voz como si confesara un secreto—. Me imagino despertando contigo todos los días, dándote besos en esa pancita… hasta pienso cómo sería tener una familia juntos.

Checo abrió mucho los ojitos, sorprendido, y su respiración se cortó un momento.

—¿U-una familia… conmigo?

—Claro —Max besó su cuello húmedo de sudor, luego mordió suave detrás de su oreja, provocando que el chico soltara un quejido—. Imagino tus pechos llenos, tu cuerpo tan jodidamente hermoso… y yo cuidándote, dándote todo lo que necesites. No me hace falta nada más, Checo. Solo tú.

El chico cerró los ojos con fuerza, apretando los labios para no llorar otra vez, porque esas palabras lo desarmaban más que cualquier caricia.

—Nunca nadie me había dicho cosas tan bonitas… —susurró, con la voz quebrada.

Max sonrió contra su piel, besándole la mejilla húmeda de lágrimas.

—Porque nadie te merece como yo. —le lamió los labios suavemente antes de morderlos otra vez—. Y porque tú no eres cualquier cosa, mi niño. Eres mi orgullo, mi alegría, mi tesoro.

El corazón de Checo golpeaba tan fuerte que parecía que iba a salírsele del pecho. Se abrazó aún más a Max, temblando, mientras su coño todavía palpitaba alrededor de la verga que lo llenaba, como si su propio cuerpo entendiera que ese hombre lo reclamaba de todas las maneras posibles.

—Prométeme que no me vas a dejar —pidió Checo, bajito, apenas un susurro.

—Te lo juro, Sergio. —Max le acarició la nuca con ternura, imprimiendo cada palabra como si fuera un pacto—. Nadie va a tocarte, nadie va a quitarte de mí. Vas a ser solo mío, siempre.

Checo escondió la cara en su cuello, sonriendo con timidez, pero también con un alivio profundo, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo importante.

—Está bien, Maxie… quiero quedarme contigo.

Max cerró los ojos, satisfecho, apretando aún más fuerte su cuerpo contra el suyo.

U⁠^⁠ェ⁠^⁠U

Los encuentros con Max se habían vuelto parte de su rutina, un secreto que palpitaba más fuerte que cualquier examen o clase. En dos meses, Checo había aprendido a vivir entre los libros, los insultos de sus compañeros y los besos que lo dejaban con las piernas temblorosas en la oficina de historia. Max se volvió su refugio, su amor y su peligro.

Pero nada lo preparó para la noticia que recibió esa mañana.

Checo fue al médico convencido de que tenía anemia. Sentía mareos, cansancio y su apetito era un desastre. Estaba seguro de que la falta de comida era el problema. Pero el análisis lo golpeó con algo mucho más grande: embarazado.

El corazón se le salió por la boca. Se llevó la mano a la panza todavía plana y soltó una risa nerviosa. Nadie lo sabría aún. No sus padres, no sus compañeros. Solo Max. Porque esto era suyo y de él.

Esa misma tarde, metió el papel en una cajita beige que decoró con cuidado infantil, pegando un lazo y un par de estrellas doradas como si fuera un regalo de cumpleaños. Durante el día lo molestaron otra vez en la escuela, le llamaron puta, le rayaron la banca. Checo solo abrazó la cajita más fuerte, sonriendo bajito. No le importaba. Nada podía arruinar lo que estaba a punto de hacer.

Cuando la última campana sonó, corrió a la oficina de Max. Como siempre, el profesor lo esperaba sentado tras el escritorio, la corbata floja, la mirada que lo desnudaba apenas cerró la puerta.

—Ven acá, pecoso. —lo atrajo de inmediato, haciéndolo sentar en su regazo.

Hablaron un rato, contándose tonterías del día, intercambiando risas bajitas, hasta que inevitablemente se besaron. Ese beso largo, húmedo, que terminaba con Max mordiéndole el labio hasta hacerlo sangrar un poquito. Checo gimió, feliz, y entonces recordó la cajita.

—Maxie… —dijo con su vocecita tímida, apartándose apenas—. Te tengo una sorpresa.

El profesor arqueó una ceja, intrigado, mientras Checo se bajaba de su regazo para buscar en la mochila. Cuando volvió, puso la cajita beige sobre el escritorio con ambas manos, temblando de emoción.

—Ábrela…

Max la observó un segundo, sonriendo de lado, y levantó la tapa. Primero frunció el ceño, confundido al ver el sobre doblado, y luego, cuando leyó la primera línea del análisis, su expresión cambió. Sorpresa. Silencio. Después pura felicidad.

—¿Es en serio, Checo? —su voz sonó grave, casi ronca.

El chico asintió rápido, los ojos brillando, sin poder contener la sonrisa.

Max se levantó de golpe, rodeándolo con los brazos, alzándolo del suelo como si fuera un niño ligero.

—¡Mi niño! —lo apretó contra su pecho, besándole la cara una y otra vez, en mejillas, nariz, pecas, boca, hasta que Checo se reía nervioso y emocionado—. Joder, no sabes lo feliz que me haces.

Lo volvió a sentar en el escritorio, pero esta vez no lo dejó respirar. Le mordió los labios con desesperación, le chupó el cuello, marcándolo sin cuidado, como si quisiera dejar constancia de que ahora más que nunca le pertenecía.

—Dios, pecoso… la idea de verte con una pancita… cargando a nuestro hijo… —Max jadeaba contra su piel, sus manos ya subiendo para apretar las tetas suaves de Checo como si las imaginara llenas de leche—. Vas a estar tan jodidamente hermoso.

El chico cerró los ojos, dejándose hacer, gimiendo bajito mientras las caricias lo derretían.

—Yo… yo también estoy feliz, Maxie… —susurró, temblando entre risa y llanto—. Quiero esto contigo.

El profesor lo miró con una intensidad que casi dolía.

—Siempre supe que ibas a ser el ideal para mis hijos —le confesó, bajando la voz como si lo dijera solo para él—. Dulce, atento, paciente… el único que quiero a mi lado.

Checo lo abrazó con fuerza, pegando la frente a su pecho, y por un instante el mundo desapareció. Solo quedaban ellos, el calor de sus cuerpos mezclados, la promesa de un futuro compartido.

Max volvió a besarlo, lento, profundo, pero sus manos seguían apretando, marcando, como si no pudiera evitarlo. El deseo se mezclaba con el amor, y el amor con la posesión.

U⁠^⁠ェ⁠^U

Cuatro meses después, Checo ya cargaba con una hermosa pancita redonda, firme, que lo hacía caminar con las manos inconscientemente apoyadas sobre ella, como si protegiera un tesoro. Él estaba orgulloso, jodidamente orgulloso, pero en la escuela fue como firmar su condena.

Los rumores explotaron.

—Puta.

—Seguro es de Lewis.

—No, no, lo vi con Valtteri de geografía.

—¿Qué tal si es del director Webber?

Las voces corrían como veneno por los pasillos. Cada risa a sus espaldas, cada susurro, era un golpe seco. Checo lo soportaba un par de horas, hasta que se quebraba y terminaba llorando en la oficina de Max.

Lo que nadie sabía era que hacía un mes ya vivía con él.

Sus padres, al enterarse del embarazo, lo corrieron de la casa sin pensarlo. “Mejor muerto que con esa vergüenza”, había dicho su padre antes de cerrarle la puerta en la cara. Checo lloró esa noche hasta quedarse dormido contra el pecho de Max, y al amanecer ya no volvió jamás.

El director Webber lo llamó días después. Lo miró con esa falsa compasión que lo hacía sentir sucio.

—Checo, entiéndeme. Los rumores, los insultos, lo que sucede a tu alrededor… es un problema para la escuela y para los profesores. Lo mejor sería que trabajes desde casa. Te mandaremos tareas, solo entrégalas. Piensa en tu bienestar y en el del bebé.

Checo no lo dudó. La idea de estar fuera de esos pasillos llenos de odio le supo a alivio.

Desde entonces, sus días cambiaron por completo.

Siempre despertaba con Max dándole besitos suaves en la pancita, como si adorara cada centímetro de esa piel tensa. Después le preparaba el desayuno, insistiendo en que debía comer más aunque él dijera que no tenía hambre. Lo bañaba con calma, enjabonando cada parte de su cuerpo con una devoción casi religiosa, haciéndolo girar para besarle el cuello mientras el agua corría.

—duos no sabes cuánto adoro cuidarte y tenerte aquí conmigo —susurraba contra su oído, apretándole las tetas ya más llenitas, frotando la verga dura contra el culo mojado de Checo.

Las tardes eran más tranquilas. Checo se quedaba solo, limpiando un poco la casa aunque Max le prohibiera hacer esfuerzos. A él le gustaba. Le hacía sentir útil, parte de algo. Y justo a las tres en punto, la puerta se abría y aparecía Max con un ramo de tulipanes frescos. Siempre. Sin fallar un día.

—Tus favoritos, mi niño —le decía, dejándolos sobre la mesa antes de atraparlo contra el sofá, besándolo hasta dejarlo sin aire.

Checo aprovechaba esas tardes para contarlo todo: si había sentido al bebé moverse, si soñó algo raro, si tuvo algún antojo. Max lo escuchaba fascinado, con una sonrisa que pocas veces mostraba a los demás. Y cuando Checo, travieso, le dejaba marcas en el cuello con dientes y labios, Max solo gruñía satisfecho.

Las noches eran un ritual propio. Checo terminaba sobre Max, restregando su coño húmedo contra la verga dura de su profesor, jadeando bajito mientras buscaba saciar esa necesidad constante que le había nacido desde el embarazo. A veces se quedaba dormido así, con la pijama pegajosa, manchada de sus fluidos. Max lo abrazaba fuerte, besándole el pelo y acariciándole la barriga.

—No hay nada más perfecto que esto… —murmuraba, oliéndolo como si necesitara grabar cada aroma.

Checo sonreía, ya medio dormido, tranquilo por primera vez en mucho tiempo. Porque aunque el mundo lo llamara puta, aunque lo señalaran, él sabía la verdad: estaba con Max, estaba con su hijo, y nada en ese instante podía hacerle daño.

S.k.☆

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author

Si es increíble por si solo, no me quiero imaginar si lo mejoras 😻

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